martes, 20 de enero de 2015

EL DESMAYO

 




























La parada de autobús a la salida del polígono industrial, tenía un banco de plástico caliente en el que nadie estaba sentado. La sombra de una chapa que supuestamente estaba clavada en un poste para darle sombra no llegaba ni a tocarlo y unánimemente todos pensaban sin haberse puesto de acuerdo que era mejor quemarse sólo los pies, que los pies y las nalgas, así que cuando ella llegó, pasó entre las personas que estaban de pie alrededor del banco y se sentó.
Algunos la miraron asombrados , imaginando que se levantaría rápidamente, pero no. Por supuesto que ella sintió aquel calor agresivo atravesarle la falda y quemarle las piernas, sin embargo  estaba tan agotada que decidió correr el riesgo y allí se quedó quieta. Mejor quemarse el culo que exigirle a sus piernas que la sujetasen tres minutos más.
Acomodó el bolso en sus rodillas , se encajó las gafas de sol y se dispuso a esperar, sudando y tratando de sujetarse los temblores que traía puestos.
El hombre estaba allí casi de los primeros. Apoyado en la sombra del árbol había ido observando como las personas llegaban, se sentaban y se levantaban dedicándole unas palabras al ingeniero que había escogido aquel banco infernal fabricado con aquel material maldito ideado para freír los genitales de la gente que usaba el colectivo.
Todos menos la chica aquella, que estaba allí sentada como si la sombra de la parada funcionase y el banco no quemara.
Al llegar, ella había pasado cerca de él , pero no hubo nada de especial en ella que le llamase la atención, ni guapa ni fea, ni baja ni alta, otra mujer sudada y desgreñada esperando el autobús. La quietud con la que ella aceptaba aquel calor incómodo  lo obligó a mirarla mejor. Se interesó por su postura, por su gesto, recorrió su pelo, sus piernas y se detuvo en sus manos.
Las tenía entrelazadas, pero aún con la distancia que los separaba, él podía darse cuenta de que ella estaba temblando. El hecho de que alguien pudiera temblar con aquel calor le atizó la curiosidad y se preguntó si ella temblaba de fiebre, de susto, de hambre, de rabia o de qué. No podía verle los ojos porque la chica usaba gafas de sol, y él se quitó las suyas para observarla mejor. Fue ese gesto que hizo que ella reparara en él y por un instante sus ojos se cruzaron  aunque él no lo supo. 
Ella  comprendió que él se quitaba las gafas para mirarla mejor. Sin emoción ni especial curiosidad, como miran los desconocidos a las desconocidas en las paradas . Por un segundo lo miró a los ojos a través de sus propias gafas, pero enseguida desvió la mirada y se concentró en sus uñas y en sus pensamientos.
Tal vez el agotamiento, la tristeza que desde hacía días sentía y el calor  se juntaron para desmayarla y antes de poder reaccionar o colocarse para caer mejor, perdió la noción del tiempo y del espacio  y se desmontó.
El hombre del árbol la estaba observando y la vio perder las fuerzas. Fue muy rápido y en un instante salvó la distancia que los separaba y la agarró al vuelo impidiendo que se partiera la cabeza al caer.
Las personas alrededor comentaron sus reflejos de atleta   y él se encontró con la chica en brazos sin poderla soltar en ningún lado. El suelo quemaba tanto que era impensable dejarla allí y el banco desmayador estaba descartado, así que volvió a la sombra del árbol con la mujer en brazos como una novia dormida y allí se acomodó de nuevo esperando una solución.
Justo en ese momento llegó el autobús. 
Si hubiese demorado unos minutos más, alguno de los que allí estaba habría llamado una ambulancia o habría ido hasta el bar a buscar agua, pero todo sucedió casi simultáneamente y nadie quiso perder el maldito autobús . Todos a una lo ignoraron, se hicieron los locos, se montaron y se largaron, dejándolo con la chica en brazos. Ella no era demasiado pesada, pero aún así estaban empezando a dolerle los brazos. El suelo  en la sombra del árbol estaba más fresco , decidió dejarse escurrir por el tronco y sentarse sin soltarla. Cuando llegaron abajo, él se colocó con la espalda apoyada en el tronco, convirtió sus brazos en una cuna grande y en ella acomodó a la mujer.
Por un segundo imaginó lo absurdo de la situación. Allí sentado en el suelo  de la calle como un indigente en la puerta de un cine  con una mujer desconocida en brazos. Quiso mirarla mejor y con cuidado le quitó las gafas. En ese momento, al mirarle la carita por primera vez, sus cejas, los párpados cerrados, el rostro sin expresión de la gente dormida, se acordó de cuanto tiempo hacía que no miraba a una mujer durmiendo, cuanto tiempo sin compartir la intimidad de la alcoba con nadie.
Dejó su mirada recorrerla pedazo a pedazo.
Nunca había tenido la oportunidad de observar a una mujer desconocida de esa forma. No sabía su nombre ni su edad pero la tenía en sus brazos, conocía su peso.
No sabía el color de sus ojos pero le estaba estudiando el mapa de sus arrugas...no sabía como eran ni su voz ni su sonrisa pero podía imaginar sus besos sólo mirando sus labios pequeños y suaves.
Sintió que se estaba enamorando de la forma más rara que podría enamorarse alguien, y le pareció bien.
Ella no llevaba anillo.
Con la misma mano que le quitó las gafas le hizo un cariño en el rostro y le acarició el pelo.
Se puso a imaginar  de que podrían hablar cuando ella despertara.
No quería asustarla.
Quería que ella le contase porque estaba temblando.
Si era de hambre, de frío, de rabia, de qué.
Los minutos iban pasando y ella seguía desmayada.
Por un momento pensó en usar el método infalible de despertar mujeres que usan los príncipes azules y darle un beso en la boca.
Le entró risa y soltó una carcajada.
Ella, apoyada en su pecho, escuchó aquella risa y abrió los ojos sin saber muy bien donde estaba.
Se miraron por primera vez.
El pensó que ella tenía unos ojos preciosos.
Ella que él tenía una risa espectacular.
Aquello podía ser el inicio del fin.
O sólo el fin.

Isabel Salas



12 comentarios:

  1. O podría ser comienzo de algo que tendrá un fin.


    Sefi.

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    1. Eso mismo, al final, todo tiene un fin, haya empezado como haya empezado.

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    2. Excelente relato, yo el final me lo esperaba de que fuese ciega, tengo una imaginación de pena, yo lo veo como un fin, quizás paraas adelante recordar la anécdota, pero tienes una facilidad de expresión en prosa ¡increibke! Me gustaría conocerte mejor, no soy celador, ese relato corto que me leíste y no he podido ver hasta hoy Sábado 24/1/2015, me encantaría comentarlo contigo, dices que tienes uno que divierte a estos niños con cáncer, muy interesante, por favor ponte en contacto conmigo. Una gran escritora ¡CHAPÓ!

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    3. Muchas gracias Isidoro, así lo haré. Un abrazo.

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  2. Todo fin engendra un comienzo.
    El cuento ideal.
    Un abrazo Isabel

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    1. El final abierto a todas las posibilidades...y el "método príncipe azul" puesto en duda

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  3. Tal y como ocurre en la propia vida; pero dependiendo de como lo miremos, a veces lo que nos parece un final desesperante: puede que en realidad no sea más que el inicio de lo que está por venir.

    Y para ejemplo, aquí te dejo algo para que lo escuches: http://www.ivoox.com/segun-miremos-asi-veremos-audios-mp3_rf_2100066_1.html Francisco Vitara es un seudónimo que solía utilizar hace un tiempo.

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    1. Muchas gracias Francisco, lo escucharé y te lo comentaré.
      Un abrazo.

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  4. Que empiece es un logro, del final ya se ocuparán cuando llegue... Y lo que haya habido en medio será suyo para siempre.

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    1. Así pienso. el amor es para los valientes.
      Los otros que lean sobre él.

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