viernes, 30 de enero de 2015

NAVAJA DE LLAVERO


Mirar un cielo lleno de cometas es como mirarte. 

Mi corazón se ensancha con una sonrisa lavada por las lágrimas que inevitablemente se salen de mis ojos, pues todavía no consigo pensar en ti sin llorar ni asimilar tu muerte.
Decir tu nombre en alto también está descartado por ahora, pero estoy trabajando en eso. Y en el labio de abajo, que se pone a temblar si quiero contar algo que me pasó contigo o que hicimos juntos.

En realidad todos los cielos me recuerdan aquel cielo de otoño en Fuengirola, que es el recuerdo perfecto para sentir  lo mucho que te quiero y las ganas de hablar contigo que no se me quitan.

De contarte mis cosas.
De escuchar tus secretos.

No se me quitan ni un poquito si quieres que te diga la verdad, aunque sé que esta vez te gustaría que te dijera una mentira para no ver como sufro.

Así como las cuerdas tiran de las cometas y las van orientando para que se levanten cada vez más arriba, el cielo tira de mi cuello y mi cabeza se levanta elevando mi mirada que busca tu avión.

Aquel día me dijiste como tantas veces, ven vamos a hacer una cosa, y como siempre,  aquello podía significar dos horas o tres días haciendo cosas contigo. 

Un paseo para comer chanquetes o un viaje a Sevilla para probar el mini recién arreglado, pasar en casa de alguien a buscar unos discos o irnos a robar higos hasta llenarnos la barriga de frutas ilegales y la boca de risas.

Salir contigo a hacer algo era salir a vivir unas horas de cosas buenas hasta que tu dijeras que era la hora de volver, y la hora era siempre la misma.

La hora de parar.
Una hora que tu decidías según la ley de Eric.
Lo hacemos hasta que duela y después paramos. 
Hasta que duela o ya no se pueda.
Así me decías.
Lo hacemos hasta que aguantemos.
Hasta que duela la barriga de reír o de comer.
Hasta que duelan los ojos del humo de la discoteca.
Las piernas de bailar.
Los pies de andar.
Hasta que esté oscuro y ya no se vea.
Hasta que nos pillen o Dios nos fulmine con su rayo.
Hasta que  se pueda.

Esa tarde me llevaste a volar una cometa a la playa. En el camino, mientras te preguntaba que íbamos a hacer,  me decías solamente que me iba a gustar y te reías cuando insistía yo en saber que tipo de gustar iba a ser.

Tu risa.
Una risa tuya que sólo tú sabías hacer y que era imposible no acompañar.
Gustar de gustar, ya verás.

Llegamos a la playa y mientras aparcabas yo vi la gente a lo lejos con sus cometas, las personas arremolinadas abajo, en el mismo cachito de arena, y las cometas arriba,   invadiendo el cielo con sus colores.
Mira que bonito. 
Que suerte, que coincidencia.
Mientras yo me embobaba mirando el cielo sacaste una cometa verde que tenías escondida debajo de unos trapos en el banco de atrás.
Era verde con ojos amarillos.
Vamos. 
A eso hemos venido. 
Nada de coincidencias, son los extras de nuestra película.
Te va a gustar.

Me gustó mucho. 
Había niños, mayores, unos jubilados alemanes y nosotros. En el cielo cada cometa subía a su ritmo y una vez encontrado su lugar allí permanecía en formación con las demás. Abajo cada persona un mundo con sus problemas y con sus sueños. Arriba todas las cometas colocaditas con el mismo viento , en el mismo cielo, dividiendo espacio en armonía.

Yo siempre he sido así.
Me entrego fácil a cualquier diversión y cuando me dijiste que sujetara yo un ratito me concentré completamente en aquel juego. Mirando mi cometa no me di cuenta que se ponía oscuro, que los extras se iban, que se acabó la tarde y que  sólo la nuestra permanecía insistente dando unos tironcitos de trucha.
Cuando me hablaste, yo estaba en otro mundo.

Se han ido todos.
Sí.

Querías saber que estaba pensando tan concentrada mientras miraba la cometa y tú me mirabas a mí. Te conté mis pensamientos sin filtros ni vergüenzas, te hablé sobre ese miedo que algunas veces me daba la vida, miedo a fallar,  a no saber ser libre, a no saber parar o no poder seguir.

Ya estaba oscuro y la cometa ni se veía más. Te levantaste y con la navajita del llavero en una mano y andar de bandolero pusiste cara de malo.
De mexicano.
De gitano en Triana.
De cortador de cuerdas de cometa.

Esto lo arreglo yo. Voy a cortar la cuerda y la dejamos ir.
¿Te parece bien?
Amarramos los miedos a la cuerda y que se vayan todos.

Me pareció muy bien.
Cortaste la cuerda y me abrazaste con tu abrazo de fresa de abrazar niñas tristes.
Por primera vez dejaste que decidiese yo la hora de parar.

Aquí nos quedamos hasta que tú digas.
Pon la cabecita aquí.

Y la puse.
Y todavía no quiero parar.
Aunque hayan pasado treinta años desde aquel día, yo todavía escucho tu corazón atravesando la cazadora de cuero negro y siento tu cariño. 
Esta vez quien ha decidido la hora de parar ha sido un avión que se ha caído contigo dentro.

En una playa, también preciosa.
Era por la mañana y el cielo en vez de colores de cometas tenía colores de tormenta.
Y yo, en vez de estar feliz por estar contigo, estoy muy triste por estar sin ti.

A ver quién corta esta cuerda de miedos nuevos que han venido a mi vida ahora que te has ido.

Que navajita podrá hacer eso.
Si es que se puede.


Isabel Salas


 






6 comentarios:

  1. Otra vez has conseguido conmoverme. Ponerme en el lugar exacto y sentir lo que sentías. Ojalá todos pudiésemos tener alguna vez en nuestra vida un@ amig@ como Eric. El sí que sabía sentir el momento y compartirlo contigo. Y seguro que esté donde esté, se sentirá orgulloso de vivir en tu corazón y en tú cabecita (yo al menos lo estaría).

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    1. Yo estoy grata por los años vividos pero triste por los que quedan sin él.
      No sé si me acostumbraré.

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  2. :'( yo tengo a mi amigo Pipe, se ha ido a Australia, se q pronto regresará, no sabría vivir sin él. Hermoso relato Isa, me has sacado lágrimitas.

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    1. El mío ya no puede volver y el agujero no se cierra haga lo que haga.

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    2. Gracias Isabel por compartir esta bella historia. Eric fue para mi un amigo muy especial y me gusta saber cuanta gente lo queria.

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    3. A ti por leerme, te mando un gran abrazo. Realmente Eric era un hombre especial en muchos sentidos y ha dejado un gran vacío. Besos.

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