miércoles, 9 de septiembre de 2015

DECISIONES



Siempre que Gonzalo salía de casa con idea de ver a su amante, Cristina lo sabía. 

Lo sentía con tanta claridad como si él lo hubiera dicho con todas las palabras y aunque trataba de disimular, su corazón se rompía en todas las ocasiones en que eso pasaba. Otras mujeres sabían jugar ese juego. Esposas que se hacían las ciegas y las tontas esperando que la locura pasara y el marido olvidase esos escarceos extraconyugales para retornar amoroso y arrepentido.

Ella lo había intentado.

Lo seguía intentando pero no lo conseguía, y ese día, en el momento en que la puerta se cerró tras su marido se sorprendió al constatar que un nuevo deseo había nacido en su corazón. El tiempo que le llevó a Gonzalo bajar los nueve pisos en el ascensor e intercambiar unas palabras con el portero, fue el que ella necesitó para escribir un sencillo mensaje que llegó al teléfono de él justo cuando abría la puerta del portal:

" No deseo que vuelvas, dime mañana a qué dirección mando tus cosas pues no quiero dividirte más con ella, ni verte ni oírte. No eres quien yo pensaba y menos quien yo amaba. Deja la llave en el buzón y vete"

Gonzalo leyó el mensaje tres veces.

Llevaba tanto tiempo escudándose en su "confusión" para justificar sus traiciones y sus mentiras que las palabras tan claras y directas de Cristina lo descolocaron. Como siempre su primera reacción fue intentar inventar una mentira que le permitiera seguir jugando con las dos, pero al releer el mensaje por cuarta vez comprendió que sería imposible. Era el momento de la decisión, subir y olvidarse del fin de semana en la playa con su "corazoncito" o marcharse y olvidarse de su mujer.

Indeciso, cobarde e infantil como era no conseguía pensar como un adulto porque no estaba preparado para asumir las consecuencias de ninguna de sus decisiones. Por un momento pensó en irse con la llave y regresar el domingo diciendo que no había visto el mensaje, imaginó que podría funcionar pues hacerse el despistado siempre le daba una tregua para maquinar nuevas mentiras. Sin embargo esa vez no sería así, arriba Cristina también estaba haciendo sus maletas y preparándose para dejar la casa.

Durante los siguientes diez minutos la inmovilidad de él era lo opuesto a la eficacia y la rapidez con que ella se movía arriba metiendo unas ropas en una bolsa y cerrando ventanas.

Se encontraron en el portal.

Él aún con las llaves en la mano y sin haber tomado ninguna decisión, ella con todas las decisiones tomadas alargó su mano y cogió el llavero del marido, separó las llaves de casa y le devolvió el resto.

- Hasta aquí llegamos amor. Tú no sabes lo que quieres, pero yo sí.

Y sin más le dio un beso en la mejilla y se fue.
Hacía tiempo que Gonzalo no lloraba unas lágrimas tan redondas y calientes como las que lloró mirando como ella se alejaba calle abajo.

Isabel Salas


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