viernes, 27 de abril de 2018

HERMANAS ENTERAS


Al contrario de muchas personas que viven toda la vida ignorando de quienes son hijos o no, mis dos hijas siempre supieron que son hijas de diferentes padres. Sabemos que muchos viven toda la vida ignorando quien es su verdadero padre, pero eso es irrelevante para mí, ya que no he sido nunca adultera y no he necesitado engañar a mis hijas, ni a nadie, sobre su origen. 

Que mucha gente viva creyendo que su padre es ese señor al que su madre llama marido, a mí, me da lo mismo y creo que tampoco debería ser problema de nadie con cuantos hombres decidí procrear.

Por suerte, estamos en pleno siglo XXI, y aunque la mayoría de la gente finge no ofenderse y evita tratarme mal por existir la prueba viva de que "al menos" he tenido sexo con dos hombres, lo cierto es que en el fondo son pocos los que aceptan ese hecho con naturalidad y respeto. En realidad he tenido sexo con bastante más de dos, pero  nunca conté las paellas que me comí, ni los cafés que me bebí y debo reconocer que tampoco caí en la cuenta de contabilizar los afortunados varones a los que concedí mis favores, por usar un eufemismo que siempre me encantó y llamar favores a algo que jamás he hecho por hacerle un favor a nadie, la verdad.

Por ser una mujer adulta y tener la manía de escribir sobre las cosas que me importan, sea porque me gustan o porque me joden, pocos se atreven a ofenderme mirándome a los ojos. Temen, con razón, verse retrataditos, antes o después,  en algún poema o verse ridiculizados en algún cuento y lo comprendo, ser tan patético tiene sus contra-indicaciones, y una de ellas es,  sin duda,  el miedo de verse espejados en versos que demuestren lo mediocres o envidiosos que son.

La mediocridad viene, por supuesto del hecho de medir el valor de una persona en base al numero de amantes o maridos que haya podido tener, y la envidia porque lo crean o no, hay gente que ha pasado la vida follando muy poco o incluso, con una sola persona y no soportan que otros hayamos tenido más suerte. Si el "promiscuo" es un hombre, ya sabemos que la sociedad machista aplaude su virilidad y hasta admira su arrojo, pero si quien reconoce que vive su sexualidad con libertad es una mujer y además tiene hijos con varios hombres, las cosas cambian y las críticas son mordaces y muy crueles, aunque pocas veces los chismosos, lo hagan de frente y con valor,

Sin embargo, sus hijos, que repiten como loritos descerebrados lo que aprenden en casa y destilan el veneno  que maman en las tetas bien casadas de sus madres, tienen a veces, la mala idea de intentar ridiculizar a mis hijas o herirlas de alguna manera usando para ello la técnica ancestral de referirse con desprecio a los seres amados de la persona a quien se desea herir. En este caso, los niños se refieren a la hermana de cualquiera de mis hijas como su"media hermana".

Como mis hijas nacieron con ocho años de diferencia y hemos tenido la suerte de vivir en distintas ciudades y países, me he visto obligada, a consolarlas alternativamente en diferentes momentos cuando han llegado a casa llorando o tristes porque la fulanita o el menganito de turno ha llamado medio hermana a su hermana amada.

Mis palabras han sido casi las mismas cuando esto ha sucedido, y a lo largo de los años las he tenido que repetir en más ocasiones de las que mis hijas merecen. Las dos han nacido de mí, las dos son mis hijas y no veo interesante ni trascendente el hecho de que cada una tenga un padre, pues eso no las ha diferenciado jamás a mis ojos y las amo igual, con el mismo amor y al volumen máximo de que soy capaz

Sólo tuve unos meses de duda respecto a ese punto, y fue cuando estaba embarazada de mi segunda hija. No sé si a otras mujeres les ha pasado lo mismo, pero yo después del primer momento de alegría por saber que estaba embarazada pasé unos meses preocupada con algo que me atormentaba mucho y era el hecho de no saber si yo podría amar tanto a otro bebé siendo que amaba tanto a mi hija mayor.

Dudaba de mi capacidad de amar, y aunque había aprendido en mi segunda patria que en el corazón de una madre siempre cabe un hijo más, reconozco que muchas veces dudé de ser capaz de amar a otro ser vivo con la misma intensidad que amaba a mi hija Carmen. Me asustaba decirlo en voz alta, no tuve el valor de confesárselo a nadie y en silencio esperé el momento inevitable de enfrentar la realidad.

Recuerdo el instante exacto en que el médico acercó mi niña recién nacida a mi rostro en el quirófano. El parto, que iba a ser parto normal, después de muchas horas de dolores terminó siendo cesárea y nació una niña hermosa de cincuenta y tres centímetros y casi cuatro kilos. La preocupación que me había atormentado durante tantas semanas se disipó en menos de un segundo, y sentí el amor por mi niña inundar mi mundo.

Un tsunami de amor que no necesitaba desplazar al amor que ya existía en mí por su hermana. Un amor nuevo, recién nacido como Hélène, que lo abarcaba todo, sin destruir nada, antes bien, creando una nueva Isabel más fuerte y más capaz. Una nueva yo, madre de dos hijas, feliz por sentir que mi amor no se dividía para amarlas a ambas, sino que se multiplicaba naturalmente y sin esfuerzos.

Amor entero, por mis hijas y gratitud por el cariño mutuo que sienten una por otra y que crece año a año.

Ellas, han aprendido con el tiempo a no llorar cuando algún microbio las llama medio hermanas, al contrario,  con el sentido del humor que nace del amor y de la inteligencia han aprendido a reírse de los idiotas que tratan de herirlas.

Han entendido que existen personas completamente estúpidas, que darían algo por ser sólo "medio malvadas" o estar sólo "medio amargadas", pero como diría Ortega Cano, lo que no puede ser, no puede ser y ademas es imposible.

Trece años después del nacimiento de mi segunda hija, nos reímos con carcajadas enteras de los que intentan burlarse del amor que mis hijas se profesan y que las hace sentirse completamente hermanas. Y a mí, madre entera de dos mujeres jóvenes e inteligentes, mejores que yo en todos los sentidos. 

Hoy son ellas las que me consuelan a mí cuando los ecos de la mediocridad intentan aturdirnos y agradezco que así sea, porque al hacerme mayor, me voy ablandando más de lo que el mundo permite para poder resultar ilesa y ellas tienen la fuerza, el amor y el humor que a veces me falta.


Isabel Salas

De tantas fotografías que podía haber escogido para ilustrar este asunto, esa que puse es tal vez una de mis favoritas. Fue un día difícil, el calor insoportable se vio aliviado por la llegada de la lluvia y saqué a las niñas a la calle para jugar con el agua, refrescarnos y sentir ese aroma de asfalto caliente mojado que tanto me gusta.

La infancia de mis hijas siempre tendrá perfume de Brasil, de calor, de lluvia, de brigadero, panquecas, palomitas y abrazos.




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