martes, 19 de junio de 2018

DESOBEDIENCIA DE LEYES INJUSTAS




Rosa Parks murió en 2005, en octubre, unos pocos meses después del nacimiento de mi segunda hija, y nunca pude imaginar en aquel momento, las miles de veces que yo miraría su rostro y leería su historia, para buscar inspiración y valor.

Ella fue, el detonador que llevó a la movilización de miles de personas cuando un bello día se negó a ceder su asiento en un autobús, al hombre blanco que según la ley, tenía todo el derecho a exigírselo. Me he preguntado muchas veces si ella en ese momento de rebeldía pensó en su compañero Raymond, con quien me gusta imaginar que habría discutido previamente la posibilidad de realizar ese acto de desobediencia, en más de una ocasión.  Y también me cuestiono si recordó a Claudette Colvin, Irene Morgan o Ida Wells, otras mujeres que, antes de ella, también se habían negado a moverse del asiento en otros días y en otros autobuses sin mayores consecuencias sociales.

Dice el refrán que tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe, y ese día en Montgomery, se rompió y se transformó en un boicot al transporte público cuando Martin Luter King pidió a los otros negros de la ciudad que se transportaran por sus propios medios para protestar así contra el encarcelamiento de Rosa y ellos se unieron al llamado.

Filas de hombres y mujeres caminando de madrugada hacia sus empleos, y al anochecer, al volver a sus casas, pusieron las cartas sobre la mesa y demostraron que el dinero que se dejaba de ingresar  cuando los clientes decidían caminar, no tenía color y era imprescindible para la empresa. 

La presión para mudar las leyes creció porque tenía un valor, un costo inadmisible el que las cosas siguieran como estaban, y después del transporte, se democratizaron los cines, las universidades, los hospitales y hasta la Casa Blanca, que años más tarde recibiría a su primer presidente negro, tan bueno o tan malo como cualquier otro presidente blanco que haya tenido EEUU pero que si pudo usar el asiento del famoso salón oval, fue como consecuencia, entre otros, de aquel acto de rebeldía de Rosa.

Rosa tenía ascendencia africana, nativo americana, escocesa e irlandesa, sin embargo nunca nadie se refiere a ella como la india Rosa, o la irlandesa Rosa, esa parte me hizo siempre gracia porque yo misma que jamás he puesto un pie en Irlanda, parezco más irlandesa que ella. Pero a ella se refieren en los libros como la costurera negra que se negó a ceder su asiento aquel día y cuyo acto de rebeldía sirvió para provocar los cambios que eran necesarios en la sociedad norteamericana.

Entiendo el poder de la simplificación, y ese resumen, deja la acción de la señora Rosa, aún más intenso, como esos versos perfectos que resumen en un renglón todo el dolor de un corazón traicionado y también entiendo que muchas mujeres de hoy en día, necesitan el mismo coraje que ella tuvo para negarse a obedecer otras leyes que les quitan mucho más que derecho a ir sentadas en el trasporte publico: les quitan el derecho de proteger a sus hijos.

Actualmente, mujeres tan irlandesas como ella, tan negras, tan escocesas o tan indias, y otras chilenas, italianas, argentinas, españolas o brasileñas, se ven en el dilema de acatar leyes que las obligan a entregar sus hijos e hijas a padres violentos o negarse a hacerlo, corriendo como Rosa, el peligro de ser encarceladas por negarse a obedecer la ley.

Extraño dilema, casi tan imposible de imaginar como le sucede a un joven de hoy,  si intenta visualizar un mundo donde blancos y negros no pudieran entrar juntos al autobús o al cine. Extraño, pero no imposible, raro pero real. La pesadilla que miles de niños, niñas y mujeres enfrentan, día a día, tras la separación de la madre de un marido violento, que la ha agredido  a ella o a sus hijos incluso usando, en algunos casos, la violencia sexual contra estos.

Ante esta situación pueden suceder dos cosas diferentes, por un lado, la familia puede encontrar amparo en las leyes de género y en los mecanismos de protección que éstas aseguran, porque los golpes son evidentes, existen grabaciones de los actos violentos, la violación ha dejado marcas en los hijos, o simplemente un buen abogado o un asistente social sensato consiguen activar los sistemas de protección que existen para las víctimas de violencia intrafamiliar, doméstica o de género, nomenclatura que varía según el país del que hablemos. En esos casos la afortunada familia es aislada del agresor permitiendo que todos se recuperen en paz, sin obligarlos a tener contactos ni visitas con él, ni a la madre ni a los hijos.

Pero como en las películas de terror, o en las peores pesadillas, también puede suceder todo lo contrario. No hay grabaciones, la madre tardó en denunciar las palizas por el miedo que tenía del compañero, o los abusos sexuales en los hijos o en las hijas no dejaron material genético, ya que muchos abusadores se cuidan mucho de provocar desgarros vaginales o anales para no auto incriminarse.

El sistema no está preparado para casos así, y sucede que ante la ausencia de pruebas físicas, se pone en duda la palabra de las víctimas. No importa que toda la familia narre la misma historia y se refieran con el mismo miedo a los años de sufrimiento que pasaron, algún psicólogo dirá que lo prepararon todo para mentir al unísono y perjudicar al papá.   No importará que todos coincidan en lo que cuentan, alguien alegará que la madre vengativa y resentida se lo inventó todo y los niños ahora no saben lo que dicen y por último, alguien dirá, usando la falsa enfermedad que se inventó un pedófilo norteamericano llamado Richard Gardner, allá por los años ochenta, que están todos enfermos, que la madre y los niños necesitan ser tratados con psicotrópicos y los hijos deben ir a vivir con el papá y ser separados para siempre de la madre.

Y esto, que parece absurdo, surrealista, cruel y perverso, está sucediendo hoy día, en pleno 2018, ante el silencio cómplice de una sociedad desinformada y unos profesionales que lejos de estudiar y entender de dónde salen esas teorías absurdas, las aplican sin responsabilizarse del daño que hacen a los niños a las niñas y a sus madres.

Ante la falta de pruebas, es lógico que un hombre no pueda ser condenado a ir a la cárcel, pero esa misma falta de pruebas no significa que el crimen no se haya cometido. De hecho muchos maltratadores que no pudieron ser condenados cuando golpearon a su primera esposa, lo serán cuando golpeen a la segunda o a la tercera, o la maten, ya que el padrón se repetirá para siempre y  alguna vez, con suerte, alguien tendrá las pruebas.

Sin embargo, la misma falta de pruebas contra los agresores, se está usando para condenar  a los niños a convivir con sus torturadores, sin piedad y sin derecho a apelación, y como Rosa, aquel día, otras miles de "Rosas" se plantean desobedecer las leyes y las sentencias que las obligan a entregar a sus hijos. 

Hoy, miles de mujeres están encarceladas en decenas de países, por haberse negado a entregar a sus hijos. Algunas lo  son cuando los niños les suplican que no permitan las visitas de fin de semana o los escondan para no tener que ir a cumplir los días de convivencia con el genitor, en casos de custodia compartida impuesta.

Esas mujeres ante la imposibilidad de explicar a sus hijos que no les permiten protegerlos, prefieren desobedecer e ingresar en prisión, pues así al menos, les demuestran a sus hijos que ellas hicieron todo lo posible, y que prefirieron ir a la cárcel que acatar la cruel sentencia de entregarlos.

Son las afortunadas, pues otras son separadas de sus hijos cuando la policía entra a buscarlos en la escuela para entregarlos al papá, o son llevados a la fuerza de madrugada cuando en su domicilio irrumpen fuerzas policiales armadas y se los llevan para nunca más verlos. Esas madres no imaginan que mentira les cuentan a sus hijos cuando ellos preguntan porqué mamá no viene a buscarme o porqué mamá ya no me llama o me quiere.

En un mundo tan lleno de tensiones políticas, crisis financieras, desastres naturales, drogas y delincuencia, el dolor de estos niños y madres, pasa completamente desapercibido. Siempre habrá quien recurra a la burla fácil,  quien intente sembrar la duda sobre la veracidad de las denuncias o quien hable del dolor del padre inocente falsamente acusado.

Estoy hablando de los casos que son verdad, y es de estos niños y de sus madres que necesitamos discutir urgentemente y buscar  la manera de protegerlos.

Estos niños necesitan un Luter King que sepa ver la manera práctica de convertir el dolor en dinero, pues es de dinero que el mundo entiende. Estos niños necesitan una campaña publicitaria que sepa sacarlos de la invisibilidad y convertirlos en los protagonistas de la película de terror que están viviendo. Estos niños no son osos polares flotando a la deriva,  ni mariposas en extinción, ni los hijos de locas mentirosas, son niños que sufren al obligarlos a vivir o convivir con padres violentos y necesitan ayuda.

No hablamos de falsas víctimas, hablamos de verdaderas víctimas que no tienen más que su palabra  para contar lo que les pasó, madres e hijos que no tuvieron la inteligencia de grabar los abusos, ni la suerte de algún vecino denunciara los gritos o los golpes que se escuchaban.

Rosa Parks, se sentó en un comedor en Berlín, cuando le dijo a sus hijos que debían salir de Alemania porque la ley obligaba a sus vecinos a entregar a los judíos y ellos eran judíos. Rosa se sentó en un tren que salía de la antigua Yugoslavia con sus hijos croatas o serbios. Se sentó en una tienda de campaña en Gaza o en unas ruinas de Siria a preparar un caldo mientras intentaba calmar y proteger a sus hijos, o se negó a entregarlos en el Congo o en Sierra Leona cuando alguien quiso amputarles los brazos, porque es eso que las madres, normalmente, hacen: proteger.

Y Rosa Parks se sienta hoy delante de un juez que le exige, en nombre de otra ley, que entregue a sus hijos e hijas y renuncie a su derecho de protegerlos.  Hoy ella, no es sólo negra, es de todos los colores, y su autobús de llama juzgado de familia, hoy necesita, de nuevo, tener el valor de decir NO, y de nuevo necesita estrategias y apoyos que hagan de su gesto el detonante de los cambios que la sociedad necesita urgentemente en todos los países.

El único patrimonio realmente importante de la humanidad, son los niños. Las murallas, las estatuas, las ruinas y todos patrimonios culturales de la humanidad, pierden el sentido si no hay humanidad que los aprecie y lo que estamos permitiendo al omitir el socorro a estos niños y sus madres, es completamente deshumano.

Termino con una frase de Mario Quintana, "La felicidad bestializa, solamente el sufrimiento humaniza a las personas", y mi deseo de que el sufrimiento ya haya sido suficiente para humanizar los mecanismos de protección de estos niños.

Isabel Salas







10 comentarios:

  1. Buena recomendación ...

    Saludos
    Mark de Zabaleta

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  2. Seria y descriptiva nota, que pone sobre el tapete un tema que pareciese que gran parte de la sociedad se niega a aceptar que ocurre,y mucho más frecuentemente que lo que se supone. Ciertamente se necesitan muchas Rosa Parks en el mundo.

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    1. La violencia intrafamiliar es, a pesar de los grandes estragos que produce en la mayoría de las familias, un gran tabú hasta hoy.

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  3. Si no fuera por ti y por tu lucha jamás habría tomado conocimiento de esta realidad. Es una vergüenza.

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    1. Lo que está pasando en el mundo con estos niños y sus madres no tiene perdón

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  4. Terrible realidad, la desconocía por completo. Muchas gracias por la información.

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  5. Muy interesante,sabía de estas historias,pero no sabía cómo se identificaban estos hechos, gracias por la interesante información

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