Cuando llegó el momento de preparar la contraportada de Quedan bastillas, recordé que tenía un pequeño problema pues no conocía (ni aún conozco) a ningún crítico prestigioso, ningún escritor famoso ni ninguna de esas personas cuyo apellido, colocado en cursiva, parece capaz de vender un libro por sí solo.
Tampoco tenía demasiadas ganas de salir a buscarlos, así que recurrí a gente de confianza: mis personajes.
Ellos sí habían leído el libro, por razones bastante obvias, y además conocían perfectamente sus propios secretos. Les pedí que dijeran unas palabras y, como casi todos los personajes cuando se les da micrófono, aprovecharon para hablar de sí mismos con todo el orgullo y la falta de modestia que yo esperaba y necesitaba.
Ramiro, siempre amante de la plata, invitó a pasar por su tienda. Mercedes habló de los nuevos comienzos. El perro cojo, que siempre ha tenido más criterio del que aparenta, hizo lo suyo. Y Juan Luciano prometió errores, espejos y arrepentimientos, que tampoco es poca cosa, ya que siempre fue un traidor apesadumbrado (seguramente también narcisista pero no quiero abrir ese melón).
No sé si esto tiene el mismo prestigio que una frase firmada por alguien del New York Times. Pero, al menos, ninguno de ellos me pidió un ejemplar dedicado a cambio. Correos está carísimo.
