membretados de amor.
del licor,
Eres la eterna mota
de tu amor impostor.
por tanto dolor preso,
que a veces,
cuando escribo
y mi alma se alborota,
se desata el estribo
de mi amor inconfeso
y se impregna mi verso
de llanto zurcidor.
Isabel Salas
Saliendo del trabajo, cerrando la puerta detrás de sí, ajustándose el abrigo y respirando hondo, el hombre se queda un momento mirando la calle, notando que está lloviendo, observando cómo el agua va cayendo sobre el asfalto. La lluvia está formando charcos y reflejando las luces de los coches que pasan salpicando. Suspirando, buscando en su mochila, encontrando el paraguas y abriéndolo con cuidado, el hombre empieza a caminar despacio, esquivando los charcos, mirando a la gente pasar corriendo, escuchando el ruido de la lluvia golpeando la tela.
Avanzando hacia la parada de taxis, va pensando en la cena, imaginando una sopa caliente, recordando que tiene pan, preguntándose si le queda queso, considerando llamar a alguien, decidiendo que no, prefiriendo llegar a casa, quitándose los zapatos, encendiendo la luz, poniéndose cómodo y sentándose a descansar, terminando el día lentamente, escuchando la lluvia seguir cayendo.
Si encontrara ese texto en un blog literario, diría que es un ejercicio de estilo más que un texto narrativo propiamente dicho. Y con razon.
Se percibe claramente una consigna formal, es este caso la acumulación de gerundios. El texto funciona como demostración de ritmo y continuidad más que como un relato con tensión o conflicto. No hay nudo ni desenlace, no lo leería como si fuera un cuento, sino como "pieza lingüística", casi como un experimento.
El uso continuo del gerundio me produce una sensación interesante pues todo ocurre sin pausas, sin puntos de apoyo, como si la escena estuviera deslizándose. El tiempo verbal genera una atmósfera de tránsito, de algo que no termina de fijarse, lo cual encaja bien con la situación que está narrando. Muestra una sucesión de acciones:salir del trabajo, caminar bajo la lluvia, pensar en la casa.
Todo está en movimiento, nada se detiene.
Es un texto que patina entre charcos.
También diría que el texto tiene algo cinematográfico porque yo siempre busco cine dentro de la literatura. Los gerundios funcionan como una cámara siguiendo al personaje: saliendo, mirando, abriendo, caminando, pensando, imaginando. No hay casi reflexión profunda ni descripción elaborada, pero sí hay una continuidad visual clara, como una secuencia única.
En un blog literario lo interpretaría como un ejercicio sobre el tiempo y la continuidad más que sobre la historia. Un texto sobre el “mientras”, no sobre el “qué pasó”. Eso, literariamente, me hace bastante sentido. Porque el gerundio, en el fondo, es el tiempo de la vida cotidiana. Siempre estamos yendo, pensando, recordando, esperando, volviendo. Nunca estamos del todo en un punto final.
El gerundio es el verdadero presente.
Al menos hoy, aquí, mientras estás leyendo.
Isabel Salas
Antes de todo aquel delirio, yo me dedicaba a lo mío: flashmobs en supermercados, bodas temáticas (“Dirty Dancing versión bautismo”), y algún videoclip indie de gente con flequillo y cara de tristeza. Nada serio. Nada que dijera “este hombre devolverá la esperanza al mundo con una coreografía en bata médica”.
Pero llegó el 2020. Y con él, un llamado. Un alto cargo del ministerio. Voz grave, tono de tráiler de película bélica:
—¿Usted es el que hizo bailar a quince señoras disfrazadas de astronauta en la apertura del mall de San Miguel?
—Culpable.
—Excelente. Una de ellas era mi tía Gloria, ella lo recomendó. Necesitamos que haga bailar a los médicos.
Se me cayó el celular. De la risa, de que era un Nokia y de que no recordaba a la tía Gloria.
Pero fui. Porque en tiempos de crisis, uno agarra lo que venga. Cuando el mundo se prende fuego, uno se presenta con purpurina y disposición al llamado del destino. Y, sobre todo, porque en plena era del "quédate en casa" yo estaba loco por salir e ir a cualquier lado. Así que allá terminé yo, frente a una fila de doctores con expresión de trauma de guerra, moviendo los brazos como si estuvieran espantando abejas imaginarias. Un cardio intensivo de pura vergüenza ajena. Ni uno a tiempo. Ni uno.
Las enfermeras eran peores. Una intentó hacer un pasito y se dislocó el hombro. Otra se largó a llorar a mitad de “Stayin' Alive”, lo cual, irónicamente, arruinó la metáfora.
Así que tomé una decisión ética, artística y totalmente fraudulenta: propuse contratar bailarines profesionales y disfrazarlos de personal médico con batas, mascarillas, estetoscopios y todo el equipo.
Los verdaderos doctores estaban salvando vidas en algún lugar fondo a la
derecha. Y al frente, mis “Dr. Bailarín” hacían un shuffle con una
jeringa gigante como bastón.
Y ¿adivina qué? Fue un éxito monumental mundial. Nadie sabía de qué países eran los doctores bailarines y a nadie le importaba. Los videos se viralizaban más rápido que la variante Ómicron. Me ofrecieron hacer un especial navideño: “Navidad en la UCI: El Musical”. Me preguntaron si quería asesorar la campaña de vacunación con un número de tap. TAP. Yo solo les pregunté: “¿Con purpurina o sin?”
Lo mejor de todo es que nadie
recuerda de quién fue la idea de hacer bailar a los médicos en plena
emergencia sanitaria. Ni siquiera yo supe de donde salió aquel
disparate. Algunos sospechan que fue una mezcla de ansiedad colectiva y
una reunión de Zoom que se salió de control. Pero a nivel laboral,
personal y económico fue lo mejor que me pasó.
Compré un loft. Tengo una heladera que se conecta al Wi-Fi , Alexa se
sabe todas mis canciones favoritas y pago impuestos como un adulto.
Y ahora, 2026, aquí estoy.
Esperando la próxima pandemia,
como quien espera el estreno de una nueva temporada de su serie
favorita. Lo tengo todo listo por si el próximo virus se pareciera al corona: un
número de salsa sobre camas de hospital motorizadas, un opening de jazz
estilo Broadway llamado “Variante X: el regreso” y hasta un trío lírico
con barbijos autotuneados que va a hacer llorar al OMS entero.
Los puristas afirman que no se puede coreografiar una crisis sanitaria. Yo respondo:¿quieres apostar?
Pero debo advertirte de un presagio. Me temo que la próxima no será como la anterior ni parecida. Desde hace un tiempo, vengo estudiando patrones, señales, vibras raras. El mundo respira raro y la gente, si te fijas bien, mastica más lento. Los influencers hablan como si tuvieran el cerebro en buffering.
Y yo lo sé, lo presiento...lo deseo. Se viene la próxima pandemia. Y esta vez será diferente. No va a ser un virus que te quita el gusto o haga que los lenguados tengan sabor a acetona. No, no. Va a ser algo más cinematográfico. Más espectacular. Estoy hablando, por supuesto, del tan anunciado y hollywoodense apocalipsis zombie.
Sí. Ya sé. Te ríes.
Cuando el primer noticiero diga que hay una señora en Croacia que intentó comerse a su panadero, ahí te quiero ver. Dejarás de reírte. Yo me estoy preparando. Sin embargo no acumulo latas de atún ni papel higiénico.
Me preparo artísticamente, por supuesto.
Porque esta vez el desafío no va a ser hacer que los doctores bailen. Esta vez voy a tener que coreografiar a los no-muertos. ¿Zombies torpes? ¿Coordinación motriz cero? ¡Un sueño! Es como volver a trabajar con médicos, pero con más compromiso corporal.
Estoy estudiando a mi gurú espiritual y artístico: Michael Jackson en Thriller. La forma en que movía esos hombros descoyuntados. La precisión de la mirada vacía. El moonwalk con olor a cráneo podrido y esos ricitos que parecían anticipar cada paso sin descabellarse.
Ya tengo el concepto: "Zombi con Z de Zoom". Un musical post-apocalíptico donde bailarines, disfrazados de sobrevivientes bailan en pasillos destruidos, con barbijos rotos, mientras otros, vestidos de zombies hacen líneas perfectas de canon y contracanon al ritmo de sintetizadores ochenteros.
Estoy diseñando el vestuario. Andrajos con lentejuelas. Mascarillas desgarradas con bordado y telas de araña. Tacones para los zombies glam. (Los otros, descalzos pero con actitud.)
Y lo mejor: no necesito ensayar expresividad facial. ¡Son zombies! Toda esa inexpresividad que antes arruinaba mis números, ahora es parte del estilo. Es arte. Es método y rigor mortis con ritmo.
La
humanidad estará temblando. Y yo, entre explosiones y gruñidos, voy a
estar gritando desde la torre más alta de lo que quede en pie.
“¡Cinco, seis, siete, OGHHRRRRHHH!”
Estoy listo.
El fin del mundo es mi mejor escenario.
Isabel Salas
No vengo a hablar de todo. Vengo a hablar de las madres: de las hembras humanas que gestan y paren, y de las consecuencias políticas, jurídicas y culturales de esa realidad.
También me gustaría que prestaras especial atención a la idea de “jurisdicción materna”. No porque diga solamente que la madre importa, sino porque plantea que el vínculo entre madre e hijo constituye una realidad vital anterior al derecho, algo que el Estado no crea. Más bien al contrario: cuando interviene, muchas veces absorbe, fragmenta o administra ese vínculo. En ese punto, el libro deja de ser solo una crítica cultural y entra en un terreno mucho más hondo.
Las madres no tenemos que conformarnos con pedir reformas. No es suficiente exigir que mejoren protocolos o sean ampliados derechos dentro del mismo esquema. En Materfiesto abrimos nuevas discusiones sobre de quién es la soberanía sobre ese vínculo originario. Para algunos esto será incómodo, para otros radical y otros lo verán singular.