Me enseñaron que los objetos nacen para ser usados y nada más. Una olla, una taza, una silla, un abrigo, u otras cosas comunes, fueron diseñados para cumplir su función. Utensilios que, llegado el momento, se desgastan, se rompen y dejan su lugar a otros. Esa sería su vida natural, por así decirlo.
Pero a veces ocurre algo que rompe ese ciclo y nadie los tira. Al principio quizá porque todavía sirven aunque les falte un asa, porque son cosas bonitas, porque el reemplazo nos parece caro o porque da pena desprenderse de esos objetos. De esa forma, casi sin darnos cuenta, los años empiezan a depositar sobre ellos algo que no poseían cuando llegaron a nuestras manos: nuestra historia.
En mi casa hay varias de esas reliquias, una de ellas es una manta que tiene más de un siglo. Llegó hasta a mí a través de mi abuela materna y tiene una historia que realmente merece ser contada.
Hablemos un poco de mi abuela. Ella se llamaba Mari Tere y fue la pequeña de muchos hermanos. Nació en Madrid en febrero de 1916 y allí creció entre modistas, artistas y veranos en Valencia. Tenía nueve años cuando su padre enfermó y tuvieron que operarlo. Ella me contó muchas veces que durante aquella operación dejaron algo dentro de su cuerpo —una pinza, unas gasas, no recuerdo exactamente qué—, y ese olvido produjo una infección. Sus ojitos azules se llenaban de lágrimas al contarme todo esto. El desenlace fue fatal y ella revivía aquellos momentos mientras los recordaba. Tras largas semanas de mucho sufrimiento, él murió. Durante aquellos días hubo una sucesión de visitas en la casa, algunas por afecto y otras por negocios. Ella recordaba con total claridad el día que uno de sus tíos le trajo a su padre una manta hecha por las costureras del taller.
Su familia paterna tenía un negocio familiar que se llamaba Sastrería Peris Hermanos, donde trabajaban varios hermanos. Mi bisabuelo Federico Peris, era el mayor de todos. Después que falleció, la dirección del negocio fue heredada po el siguiente hermano y así fue hasta hace pocos años en que escuché que la vendieron los hijos del hermano menor. Último sucesor de los hermanos originales. La sastrería estaba especializada en ropas de teatro y mas tarde también cosieron para la televisión y el cine. Fue de aquel taller de costura que salió nuestra manta. Una vez, hace muchos años, estuve allí en una de mis visitas a Madrid. Me encantó conocer aquel lugar que hasta ese día sólo había vivido en mi imaginación.
Había hileras e hileras de percheros con vestuarios de romanos, de varias épocas, medievales, de escuderos, de mosqueteros, de nobles, bailarinas, moros y odaliscas. También había rollos de tejidos de todo tipo, desde gasas finas a sedas, organdíes, rasos, linos, satenes, organzas y muchos otros que no supe identificar.
Fue emocionante imaginar a mi manta cuando era un retal en aquellas estanterías. Siempre me ha parecido que una tela, cuando aún es parte de la pieza o un retal, encierra e sí todas las posibilidades de lo que algún sastre o costurera podrá realizar con sus habilidades. He visto a mi propia madre cosernos vestidos y pantalones maravillosos durante toda mi infancia a mí y a mis hermanos con telas que nunca supieron al caer en sus manos que terminarían siendo un vestidito para una boda o un pantalón para pasear los domingos.
En mi deambular por el taller identifiqué algunas telas parecidas a las de la manta y por supuesto la curiosidad me pudo. Pregunté para qué se usaban.
Me acompañaba en esa visita una prima de mi abuela y ella, sin sospechar el impacto que aquellas palabras podrían tener en mí, me contó que ese tipo de tejidos se usaban para capas de reyes. Y fue así como descubrí que nuestra amada cobija fue confeccionada con el material que usaban para hacer capas de reyes. Sonreí por dentro.
Evidentemente no había sido diseñada para convertirse en una reliquia. Nadie podía saber que cien años después seguiría existiendo. Ni menos pensar que estaría en las manos de la bisnieta de aquel hombre ni que ella continuaría usándola en las frías noches del invierno argentino. Seguramente debió de ser una respuesta práctica y afectuosa a una necesidad inmediata pero la realidad es que tuvo, y aún tiene una trayectoria mucho más interesante.
Con mi abuela se instaló en Málaga cuando ella se casó con un perote. Para quien no lo sepa es así que son llamados los oriundos de un pueblo chiquito de Málaga que se llama Álora. Después fue sucesivamente trasladada a Antequera, a Granada, a varios estados de Brasil, a varios departamentos de Uruguay y a dos provincias de Argentina.
Tengo que reconocer que en Brasil no la usé demasiado mientras viví en el estado de São Paulo qué es completamente tropical y son raros y es esporádicos los días de frío. Sin embargo sí la usé con mucha alegría en Curitiba, una preciosa ciudad que se encuentra en el Estado de Paraná bastante más al sur. Allí las estaciones están diferenciadas y el invierno es bello. No riguroso pero lo bastante frío como para necesitar cubrirte bien por la noche.
La manta resulta un poco pesada, extraordinariamente caliente, hecha con un hilo de seda que todavía hoy cambia de tono cuando se mueve el pelo y recibe la luz. El tiempo ha pasado sobre ella, por supuesto. El forro original de la parte posterior terminó deteriorándose y hubo que sustituirlo; por eso ahora asoma en los bordes otra tela, más reciente, en tonos verdes, que pertenece a una época distinta. Pero el cuerpo de la manta sigue ahí y sigo utilizándola. En Argentina la pongo sobre los pies de mi cama casi todas las noches deo invierno cordobés. Me gusta especialmente su peso perfecto, esa gravedad agradable con la que cae sobre el cuerpo. En cierto modo me hace sentir su compañía.
Hoy en día muchas piezas de abrigo parecen hechas de plástico y diseñadas para mantener el frío afuera. La manta dorada no, ella hace que nuestro propio calor no se escape. Lo cuida y lo mantiene pegado al cuerpo.Tal vez es una habilidad que aprendió con el tiempo o una característica de su regio material. Eso no podemos saberlo.
Si no hubiera conocido su historia, seguramente algún día la habría cambiado por otra. Ella no sabe quién la hizo, ni para quién. No sabe quién fue mi abuela, ni todas las veces que ella debió de doblarla a lo largo de su vida. No sabe que cuando la meto en la lavadora no cabe nada más ni las veces que la he usado para cubrir a mis hijas en horas especiales de fiebres y pesadillas.
O tal vez sí. En cierto modo vamos poniendo nuestras vivencias y confidencias dentro de nuestros objetos y debe ser por eso que llega un momento en que ya no es posible sustituirlos. Los sentimos un poco vivos. Ni gina manta nueva conoce nuestros nombres.
No conservamos las cosas porque sean excepcionalmente valiosas. Se vuelven valiosas precisamente porque las conservamos. Los que atraviesan una generación y después otra van recogiendo significados. Mantienen juntas personas que no llegaron a compartir el mismo tiempo.
Mi bisabuelo Federico, mi abuela niña en 1930, mi abuela muchos años después contándome lo sucedido, recordando la muerte de su primer hijo, mi madre que le cambió el forro deteriorado por uno más nuevo y yo ahora, un siglo más tarde acomodando la misma cobija sobre nuestros cuerpos.
Pensamos que heredamos objetos.
Quizá sea al revés. Hay objetos que, simplemente porque se decide no desprenderse de ellos, terminan heredándonos a nosotros.
Isabel Salas







