Pensaemas

jueves, 29 de octubre de 2026

LOS OJOS DE EUGENIO ZAMBRANA







Cuando el viejo Eugenio cerraba los ojos y los cubría con su mano, se iniciaba un proceso interno que lo transportaba y lo transformaba; el anciano abría su alma y retrocedía en el tiempo a la velocidad de la luz, escogiendo entre sus miles de vivencias las que merecían ser revividas a todo color, ahora que su rutina diaria era tan gris.

Cinco semanas hacía que habían enterrado a Josefa y él aún no se había adaptado a los nuevos matices del mundo sin la presencia de la compañera de sesenta años.

Se dice pronto sesenta años, son dos palabras  apenas, pero para vivirlos se tarda un rato lleno de días, miles de días y de noches con sus madrugadas y sus tardes llenas horas de Josefa. 

Su novia, su mujer, la madre de sus hijos, la compañera, la cocinera, la que sabía hablarle con la mirada.

Al cerrar los ojos, lo primero que ellos buscaban eran los de la esposa. Allí estaban, esperándolo, detrás de sus propios párpados, rodeados de arrugas, como últimamente, pero intacto el brillo con que le devolvían el mirar desde que se empezaron a amar tanto tiempo atrás.

Allí, dentro de él, estaban los ojos que habían aprendido a hablarle directo al alma,  la mirada que sabía pedirle que se callara cuando los regaños a los hijos ya habían alcanzado el punto exacto o que empujara más fuerte cuando se estaban amando y ella deseaba sentir su fuerza dentro de ella. 

Los nietos, en parte porque temían los ruidos nocturnos del viejo desvelado y en parte porque les gustaba torturar al ser indefenso en que, de pronto, se había convertido el viejo Eugenio, corrían a reclamarle a su mamá Mercedes. Salían sin hacer ruido de la sala y la buscaban para contarle que el abuelo se estaba durmiendo, que no los dejaría dormir, que se debe dormir de noche y no de día, y ella llegaba presurosa cerquita de él, se agachaba y le ponía la mano delicadamente en el hombro para no asustarlo, en parte porque también se despertaba con los paseos de su padre en las madrugadas y en parte por una genuina preocupación nacida del cariño.

Si con eso no bastaba para sacarlo del ensimismamiento, ella, mimosa, le pedía un beso y el viejo bajaba la mano que le cubría el rostro para atender el pedido de su hija. Mercedes acercaba su mejilla a los labios del padre y él con cuidado le daba ese beso paternal que  siempre tenía sabor de canela y cigarro.

Pero esta tarde al bajar la mano para atender a la hija, el viejo permaneció con los ojos cerrados y con una voz muy chiquita preguntó si estaban los niños cerca.

Estaban y así se lo confirmó su hija.

- Que se vayan, hija, mándalos salir.

No hizo falta que Mercedes repitiese los deseos del padre como órdenes a los hijos. Los niños, sin rechistar atendieron al abuelo y salieron sin decir nada.

- Ya se fueron padre. Dime que te pasa.

Eugenio seguía con los ojos cerrados.

- Me pasa tu madre hija, me pasa que sin ella no sé estar, ni quiero. No quiero abrir los ojos porque aquí dentro la veo. Ella me mira y yo la miro. No hacemos nada malo hija sólo mirarnos.

Mercedes miró el rostro arrugado de su padre. Sus arrugas, sus cabellos blancos, sus ojitos cerrados y unas lágrimas que escurrían despacio haciendo caminitos  en zig zag camino de la camisa.

Con el filo de su falda se las secó, mientras recordaba cuantas veces había sorprendido a sus padres mirándose cómplices por encima de las cabezas de los hijos almorzando o al cruzarse en un pasillo. Recordó la sonrisa de su madre y los guiños de su padre . Se acordó de como él, al regresar del trabajo, al primer hijo que se encontrara le preguntaba dónde estaba la madre. La buscaba, se miraban, sonreían, y sólo después buscaba a los hijos para saber del día o de las novedades.

Pensó en su padre en el entierro, semanas antes, tan serio, tan triste, tan de ojos cerrados, tan de de pie al lado del ataúd.

Las personas pensaron que rezaba, pero Mercedes no había visto rezar a su padre jamás, era un ateo convencido y lo último que se le pasaría por la cabeza sería  orar en momentos de crisis, simplemente estaba allí, parado en pie al lado de su mujer muerta con una mano en la caja y la otra cubriéndose el rostro.

No era hora para palabras, pues el dolor no las necesita cuando se vive en familia. Se dejó caer en el regazo de su padre como cuando era niña y al apoyarse en su pecho le tomó una de sus manos y la llevó a sus propios ojos.

- También quiero ver a mamá.

La cena, los niños, las prisas y los miedos de no dormir, pararon para admirar como el amor une miradas que la muerte separa.

Mercedes sintió el beso de su padre en su frente segundos antes de dejar de escuchar su corazón.

Sin alarmas, sin miedo, dejó que se fuera apagando sin llamarlo.

Pensó en cuantas veces había escuchado hablar de parejas como sus padres, gente que después de mucho tiempo juntos, no saben despedirse  cuando fallece uno de los dos.  El otro, en poco tiempo, se apaga y lo sigue.

Y así se acababa de ir su padre.

Con los ojos que  él mismo se había cerrado, prendidos en la mirada de su mujer.

Isabel Salas




lunes, 19 de octubre de 2026

JABONCITO DE ESCOCIA

 



Esta mañana me caí en un poema.

Esto no pasó de noche, en estado de embriaguez o en mitad de un sueño. Pasó en mi pasillo. Eran exactamente las diez y media y acababa de terminar de limpiar el baño. Me encantan los baños limpios. Tras concluir la limpieza realicé mi ritual de siempre:lavarme muy bien las manos para quitarme el olor del producto de limpieza. No es que me desagrade ese olor; me gusta sentirlo en el ambiente del baño, pero no en mi piel. Por eso tengo un jaboncito de hierbas que siempre utilizo después de limpiar. Me deja las manos perfumadas.

Salí del baño y, mientras caminaba por el pasillo, tropecé y caí dentro de un poema.

Era un poema, que escribí hace cinco años, dedicado inocentemente a la llegada de la primavera. Siempre he sentido que cada mayo inaugura para mí un nuevo año, mucho más que la Navidad o el primero de enero. La Navidad y el Año Nuevo son celebraciones mundiales, pero la primavera es mi fiesta particular, la que verdaderamente siempre ha marcado el comienzo de otro año.

Creo que los chinos también celebran su Año Nuevo más o menos por esas fechas. Pero mi poema no habla de chinos. Era una exaltación de la exuberancia de las flores, de la vida que renace, de los perritos que nacen y de todas esas maravillas que trae consigo la estación.

Al encontrarme dentro del poema, lo reconocí enseguida pero saber dónde estaba y reconocer el lugar no me tranquilizó ni un poco. Más que tranquilidad sentí desconcierto.

¿Cómo había caído allí?

No conseguía explicármelo. Hacía apenas unos instantes estaba caminando por el pasillo de mi casa y ahora me encontraba en medio de un poema antiguo.

Me puse a caminar

Las palabras se enredaban en mi ropa y en mis zapatos como los matojos de un camino invadido por la maleza. Los diptongos, los hiatos, los acentos, las tildes y las comas me hacían tropezar a cada paso. Cuanto más intentaba avanzar, más me enredaba. Aquella exuberancia primaveral que yo había celebrado con tanto entusiasmo se había convertido en una maraña de palabras de la que no conseguía librarme.

Y entonces dejé de preguntarme cómo había llegado hasta allí.

Lo que necesitaba saber era cómo salir.

¿Cómo se sale de un poema? ¿Alguien ha salido alguna vez de uno?

Sentí verdadero miedo. Las palabras pegajosas me agarraban. Estaba a punto de patear las sin compasión cuando de pronto se me ocurrió algo mucho peor.

¿Y si siempre había estado allí?

¿Y si yo nunca había existido fuera de aquel poema? ¿Y si yo era, en realidad, parte de sus versos y en algún momento me había creído una persona?

Esa idea sí me aterrorizó.

Cerré los ojos. Casi no podía respirar. Me llevé las manos al rostro, no sé si intentando taparme o esconderme de aquel pensamiento espantoso; Quizás para evitar que las metáforas se rieran de mi...Y entonces lo percibí.

El olor de mi jaboncito de hierbas.

Lo reconocí inmediatamente. Era el olor de mis manos recién lavadas, el olor amado de mis idas a Escocia. El que me acababa de acompañar al salir del baño.

Su aroma entró a través de mis ojos. Cuando los abrí me encontraba de nuevo en mi casa.

Es un jaboncito muy suave. Hermoso. Rompe hechizos.

Y la verdad, huele muy bien.


Isabel Salas 

 

 

 

 

lunes, 12 de octubre de 2026

SONETO DE ALFILERES


 

 
 
Nunca podré volver a mis raíces
ni a la sombra del olmo de mi plaza.
Ya no viene la luna a mi terraza.
Mi ciudad tiene nuevas cicatrices.

Cada cambio está lleno de matices
que mi mente, sin entender, rechaza.
Mi espíritu fabrica una coraza
que repela esos cambios infelices.

Regreso y soy extraña entre los míos.
El banco de la plaza ya no existe.
Nadie recuerda mis amaneceres.

No se viven sin costo los estíos.
El regreso tiene el sonido triste
de una latita llena de alfileres.
 
Isabel Salas 

sábado, 10 de octubre de 2026

LA TRAIDORA



 

La cómoda me mira por el tirador que le falta.

Es mi pirata particular, mi juez privado, el guardián de mis secretos. Sabe cuántas de mis bragas tienen agujeros y cuándo caducó el último condón.

Yo también la odio.

A veces me esconde los papeles o me cambia de carpeta los documentos. Sé que sabe que cuando tenga dinero compraré otra y con ella haré un asado. Hace una semana me sacó un anillo, que me gusta mucho, de la cajita de piedra jabón y lo dejó cerca del borde para que el gato le dé un empujón y lo mande al precipicio de las cosas inútiles.

Ella odia al gato. 

Quiere que yo me canse de él y me deshaga del pobre michi. Eso no va a pasar, me encanta cuando él usa el lateral de la cómoda tuerta para afilarse las uñas.

Mañana voy a comprar calcetines y voy a llenar el cajón de enmedio con ellos. Los meteré bien apretados y perfectamente emparejados, justo encima de esa colcha de India que ocupa casi todo el espacio. 

Quiero que le cueste trabajo respirar.

El gato ya sabe por mi cara que mañana torturaremos a la traidora,

Él me ama. 

Isabel Salas 

 

martes, 6 de octubre de 2026

LO IMAGINO Y LO TENGO


Durante años, cada vez que terminaba de escribir una entrada para el blog, empezaba una segunda tarea que me gustaba bastante menos: buscar una imagen que la acompañara.

No cualquier imagen, sino una bonita. Bonita y que tuviera algo que ver con el texto y  no pareciera arrancada de un catálogo de AVON. Y, por supuesto, y por encima de todo, una foto que pudiera usar sin meterme en problemas legales con los derechos de autor y toda la marimorena.

Mi experiencia era siempre la misma,  las imágenes que más me gustaban eran precisamente las que estaban protegidas, tenían marca de agua, pertenecían a fotógrafos famosos con derechos perfectamente legítimos o estaban alojadas en páginas donde  me hacían sentir una delincuente por querer ilustrar un poema sobre la lluvia.

Así pasé años. Este blog tiene 12 años, así que habré pasado más de diez buscando, descartando, mirando bancos de imágenes, preguntándome si aquella foto se podía usar, o no, y conformándome muchas veces con una imagen que no era la que quería, sino la que estaba disponible para mis nulas posibilidades económicas.

Hoy en día, gracias alas nuevas tecnologías, todo ha cambiado para mí y, dicho sea de paso, para muchísimo mejor. A la inteligencia artificial yo le digo que quiero una habitación en penumbra, con un teléfono abandonado en una mesita y, al fondo, una mujer durmiendo la siesta con un gato amarillo  (sin pulgas) durmiendo sobre su pecho y me la crea en segundos para que la ponga al lado de mi texto sin calentarme la cabeza.

Ahora puedo ilustrar mis textos sin tener que robarle la foto a nadie ni intentando contactar  a quien hizo la imagen para ver si me deja usarla. Tampoco tengo que usar una fotografía que ya acompañó otros cuatro mil artículos sobre mujeres tristes, paraguas rotos o payasos mojados.

Puedo pedir exactamente la imagen que necesito. Usar el menú infinito de mi imaginación más desbordada, hacer mi pedido a la carta y ser feliz.

Sin embargo, en las redes sociales ha aparecido una especie de inquisición autoral estética y gráfica que parece considerar que usar IA es practicamente una degradación moral. Hay gente en Threads que habla de estas herramientas como si quienes la usamos hubiéramos sacrificado a un ilustrador en alguna pirámide perdida de las selvas centroamericanas  para poder generar una imagen de una taza de café con una ventana detrás por la que se ve una mujer con gabardina amarilla que lleva un paraguas de flores.

Entiendo perfectamente que artistas, fotógrafos e ilustradores discutan sobre derechos, entrenamiento de modelos, atribución o impacto laboral. Son debates reales y necesarios, así como gente que escribe también abre sus propios debates sobre libros, poemas y canciones. Lo comprendo. No me interesa esa discusión pero la entiendo. Este blog existe desde 2014 y no voy a perder mi tiempo con eso.

Lo que no entiendo es la superioridad moral de cierta gente que parece considerar impura cualquier imagen creada con IA, incluso cuando quien la usa jamás habría contratado a un ilustrador, simplemente porque no podía permitírselo o porque solo necesitaba acompañar una entrada de blog que leerán unas cuantas personas. Es como si algunos  sudaran dinero y no les molestase pagar a un licenciado para que les diseña cada portada o cada meme. Genial por ellos, felicidades.

En mi caso, la IA no ha sustituido a un artista que antes trabajaba para mí. Ha sustituido horas de búsqueda y sobre todo, ha sustituido imágenes que no me gustaban. En el caso de los libros, en cinco he usado cuadros y fotografías cedidos por amigos y en los otros dos los diseñadores de dos editoriales que contraté.

La posibilidad de usar la IA ha sustituido la frustración de encontrar la foto perfecta y descubrir que no podía usarla. Y me ha regalado algo que antes no tenía: la posibilidad de visualizar una idea y convertirla en imagen en pocos segundos.

Repito, no entro en ningún debate, de hecho bloqueo a todos esos integristas porque me aburren. No necesito que a todo el mundo le guste ni  convencer a nadie para que use estas herramientas. Pero,  desde luego,  no pienso pedir perdón por disfrutarlas ni fundar una ONG para cuidar de las víctimas de la IA.

Sinceramente, me estoy divirtiendo mucho, tengo más tiempo para escribir y uso la IA con alegría.

Isabel Salas 

 

 

jueves, 1 de octubre de 2026

DEMUESTRA QUE NO ERES UN ROBOT





 

Cada vez que una página me pide que demuestre que no soy un robot, siento una mezcla de indignación y desconcierto. No porque me ofenda especialmente la sospecha, me han llamado cosas peores, sino porque me parece que la pregunta abre demasiadas posibilidades. Sobre lo poco que soy y lo mucho que dejo de ser.

Marco la casilla correspondiente, identifico semáforos, autobuses, pasos de peatones y, en ocasiones, una bicicleta que aparece cortada en cuatro recuadros distintos. Todo para demostrar que soy humana. Todos sabemos que los robots confunden autobuses con hamburguesas y bicicletas con churretes de chocolate medio amargo. De los semáforos mejor no hablar. Supe que hace tiempo un robot los confundió con glóbulos rojos y el pobre pensó que iba a morir cuando le salieron tan pocos en su recuento. 

Hasta ahora solo se preocupan de que demostremos que no somos robots, pero no  hay que descartar nada. Esos geniecillos del mal que viven en las páginas web son insoportables y no puedo evitar preguntarme qué ocurrirá el día en que su sistema se vuelva más exigente.

Tal vez una linda noche aparezca un mensaje: “Demuestra que no eres una nube”. Y allí estaré yo, buscando una manera convincente de justificar que no me desplazo por condensación, que no produzco tormentas y que, aunque a veces esté en las nubes, no pertenezco oficialmente al gremio. 

O quizá me pidan que demuestre que no soy una mancha de café. Eso puede ser más complicado. Las manchas de café comparten con muchas personas varias características desagradables ya que aparecen cuando menos conviene, estropean los manteles blancos de tela cara y dejan rastro durante bastante tiempo. Aun después de muertas.

También podría llegar el momento en que me exijan que confirme si no soy una farola, una tostadora o una planta de interior. Y no sé si estoy preparada para semejante interrogatorio. Pero lo más gracioso es que nadie parece hacerse la pregunta al revés.

Nunca veo una casilla que diga: “Demuestre usted que  es un robot”.

Eso sí que sería interesante. Me encantaría fingir que soy uno. Pensándolo bien, una máquina es la que me examina, la que decide si mi respuesta es válida, la que me obliga a repetir la prueba y la que, finalmente, me deja entrar o me expulsa.

Ya me ha pasado. 

Fracasé contando camiones.

Sin embargo no me dieron la opción de tratar de demostrar que yo sí era un robot. Sospecho que los robots acceden a informaciones que a los humanos nos niegan.
 

 Isabel Salas 


viernes, 25 de septiembre de 2026

LAS LUCECITAS



Hubo un tiempo, no muy lejano, en que las lucecitas de colores tenían la misión concreta de anunciar que llegaba la Navidad. En los años en que viví en Brasil lo pasaba muy bien yendo con mis hijas a ver las luces con que los vecinos decoraban sus fachadas y sus árboles. Pasábamos despacio por delante de las casas iluminadas y hasta teníamos nuestro propio ranking de quienes lo hacían mejor. En Brasil la Navidad es en verano, si no llovía llevábamos las ventanas del coche bajadas para observarlo todo con detalle; si llovía las llevábamos subidas y teníamos que limpiar los cristales empañados con un trapo cada pocos segundos, pero no dejábamos de ir.

En casa también las usábamos, pero dentro. 
 
Las lucecitas, en general, eran parte de la vida de todos en esos días especiales. Se desenrredaban una vez al año, se comprobaba con paciencia oriental cuál de todas estaba fundida, se apretaban las que estaban flojas y después se colocaban en el árbol, en el balcón o alrededor de algún nacimiento. Donde había gatos era un desafío mayor, pero todos lográbamos salir más o menos victoriosos de aquella misión. Después, terminado enero, volvían a una caja donde permanecían once meses en absoluta oscuridad, que también tiene algo de naturaleza radical, como esas cigarras que pasan muchos años bajo tierra y salen cada muchos años a hacer lo suyo y después mueren y sirven de abono.
Las lucecitas no morían, sólo se quedaban calladas en sus cajas.  Tal vez pensando en sus cosas de lucecitas.

Ahora no. No sé qué ha pasado pero de un tiempo para acá algo cambió. Se han puesto de acuerdo y se han emancipado. Ya no esperan diciembre. Viven todo el año posadas delicadamente alrededor de espejos, cabeceros, estanterías, ventanas, terrazas y plantas que aparecen iluminadas como pequeñas divinidades domésticas. Hay casas donde entramos y no sabe si están celebrando un cumpleaños, el fin de carrera de alguien o una ceremonia secreta dedicada a los lares domésticos.

A mí no me molesta. Al contrario. Me gusta mucho y es una moda a la que me adapté rápidamente. 

Entiendo muy bien el placer de poner pequeñas luces donde antes solo había una pared. La vida ya trae bastante iluminación blanca, fluorescente y despiadada. Bancos, hospitales, supermercados, oficinas. Todo parece diseñado para que veamos  con claridad quirúrgica incluso aquello que preferiríamos ignorar. Las luces de los probadores por ejemplo, parecen estar hechas para que nos veamos con cara de cadáver anticipado. No quiero decir marcas pero todos sabemos cuales son los enemigos.

Las lucecitas, en cambio, no sirven para ver mejor ni nos regalan iluminación aséptica. Nos sirven para ver más bonito.  Sobre todo si compras esas de tonos cálidos como las que tengo en mi cuarto. 

Y quizá por eso se quedaron.

Las encendemos cualquier martes porque sí, porque llueve, porque estamos cansados o porque la casa necesita un pequeño engaño luminoso. No arreglan nada pero consiguen que durante un rato parezca que sí, que todo está mejor.
 
Algunos ni siquiera las apagamos. 

jueves, 17 de septiembre de 2026

LOS NUEVOS PECADOS


Hoy quiero confesar, al más puro estilo Pantoja, un pecado que he inventado o, al menos, que practico en la más absoluta soledad sin haberlo estudiado nunca en el catecismo. No es nada sexual ni patrimonial, es peor, y lo voy a decir sin más: la mayoría de los audios que me mandan no los escucho y los que mandan en los grupos donde participo, casi jamás.

No sé si esto me convierte en mala persona, en antisocial o simplemente en alguien que ha decidido conservar una pequeña parcela de su tiempo, pero así están las cosas.

Veo aparecer el triangulito, miro la duración y, fríamente, hago mis cálculos. Veintitrés segundos todavía pueden entrar dentro de la cortesía. Un minuto empieza a parecer una conferencia. A partir de los cuatro minutos considero que el remitente debería haber solicitado cita previa, como exige la nueva anormalidad.

Nunca he entendido por qué alguien supone que, porque dispone de mi número de teléfono, dispone también de mis oídos durante seis minutos y cuarenta y dos segundos.

En mi caso, tal vez, el problema venga de lejos y no sea culpa de los audios, sino de mi bizarro concepto de la privacidad y de cómo invierto mi tiempo. Hace años, yo era de aquellas personas que tenía el teléfono fijo desenchufado. Lo enchufaba si necesitaba llamar al butanero, pedir una cita con el pediatra o avisar a alguien de algo importante. Después volvía a desenchufarlo con la mayor tranquilidad; como quien le cierra la puerta en las narices a las interrupciones en nombre de la paz. No recuerdo haber sentido que el mundo se derrumbara por ello. Quien llamaba a mi casa me decía días después:


—Tal día llamé a tu casa tal día y nadie contestó.

Y yo respondía:

—No estaría.

Ahí moría el asunto.

Porque la llamada era a la casa, no a mí. 
 

Ahora las llamadas y los mensajes son personales y parece que no nos queda más remedio que “estar”. El teléfono viaja con nosotros, duerme en la mesilla, sabe dónde estamos, cuánto caminamos, qué compramos y probablemente sospecha cuándo mentimos. El mío seguramente tiene hasta psicólogo.

Y encima, el mundo pretende que escuchemos audios.

No.

Hay límites.

Si alguien quiere contarme algo verdaderamente importante puede escribirlo y con gusto lo leeré. Si necesita matices, puede llamarme. Si necesita ocho minutos de exposición ininterrumpida, quizá no tenga un mensaje sino un programa de radio y ni siquiera lo sabe.

A veces dejo un audio sin escuchar durante varios días y puedo llegar a sentir una leve punzada de culpa que rápidamente se me pasa. Con el tiempo deja de doler y allí se queda para la posteridad. Como un huevo Kinder olvidado que nunca abriremos. Dicen que a la posteridad le sobra el tiempo. Seguramente es todo el que a mí me falta.

Estoy contenta porque hasta ahora nadie ha venido a detenerme aunque no descarto que exista una policía secreta de WhatsApp tomando nota como la policía del pensamiento de las distopías. Si llega el día en que mi pecado se convierta en crimen, dejaré que me manden un audio explicándome los cargos.

No sería la primera vez que un pecado entra de polizón en el código penal. Ni es éste el único pecado que he agregado a mi carrito de compra. 

Ya les iré contando.

Isabel Salas