Hoy quiero confesar, al más puro estilo Pantoja, un pecado que he inventado o, al menos, que practico en la más absoluta soledad sin haberlo estudiado nunca en el catecismo. No es nada sexual ni patrimonial, es peor, y lo voy a decir sin más: la mayoría de los audios que me mandan no los escucho y los que mandan en los grupos donde participo, casi jamás.
No sé si esto me convierte en mala persona, en antisocial o simplemente en alguien que ha decidido conservar una pequeña parcela de su tiempo, pero así están las cosas.
Veo aparecer el triangulito, miro la duración y, fríamente, hago mis cálculos. Veintitrés segundos todavía pueden entrar dentro de la cortesía. Un minuto empieza a parecer una conferencia. A partir de los cuatro minutos considero que el remitente debería haber solicitado cita previa, como exige la nueva anormalidad.
Nunca he entendido por qué alguien supone que, porque dispone de mi número de teléfono, dispone también de mis oídos durante seis minutos y cuarenta y dos segundos.
En mi caso, tal vez, el problema venga de lejos y no sea culpa de los audios, sino de mi bizarro concepto de la privacidad y de cómo invierto mi tiempo. Hace años, yo era de aquellas personas que tenía el teléfono fijo desenchufado. Lo enchufaba si necesitaba llamar al butanero, pedir una cita con el pediatra o avisar a alguien de algo importante. Después volvía a desenchufarlo con la mayor tranquilidad; como quien le cierra la puerta en las narices a las interrupciones en nombre de la paz. No recuerdo haber sentido que el mundo se derrumbara por ello. Quien llamaba a mi casa me decía días después:
—Tal día llamé a tu casa tal día y nadie contestó.
Y yo respondía:
—No estaría.
Ahí moría el asunto.
Porque la llamada era a la casa, no a mí.
Ahora las llamadas y los mensajes son personales y parece que no nos queda más remedio que “estar”. El teléfono viaja con nosotros, duerme en la mesilla, sabe dónde estamos, cuánto caminamos, qué compramos y probablemente sospecha cuándo mentimos. El mío seguramente tiene hasta psicólogo.
Y encima, el mundo pretende que escuchemos audios.
No.
Hay límites.
Si alguien quiere contarme algo verdaderamente importante puede escribirlo y con gusto lo leeré. Si necesita matices, puede llamarme. Si necesita ocho minutos de exposición ininterrumpida, quizá no tenga un mensaje sino un programa de radio y ni siquiera lo sabe.
A veces dejo un audio sin escuchar durante varios días y puedo llegar a sentir una leve punzada de culpa que rápidamente se me pasa. Con el tiempo deja de doler y allí se queda para la posteridad. Como un huevo Kinder olvidado que nunca abriremos. Dicen que a la posteridad le sobra el tiempo. Seguramente es todo el que a mí me falta.
Estoy contenta porque hasta ahora nadie ha venido a detenerme aunque no descarto que exista una policía secreta de WhatsApp tomando nota como la policía del pensamiento de las distopías. Si llega el día en que mi pecado se convierta en crimen, dejaré que me manden un audio explicándome los cargos.
No sería la primera vez que un pecado entra de polizón en el código penal. Ni es éste el único pecado que he agregado a mi carrito de compra.
Ya les iré contando.
Isabel Salas







