Pensaemas

martes, 6 de octubre de 2026

LO IMAGINO Y LO TENGO


Durante años, cada vez que terminaba de escribir una entrada para el blog, empezaba una segunda tarea que me gustaba bastante menos: buscar una imagen que la acompañara.

No cualquier imagen, sino una bonita. Bonita y que tuviera algo que ver con el texto y  no pareciera arrancada de un catálogo de AVON. Y, por supuesto, y por encima de todo, una foto que pudiera usar sin meterme en problemas legales con los derechos de autor y toda la marimorena.

Mi experiencia era siempre la misma,  las imágenes que más me gustaban eran precisamente las que estaban protegidas, tenían marca de agua, pertenecían a fotógrafos famosos con derechos perfectamente legítimos o estaban alojadas en páginas donde  me hacían sentir una delincuente por querer ilustrar un poema sobre la lluvia.

Así pasé años. Este blog tiene 12 años, así que habré pasado más de diez buscando, descartando, mirando bancos de imágenes, preguntándome si aquella foto se podía usar, o no, y conformándome muchas veces con una imagen que no era la que quería, sino la que estaba disponible para mis nulas posibilidades económicas.

Hoy en día, gracias alas nuevas tecnologías, todo ha cambiado para mí y, dicho sea de paso, para muchísimo mejor. A la inteligencia artificial yo le digo que quiero una habitación en penumbra, con un teléfono abandonado en una mesita y, al fondo, una mujer durmiendo la siesta con un gato amarillo  (sin pulgas) durmiendo sobre su pecho y me la crea en segundos para que la ponga al lado de mi texto sin calentarme la cabeza.

Ahora puedo ilustrar mis textos sin tener que robarle la foto a nadie ni intentando contactar  a quien hizo la imagen para ver si me deja usarla. Tampoco tengo que usar una fotografía que ya acompañó otros cuatro mil artículos sobre mujeres tristes, paraguas rotos o payasos mojados.

Puedo pedir exactamente la imagen que necesito. Usar el menú infinito de mi imaginación más desbordada, hacer mi pedido a la carta y ser feliz.

Sin embargo, en las redes sociales ha aparecido una especie de inquisición autoral estética y gráfica que parece considerar que usar IA es practicamente una degradación moral. Hay gente en Threads que habla de estas herramientas como si quienes la usamos hubiéramos sacrificado a un ilustrador en alguna pirámide perdida de las selvas centroamericanas  para poder generar una imagen de una taza de café con una ventana detrás por la que se ve una mujer con gabardina amarilla que lleva un paraguas de flores.

Entiendo perfectamente que artistas, fotógrafos e ilustradores discutan sobre derechos, entrenamiento de modelos, atribución o impacto laboral. Son debates reales y necesarios, así como gente que escribe también abre sus propios debates sobre libros, poemas y canciones. Lo comprendo. No me interesa esa discusión pero la entiendo. Este blog existe desde 2014 y no voy a perder mi tiempo con eso.

Lo que no entiendo es la superioridad moral de cierta gente que parece considerar impura cualquier imagen creada con IA, incluso cuando quien la usa jamás habría contratado a un ilustrador, simplemente porque no podía permitírselo o porque solo necesitaba acompañar una entrada de blog que leerán unas cuantas personas. Es como si algunos  sudaran dinero y no les molestase pagar a un licenciado para que les diseña cada portada o cada meme. Genial por ellos, felicidades.

En mi caso, la IA no ha sustituido a un artista que antes trabajaba para mí. Ha sustituido horas de búsqueda y sobre todo, ha sustituido imágenes que no me gustaban. En el caso de los libros, en cinco he usado cuadros y fotografías cedidos por amigos y en los otros dos los diseñadores de dos editoriales que contraté.

La posibilidad de usar la IA ha sustituido la frustración de encontrar la foto perfecta y descubrir que no podía usarla. Y me ha regalado algo que antes no tenía: la posibilidad de visualizar una idea y convertirla en imagen en pocos segundos.

Repito, no entro en ningún debate, de hecho bloqueo a todos esos integristas porque me aburren. No necesito que a todo el mundo le guste ni  convencer a nadie para que use estas herramientas. Pero,  desde luego,  no pienso pedir perdón por disfrutarlas ni fundar una ONG para cuidar de las víctimas de la IA.

Sinceramente, me estoy divirtiendo mucho, tengo más tiempo para escribir y uso la IA con alegría.

Isabel Salas 

 

 

jueves, 1 de octubre de 2026

DEMUESTRA QUE NO ERES UN ROBOT





 

Cada vez que una página me pide que demuestre que no soy un robot, siento una mezcla de indignación y desconcierto. No porque me ofenda especialmente la sospecha, me han llamado cosas peores, sino porque me parece que la pregunta abre demasiadas posibilidades. Sobre lo poco que soy y lo mucho que dejo de ser.

Marco la casilla correspondiente, identifico semáforos, autobuses, pasos de peatones y, en ocasiones, una bicicleta que aparece cortada en cuatro recuadros distintos. Todo para demostrar que soy humana. Todos sabemos que los robots confunden autobuses con hamburguesas y bicicletas con churretes de chocolate medio amargo. De los semáforos mejor no hablar. Supe que hace tiempo un robot los confundió con glóbulos rojos y el pobre pensó que iba a morir cuando le salieron tan pocos en su recuento. 

Hasta ahora solo se preocupan de que demostremos que no somos robots, pero no  hay que descartar nada. Esos geniecillos del mal que viven en las páginas web son insoportables y no puedo evitar preguntarme qué ocurrirá el día en que su sistema se vuelva más exigente.

Tal vez una linda noche aparezca un mensaje: “Demuestra que no eres una nube”. Y allí estaré yo, buscando una manera convincente de justificar que no me desplazo por condensación, que no produzco tormentas y que, aunque a veces esté en las nubes, no pertenezco oficialmente al gremio. 

O quizá me pidan que demuestre que no soy una mancha de café. Eso puede ser más complicado. Las manchas de café comparten con muchas personas varias características desagradables ya que aparecen cuando menos conviene, estropean los manteles blancos de tela cara y dejan rastro durante bastante tiempo. Aun después de muertas.

También podría llegar el momento en que me exijan que confirme si no soy una farola, una tostadora o una planta de interior. Y no sé si estoy preparada para semejante interrogatorio. Pero lo más gracioso es que nadie parece hacerse la pregunta al revés.

Nunca veo una casilla que diga: “Demuestre usted que  es un robot”.

Eso sí que sería interesante. Me encantaría fingir que soy uno. Pensándolo bien, una máquina es la que me examina, la que decide si mi respuesta es válida, la que me obliga a repetir la prueba y la que, finalmente, me deja entrar o me expulsa.

Ya me ha pasado. 

Fracasé contando camiones.

Sin embargo no me dieron la opción de tratar de demostrar que yo sí era un robot. Sospecho que los robots acceden a informaciones que a los humanos nos niegan.
 

 Isabel Salas 


viernes, 25 de septiembre de 2026

LAS LUCECITAS



Hubo un tiempo, no muy lejano, en que las lucecitas de colores tenían la misión concreta de anunciar que llegaba la Navidad. En los años en que viví en Brasil lo pasaba muy bien yendo con mis hijas a ver las luces con que los vecinos decoraban sus fachadas y sus árboles. Pasábamos despacio por delante de las casas iluminadas y hasta teníamos nuestro propio ranking de quienes lo hacían mejor. En Brasil la Navidad es en verano, si no llovía llevábamos las ventanas del coche bajadas para observarlo todo con detalle; si llovía las llevábamos subidas y teníamos que limpiar los cristales empañados con un trapo cada pocos segundos, pero no dejábamos de ir.

En casa también las usábamos, pero dentro. 
 
Las lucecitas, en general, eran parte de la vida de todos en esos días especiales. Se desenrredaban una vez al año, se comprobaba con paciencia oriental cuál de todas estaba fundida, se apretaban las que estaban flojas y después se colocaban en el árbol, en el balcón o alrededor de algún nacimiento. Donde había gatos era un desafío mayor, pero todos lográbamos salir más o menos victoriosos de aquella misión. Después, terminado enero, volvían a una caja donde permanecían once meses en absoluta oscuridad, que también tiene algo de naturaleza radical, como esas cigarras que pasan muchos años bajo tierra y salen cada muchos años a hacer lo suyo y después mueren y sirven de abono.
Las lucecitas no morían, sólo se quedaban calladas en sus cajas.  Tal vez pensando en sus cosas de lucecitas.

Ahora no. No sé qué ha pasado pero de un tiempo para acá algo cambió. Se han puesto de acuerdo y se han emancipado. Ya no esperan diciembre. Viven todo el año posadas delicadamente alrededor de espejos, cabeceros, estanterías, ventanas, terrazas y plantas que aparecen iluminadas como pequeñas divinidades domésticas. Hay casas donde entramos y no sabe si están celebrando un cumpleaños, el fin de carrera de alguien o una ceremonia secreta dedicada a los lares domésticos.

A mí no me molesta. Al contrario. Me gusta mucho y es una moda a la que me adapté rápidamente. 

Entiendo muy bien el placer de poner pequeñas luces donde antes solo había una pared. La vida ya trae bastante iluminación blanca, fluorescente y despiadada. Bancos, hospitales, supermercados, oficinas. Todo parece diseñado para que veamos  con claridad quirúrgica incluso aquello que preferiríamos ignorar. Las luces de los probadores por ejemplo, parecen estar hechas para que nos veamos con cara de cadáver anticipado. No quiero decir marcas pero todos sabemos cuales son los enemigos.

Las lucecitas, en cambio, no sirven para ver mejor ni nos regalan iluminación aséptica. Nos sirven para ver más bonito.  Sobre todo si compras esas de tonos cálidos como las que tengo en mi cuarto. 

Y quizá por eso se quedaron.

Las encendemos cualquier martes porque sí, porque llueve, porque estamos cansados o porque la casa necesita un pequeño engaño luminoso. No arreglan nada pero consiguen que durante un rato parezca que sí, que todo está mejor.
 
Algunos ni siquiera las apagamos. 

jueves, 17 de septiembre de 2026

LOS NUEVOS PECADOS


Hoy quiero confesar, al más puro estilo Pantoja, un pecado que he inventado o, al menos, que practico en la más absoluta soledad sin haberlo estudiado nunca en el catecismo. No es nada sexual ni patrimonial, es peor, y lo voy a decir sin más: la mayoría de los audios que me mandan no los escucho y los que mandan en los grupos donde participo, casi jamás.

No sé si esto me convierte en mala persona, en antisocial o simplemente en alguien que ha decidido conservar una pequeña parcela de su tiempo, pero así están las cosas.

Veo aparecer el triangulito, miro la duración y, fríamente, hago mis cálculos. Veintitrés segundos todavía pueden entrar dentro de la cortesía. Un minuto empieza a parecer una conferencia. A partir de los cuatro minutos considero que el remitente debería haber solicitado cita previa, como exige la nueva anormalidad.

Nunca he entendido por qué alguien supone que, porque dispone de mi número de teléfono, dispone también de mis oídos durante seis minutos y cuarenta y dos segundos.

En mi caso, tal vez, el problema venga de lejos y no sea culpa de los audios, sino de mi bizarro concepto de la privacidad y de cómo invierto mi tiempo. Hace años, yo era de aquellas personas que tenía el teléfono fijo desenchufado. Lo enchufaba si necesitaba llamar al butanero, pedir una cita con el pediatra o avisar a alguien de algo importante. Después volvía a desenchufarlo con la mayor tranquilidad; como quien le cierra la puerta en las narices a las interrupciones en nombre de la paz. No recuerdo haber sentido que el mundo se derrumbara por ello. Quien llamaba a mi casa me decía días después:


—Tal día llamé a tu casa tal día y nadie contestó.

Y yo respondía:

—No estaría.

Ahí moría el asunto.

Porque la llamada era a la casa, no a mí. 
 

Ahora las llamadas y los mensajes son personales y parece que no nos queda más remedio que “estar”. El teléfono viaja con nosotros, duerme en la mesilla, sabe dónde estamos, cuánto caminamos, qué compramos y probablemente sospecha cuándo mentimos. El mío seguramente tiene hasta psicólogo.

Y encima, el mundo pretende que escuchemos audios.

No.

Hay límites.

Si alguien quiere contarme algo verdaderamente importante puede escribirlo y con gusto lo leeré. Si necesita matices, puede llamarme. Si necesita ocho minutos de exposición ininterrumpida, quizá no tenga un mensaje sino un programa de radio y ni siquiera lo sabe.

A veces dejo un audio sin escuchar durante varios días y puedo llegar a sentir una leve punzada de culpa que rápidamente se me pasa. Con el tiempo deja de doler y allí se queda para la posteridad. Como un huevo Kinder olvidado que nunca abriremos. Dicen que a la posteridad le sobra el tiempo. Seguramente es todo el que a mí me falta.

Estoy contenta porque hasta ahora nadie ha venido a detenerme aunque no descarto que exista una policía secreta de WhatsApp tomando nota como la policía del pensamiento de las distopías. Si llega el día en que mi pecado se convierta en crimen, dejaré que me manden un audio explicándome los cargos.

No sería la primera vez que un pecado entra de polizón en el código penal. Ni es éste el único pecado que he agregado a mi carrito de compra. 

Ya les iré contando.

Isabel Salas 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

QUIZÁS NOS LLEVE EL VIENTO AL INFINITO

 QUIZÁS NOS LLEVE EL VIENTO AL INFINITO 

GONZALO TORRENTE BALLESTER

Plaza & Janés, 1984

Quizás nos lleve el viento al infinito, de Gonzalo Torrente Ballester, es uno de los últimos libros que leí antes de irme de España en 1993 y aún recuerdo la ventana por la que me quedé pensando casi una hora cuando lo terminé. Además, es, sin lugar a dudas, uno de los libros que más me han gustado y, al mismo tiempo, uno de los que más han marcado mi vida.

Esto último es muy importante como lectora, pues muchos libros me han gustado muchísimo sin que más tarde hayan tenido ninguna influencia especial sobre mis decisiones o sobre mi forma de vivir. Hoy, a mis casi sesenta años he aprendido que no todos los libros nos transforman. Están los simplemente nos entretienen, nos hacen compañía o nos ayudan a pasar buenos veranos, que tampoco es poca cosa.

Este libro fue diferente.

Cualquier reseña que leas realizada por críticos literarios "de verdad", de esos que cobran por criticar, te dirá que tiene una construcción literaria impecable. Estoy de acuerdo. Después de varias décadas de lecturas variadísimas desde los noventa del siglo pasado hasta hoy,  me sigue pareciendo extraordinariamente bien construido. En este libro encontraras juegos de identidad, tan de moda actualmente,  debido a que el protagonista puede "adoptar" diferentes formas y personalidades gracias a ciertas habilidades que aprende en la infancia. Hallarás ambigüedad, ironía, equívocos muy bien construidos, espionaje, artificio narrativo y una  constante mezcla  entre lo real y lo inventado que comienza en la primera página y continúa hasta la frase final sin que parezca forzado en ningún momento.

Por su gran calidad, podría ser uno de esos libros cuyo recuerdo no depende solamente de lo que cuenta, sino de cómo está hecho. En mi caso fue su mensaje lo que me ayudó a evolucionar como ser humano. Me ayudó a plantearme qué es lo que hace realmente humano a un ser humano y a concluir que no es el color de la piel, ni el país donde nació, ni la educación que recibió durante su infancia, ni siquiera sus valores morales.
 

Torrente Ballester plantó en mí una semilla relacionada con la autodeterminación y con la libertad interior: la idea de que parte esencial de lo que somos está en nuestra capacidad para decidir. No importa solamente cómo actuamos, sino también si nuestra mente se arrodilla o no ante determinadas imposiciones externas.

Muchos años después de haber leído a Torrente Ballester me vi forzada a transitar un complicado proceso judicial que me obligó a tomar muchas decisiones, y fue precisamente estudiando y leyendo temas de Derecho canónico e internacional que me encontré un texto que, con otras palabras decía algo que,  conecté inmediatamente con Torrente Ballester.

Era un artículo académico de 17 páginas publicado dentro del volumen 82, número 323, de la revista Estudios Eclesiásticos en 2007 de Celestino Carrodeguas Núñez, titulado El concepto de persona a la luz del Vaticano II. Una reflexión desde el Derecho.

En uno de sus apartados compara al ser humano con los demás animales. Compartimos con otros mamíferos una naturaleza corporal y biológica, y existen también otros animales dotados de cierto grado de racionalidad. Pero el autor sitúa en el ser humano una dimensión distinta: la espiritual. Estamos formados por cuerpo, mente y espíritu.Y no es un espítitu cualquiera, es el espíritu de la libertad. 

La misma libertad que me llevó a salir corriendo con mi hija cuando entendí que ella y yo estábamos en peligro. 

Obviamente cuando leí aquella definición de persona humana, la conexión con Quizás nos lleve el viento al infinito fue automática. De repente, una novela que había leído años antes y un texto sobre el concepto de persona escrito desde el Derecho y la reflexión teológica se encontraron dentro de mi cabeza. No considero que la libertad sea una especie de permiso para hacer cualquier cosa. Precisamente ocurre lo contrario. La otra cara de esa libertad con la que nuestro espíritu debe actuar es la responsabilidad por nuestros propios actos. Y en eso estamos de acuerdo Torrente Ballester, Carrodeguas y yo.

Entiendo perfectamente que no a todo el mundo le entretenga leer comentarios sobre documentos del Concilio Vaticano II. A mí sí. Lo que fue una necesidad buscando conocimiento y luz que pudiera ayudarme a defender mi derecho de proteger a mi hija se terminó convirtiendo en una afición. Mi senderismo particular.

No voy a recomendar ese tipo de lecturas a quien no tenga ninguna inclinación hacia ellas, pero sí recomiendo Quizás nos lleve el viento al infinito casi como una obligación moral. Lo hago sin contar demasiado, ni hacer spoiler,  porque es uno de esos libros que merece llegar al lector sin  explicaciones previas.

Solo diré que sus protagonistas son inolvidables y que, al menos en mi caso, muchos años después de haber cerrado el libro, todavía miro al viento como un vehículo de trasporte.

Isabel Salas 






viernes, 11 de septiembre de 2026

MI ABUELA Y LOS HELECHOS



Mi abuela paterna se llamaba Isabel García Marquez. Isabel, como yo; García Márquez, como el escritor, lo cual me llenó durante muchos años de un cierto "orgullo" completamente inexplicable. Ella tenía la memoria llena de historias y de oraciones que me encantaba escuchar. Para mis oídos de niña ella era una excelente narradora. Imagino que como todas las nietas escuchando a sus abuelas, yo también me quedaba embelesada oyéndola.

No sé cuántas veces le pedí que me contara el episodio en que salvó a la Virgen de Flores de que la quemaran en tiempos de la Guerra Civil; las anécdotas de su infancia o de su amiga Lola Cortés; lo de cuando su hermano Pepe se fue con los frailes siendo niño; lo de los jesuitas que vinieron al pueblo para los ejercicios espirituales; o lo de cuando el tío Pepe volvió de los frailes hecho un hombre, viejo y sin familia, que es como yo lo conocí.

En aquella época yo solía entender sólo la mitad, o quizás la cuarta parte, de las cosas que me contaban o decían a mi alrededor, pero lo que no entendía me lo inventaba y me quedaba tan tranquila. Así ocurrió con «las gimnasias del alma», que era lo que yo creí que eran los ejercicios espirituales hasta los doce años, más o menos; o con «los frailes abandonados», que en mi cabeza habían quedado desamparados por la ausencia de Pepe, que, sin pensar en las consecuencias, los dejó como pollitos sin gallina.

Siempre recuerdo a mi abuela con su pelito largo recogido en un moño y mi manita en la suya cuando la acompañaba a algún lugar.  Aunque pasó sus últimos años con el pelo corto, por alguna misteriosa razón mi memoria la prefiere con el peinado que ella tenía en los primeros recuerdos de mi infancia. Aún puedo cerrar los ojos y verla recogerse la melena blanca en un rodete que me parecía precioso. Tenía un cabello espeso que era tan suave como sus manos. A veces, cuando se estaba peinando, yo lo acariciaba con mis manos pegajosas de seis años y le pedía que se lo dejara suelto. Ella sonreía y decía que no con la cabeza mientras se cepillaba y me miraba con sus ojos tan lindos.

Eran azules tirando a gris y tenían brillos especiales cuando se reía. Siempre  me sentí especial cuando le sacaba una carcajada, como si fuera un logro académico secreto. No es que fuera difícil hacerla reír, es que era hermoso. 

Cuando yo tenía siete años tuvimos nuestro primer y único desacuerdo en la vida. Hoy al recordarlo no puedo evitar reírme y emocionarme por igual. Todo vino a raíz de su empeño en enseñarme a recitar esta oración:

 

Cuando me acuesto, sospecho
que está mi muerte cercana.
¿Me levantaré mañana?
¿Será mi tumba este lecho?

Haz, Señor, que arda en mi pecho
lumbre de amor, de tal suerte
que no le tema a la muerte.
Venga cuando Tú dispongas,
con tal que al morir me pongas
donde pueda amarte y verte.

 

Como era de esperar, no la entendí muy bien, pero me quedó claro que la muerte podría llegar cualquier noche mientras yo dormía en mi lecho. 

Mientras otros niños aprendían rezos sobre  cuatro angelitos guardianes y como cada uno de ellos estaba asignado a las esquinitas de sus camas, a mí me  exigían que me entregara a la muerte cada noche. Lo de despertar en el cielo no era un consuelo. Quería despertar en mi casa, en mi cama. Lo que se me ocurrió fue intentar cambiar una o varias palabras para quebrar el "hechizo" pero manteniendo la música interna de aquel poema.

Mi abuela, sin sospecharlo,  sembró en mí el gusto por la rima y la poesía. No tengo dudas de eso. 

Su patio estaba lleno de tiestos de barro con helechos, así que no tuve que ir muy lejos para encontrar la solución. Como la orden estaba clara y jamás pasó por mi cabeza desobedecer a mi abuela, todas las noches yo recitaba aquella oración y sustituía la palabra lecho por helecho: ¿Será mi tumba este helecho?

Con esto yo me quedaba tranquila y sentía que estaba escapando de una buena. Incluso algunas noches sonreía y me auto felicitaba por mi astuta estrategia. Si la muerte me buscaba en lo helechos jamás me encontraría.

Sin embargo la sorpresa llegó una tarde, un par de meses después. Nos encontrábamos merendando unos dulces de hojaldre que María Acedo había ido a buscar a la confitería. Estábamos sentados alrededor de una mesa camilla que había en el cuarto de mi abuelo cuando, de pronto, mi abuela me dijo:

— Isabelita ¿Tú estás diciendo la oración que te enseñé?

 Mi abuelo estaba sentado en su sillón, mi abuela y yo en nuestras sillas, María iba y venía. Así que habría testigos de cualquier cosa que allí pasara. Obviamente decidí decir que sí sin dar detalles.

 —Sí abuela. Sí, sí, la digo.
—A ver, dímela.

Por eso yo no esperaba y mi abuelo tampoco . María también interrumpió su trajín para escuchar atentamente. Yo, con la boca impregnada de restos de hojaldre empecé mi recital y llegué al verso fatal: «¿Será mi tumba este helecho?»

—¿Has dicho «helecho»?

—¡No, no! He dicho «lecho». Lo he dicho bien.

—Creo que has dicho «helecho» en vez de «lecho».

—¡Qué va!

Entonces me hizo repetirlo.

Y yo, naturalmente, volví a decir «helecho», pues no quería morir.

Cuando terminé con lo de «amarte y verte», antes de que mi abuela dijera nada, miré a mi abuelo, que estaba conteniendo la risa.

—¡Abuelo!

Creo que él había entendido perfectamente que aquella era mi manera de defenderme de una oración que apenas comprendía pero que, de algún modo, me parecía peligrosísima. Y decidió apoyarme con toda su autoridad.

 —La niña ha dicho  «lecho», esposa.

Y con eso terminó el debate.

Mi abuelo y mi abuela se llamaban «esposo» y «esposa» cuando se dirigían el uno al otro. No sé si siempre o solo algunas veces, porque mi abuelo falleció cuando yo tenía ocho años y nunca más pude escucharlos hablar entre ellos.

Sí recuerdo que, aquella tarde, él me salvó.

Después de ese día, mi abuela de vez en cuando me hacía recitar la oración como si fuera la tabla de multiplicar. Yo siempre decía «helecho» y ella siempre levantaba una ceja, como diciendo: «Sé que sabes que sé que dices “helecho”». Sus ojos hermosos brillaban con risa y yo la amaba, aún más,  por fingir que todo estaba perfecto.

Durante años he contado esta anécdota alguna vez porque, vista desde hoy, resulta muy graciosa. Pero para aquella niña pequeña era un asunto completamente serio.

Hasta hoy, cuando veo helechos, me acuerdo de mis abuelos; de mi abuela especialmente, y de su empeño en enseñarme a rezar.

 

Isabel Salas 

martes, 8 de septiembre de 2026

SONETO DE MI INFANCIA

 


Me gusta recordar las navidades,
los veranos nadando en la piscina,
el puesto de castañas de la esquina
y mi infancia vivida entre ciudades.

Obviando las comunes salvedades,
Málaga es mi balcón de golondrina,
Antequera, amor y adrenalina,
Álora, procesiones y cofrades.

Confieso que me pierdo en los recuerdos,
buscando entre sus nieblas asidero
donde poder mi jábega ancorar.

Igual hacen los locos que los cuerdos.
Es nuestra infancia la forja de herrero
que nos enseña el arte de bogar.

 

Isabel Salas 

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

ROMANCE DE CEUTA LA MAL DEFENDIDA

La RAE define el verbo invadir como: 
  • Entrar por la fuerza en un lugar.
  • Ocupar un lugar de forma anormal o irregular (por ejemplo, cuando el agua cubre una carretera).
  • Entrar y propagarse en un sitio o medio específico. 
Además, en el ámbito jurídico (según el Diccionario panhispánico del español jurídico), se define como la ocupación ilegal de un terreno para construir viviendas precarias o para obtener un beneficio económico. 



ROMANCE DE CEUTA LA MAL DEFENDIDA

Ceuta la mal defendida,
frontera de mar bravío,
cércante moros y huestes
en este agosto sombrío.
De migrantes disfrazados,
mezclados con el gentío,
entran soldados y hombres
asustando al mujerío.
Invaden plazas y playas
en un total saquerío.
Asustan a los caballas
con su chulo desafío.
Por su rey utilizados,
con falaz palabrerío,
piensan que vuelven a "casa"
usando el libre albedrío.
Sánchez finge que no es nada
y, derrochando tronío,
prioriza su bronceado:
vacaciones sin desvío.
Él merece descansar;
ardiente vino este estío.
¡Que los ceutíes esperen!
¡Que se aleje el chusmerío!
Vecinos llorando a gritos:
¡Institucional vacío!
Niños sin ir al colegio;
¿Confinamiento tardío?
España sale a la calle
para demostrar hastío.
La derecha se aprovecha.
Suelto está el macho cabrío.
Álora mira al Estrecho
con su mejor atavío,
apoyando a sus vecinos
con valor y señorío.
Primer romance de España,
versado con poderío;
Álora abraza a Ceuta,
huyendo del zaherío.
Un romance le regala
sin temor ni escalofrío.
¡Cuando un compatriota abraza
el alma llena de brío!
No se vende, se defiende
Ceuta, pueblo con trapío.
Mientras el moro te anhela,
desde el Hacho, te sonrío.

Isabel Salas

Córdoba, 4 de septiembre del 2026 

 

Este poema, como muchos podrán darse cuenta,  está escrito como un romance fronterizo contemporáneo con versos octosílabos, rima asonante en los pares y una temática de frontera, conflicto y defensa de una ciudad.

Su punto de partida es el célebre romance «Álora la bien cercada», uno de los romances fronterizos más conocidos del Romancero viejo. Aquel poema narra un episodio bélico en torno a Álora y convirtió a la localidad en símbolo literario de frontera. Por eso «Ceuta, la mal defendida» nace como una inversión deliberada de aquella fórmula tradicional que todos aprendimos en la escuela y que a nosotros, los perotes, nos llena de orgullo.

El final une además a Álora y Ceuta mediante un detalle geográfico que me causó cierta ternura cuando me enteré. Hace tiempo, conversando con una amiga de Ceuta, descubrí que ambas ciudades tienen un Monte Hacho. El «Hacho» desde el que la voz poética sonríe a Ceuta es el mío, el de Álora, pero la coincidencia con el Monte Hacho ceutí crea un juego simbólico al que no me pude resistir.

Álora y Ceuta unidas por la frontera, 💙 la memoria, el romance y la actualidad más rabiosa

 

ROMANCE DE ÁLORA LA BIEN CERCADA

Álora, la bien cercada,
tú que estás en par del río,
cercóte el Adelantado
una mañana en domingo,
de peones y hombres de armas
el campo bien guarnecido;
con la gran artillería
hecho te habían un portillo.
Viérades moros y moras
subir huyendo al castillo;
las moras llevan la ropa,
los moros harina y trigo,
y las moras de quince años
llevaban el oro fino,
y los moricos pequeños
llevan la pasa y el higo.
Por encima del adarve
su pendón llevan tendido.
Allá detrás de una almena
quedado se había un morico
con una ballesta armada
y en ella puesto un cuadrillo.
En altas voces diciendo
que del real le han oído:
-¡ Tregua, tregua, Adelantado,
por tuyo se da el castillo!
Alza la visera arriba
por ver el que tal le dijo:
asaetárale a la frente,
salido le ha al colodrillo.
Sácole Pablo de rienda
y de mano Jacobillo,
estos dos que había criado
en su casa desde chicos.
Lleváronle a los maestros
por ver si será guarido;
a las primeras palabras
el testamento les dijo.