miércoles, 14 de abril de 2021

MUCHO PEOR





Llovía.
Yo necesitaba un techo
y él, en su agonía,
un saco de boxeo
donde descargaría
la ingrata frustración
de su macheo.

Ambos cumplimos.
Los dos sobrevivimos
al contradiós 
de aquella yuntería.

Tras descampar retorné al mundo
rota, seca y dispuesta
a retomar mi rumbo.

Con cierto gozo,
desde el altar sagrado,
de su alma hueca,
él comprobó el destrozo
de sus manos amadas
y lamió sus heridas
ensangrentadas.


Podría ser peor.
Mucho peor sería
caso la sangre,
que su lengua lamía
sin pena ni tremor,
en vez de suya
hubiera sido mía

Isabel Salas






sábado, 10 de abril de 2021

QUESO RALLADO



Al perro del vecino le falta un pie.

No sé cómo se llama ese hombre, nunca he hablado con él, ni con nadie de su familia. Tampoco sé cómo se llama su perro, pero debo confesar que con él, ese peludo lleno de nervios y de estrellas en los ojos, sí he hablado.

Al principio eran palabras sueltas, un vete, un qué haces.

No es que fuera mi intención hablarle, pero no me quedó más remedio, pues cuando salgo, desde las afueras (donde vivimos) hacia el centro de la ciudad, (donde están el resto de las cosas), ese perro cabezón se viene conmigo.

Nuestras conversaciones se limitaban a un vuelve a casa perro imprudente, un no me sigas o como mucho un no te conozco, un no me mires, e incluso, un agresivo no te voy a cuidar, pero supongo que debe ser sordo además de cojo porque no hace caso,  ni mucho ni poco.

Lo que sí le funciona muy bien es el rabo, lo mueve con tantos matices que es como si hubiera inventado, él solito, el lenguaje de señas para que los humanos pudiéramos comprender lo que dicen los perros.

En general no me gusta andar con perros sueltos por la calle, ni con los míos ni con los ajenos, porque hacerlo me hace temer miles de cosas. Que alguien se asuste, que lo atropelle un coche, que el animal pueda abalanzarse sobre una moto ruidosa y el gilipollas que va montado en el trueno del infierno se caiga y encima quiera daños y perjuicios por sus putos dientes o que quiera entrar conmigo (y entre) en la tienda de la esquina, esa que lo vende todo a granel, y se ponga a comer ración de los sacos de comida de gato.

Que por lo que sea, a los perros, les encanta.

Por cierto, a mí lo que me encanta es comprar queso rallado a granel. En los paquetes de queso que venden en el supermercado nunca viene la cantidad ideal de queso que mi hija pequeña y yo gastamos en nuestros platos de espagueti. Si abrimos dos, sobra del segundo y si abrimos uno, nos falta para sentir que el día fue perfecto. 

Por lo tanto salir a dar un paseo y llegar hasta la tienda a comprar la cantidad exacta de queso rallado, es uno de esos placeres solitarios que, como la masturbación (ya sé que las ideas se asocian sin querer, al menos en mi pervertida mente), prefiero disfrutar sin un perro cojo a mi lado. Mi lado dramático y mi inclinación natural hacia lo romántico-festivo  se desbordan fácilmente, y acabo no entendiendo muy bien como mis pensamientos divagan plácidamente desde el inocente queso al onanismo, pero así es.

El caso es que este perro testarudo nunca hizo caso de mis quejas ni de mis amenazas. Con el tiempo, comprendí que por alguna misteriosa razón le gustaba acompañarme, y se volvería para su casa cuando le diera la gana a él y no cuando me pareciera bien a mí.

Así que poco a poco mis frases se fueron convirtiendo en conversaciones impregnadas de consejos y salpicadas de confidencias. Pasamos del vete, al ten cuidado con ese camión y paulatinamente, hemos llegado al hoy te voy a contar la tarde en que Manuel me desabrochó unos botones de la camisa mientras me explicaba, lleno de razones,  por qué no debíamos querernos ni gustarnos.

Pasamos del pinche perro cojo desobediente, vete a tu casa que no eres mío, a llamarlo disimuladamente cuando voy al pueblo. Reconozco que me alegra el paseo cuando se viene y que los días que está distraído con otras cosas, lo echo de menos.

Aún no sé su nombre porque preguntarle a su dueño como se llama, me parece tan inconveniente como  preguntarle cual es el postre preferido de su hijo menor. Cosas que no se preguntan y ya está. Asuntos particulares.

Yo le digo vente, feo y él, se viene.

Le susurro discretamente perrito voy a por el queso, ven y te cuento lo de Ramón y el boicot a los productos de Tordesillas, o lo de aquel chico que me decía que mis manos eran de princesa y mis ojos de agua del arroyo claro y terminó queriendo convencerme de que el semen es bueno para la caries.

Y él, cuando puede, se viene conmigo a conversar y a caminar. Yo hablando alto con mis dos pies, confesándole todos mis crímenes y mis romances  poco a poco y él, con los tres suyos y sus contagiosas ganas de hacer amigos.

Nunca tenemos una discusión.

Con el tiempo terminé poniéndole un nombre secreto que sólo él y yo sabemos. Nunca fue mi perro, y nunca lo será, siempre será el perro de mi vecino, pero podría decirse,  sin faltar a la verdad, que somos amigos muy próximos.

Ya dimos muchos paseos y con el tiempo aceptó mis caricias además de mi compañía. Ahora hasta me lame y permite que le quite algunas pulgas.

Sin embargo, todavía no sé si le gusta el queso rallado.

Isabel Salas


domingo, 4 de abril de 2021

HABLAR Y AMAR


Después de amarnos 
me llenas de palabras,
de frases, 
de caricias,
de dedos en mi pelo.

Siempre es así.
Yo me quedo escuchando,
las cosas que me dices
y más que eso,
imaginando
 cómo 
y por qué las dices.

Cosas aleatorias que vienen a tu boca,
sin que tú mismo
sepas porqué las cuentas.

Son hilos de cometa 
que cosen cicatrices
cuando tú me las dices.

Heridas tuyas,
viejas heridas que se abren al hacer el amor,
y que los hombres cosen
de esa manera,
contando a su mujer, entre caricias,
dónde nace el dolor.

Pongo atención en todo,
en tus ojos, 
en el músculo de tu brazo,
que sabe agarrar fuerte 
y sabe ser gentil.

En la voz que usas 
para contarme las cosas que me cuentas,
después de amarme.

Voz de secreto a voces.
De mírame.

Voz de besos cansados,
voz especial de intimidad.

Hablar después de amar,
en realidad,
es lo mismo que amar,
y las palabras, 
lo mismo que besar.

Isabel Salas

viernes, 2 de abril de 2021

ANÁLISIS de EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSER

 

Cada vez estoy más seguro de que los mejores escritores contemporáneos se encuentran escondidos tras los nombres de “Independiente” o “Novel”, y cuando llegan a mis manos joyas como la que compete a este análisis/crítica, esa seguridad se transforma en orgullo de literato.

Antes de empezar este análisis hay que aclarar algunos puntos. No soy un acostumbrado de los cuentos, sino un lector más afín a las novelas, mientras más complejas y entrelazadas mejor para su servidor; también rehuyo a las obras “realistas”, o el mal llamado “No-fiction”, pues mi corazón siempre le ha pertenecido a la Fantasía, la imaginación exacerbada de universos ajenos al nuestro. Es por esto que me entrego como mero lector, ajeno tanto al género como al tipo de relato, para analizar una obra que a mi parecer me ha revivido aquel gusto de infante por las letras cortas.

“El Canario y la Máquina de Coser” es un recopilado de cuentos y prosa poética, de la pluma de nuestra amiga Isabel Salas, de escritos ya distantes en el tiempo que se acumulaban lejos de la conciencia del mundo literario, solo para ojos de su familia y amigos.

Uno podrá decir que Latinoamérica es cuna de cuentistas grandiosos, y es cierto si desempolvamos a Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Gabriel García Márquez, y mi personal favorito Horacio Quiroga; pero pocos “nos” hemos molestado en mantener esa flama encendida del Boom Latinoamericano. Varias veces he criticado la falta de simbolismo, metáfora y alegoría, en lo que era nuestra bandera para el mundo; y es por esto que choqué bastante al inicio con esta obra, pues pintaba de realismo directo (y varios de sus  cuentos lo hacen), pero me enorgullece decir que me equivoqué en tan cerrada idea, y veo la luz que brilla tras estas hojas.

Pero dejemos de lado el tono rosa y emotivo, y hagamos un análisis objetivo como debe ser.

  • Trama y Argumento.

Un cuento es muy diferente a una novela. En las historias largas tratamos más los aspectos internos de los personajes, su evolución y emociones; pero en el cuento no hay tiempo ni líneas para algo tan complejo, en lugar de eso nos centramos en la historia, el proceso y avance hacia un objetivo o enseñanza.

El primer punto es la Trama, y le acompaña el Argumento. La mayoría (sí, la mayoría) de los cuentos en este recopilado son de corte “corazón” (erótico, sexual, romántico, despecho), en especial las prosas poéticas, que a nada están de llamarse poesía de no ser por las estrictas normas del verso, y que la autora nombra de manera exquisita “Pensaemas”. Con esto nos quitamos la idea de “obra infantil”, pues la casi totalidad de estos escritos no tienen ni la mínima intención de hacer dormir a los niños, y serán de particular gusto para los adultos que no suelen contar sus vivencias personales, pues este libro lo hará por ellos.

Cuentos como “Estrellas Chinas” que nos narran el avance a una noche anhelada, y el paso a paso de una situación entre divertida y deliciosa. “Nadando en los poemas”, que poco deja a la imaginación del que sabe de símbolos; “La última mariposa”, que nos recuerda de amores distantes en años y kilómetros. Muchas obras distintas con un mismo objetivo, hacer temblar al corazón.

Pero no solo encontramos roces a nuestro deseo, también encontramos relatos que pueden ser confundidos con literatura para niños, pero con enseñanzas que los más adultos agradecerán. Relatos como “El Canario y la Máquina de Coser”, que le da el nombre al libro, y abre con una moraleja que a su servidor le hacía falta escuchar. “Muerte Instantánea” y “Siempre el primero”, historias que aunque cortas, nos hacen sentir en el alma una lágrima corriendo, y un agradecimiento con la autora. Son estos relatos los que me hicieron recuperar la esperanza del simbolismo perdido, la mayoría impregnados con metáforas fáciles de entender, y que recomendaré ampliamente para los que inician en este mundo de moralejas.

Pero el tema, las distintas tramas cortas, y los muy bien enlazados argumentos no son lo que más me llamó la atención, ni de lejos lo que más hace a su autora tan reconocida en tan poco tiempo. Es su estilo.

  • Estilo Narrativo.

El Estilo Narrativo es una característica que se suele tomar muy a la ligera, pues bien se dice “prefiero mi arte a tu arte”, y el “cómo” se escribe suele ser gusto de cada quien. Pero hubo un tiempo donde el estilo era vital, en especial durante los tantos Romanticismos de Europa, cuando los escritores se unían bajo estandartes, y en lugar de nombres recordamos épocas o lugares. Hoy en día los autores pecamos de soberbia, y cada uno de nosotros tiene “su arte”, siendo el estilo propiedad intelectual incluso; esto nos ha obligado a dejar el “Estilo Narrativo” de lado, pues a los miles de estilos distintos es imposible clasificar, y preferimos temas o formas.

Pero no aquí, porque es el Estilo de Isabel Salas lo que levanta su obra por sobre todas las demás.

En términos técnicos, la autora usa un Narrador en segunda persona, participativo, algunas veces en forma de recuerdo, y otras en forma de charla. El lenguaje es coloquial, quizá el más coloquial, familiar e informal que jamás haya leído. Sencillo de entender, y más participativo que demostrativo, ayuda tanto a lectores como no lectores para explicar su argumento.

Ahora regresemos al tono rosa de su servidor. ¿Recuerdan esa sensación cuando están con un amigo o amiga, disfrutando un café caliente en una fría tarde de invierno, sentados a la mesa de su sitio favorito?, ¿recuerdan esas charlas de café sobre situaciones divertidas o acusadoras, de lo que compete el día o sucedió el anterior, riendo o llorando, dando imaginación al relato de su amigo e incluso ahogándose con un sorbo mal temporizado con una ocasional risa?. Espero que sí, porque esto es lo que sentí cuando leí a Isabel Salas.

El estilo narrativo de la autora es único, porque al fin encontramos en esta generación, después de tanto rebuscar en los autores contemporáneos, una narración como la cuenta un amigo. Una cosa es un escritor que carezca de educación literaria y crea que escribir con su mal vocabulario es darse a entender, y otra una persona, que con alma literaria, en efecto se de a entender con un lenguaje tan común como amistoso.

Véase a su servidor, un ajeno completo de los cuentos y aversivo de la literatura realista, que ha leído todos y cada uno de estos escritos con una casi inexistente fantasía, sentado casi sintiendo a la autora de frente, relatándole una graciosa anécdota de su pasado, mientras un leve estornudo me hizo reir con el café en la nariz. Si esto hizo con un crítico de su género, podrán imaginarse lo que hará por los ansiosos de una obra similar a las cortas latinas de la década pasada.

  • Simbolismo.

Es difícil hablar de simbolismos cuando se trata de literatura realista, en especial en cuentos y prosas, algunas eróticas, que prefieren dejar todo al descubierto, y poco les importa jugar con la imaginación del lector. Pero hay algunas obras, muy pocas, contadas; que Isabel maneja con exquisita metáfora, y moraleja sublime.

Quizá el que más me gustó fue el que dio nombre al recopilado. “El Canario y la Máquina de Coser” es uno de los cuentos/fábula más hermosos que he leído, pues a ojos de recuerdo de un niño, me hizo ver la lucha por cantar más alto, más fuerte, más rápido.

Casi no procuro cuentos de este tipo, y los que me conocen darán fe de ello con bibliotecas de Poe y Lovecraft, con pluma fría en descriptivas y cálidas en emociones; pero son cuentos como estos los que calientan la tinta, y reabren los ojos ante enseñanzas que creíamos perdidas.

“Pérdida de inocencia”, “superación”, “nostalgia”; son estos y muchos más temas los que encontré escondidos entre las letras de esta obra, en metáforas tan familiares como hermosas, cuyas lágrimas son testigos del toque al corazón de un servidor.

Con esto espero haber dado una idea clara de lo que es “El Canario y la Máquina de Coser” de Isabel Salas, una autora que se levanta, con un estilo único como todos los escritores, que espero brille para las siguientes épocas.

Y un obligatorio en mi biblioteca.

 

                                             


domingo, 21 de marzo de 2021

TAN ASÍ


Hay una luna absurda hoy, casi llena, casi redonda.


Parece una monedita antigua que un niño  antiguo sujetó mientras caminaba recorriendo la muralla china, por el lado de fuera, y la desgastó, restregándola contra ella. Así deformada parece abollada, caída y magullada o a lo mejor no, soy yo que me siento así y sin querer al mirarla la veo con mis ojos que sirven de espejo a mi alma caída y abollada como una moneda desgastada porque un niño malo la raspó jugando y  me la desgastó sin preocuparse qué pasará después, si alguien me aceptará así, tan casi entera, pero tan completamente incompleta.

No sé si el banco de lunas las cambia por otras nuevas, si admite lunas así como mi alma, tan heridas y tan tristes, tan casi llenas, tan casi enteras, casi tan las de siempre pero tan  faltándoles la tajadita de melón que nos dejaba redondas y perfectas antes que se inventasen las paredes, las rozaduras y los niños malos.

No sé que pasa cuando miro a la luna y veo que le falta el mismo cacho que me falta a mí y nos miramos ella yo tan así, tan con ganas de llorar y tan queriendo brillar con todas las fuerzas y que no se note mucho el abollado que deforma el brillo y lo deja tan así... tan poco redondo. 

Isabel Salas

miércoles, 10 de marzo de 2021

AMAR ES VERBO TRANSITIVO



Me persigues aún entre las sombras,
peso muerto que destroza mis hombros.
Sucia basura bajo mis alfombras,
cochambre y purria bajo los escombros.

Oscureces aún la luz del día,
contaminas las aguas de mi fuente.
A mi pesar, me llena de agonía
rememorar tu cinismo insolente.

Finges vivir sin saber dónde vivo.
Sabes quién soy, y yo sé quién tú eres
bajo la capa de tu amor furtivo.

Conozco el rictus de tu gesto altivo.
Aparentas amar a quien no quieres,
sin recordar que es verbo transitivo.

Isabel Salas




viernes, 5 de marzo de 2021

PENTACABLE



El hombre llegó caminando tranquilamente. Se paró debajo de los árboles y sacó su flauta cuidadosamente.

Gestos ceremoniales de quien realiza una tarea importante. Levantó la vista, elevó su espíritu y se llevó la flauta a los labios. Miraba las notas que iba a tocar por vez primera. Notas vivas e inesperadas. Inexplicables. 

Indomadas.

Tomó aire, posicionó los dedos y se dispuso inspirado a interpretar la música que se leía en los cables. Los pájaros pensaron en espantarse, pero algo les resultó familiar en aquella melodía que los hizo quedarse. Tal vez sintieron que estaba hecha para ellos porque no tenían capacidad de entender que estaba hecha por ellos.

No podían saber que ese es el trabajo del artista, mostrarnos la música que hacemos sin querer.

Pocos fueron testigos de aquel momento. Era temprano y no prestaron atención al sonido de flauta que bailaba flotando. Eso no le importó al flautista. Cuando terminó se alejó caminando serenamente. Acarició su flauta con cariño antes de guardarla. Gestos ceremoniales de quien se sabe importante.

Cerró los ojos, recogió su espíritu y agradeció por su corazón de artista.

Isabel  Salas

lunes, 1 de marzo de 2021

NIEVE DE LANA




Algunos corazones, como el mío, tienen agujeros demasiado hondos.

Son agujeros llenos de vacío y precisamente por eso, nada los puede llenar. Se quedan allí para siempre, enquistados y tan llenos de nada, que parece que nunca otra cosa podrá llenarlos. Con el tiempo, he aprendido que el problema no es tener esos espacios pues todos tenemos algunos. El problema, en realidad,  es qué hacer con ellos y con todas las cosas que te faltan.

En mis vacíos falta de todo un poco, como en las tiendas de los chinos, falta un gato dorado que salude con la manita a los curiosos, faltan también unas canciones que quería enseñarte y que dejaron el espacio sangrando cuando te fuiste sin haberlas aprendido. El vacío de ellas se incrusta en el de una receta de puré de patatas con jengibre que pensaba preparar un domingo de lluvia. 

En mis espacios abisales faltan miles besos, unas mantas de cuadros, un viaje al cañón del colorado y ese hijo que me hubiera sonreído con tu boca y te hubiera mirado con mis ojos, entre otras cosas que tampoco están. Tantas cosas faltan que parece imposible que un corazón aguante tanto vacío sin explotar.

El vacío de Canadá es uno de los peores, y no te creas que es por los árboles o la cabaña que una vez soñamos construir alrededor del fuego que habríamos encendido en las noches de frío. Lo peor son los calcetines que hubiéramos comprado con dibujos invernales. Siempre imaginé que esos copos de nieve de los calcetines eran un símbolo de hogar o de algo muy bueno, como la sopa de alcachofas o los flanes y creí que nunca superaría la falta de ellos.

La semana pasada, cuando aún pensaba que un milagro te haría volver, salí y compré dos pares, por si venías tener un regalo preparado, algo especial que te sirviera para toda la vida.

Fue una buena idea, pues aunque hoy sé que nunca volverás, al menos los saqué del vacío y ahora están guardados en un cajón, junto a otras cosas que existen. 

Puedo tocarlos, olerlos y hasta usarlos.

Y sí, funcionan bien y cuando me los pongo y los miro en mis pies, los vacíos se calientan un poquito también y parecen menos fríos, como el desconsuelo cuando lo consuelan, que no parece tan desesperado. El corazón se queda con menos ganas de explotar y hasta me animo a cantar yo misma alguna de esas canciones que ya no están en ningún lado.

Quién podría imaginar el poder de los copitos de lana cuando abrazan pies enamorados. Guardé el papel de regalo por si al final regresas, volverlos a envolver y poder fingir que acabo de comprarlos.

Estoy ahorrando para comprar también, en cuanto pueda, un cañón del colorado que me salude con la manita y sonría con la cara  de nuestro hijo.

Isabel Salas