Yo no elegí ser coreógrafo de pandemias. Fue la pandemia la que me eligió a mí.
Antes
de todo aquel delirio, yo me dedicaba a lo mío: flashmobs en
supermercados, bodas temáticas (“Dirty Dancing versión bautismo”), y
algún videoclip indie de gente con flequillo y cara de tristeza. Nada serio.
Nada que dijera “este hombre devolverá la esperanza al mundo con una
coreografía en bata médica”.
Pero llegó el 2020. Y con él, un llamado. Un alto cargo del ministerio. Voz grave, tono de tráiler de película bélica:
—¿Usted es el que hizo bailar a quince señoras disfrazadas de astronauta en la apertura del mall de San Miguel?
—Culpable.
—Excelente. Una de ellas era mi tía Gloria, ella lo recomendó. Necesitamos que haga bailar a los médicos.
Se me cayó el celular. De la risa, de que era un Nokia y de que no recordaba a la tía Gloria.
Pero
fui. Porque en tiempos de crisis, uno agarra lo que venga. Cuando el
mundo se prende fuego, uno se presenta con purpurina y disposición al
llamado del destino. Y, sobre todo, porque en plena era del "quédate en
casa" yo estaba loco por salir e ir a cualquier lado. Así que allá terminé yo, frente a una fila de doctores con expresión de trauma de
guerra, moviendo los brazos como si estuvieran espantando abejas
imaginarias. Un cardio intensivo de pura vergüenza ajena. Ni uno a
tiempo. Ni uno.
Las
enfermeras eran peores. Una intentó hacer un pasito y se dislocó el
hombro. Otra se largó a llorar a mitad de “Stayin' Alive”, lo cual,
irónicamente, arruinó la metáfora.
Así que tomé una decisión ética, artística y totalmente fraudulenta: propuse contratar bailarines profesionales y disfrazarlos de personal médico con batas, mascarillas, estetoscopios y todo el equipo.
Los verdaderos doctores estaban salvando vidas en algún lugar fondo a la
derecha. Y al frente, mis “Dr. Bailarín” hacían un shuffle con una
jeringa gigante como bastón.
Y
¿adivina qué? Fue un éxito monumental mundial. Nadie sabía de qué
países eran los doctores bailarines y a nadie le importaba. Los videos
se viralizaban más rápido que la variante Ómicron. Me ofrecieron hacer
un especial navideño: “Navidad en la UCI: El Musical”. Me preguntaron si
quería asesorar la campaña de vacunación con un número de tap. TAP. Yo
solo les pregunté: “¿Con purpurina o sin?”
Lo mejor de todo es que nadie
recuerda de quién fue la idea de hacer bailar a los médicos en plena
emergencia sanitaria. Ni siquiera yo supe de donde salió aquel
disparate. Algunos sospechan que fue una mezcla de ansiedad colectiva y
una reunión de Zoom que se salió de control. Pero a nivel laboral,
personal y económico fue lo mejor que me pasó.
Compré un loft. Tengo una heladera que se conecta al Wi-Fi , Alexa se
sabe todas mis canciones favoritas y pago impuestos como un adulto.
Y ahora, 2026, aquí estoy.
Esperando la próxima pandemia,
como quien espera el estreno de una nueva temporada de su serie
favorita. Lo tengo todo listo por si el próximo virus se pareciera al corona: un
número de salsa sobre camas de hospital motorizadas, un opening de jazz
estilo Broadway llamado “Variante X: el regreso” y hasta un trío lírico
con barbijos autotuneados que va a hacer llorar al OMS entero.
Los puristas afirman que no se puede coreografiar una crisis sanitaria. Yo respondo:¿quieres apostar?
Pero
debo advertirte de un presagio. Me temo que la próxima no será como la anterior ni parecida.
Desde hace un tiempo, vengo estudiando patrones, señales, vibras raras.
El mundo respira raro y la gente, si te fijas bien, mastica más lento.
Los influencers hablan como si tuvieran el cerebro en buffering.
Y yo lo sé, lo presiento...lo deseo. Se viene la próxima pandemia. Y
esta vez será diferente. No va a ser un virus que te quita el gusto o
haga que los lenguados tengan sabor a acetona. No, no. Va a ser algo más
cinematográfico. Más espectacular. Estoy hablando, por supuesto, del tan anunciado y hollywoodense apocalipsis zombie.
Sí. Ya sé. Te ríes.
Cuando
el primer noticiero diga que hay una señora en Croacia que intentó
comerse a su panadero, ahí te quiero ver. Dejarás de reírte. Yo me estoy
preparando. Sin embargo no acumulo latas de atún ni papel higiénico.
Me preparo artísticamente, por supuesto.
Porque esta vez el desafío no va a ser hacer que los doctores bailen. Esta vez voy a tener que coreografiar a los no-muertos. ¿Zombies torpes? ¿Coordinación motriz cero? ¡Un sueño! Es como volver a trabajar con médicos, pero con más compromiso corporal.
Estoy estudiando a mi gurú espiritual y artístico: Michael Jackson en Thriller.
La forma en que movía esos hombros descoyuntados. La precisión de la
mirada vacía. El moonwalk con olor a cráneo podrido y esos ricitos que
parecían anticipar cada paso sin descabellarse.
Ya tengo el concepto: "Zombi con Z de Zoom".
Un musical post-apocalíptico donde bailarines, disfrazados de
sobrevivientes bailan en pasillos destruidos, con barbijos rotos,
mientras otros, vestidos de zombies hacen líneas perfectas de canon y
contracanon al ritmo de sintetizadores ochenteros.
Estoy
diseñando el vestuario. Andrajos con lentejuelas. Mascarillas
desgarradas con bordado y telas de araña. Tacones para los zombies glam.
(Los otros, descalzos pero con actitud.)
Y lo mejor: no necesito ensayar expresividad facial. ¡Son
zombies! Toda esa inexpresividad que antes arruinaba mis números, ahora
es parte del estilo. Es arte. Es método y rigor mortis con ritmo.
La
humanidad estará temblando. Y yo, entre explosiones y gruñidos, voy a
estar gritando desde la torre más alta de lo que quede en pie.
“¡Cinco, seis, siete, OGHHRRRRHHH!”
Estoy listo.
El fin del mundo es mi mejor escenario.
Isabel Salas