Pensaemas

jueves, 26 de febrero de 2026

MUJER AZUL

Azul, verde y negro.
Una bandera.
Azul, 
negro y verde.
Una mujer.
Negro, azul y verde.
Una mirada.

Negro, 
verde y azul.
Una mirada de mujer.
Verde,
 negro y azul.
Una mujer negra mirando.
Verde, 
azul y negro.
Una mirada de bandera.

África verde y alegre,
valiente mirada negra
preciosa mujer
 azul.

Isabel Salas



martes, 10 de febrero de 2026

EL JUNCO ESCRITOR

La niña pasó corriendo por el pasillo, dio la curva que llevaba a los dormitorios, entró en el suyo, cerró la puerta y  se apoyó agitada contra ella. Su pechito  parecía incapaz de soportar tantos latidos. Sentía sus ojos inútiles para contener tantas lágrimas, así como notaba que sus manos y sus piernas  no podrían  sujetar tantos golpes y patadas como deseaba poder dar, pero lo peor era la garganta, tan llena de gritos.

Quemaba.
Sabía que si empezaba a gritar el mundo se acabaría. A los nueve años sabes esas cosas intuitivamente sin que nadie te las explique, como sabes que si sacas un pie de la cama mientras duermes, los cocodrilos que viven debajo se lo comerán. Es ley de vida.

El esfuerzo inmenso por contenerse hizo que las fuerzas internas que amarran la locura y el dolor la hicieran caer al suelo plegada como el junco del dúo Dinámico pero peor.

Cayó dobladita. Por unos segundos se quedó quieta, respirando y tratando de reorganizar los pensamientos. Podía haberse roto en aquel momento como tantos niños que se rompen y ya no se levantan, aunque vuelvan a andar, pero ella se levantó. Dio unos pasos, cogió un cuaderno, un bolígrafo y comenzó a escribir apoyada en la cama. Algunas palabras no se leían bien porque la tinta azul al mojarse se abría en flores de acuarela salada.

Hoy, cuarenta años después, sigue pasando igual cuando llora encima de lo que escribe. El pecho ha crecido y ha demostrado ser capaz de aguantar lo que nadie imaginaba, los ojos, las manos, las piernas y todas las partes de su cuerpo, han mostrado capacidad sobrada para vivir y sobrevivir.

Ella aún escribe con una mano. Con la otra se agarra fuerte a la cuerda que la mantiene atada a la cordura.
Las flores de acuarela ya forman un jardín.

Isabel Salas

sábado, 7 de febrero de 2026

CUARENTA Y OCHO





Pasé media hora dudando si responder o no, y en caso afirmativo, qué respondería, porque no necesitaba leer tu mensaje para saber qué habías escrito. Pocas palabras, seguro, como siempre las justas para decir lo que necesitas decir sin que se interprete mal, con esa precisión que tienes para ser exacto que a veces me irrita tanto y a veces tanto me gusta.

Estuve mirando el teléfono de reojo mientras me lavaba los dientes y me arreglaba para salir, ignorándolo, digamos que "haciéndome la muerta", pero sabiendo que tú ya sabías que el mensaje había llegado y que yo lo había visto aunque aún no te hubiera respondido. Sé que me conoces y podía ver tu sonrisita calculando el tiempo que tardaría yo en darme por vencida y decir cualquier cosa para responderte: sí o no.

Sé que esta tarde cuando pasaste con tu coche y me viste saliendo de la panadería buscaste mis ojos antes que yo me diera cuenta de que eras tú. Lo sé porque cuando te miré ya habías colocado esa mirada especial que pones cuando quieres  que no se te note lo que estás pensando. Te he visto hacerlo demasiadas veces al hablar con los mecánicos o con el gerente del banco y puedo oír tu voz diciéndome unos segundos antes de subirla a tus ojos, "aprende".

Aunque tus ojos estaban impenetrables, yo sí noté como aminoraste y como pasaste mucho más despacio de lo normal sin quitarme ojo. Vi que unos metros más allá casi paraste pero lo pensaste mejor y seguiste. Por el retrovisor seguimos mirándonos hasta que doblaste la esquina y entonces empecé a temblar tranquilamente.

Temblar de esa manera que tiemblo cuando la culpa es tuya, de dentro para afuera, haciendo olitas que nacen en mi vagina y antes de salir por mis manos calientes arañan mis antebrazos desde dentro.

Desde dentro. Desde muy adentro, porque sin duda es allí que estás siempre aunque no siempre estés cerca. Y es allí que se activan los mecanismos de los temblores aunque no me mires bien y coloques la mirada de ocultar deseos. Y es allí, bien dentro, donde manan las ganas de llamarte cada día desde que dejé de hacerlo.

Cuarenta y ocho minutos aguanté.

Tu mensaje como yo lo esperaba: corto y claro y que sólo necesitaba un sí o un no: "Esta tarde te vi un poquito. Quiero verte más. Verte y hablarte. Si quieres, te llamo esta noche y hablamos. Quieres?"

Mi cuerpo, que aún no había parado de temblar,  al leer tu mensaje, quiso decirle a mi corazón que era la hora de tomar decisiones, y que eso le correspondía a él, pero no lo encontró. Se había puesto tan feliz que se olvidó por un momento de los años y de los meses sin verte, sacó la moto y se fue a dar una vuelta con el traje de fiesta y la sonrisa de niña que guarda para ti y para tus preguntas fáciles que demandan respuestas sencillas.

Sin embargo mis dedos si estaban aquí, todos, y ellos contestaron:

"Sí".


Isabel Salas



domingo, 1 de febrero de 2026

COREÓGRAFO DE PANDEMIAS

 
 
Yo no elegí ser coreógrafo de pandemias. Fue la pandemia la que me eligió a mí.

Antes de todo aquel delirio, yo me dedicaba a lo mío: flashmobs en supermercados, bodas temáticas (“Dirty Dancing versión bautismo”), y algún videoclip indie de gente con flequillo y cara de tristeza. Nada serio. Nada que dijera “este hombre devolverá la esperanza al mundo con una coreografía en bata médica”.

Pero llegó el 2020. Y con él, un llamado. Un alto cargo del ministerio. Voz grave, tono de tráiler de película bélica:
—¿Usted es el que hizo bailar a quince señoras disfrazadas de astronauta en la apertura del mall de San Miguel?
—Culpable.
—Excelente. Una de ellas era mi tía Gloria, ella lo recomendó. Necesitamos que haga bailar a los médicos.
Se me cayó el celular. De la risa, de que era un Nokia y de que no recordaba a la tía Gloria. 

Pero fui. Porque en tiempos de crisis, uno agarra lo que venga. Cuando el mundo se prende fuego, uno se presenta con purpurina y disposición al llamado del destino. Y, sobre todo,  porque en plena era del "quédate en casa" yo estaba loco por salir e ir a cualquier lado. Así que allá  terminé yo, frente a una fila de doctores con expresión de trauma de guerra, moviendo los brazos como si estuvieran espantando abejas imaginarias. Un cardio intensivo de pura vergüenza ajena. Ni uno a tiempo. Ni uno.

Las enfermeras eran peores. Una intentó hacer un pasito y se dislocó el hombro. Otra se largó a llorar a mitad de “Stayin' Alive”, lo cual, irónicamente, arruinó la metáfora.

Así que tomé una decisión ética, artística y totalmente fraudulenta: propuse contratar bailarines profesionales y disfrazarlos de personal médico con batas, mascarillas, estetoscopios y todo el equipo.
Los verdaderos doctores estaban salvando vidas en algún lugar fondo a la derecha. Y al frente, mis “Dr. Bailarín” hacían un shuffle con una jeringa gigante como bastón.

Y ¿adivina qué? Fue un éxito monumental mundial. Nadie sabía de qué países eran los doctores bailarines y a nadie le importaba.  Los videos se viralizaban más rápido que la variante Ómicron. Me ofrecieron hacer un especial navideño: “Navidad en la UCI: El Musical”. Me preguntaron si quería asesorar la campaña de vacunación con un número de tap. TAP. Yo solo les pregunté: “¿Con purpurina o sin?”

Lo mejor de todo es que nadie recuerda de quién fue la idea de hacer bailar a los médicos en plena emergencia sanitaria. Ni siquiera yo supe de donde salió aquel disparate. Algunos sospechan que fue una mezcla de ansiedad colectiva y una reunión de Zoom que se salió de control. Pero a nivel laboral, personal y económico fue lo mejor que me pasó.
Compré un loft. Tengo una heladera que se conecta al Wi-Fi , Alexa se sabe todas mis canciones favoritas y pago impuestos como un adulto.

Y ahora, 2026, aquí estoy.
Esperando la próxima pandemia, como quien espera el estreno de una nueva temporada de su serie favorita. Lo tengo todo listo por si el próximo virus se pareciera al corona: un número de salsa sobre camas de hospital motorizadas, un opening de jazz estilo Broadway llamado “Variante X: el regreso” y hasta un trío lírico con barbijos autotuneados que va a hacer llorar al OMS entero.

Los puristas afirman que no se puede coreografiar una crisis sanitaria. Yo respondo:¿quieres apostar? 

Pero debo advertirte de un presagio. Me temo que la próxima no será como la anterior ni parecida. Desde hace un tiempo, vengo estudiando patrones, señales, vibras raras. El mundo respira raro y la gente, si te fijas bien,  mastica más lento. Los influencers hablan como si tuvieran el cerebro en buffering.

Y yo lo sé, lo presiento...lo deseo. Se viene la próxima pandemia. Y esta vez será diferente. No va a ser un virus que te quita el gusto o haga que los lenguados tengan sabor a acetona. No, no. Va a ser algo más cinematográfico. Más espectacular. Estoy hablando, por supuesto, del tan anunciado y hollywoodense apocalipsis zombie.

Sí. Ya sé. Te ríes. 

Cuando el primer noticiero diga que hay una señora en Croacia que intentó comerse a su panadero, ahí te quiero ver. Dejarás de reírte. Yo me estoy preparando. Sin embargo no acumulo latas de atún ni papel higiénico.

Me preparo artísticamente, por supuesto.

Porque esta vez el desafío no va a ser hacer que los doctores bailen. Esta vez voy a tener que coreografiar a los no-muertos. ¿Zombies torpes? ¿Coordinación motriz cero? ¡Un sueño! Es como volver a trabajar con médicos, pero con más compromiso corporal.

Estoy estudiando a mi gurú espiritual y artístico: Michael Jackson en Thriller. La forma en que movía esos hombros descoyuntados. La precisión de la mirada vacía. El moonwalk con olor a cráneo podrido y esos ricitos que parecían anticipar cada paso sin descabellarse.

Ya tengo el concepto: "Zombi con Z de Zoom". Un musical post-apocalíptico donde bailarines, disfrazados de  sobrevivientes bailan en pasillos destruidos, con barbijos rotos, mientras otros, vestidos de  zombies hacen líneas perfectas de canon y contracanon al ritmo de sintetizadores ochenteros.

Estoy diseñando el vestuario. Andrajos con lentejuelas. Mascarillas desgarradas con bordado y telas de araña. Tacones para los zombies glam. (Los otros, descalzos pero con actitud.)

Y lo mejor: no necesito ensayar expresividad facial. ¡Son zombies! Toda esa inexpresividad que antes arruinaba mis números, ahora es parte del estilo. Es arte. Es método y rigor mortis con ritmo.

La humanidad estará temblando. Y yo, entre explosiones y gruñidos, voy a estar gritando desde la torre más alta de lo que quede en pie.
“¡Cinco, seis, siete, OGHHRRRRHHH!”

Estoy listo.
El fin del mundo es mi mejor escenario.

Isabel Salas