miércoles, 2 de abril de 2025

HACIA LA INMORTALIDAD



Entre las más impactantes y conmovedoras formas de preservar la memoria de nuestros muertos ilustres, sin duda, se encuentra la tradición de las máscaras mortuorias, moldes del rostro de una persona fallecida que capturan, con exactitud casi perfecta, los rasgos últimos de quienes dejaron huella en la historia.

Estas máscaras no nacieron como arte por sí mismas, sino como herramientas de memoria. Ya en el Antiguo Egipto, los faraones eran enterrados con máscaras funerarias doradas, como la de Tutankamón que casi todos recordamos. Las máscara egipcias no eran moldeadas directamente sobre el rostro, pero sí representaban la trascendencia simbólica del difunto. Más adelante, en la Antigua Roma, practicaron la costumbre de conservar imagines maiorum, bustos de cera de los antepasados, usados en procesiones funerarias para honrar la genealogía.

Sin embargo, la técnica realista de la máscara mortuoria, realizada directamente sobre el rostro del difunto con yeso o cera, se popularizó en Europa a partir de la Edad Media, y alcanzó su auge durante los siglos XVIII y XIX, en pleno apogeo del pensamiento ilustrado, la ciencia anatómica y el arte neoclásico. Se usaban no solo como recuerdo, sino también como referencia para escultores y pintores, o incluso con fines médicos, antropológicos y científicos.

Entre las máscaras más célebres que se conservan están la de Dante Alighieri, cuyo rostro fue inmortalizado después de su muerte en 1321; la de Napoleón Bonaparte, moldeada poco después de su fallecimiento en 1821 en la isla de Santa Elena; y la de Ludwig van Beethoven, cuya máscara post mortem de 1827 refleja la profundidad de su semblante, marcada por la genialidad y el sufrimiento.

También figuran en este panteón inmóvil las máscaras de Friedrich Nietzsche, el filósofo del eterno retorno; la del poeta y grabador inglés William Blake, visionario del alma humana; o la de Blaise Pascal, matemático y pensador religioso. Incluso el rostro de María Antonieta, reina de Francia, fue preservado tras su ejecución mediante un molde realizado en secreto por la escultora Madame Tussaud, fundadora del célebre museo de cera.

En esta colección silenciosa también se encuentra Julio Verne, el padre de la ciencia ficción moderna. Tras su muerte el 24 de marzo de 1905, en la ciudad francesa de Amiens, el escultor Albert Roze, también oriundo de la región, fue el encargado de realizar su máscara mortuoria, capturando con precisión los rasgos del escritor que nos hizo viajar al centro de la Tierra, a la Luna y a lo largo de veinte mil leguas bajo el mar.

Dos años más tarde, en 1907, Roze creó una obra escultórica monumental para la tumba de Verne. La pieza, titulada “Vers l’immortalité et l’éternelle jeunesse” (Hacia la inmortalidad y la eterna juventud), representa al escritor emergiendo de su tumba, rompiendo la lápida con el torso desnudo y un brazo extendido hacia el cielo, como si rompiera la barrera entre la vida y la muerte o tal vez en su viaje entre el mundo material y el espiritual. 

La escultura fue instalada en el Cimetière de la Madeleine, en Amiens, donde reposa Verne junto a su esposa Honorine. El monumento se convirtió rápidamente en un lugar de peregrinación literaria. La elección del título y la fuerza simbólica de la figura puede evocar para los cristianos la resurrección y para los no creyentes  la inmortalidad de la obra literaria de Verne, pero definitivamente es una escultura impresionante que difícilmente nos deja indiferentes.

La tumba de Julio Verne, gracias a esta escultura deja de ser  un simple lugar de descanso, para convertirse en  una puerta abierta a la imaginación. Un recordatorio de que la muerte no es el final, sino el umbral hacia otra forma de presencia, en este caso, la que vive en las palabras, en los sueños, y en el rostro moldeado  para no ser jamá olvidado.

Isabel Salas

lunes, 31 de marzo de 2025

MULTICULTURALIDAD IMPUESTA


La  tan cacareada multiculturalidad, impuesta a Europa desde hace años como un valor que exalta la diversidad y promueve valores de inclusión, merece, sin duda,  una segunda y una tercera revisión crítica  que, a día de hoy, no está siendo permitida ni incentivada. Nos la han presentado como un avance moral, como el signo de una sociedad madura y tolerante, pero en la práctica se ha venido convirtiendo en un proceso de desintegración donde solo una de las partes, la europea de raíz cristiana, está siendo obligada a renunciar a su historia, sus comidas, sus tradiciones y su fe.

Lo más increíble es que a los pueblos de Europa no se les ha consultado si desean abrir sus puertas a costumbres ajenas, a religiones incompatibles con sus valores, o a normas de convivencia o vestimenta que desdibujan el alma cultural que los ha sostenido durante siglos. La multiculturalidad que se ha promovido no nace espontáneamente de una migración natural, ni del respeto mutuo ni mucho menos del diálogo sincero, sino desde el turbio propósito de una ingeniería social que evidentemente, parece buscar la disolución de lo que aún queda de identidad espiritual, cohesión familiar y conciencia histórica en las sociedades europeas de raíz cristiana.

Obviamente no estamos ante un fenómeno natural. Es política. Es proyecto. Y es, según muchos valoramos, peligroso.

El cristianismo, y esto hay que decirlo sin miedo, ha modelado las bases éticas de la civilización occidental. Ha dado a la humanidad principios como la dignidad individual, el valor del perdón, la defensa de la conciencia, la separación progresiva entre lo espiritual y lo temporal, y una cultura del amor que ha transformado lentamente los impulsos más brutales de la historia. Aunque se hayan cometido errores y aunque existan episodios oscuros como la Inquisición, el cristianismo ha sido capaz de evolucionar hacia una visión más elevada del ser humano, precisamente porque se sabe guiado por un mensaje que trasciende el poder y el tiempo: el mensaje de Cristo.

A menudo se trae a colación la Inquisición para descalificar esta herencia, por eso es necesario hablar con datos y contexto. La Inquisición española, en sus más de 350 años de existencia, produjo entre  3.000 y 5.000 ejecuciones. En toda Europa, las distintas inquisiciones no suman más de 50.000 muertes. No son cifras aceptables, y tristemente existen, pero sí deben ser puestas en su marco histórico: siglos de guerras religiosas, castigos civiles atroces, y sistemas judiciales embrionarios. La Iglesia, en muchos casos y aunque cueste creerlo, fue más garantista que los tribunales civiles. Además, la propia tradición cristiana produjo autocrítica, promovió la revisión, el perdón público, y todas las reformas profundas que nos han traído a la actualidad.

Ahora bien, comparemos esto con los sistemas legales y religiosos de raíz islámica que aún hoy, en pleno siglo XXI, se practican y no como excepción sino como norma: el matrimonio infantil, la lapidación por adulterio, la pena de muerte a homosexuales, la persecución de apóstatas y cristianos, el castigo corporal en la vía pública, y la absoluta subordinación de la mujer entre otros. Todo esto con sustento teológico y amparo estatal. Hay países donde aún hoy cualquier niña de  6 a 15 años puede ser entregada forzosamente en matrimonio, o donde un hombre puede golpear a su esposa o a la esposa de otro con 100 latigazos, por mandato divino. Países donde decir “soy cristiano” puede costarte la vida, y donde el Estado y la religión son uno solo.

Según la Lista Mundial de la Persecución 2025 publicada por la organización Puertas Abiertas, los siguientes países presentan los niveles más altos de persecución hacia los cristianos, incluyendo casos de violencia extrema y asesinatos debido a su fe: Corea del Norte​, Somalia, Yemen Libia, Sudán​, Eritrea​, Nigeria​, Pakistán​, Irán​ y Afganistán. Aún no han incluido a Siria pero sabemos que allí la persecución a cristianos y a otros grupos está siendo feroz.

Concretamente en países como Irán, Arabia Saudita o Yemen, ser homosexual o renunciar al islam puede significar la ejecución pública. No estamos hablando de errores del pasado, sino de prácticas presentes, institucionales y sistemáticas, según los datos y estadísticas públicas que dispongo para sustentar mis afirmaciones.

Y, sin embargo, desde los micrófonos de Occidente, se nos repite que todas las culturas valen lo mismo. Que hay que respetar todas las opiniones y culturas. Que cuestionar estas prácticas es intolerancia y que oponerse a su entrada sin filtro es xenofobia. Que hablar, en resumen, contra la multiculturalidad es odio. Pero nadie está obligando al mundo islámico a aceptar nuestros valores en sus países. Nadie promueve multiculturalismo en Arabia Saudita o en Pakistán. Nadie defiende allí el “derecho a la diferencia”. Solo se le exige a Europa la adaptación forzosa, abrirse, callar, financiar y ceder.

Esta imposición constante debilita la conciencia colectiva, desarma la defensa espiritual de los pueblos, y somete a la sociedad a un relativismo destructor. No se trata de odiar al diferente, de hecho ni yo misma ni nadie de mi entorno ha expresado jamás  odio, se trata sí, de defender con firmeza lo verdadero. Y hay verdades que no pueden negociarse y no todos los valores son iguales. No es lo mismo la compasión que la lapidación. Y para afirmar esto me remito a las palabras de Cristo, "quién esté libre de pecado que tire la primera piedra".

No es lo mismo el respeto a la conciencia que la pena de muerte por apostasía. En concreto, no es lo mismo el mensaje de Jesucristo que el de la Sharía. Y decirlo no es odio: es responsabilidad y sentido de la preservación de nuestra vida y nuestros principios.

Si Europa quiere sobrevivir como civilización viva, tiene que recordar lo que la hizo grande: su raíz cristiana, su ética de la libertad, su compasión estructurada en el bien, su amor por la verdad. No se trata de imponer esa visión a los demás, sino de dejar de pedir perdón por ella. Y de ejercer el derecho de admisión que todo pueblo libre debe tener sobre su cultura, su tierra y sus hijos. No se trata de rechazar al otro. Se trata de preguntarnos por qué solo nosotros debemos ceder. ¿Por qué debemos borrar nuestras cruces, silenciar nuestras campanas, dudar de nuestras raíces para que el otro se sienta cómodo en nuestra casa o en nuestras escuelas? ¿Por qué se exige respeto a culturas que no respetan, acogida a religiones que no acogen en sus lugares de origen, y sumisión a ideologías que no dialogan?


El cristianismo ha sido y, aún es, el alma de Europa. Le dio hospitales, universidades, arte, ciencia, una ética del perdón y de la conciencia. Hoy Europa se arrodilla,  calla y paga. Europa se deshace porque la multiculturalidad que nos han impuesto no es encuentro entre iguales: es una rendición unilateral. No es convivencia: es una lenta amputación de nuestra identidad. Se nos prohíbe incluso pensarlo, discutirlo o escribirlo, y si lo hacemos fácilmente podemos ser injustamente acusados de intolerantes, de racistas o retrógrados.

Y sin embargo, decir la verdad no es odio y por mucho que lo repitan no lo será. Como dice un bello y sabio refrán africano, por mucho que el tronco flote, nunca será cocodrilo. El odio es un sentimiento muy difícil de detectar y de diagnosticar, pero es muy fácil callar la voz de quienes no aplauden las políticas impuestas cuando el que detenta el poder te puede acusar, juzgar y condenar  por "crimen de odio".

Europa no necesita leyes sobre el odio. Necesita memoria. Necesita valor para mirar lo que ha sido y decidir si desea seguir existiendo. Porque si todo se acepta, si todo se iguala, si todo se impone menos lo nuestro, entonces nada queda. Y quien ya no sabe quién es, no puede defender nada, ni siquiera a sus hijos y su legado. Me amparo en el artículo 10 del Convenio Europeo de Derechos Humanos y en el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, según el cual tengo derecho a expresar opiniones críticas, incluso si son polémicas, contrarias al discurso oficial o molestas para otros. Este texto no contiene, ni en su letra ni en su espíritu, ningún tipo de incitación al odio, a la violencia, a la discriminación o al desprecio hacia personas por su religión, raza, nacionalidad u origen cultural. 

Al contrario, las observaciones aquí expuestas constituyen una crítica legítima y necesaria a ciertas políticas públicas, modelos ideológicos y prácticas institucionalizadas que afectan la identidad de las sociedades europeas de raíz cristiana.

Se habla aquí de hechos documentados, de experiencias colectivas y de un llamado urgente a la reflexión cultural profunda. No se ataca a individuos ni se menoscaba la dignidad de ninguna persona. Sin embargo, este texto defiende el derecho de todo pueblo —como lo han hecho históricamente otros— a conservar su identidad, proteger de forma serena sus raíces, y manifestar sus valores sin ser censurado, acusado ni obligado al silencio.


Isabel Salas


domingo, 23 de marzo de 2025

EL INFIERNO DETRÁS DEL LUJO


 

Cada día, modelos, influencers y hermosas chicas jóvenes son embaucadas con promesas de contratos millonarios pero muchas acaban atrapadas en un sistema de esclavitud disfrazado de glamour. No es un mito sino una red de poder, silencio y abuso. 

En los rincones más oscuros del lujo internacional se esconde una realidad que muchos prefieren no ver, no sé si por preservar su sanidad mental, por cobardía o por miedo. Hay muchos lados desde los que podemos abordar el tema de la depravación, pues, por desgracia, sucede en todos lados y no es exclusiva de ningún país. Sin embargo para centrarnos en un punto en concreto voy a hacer un repaso de lo que he ido averiguando sobre cómo se manejan muchas de las agencias que ofrecen contratos de modelaje en Dubái y otros centros de poder económico del Golfo. Algunas de estas agencias no están llevando a las jóvenes a vivir un sueño, sino a sobrevivir una pesadilla. Lo que se promociona como una oportunidad de éxito y dinero fácil, puede terminar siendo una forma de esclavitud moderna disfrazada, aunque sea por un determinado periodo de tiempo.

Hay testimonios, muchos de ellos silenciados o enterrados, que describen con precisión lo que ocurre tras esas puertas doradas. No se trata solo de prostitución de lujo. Estamos hablando de prácticas profundamente degradantes: zoofilia forzada, ingesta de desechos corporales, rituales de humillación absoluta y contratos que incluyen cláusulas de confidencialidad diseñadas para callar el horror que viven estas mujeres. A esto se suman las amenazas, las coacciones y el miedo. Las chicas son llevadas hasta allá con promesas falsas o con una idea muy distinta de lo que realmente se les exigirá. A veces son menores de edad. Otras veces, simplemente son mujeres jóvenes que vienen de entornos donde la necesidad, la ilusión o la ambición les impiden imaginar el infierno al que están a punto de entrar.

Y lo más repugnante no es sólo lo que se les hace, sino cómo se las trata después. Porque el sistema está tan bien montado que consigue, como en otros casos,  que la víctima se convierta en sospechosa. “Seguro que sabía lo que hacía”, dicen algunos. “Se vendió por dinero.” Así, la culpa cambia de lugar. Y los verdaderos responsables —jeques, oligarcas, proxenetas o magnates— quedan impunes, blindados por el poder, el dinero y la indiferencia. Esto no debe sorprendernos, ya sabemos el tipo de minifalda que usan las violadas para provocar a los pobres violadores en los oscuros callejones.

Sin embargo estas redes, de las que estamos hablando hoy, a diferencia de otras que trabajan clandestinamente, funcionan a plena luz y ante nuestra vista. No son marginales, están conectadas con las grandes esferas del poder global y operan bajo nombres de empresas legales, utilizan influencers, modelos famosas, promotores de lujo y hasta algunos medios de comunicación que les hacen el juego. Porque eso también forma parte del silencio: los medios masivos no cubren estos casos. No profundizan, no investigan, no denuncian. No porque no puedan, sino porque saben que no deben hacerlo si no quieren poner en jaque a los mismos intereses que sostienen el statu quo internacional y porque en la industria del entretenimiento, la moda, el turismo o el espectáculo, el dinero manda y la verdad molesta y nadie se anima a ponerle el cascabel al gato.

Podría decir que a estas alturas ya nada me asombra o simplemente callarme, pero observo un colapso ético tan grande en todo esto que no consigo mantenerme al margen. Ante un panorama que nos aturde con tanta degradación mi conclusión es que hay que comprometerse, cada uno desde su humilde lugar, y mi lugar es este, mi blog. La perversidad de lo que estoy analizando va mucho más allá del hecho en sí. ¿Qué tipo de civilización permite que se abuse, degrade y silencie a mujeres —muchas veces niñas— a cambio de un puñado de billetes y una falsa promesa de fama? ¿Qué sociedad normaliza estos abusos porque ocurren lejos, en palacios imposibles, entre lujos que parecen de otro mundo?

Quizás un día llegue la hora de mirar sin filtros y de no callar más. Y tal vez en ese momento los que dirijan  los grandes medios encuentren el valor para exponer lo que ocurre aunque incomode. Porque no hay nada más obsceno que la complicidad disfrazada de indiferencia. Y porque la dignidad no debería tener precio, ni excusas, ni contratos de silencio.

Isabel Salas

domingo, 16 de marzo de 2025

AMO A UN POETA


Abordaré hoy un asunto muy peliagudo, complicadísimo y delicado. Es uno de esos temas en los que cualquier mujer usaría la típica frase de la amiga, a la que le pasa tal o cual cosa, y en los que quienes la escuchan aceptan lo de la amiga sabiendo que  es mentira, así como saben  que todo lo que venga después de esa introducción, será verdad. Una verdad que al disfrazarse de mentira coge fuerza de puño y golpea como sólo las verdades saben.

Amante de las letras como soy, siempre supe que los poetas son unos perros desgraciados que usan su arte para engatusar incautas y levantar su ego. Adoran rodearse de admiradoras y escriben apuntando directo al corazón femenino sin compasión ni remordimientos, por eso, por ser tan lista y haberme dado cuenta de como realmente son esos cabrones es que hace muchos años decidí buscarles una buena definición que me sirviera de hechizo protector para salvarme de su embrujo.

Inspirada en el diccionario y en frías descripciones científicas, concluí que poeta es el tipo indecente alrededor del cual las mujeres vuelan como  mariposas hipnotizadas hasta quemarse las alitas y caer muertas, de amor o desamor, a los pies del infeliz. 

Reconozco que como definición deja mucho que desear, no parece muy parcial y puede que le falten hasta comas, pero a mí me sirvió durante años como un impermeable de pescador de altura para no mojarme con los versos cargados con tinta hecha de miel de abeja venenosa, que es con la que estos seres despiadados suelen llenar sus plumas. 

Todo fue bien hasta que una noche unas amigas me hablaron de un poeta de pelo negro y versos de colores que según ellas era la dulzura hecha poema y amor convertido en letras plateadas que brillaban con la luz de los rayos de luna llena. Me acerqué curiosa y descuidada, segura de que mi escudo protector funcionaría y me mantendría a salvo. Incauta y torpe no vi que me estaba acercando demasiado y demasiadas veces. No noté tampoco la frecuencia cada vez mayor con que lo buscaba y trataba de llamar su atención ni percibí la tristeza infinita que me invadía los días en que él no me miraba porque al hablarme disipaba todas nubes y el cielo se llenaba de soles bailarines.

Los días fueron pasando y cuando quise darme cuenta ya estaba completamente enamorada. Ni poco ni muchito, toneladas de amor desesperado, desgarrando mis entrañas mientras mi obsesión por sus letras me impedía percatarme del tamaño del problema.

A las pocas semanas los estropicios eran evidentes, empecé a hablar en rima y a suspirar entre lágrimas ante cualquier flor o cualquier estrella. Lo observaba todo atentamente por breves instantes y enseguida salía volando del local. Atravesaba rauda los cielos árticos o antárticos deseando llevarle a mi poeta aquellas impresiones lo más frescas posible para que él las transformase en poemas con perfume de nieve recién cortada. 

Nunca se vio una musa más intrépida.
Me deslicé por cráteres abiertos para observar la sangre del planeta corriendo por las venas ardientes de los volcanes y amparada en mi inmortalidad me dejé picar por los venenos de cientos de arañas y serpientes para describirle a mi amor las mil formas de agonía más espectaculares.

Hice tantos méritos que pronto fui su preferida. Las otras musas se fueron retirando aburridas buscando otros artistas, pues él sólo tenía oídos para mí. Las mujeres mortales disputaban celosas quien de entre ellas era la inspiradora de aquellos versos bellos y en desacuerdo discutían hasta el agotamiento mientras yo era feliz con mi amado escritor, su blanca piel y sus negros cabellos. 

Él me esperaba ansioso cada noche y yo ansiosa corría a susurrar en su corazón las palabras más amorosamente pronunciadas jamás por ninguna musa para cualquier hombre y todo estuvo bien hasta que el segundo mal me acometió. 

No me bastaba amar.
No.

También los celos se adueñaron de mí y comencé a sufrir cada vez que me iba, sospechando de todas las almas femeninas mortales o inmortales. Dejé de demorarme respirando las flores para besar a mi poeta con perfume de vida y poder regresar más rápido. Dejé de revolcarme en la arena del desierto para llevarle la piel ardiente del deseo animal y me convertí en una musa común llena de prisas y ansiedades que ya no le servía para nada.

Empezaron así las discusiones.
Cortas al principio y demoradas más tarde, hasta hacerse eternas. Él bebía, yo lloraba, él me aseguraba que yo era la única  y yo le exigía pruebas de fidelidad. Él me juraba amor suplicándome confianza mientras yo lo atormentaba de todas las maneras conocidas, le robé el sueño, lo dejé inservible, arrugado, irritado, con el miedo feroz en su pecho instalado.

Entramos en la fase del odio.
Lo dejé sin virilidad.

Sinceramente no podía comprender como las cosas habían ido degenerando hasta llegar a aquel punto y una mañana partí exasperada. No lo hacía para alejarme de él definitivamente sino para tratar de encontrar una solución a tamaño tormento que bien me diese paz para seguir amando a aquel despojo, o bien arrancase de a mí aquella obsesión y me permitiese retomar mi vida de musa frívola y coqueta sin ningún sonrojo.

Me informé con otras musas y todas me indicaron el mismo camino: debía subir la  montaña Melt´s y allí pedir consejo y orientación al más veterano asesor de musas enamoradas, El Sabio Ahmed, famoso erudito que en muchas cuestiones trascendentales había aportado la correcta solución tanto en días pasados como en actuales.

Llegué a su presencia llena de esperanza y agradecida comprobé que él no me apremiaba de ninguna manera, sin interrumpirme me dejó hablar, llorar y contarle con detalle cada uno de los episodios que yo consideraba imprescindibles para una perfecta comprensión del drama que hasta allí me llevaba envuelta en roja llama. 
Él me miró con total comprensión.

Me habían dicho que era un varón de pocas palabras que cuando hablaba lo hacía con voz muy firme y que muchas veces respondía el dilema que le era presentado con una frase mágica que llevaba escondida en los pliegues el germen de la respuesta que necesitaba el visitante.

- Dime como te sientes con todo esto.
Y yo sin mucho reflexionar, respondí  con total sinceridad.
- Estúpida.

Tanta conversación,tanto llanto y frustración para que al final en eso se resumiese todo. Casi estaba a punto de irme cuando él habló de nuevo.
- Cualquier estúpido puede amar, pero para confiar hay que estar loco.

Comprendí que tenía razón, con toda justicia  lo llamaban Sabio. Cualquier mujer llegando a este punto recularía, pero yo no soy una mujer, soy una musa y estaba ante un dilema vital: desamarrar mi cordura para poder vivir mi amor con plenitud, confiando de alma abierta en mi poeta o mantenerme en el camino racional de la musa tradicional y alejarme de ese amor exigente que requería ese último paso más allá del estricto cumplimiento del deber para el que había sido creada.

Miré al Sabio Ahmed suplicante. Mi decisión no era fácil y él lo adivinaba , yo no sabía que hacer pero el anciano, con un gesto elegante, señaló dos copas que estaban servidas en una mesa cerca de donde nos encontrábamos.

- Permite que el destino decida por ti. En una copa tienes el licor de la locura y en la otra el que te dará la paz que tanto ansías, acércate, toma una , bebe y sal de aquí, tus pasos estarán guiados por el destino que escojas al beber y yo estaré feliz de haberte servido.

Cuando salí de allí dos minutos después, yo era la musa desquiciada que soy hoy. Gracias a eso mi poeta dejó de ser un escritor más y ahora es un genio.

Tiene una de las musas más loca de la historia, y  como mis hermanas que bebieron antes que yo la copa del Sabio Ahmed, descubrí pasado un tiempo, que aquel sabio desgraciado me engañó.

En sus licores solo hay locura y jamás una musa encontró la paz después de visitarlo.


Isabel Salas
Del libro NAVAJA DE LLAVERO






sábado, 8 de marzo de 2025

SIN QUERER


Estaba tan distraída mirando el horizonte, la belleza imponente de aquel sol de fuego que no vi la flor que crecía a mis pies, cerquita. Embobada, no sentí la caricia de sus pétalos en mi pierna conforme iba creciendo. Incapaz de mirarla continué andando con los ojos fijos en el brillo lejano.

Hasta que caí. 

Y caí tan fuerte... y dolió tanto...Tanto sangró mi piel abierta que tardé mucho tiempo en limpiar la herida. Sin fuerzas para incorporarme, casi sin poder respirar, busqué un apoyo para mi espalda y miré alrededor por primera vez en mucho tiempo. Los ojos tardaron en acomodarse a las distancias cortas, pero cuando lo hicieron y reconocieron el camino de vuelta a casa, el corazón sonrió.

Las fuerzas volvieron, y al dar los primeros pasos de regreso a la realidad fue tu flor la primera cosa que me besó. Primero tu flor, después tú, y al final tu cuerpo entero que se vuelve beso para mí desde que me tocó por vez primera y sabe como decirme sin palabras lo que ninguna frase podrá nunca expresar.

Mis palabras se esfuerzan por hacerse poemas, pero tú, sin esforzarte, al abrazarme, haces poesía.


Isabel Salas

jueves, 6 de marzo de 2025

COSAS QUE SE ROMPEN

 Los huesos que te sustentan, 
se rompen.

Las huelgas también, 
se pueden romper.
Los vestidos arrancados.

Los silencios,
quebrados por los ruidos.

Los dientes,  por caídas.
Los cántaros, 
rotos de tantas idas
a las fuentes de los refranes.

Se rompen los diques,
las fotos, las cartas.
Las ventanas.

Las gafas de cerca,
los tratos.
 Las puertas de armario.
Hasta las cadenas se pueden romper.

Las caras.

Los culos, los corazones, 
destrozaditos.

Los ascensores.
Las promesas también,
los coches, los paraguas,
los vídeo juegos
y yo.

Isabel Salas


sábado, 1 de marzo de 2025

BRÍNDAME


Brindar es una palabra, como casi todas, con varios significados, uno de ellos es manifestar, al ir a beber, el bien que se desea a personas o cosas, como cuando brindamos por el inicio de las vacaciones o el ascenso del primo Felipe que ya se podrá casar, por fin, con su novia Esperancita, gracias al sueldo nuevo.

Pero cuando quiero brindar contigo no es eso lo que yo quiero. No es exactamente eso de desearte el bien, que también te lo deseo, como no, pero lo que de veras pasa es que te deseo a ti, y te deseo bien, bien deseado, con ganas de hacerte cosas (buenas, eso sí, buenas todas), incluido beberte directo de la botella, que aunque no es de buena educación hay que reconocer que ese envase que tienes me provoca y sin darme cuenta, termino perdiendo los modales.

Otro significado es ofrecer o mostrar una cosa a alguien, y viene un ejemplo estupendo en el diccionario: la naturaleza nos brinda a todos su aire, su sol, su luz. Así, gratis, nos muestra todo eso y nos deja que respiremos ese aire, que nos bañemos en esa luz y nos calentemos al solecito en los días de invierno. Como tú, que no me cobras por respirarte, me calientas gratis con luz o en lo oscuro, como el sol de invierno y además me enfrías, me besas , me haces reír y me dices tonterías que me reconcilian con el Katrina y su puta madre por resumir todas las cosas que me joden en una sola y con nombre de mujer como el Olvido, la Libertad o la novia atragantada de mi primo, esa Esperanza que no muere ni de tedio la pobre.

Ya que estamos, le quiero mandar un beso a Sabina, ese que canta, que aunque no tengo muy claro aún si es un cabrón desgraciado o un feo simpático hay que reconocer que pone las letras muy bien colocadas en sus canciones y tiene ese aire de torero desconcertado que siempre me ha parecido peculiar. Por cierto los toreros también brindan los toros, eso es cuando le dedican la faena que van a realizar a una o más personas de las que los miran. Personalmente como los toros no me gustan no le veo la gracia a nada de lo que hacen los toreros. La única utilidad pública que les veo es lo bien que rellenan las revistas de prensa rosa con sus casorios y anulaciones, hijos bastardos, hijas adoptadas y viudas lloronas.
 
En nuestro caso lo que solemos hacer, lo hacemos procurando que no nos mire nadie, así que tendrás que ofrecerme tu faena a mí y confiar en que yo no te corte ni las orejas ni el rabo aunque no tengas una buena tarde , que eso le puede pasar a cualquiera, ya se sabe, y no soy yo tan hija de puta para caparte por un gatillazo aunque no me guste ni pensar en esos términos. Yo cuando pienso en brindar contigo, prefiero pensar en una buenas cogidas de esas que me entran ganas de aplaudirte en pie, agitando mi pañuelo y pidiéndole al portero del hotel que te saque a hombros.

Sin embargo el significado que más se adapta a nosotros es el brindarse a algo, es decir, ofrecerse a hacer algo libremente o de buena voluntad. No hay nada que yo haga más de buena voluntad que irme contigo, aunque no seas un verbo transitivo, a pasar unas horas y disfrutar de tu faena, de tu luz, de tus besos, del gollete de tu botella y de todas las cosas buenas que me brindas siempre con ganas y siempre con esa sonrisa que encienda las estrellas sea la hora que sea.

 
Isabel Salas

viernes, 21 de febrero de 2025

PALABRAS EPÍLOGAS DE JUAN MANTERO

 
 
Si me atengo a la mera definición de mi diccionario de cabecera, este epílogo debería limitarse a recapitular, resumir o compendiar esta fantástica Navaja de llavero, que he tenido el privilegio de leer, releer y volver a visitar tantas veces que casi puedo recitarla de memoria. 

Me consta que hay lectores que seleccionan un libro por lo acertado de su reseña en la solapa, o por afinidades geográficas, incluso por motivos más peregrinos y, en ocasiones, hasta inconfesables. También conozco personas que indagan el final antes de comenzarlo. Todo vale en este sutil juego cómplice que se establece entre un autor y su público. Si es usted de aquellos que investigan las últimas páginas, espero que profundice.

Esto no es un epílogo al uso, no tiene nada que ver con un final, de hecho. Desde luego, es un honor que Isabel Salas me haya reconocido para elaborarlo; pero es profundamente triste escribirlo, pues tiene un significado que, como lector, me llena de melancolía: he terminado de leerlo. Y lo siento de veras, y lo revisito, y lo hago eligiendo al azar cada poema, jugando con dados que lleguen a sumar sesenta y dos, como jugando a un bingo imaginario, posándome sobre los ojos de los niños, buscando letras que acarician, derramando una lágrima con el número uno, parando y avanzando en el cuarenta y siete..., llegando al final y viendo que lo que sobró no es tal, porque aún me falta, y vuelvo, y volveré; en esta navaja nada sobra, si no es verdadero sentimiento.

Es imposible describir lo que se siente ante un olor tatuado en tu vida, pero Isabel lo consigue, como logra casi canturrear Euskal Herría...; lo mismo sobrecoge con un velo de novia digno de la mejor poesía erótica que describe esa tristeza de goma que no somos capaces de saborear sin leerla, esa que todos hemos padecido pero no hemos podido transmitir a un texto. Relatos como La camiseta o La nave y el planeta; poemas como Agua de mujer y Acariciando el viento nos redescubren a una autora que debería tener un lugar reservado en nuestra biblioteca, por su valentía y sinceridad al plasmar esos sentimientos que nuestro propio pudor nos obliga a tener arrinconados en rinconcitos del alma que ella desintoxica con la misma maestría que mostró en la primera entrega de esta colección titulada El canario y la máquina de coser.

Pocos escritores contemporáneos podrán presumir de una literatura tan franca y conmovedora, tan sutil y, a la vez, tan elocuente. En suma, un libro provocativo, siguiendo esa línea personal de Isabel Salas. Parece fácil escribir, quizá lo sea, pero no como ella lo consigue, con el vientre en cada pensaema, con el corazón en cada verso, con el alma en cada título. Isabel ha conseguido, por dos veces ya, una bandada de canarios traficando en su alpiste. En definitiva, una autora de obligada lectura y recomendada relectura. 

Un lujo para los que estamos y permanecemos ávidos de poesía pura, o impura, pero poesía a fin de cuentas.

 
Juan Mantero