En la calle algunas veces te pasan cosas, y ese día a ella le pasó.
Ese día, en esa esquina,a ella le pasó él. Ella que lo tenía todo controlado. Que sabía quien era y adonde iba. Quien había sido y quien quería ser.
El equilibrio de todas las fuerzas internas perfectamente amarrado, todos los deseos sujetos y todas las voces de los demonios cantando en el coro de los querubines. Unos cantos celestiales con olor a azufre, pero resultones y tan entonados como los de cualquiera.
Y de pronto aparece él y lo descontrola todo.
Había tardado años en olvidarlo. Lo olvidaba todos los días. Cada día un poquito. Doce años en los que había aprendido a vivir sin él. Una vida rara, manca, coja...ciega...una ola sin espuma. Cada segundo de esos doce años fueron un paso alejándose de lo que ella era en sus manos, y bastó un segundo.Un pequeño segundo para que sus miradas se cruzasen al doblar una esquina y todo aquel mundo sin él se desvaneció.
Como si nunca hubiera existido. Como si hoy fuera ayer y ella fuera la misma de ayer. La mujer que ese hombre dominaba. La mujer que sabía que ser de él, era lo único que quería ser.Todas las fuerzas se desataron. Las cuerdas se soltaron y los deseos desgobernados volvieron.Todos. Uno a uno. En fila, desfilando con la banda sonora del canto de los demonios que ya no querían parecer querubines.
Querían parecer demonios ...y lo conseguían.
Rugiendo.
Los reconoció a todos. Eran suyos. Su arsenal secreto de demonios y deseos. Sus fantasías, sus miedos. Aquella necesidad de entregarse a él, de ser tocada. Ser atravesada, mordida. Usada. Amada por él.
Se miraron y ella se clavó en el suelo. Él se acercó y sin tocarla y caminó en círculos alrededor de ella.
Cercándola.
Ella bajó los ojos. Con una mano sujetaba la correa del bolso, en la otra llevaba un teléfono. El teléfono donde estaban esos doce años, los amigos, el trabajo, la vida construida. A la segunda vuelta ella se lo entregó sin levantar los ojos. Como siempre la sonrisa de él atravesó sus párpados cerrados y acarició su alma. A la tercera vuelta él se acercó a su rostro...a su cuello, agarró un mechón de pelo y se lo llevó a la nariz.
Lo aspiró....
...la respiró, la olió. Y sin tocarla ni decir nada, empezó a caminar alejándose de ella. Sin hablar. Al pasar cerca de un coche dejó el teléfono encima del techo y sin mirar atrás siguió andando. Ella sabía que podía escoger. Siempre pudo. Podía escoger entre dar cuatro pasos y recuperar su teléfono y su vida, o seguirlo y recuperar su esencia.
Empezó a moverse y al pasar al lado del teléfono ni lo miró. Sus ojos estaban presos a la figura de él. Aceleró los pasos y siguió caminando detrás suyo. Esperando. Pocos metros más adelante él estiró su mano sin mirar si ella lo miraba. Sabía que ella estaría allí y esa confianza de él fue la espuma de la ola. Ella le dio la suya igualando sus pasos a los de él.
Como dos novios
Como una pareja.
Un par de amantes que se aleja caminando.
Caminando en la calle donde a veces pasan cosas.
Y ese día fue esto lo que pasó.
Isabel Salas
