Pensaemas

domingo, 1 de febrero de 2026

COREÓGRAFO DE PANDEMIAS

 
 
Yo no elegí ser coreógrafo de pandemias. Fue la pandemia la que me eligió a mí.

Antes de todo aquel delirio, yo me dedicaba a lo mío: flashmobs en supermercados, bodas temáticas (“Dirty Dancing versión bautismo”), y algún videoclip indie de gente con flequillo y cara de tristeza. Nada serio. Nada que dijera “este hombre devolverá la esperanza al mundo con una coreografía en bata médica”.

Pero llegó el 2020. Y con él, un llamado. Un alto cargo del ministerio. Voz grave, tono de tráiler de película bélica:
—¿Usted es el que hizo bailar a quince señoras disfrazadas de astronauta en la apertura del mall de San Miguel?
—Culpable.
—Excelente. Una de ellas era mi tía Gloria, ella lo recomendó. Necesitamos que haga bailar a los médicos.
Se me cayó el celular. De la risa, de que era un Nokia y de que no recordaba a la tía Gloria. 

Pero fui. Porque en tiempos de crisis, uno agarra lo que venga. Cuando el mundo se prende fuego, uno se presenta con purpurina y disposición al llamado del destino. Y, sobre todo,  porque en plena era del "quédate en casa" yo estaba loco por salir e ir a cualquier lado. Así que allá  terminé yo, frente a una fila de doctores con expresión de trauma de guerra, moviendo los brazos como si estuvieran espantando abejas imaginarias. Un cardio intensivo de pura vergüenza ajena. Ni uno a tiempo. Ni uno.

Las enfermeras eran peores. Una intentó hacer un pasito y se dislocó el hombro. Otra se largó a llorar a mitad de “Stayin' Alive”, lo cual, irónicamente, arruinó la metáfora.

Así que tomé una decisión ética, artística y totalmente fraudulenta: propuse contratar bailarines profesionales y disfrazarlos de personal médico con batas, mascarillas, estetoscopios y todo el equipo.
Los verdaderos doctores estaban salvando vidas en algún lugar fondo a la derecha. Y al frente, mis “Dr. Bailarín” hacían un shuffle con una jeringa gigante como bastón.

Y ¿adivina qué? Fue un éxito monumental mundial. Nadie sabía de qué países eran los doctores bailarines y a nadie le importaba.  Los videos se viralizaban más rápido que la variante Ómicron. Me ofrecieron hacer un especial navideño: “Navidad en la UCI: El Musical”. Me preguntaron si quería asesorar la campaña de vacunación con un número de tap. TAP. Yo solo les pregunté: “¿Con purpurina o sin?”

Lo mejor de todo es que nadie recuerda de quién fue la idea de hacer bailar a los médicos en plena emergencia sanitaria. Ni siquiera yo supe de donde salió aquel disparate. Algunos sospechan que fue una mezcla de ansiedad colectiva y una reunión de Zoom que se salió de control. Pero a nivel laboral, personal y económico fue lo mejor que me pasó.
Compré un loft. Tengo una heladera que se conecta al Wi-Fi , Alexa se sabe todas mis canciones favoritas y pago impuestos como un adulto.

Y ahora, 2026, aquí estoy.
Esperando la próxima pandemia, como quien espera el estreno de una nueva temporada de su serie favorita. Lo tengo todo listo por si el próximo virus se pareciera al corona: un número de salsa sobre camas de hospital motorizadas, un opening de jazz estilo Broadway llamado “Variante X: el regreso” y hasta un trío lírico con barbijos autotuneados que va a hacer llorar al OMS entero.

Los puristas afirman que no se puede coreografiar una crisis sanitaria. Yo respondo:¿quieres apostar? 

Pero debo advertirte de un presagio. Me temo que la próxima no será como la anterior ni parecida. Desde hace un tiempo, vengo estudiando patrones, señales, vibras raras. El mundo respira raro y la gente, si te fijas bien,  mastica más lento. Los influencers hablan como si tuvieran el cerebro en buffering.

Y yo lo sé, lo presiento...lo deseo. Se viene la próxima pandemia. Y esta vez será diferente. No va a ser un virus que te quita el gusto o haga que los lenguados tengan sabor a acetona. No, no. Va a ser algo más cinematográfico. Más espectacular. Estoy hablando, por supuesto, del tan anunciado y hollywoodense apocalipsis zombie.

Sí. Ya sé. Te ríes. 

Cuando el primer noticiero diga que hay una señora en Croacia que intentó comerse a su panadero, ahí te quiero ver. Dejarás de reírte. Yo me estoy preparando. Sin embargo no acumulo latas de atún ni papel higiénico.

Me preparo artísticamente, por supuesto.

Porque esta vez el desafío no va a ser hacer que los doctores bailen. Esta vez voy a tener que coreografiar a los no-muertos. ¿Zombies torpes? ¿Coordinación motriz cero? ¡Un sueño! Es como volver a trabajar con médicos, pero con más compromiso corporal.

Estoy estudiando a mi gurú espiritual y artístico: Michael Jackson en Thriller. La forma en que movía esos hombros descoyuntados. La precisión de la mirada vacía. El moonwalk con olor a cráneo podrido y esos ricitos que parecían anticipar cada paso sin descabellarse.

Ya tengo el concepto: "Zombi con Z de Zoom". Un musical post-apocalíptico donde bailarines, disfrazados de  sobrevivientes bailan en pasillos destruidos, con barbijos rotos, mientras otros, vestidos de  zombies hacen líneas perfectas de canon y contracanon al ritmo de sintetizadores ochenteros.

Estoy diseñando el vestuario. Andrajos con lentejuelas. Mascarillas desgarradas con bordado y telas de araña. Tacones para los zombies glam. (Los otros, descalzos pero con actitud.)

Y lo mejor: no necesito ensayar expresividad facial. ¡Son zombies! Toda esa inexpresividad que antes arruinaba mis números, ahora es parte del estilo. Es arte. Es método y rigor mortis con ritmo.

La humanidad estará temblando. Y yo, entre explosiones y gruñidos, voy a estar gritando desde la torre más alta de lo que quede en pie.
“¡Cinco, seis, siete, OGHHRRRRHHH!”

Estoy listo.
El fin del mundo es mi mejor escenario.

Isabel Salas 

sábado, 31 de enero de 2026

REQUISITOS

 
Posiblemente el acto de enamorarse y los requisitos necesarios para que tal enamoramiento suceda cambian mucho a lo largo de los años. Yo tenía un amigo que me decía siempre que el mejor amor no es el primero, contrariamente a lo que muchos opinan.
Él siempre defendió que el mejor de todos los amores es, sin lugar a dudas, el último, pues es el que te pilla actualizado con todas las manías, los defectos y los desperfectos y para enamorarse tiene que atravesar tantas capas de grasa de foca  que si llega a lo vivo y te capta la  esencia es que te quiere y le gustas y de veras merece que confíes en él y le entregues tu corazón.

Todo eso está muy bien, pero la verdad es que lo mismo valen otros argumentos para enamorarse como estoy descubriendo al ir viviendo. 
Puede ser que te mira bonito, que te hace reír, que te  enseña a subir un vídeo, que  sabe hacer sexo tántrico, que nunca hace trampas en el trivial, que sabe que Greta Garbo se sacó las muelas para tener los pómulos más favorecedores o cualquier cosa sin sentido. Cuando una se quiere enamorar se enamora hasta de una meada grabada en un whatsapp.

Sin embargo uno de los argumentos más contundente que tiene un hombre para conseguir que le prestes atención y des valor a su galanteo, incluso después de joderte con su insensibilidad   o de haber despertado en ti las ansias asesinas que te convierten en inspector de inmigración y te pones a arreglarle los papeles para deportarlo a Plutón en menos de 48 horas .... es una cosa boba. 

El infeliz llega y te dice que te ama, que no se dio cuenta, que le importa mucho haberte dejado triste y tú lo escuchas todo con las lágrimas de las orejas de punta mientras calculas científica y fríamente cuantas vueltas a la derecha tarda un testículo en desprenderse del cuerpo humano. Lo escuchas un poco como el que oye llover hasta que te él dice con la voz llena de testosterona:

- Anoche me masturbé pensando en ti amor.

Ohhh, que romántico. En un periquete la rabia se te pasa. Si él, que podía haberse masturbado pensando en todas las misses universales, en las actrices porno o en la loca esa que da LIKE en todo lo que él publica en su muro te escoge a ti para hacerse una paja, definitivamente, es amor. Está enamorado. Nadie lo obligó.
Es sincero. 
Y es además un argumento tan bueno y válido como lo de ausencia de muelas de Greta Garbo, eso seguro.

Isabel Salas




sábado, 10 de enero de 2026

ALEATORIEDADES



Algunas cosas pasan a la luz del día y otras a plena luz de la noche.


Las hay que pasan desapercibidas y otras que llaman la atención de todos, incluso, aunque no existan.

Muchas suceden entre cuatro paredes y otras, magníficas, sólo entre tus brazos. Cosas que no deberían de haber pasado y otras que desearíamos que pasaran y rezamos para que así sea. Algunas que a nadie importan, y que aún así, se meten en las conversaciones de las vecinas chismosas y unas cuantas que pasan tan a las claras que todos se deslumbran y ni las ven.

Las hay que pasan lentamente, como los días sin ti y las que lo hacen a la velocidad en que la limonada baja por la garganta en días de verano. Rápida y mística, haciendo que te quieras hincar de rodillas ante el altar del Dios del hielo.

Cosas que me pasaron contigo y otras que sucedieron cuando ya te habías muerto, (ido, callado, mudado, casado) y tengo que contártelas de noche, en mis sueños, llorando a veces, imaginando que me oyes.

Me pasan cosas imposibles de creer y otras tan absurdas que ni merece la pena contarlas. Coincidencias increíbles, misterios insondables, enamoramientos inexplicables, deseos inconfesables, hambres incontrolables, ganas de reír, de llorar, de morir, de vivir, de parar, de parir, de seguir, de sembrar, de dormir, de escribir o de mirar por la ventana esas ramas mecidas por el viento.

Tan dulcemente.
Tan hojas vivas, tan juguetonas, tan llenas de susurros, tan esperando la lluvia,  tan del agrado de mi gata.

Pero llega gente, me traen regalos o noticias, y hacen que tenga que alejarme de la ventana. Gente que me cuenta chistes, me distrae, me enseña nuevas recetas de buñuelos o comparte secretos conmigo que preferiría nunca haber escuchado.

Hay hombres que me tocan la guitarra para enamorarme y otros que me tocan las tetas para calentarme. Algunos fingen que me desean para tratar de conseguir algo de mí y otros que no me quieren aunque sus manos y sus ojos me coman viva.

Hay momentos de paz y otros de guerra, de recapitular, de quemar naves, de rendirse, de construir, de decidir, de destruir, de irse, de posponer, de llegar, de bailar, sacarse el carnet de conducir, de beber, de descansar, de discutir, de arreglar el armario, de limpiar las ventanas o de hacer sexo oral.

De alejarse.
De volver.

De arrepentirnos, de pedir perdón, de pedir permiso, de pedir la vez en la fila, de pedir favores y de imponer.

De mandar flores o de  mandar a la mierda.

De dar la mano, de dar la razón, de dar por bueno lo nefasto, por perdido lo que no nos ama, de dar las gracias o de dar la enhorabuena. De hacer la cama o de deshacerla hasta sacarle sangre, de hacer bizcochos y de hacer oídos sordos.

Así es la vida, una sucesión de anécdotas, de comidas, de actos, de canciones, de risas, de orgasmos, de frases, de viajes, de poemas, de besos, de maletas, de gatos, de ginecólogos, de bibliotecas, de señas de wifi, de pediatras, de colores para las uñas, de abrelatas.

Y así son las cosas.
Aleatorias.

Como el baile de las hojas de la ventana, como la vida.
Como las caricias de mi gata.

Tan impredecibles.

Isabel Salas




sábado, 3 de enero de 2026

LUZ Y TÚ



Luz y sombra,
mano y luz,
sombra y boca, 
pierna y yo.

Beso y tú,
diente y yo,
carne y baba,
leche y yo,
agua y tú.

Tiempo y tú,
sexo y yo,
abrazo y luz,
contraluz.

Sombra y carne,
piel y tú,
y yo.
Contigo yo, tuya yo,
mío tú.

Los dos y todo.
 Lo que cabe en las sombras,
y lo que se derrama de la luz.
Sombra, 
que ilumina y asombra,
  y contigo yo.
Tú y yo mi amor mío.
Luz y tú.

Isabel Salas