Pensaemas

viernes, 25 de septiembre de 2026

LAS LUCECITAS



Hubo un tiempo, no muy lejano, en que las lucecitas de colores tenían una misión concreta: anunciar que llegaba la Navidad. En los años en que viví en Brasil lo pasaba muy bien yendo con mis hijas a ver las luces con que los vecinos decoraban sus fachadas y sus árboles. Pasábamos despacio por delante de las casas iluminadas y hasta teníamos nuestro propio ranking de quienes lo hacían mejor. En Brasil la Navidad es en verano, si no llovía llevábamos las ventanas del coche bajadas para observarlo todo con detalle; si llovía las llevábamos subidas y teníamos que limpiar los cristales empañados con un trapo cada pocos segundos, pero no dejábamos de ir.

En casa también las usábamos, pero dentro. 
 
Las lucecitas, en general, eran parte de la vida de todos en esos días especiales. Se desenredaban una vez al año, se comprobaba con paciencia oriental cuál de todas estaba fundida y se colocaban en el árbol, en el balcón o alrededor de algún nacimiento. Donde había gatos era un desafío mayor, pero todos lográbamos salir más o menos victoriosos de aquella misión. Después, terminado enero, volvían a una caja donde permanecían once meses en absoluta oscuridad, que también tiene algo de naturaleza radical, como esas cigarras que pasan muchos años bajo tierra y salen cada muchos años a hacer lo suyo y después mueren.
Las lucecitas no morían, sólo se quedaban calladas en sus cajas.  

Ahora no. De un tiempo para acá algo cambió.
Las lucecitas se han emancipado.

Ya no esperan diciembre. Viven todo el año alrededor de espejos, cabeceros, estanterías, ventanas, terrazas y plantas que, sin haberlo pedido, aparecen de pronto iluminadas como pequeñas divinidades domésticas. Hay casas donde una entra y no sabe si están celebrando un cumpleaños, el fin de carrera de alguien o una ceremonia secreta dedicada a los lares domésticos.

A mí no me molesta. Al contrario. Me gusta mucho y es una moda a la que me adapté rápidamente. 

Entiendo muy bien el placer de poner pequeñas luces donde antes solo había una pared. La vida ya trae bastante iluminación blanca, fluorescente y despiadada. Bancos, hospitales, supermercados, oficinas. Todo parece diseñado para que veamos  con claridad quirúrgica incluso aquello que preferiríamos ignorar. Las luces de los probadores por ejemplo, parecen estar hechas para que nos veamos con cara de cadáver anticipado.

Las lucecitas, en cambio, no sirven para ver mejor ni nos regalan iluminación aséptica.
 
Nos sirven para ver más bonito.  Sobre todo si compras esas de tonos cálidos como las que tengo en mi cuarto. Y quizá por eso se quedaron.

Antes esperábamos a diciembre para encenderlas. Ahora las encendemos cualquier martes porque sí, porque llueve, porque estamos cansados o porque la casa necesita un pequeño engaño luminoso.

No arreglan nada pero consiguen que durante un rato parezca que sí, que todo está mejor.
 
Algunos ni siquiera las apagamos.