Esta mañana me caí en un poema.
Esto no pasó de noche, en estado de embriaguez o en mitad de un sueño. Pasó en mi pasillo. Eran exactamente las diez y media y acababa de terminar de limpiar el baño. Me encantan los baños limpios. Tras concluir la limpieza realicé mi ritual de siempre:lavarme muy bien las manos para quitarme el olor del producto de limpieza. No es que me desagrade ese olor; me gusta sentirlo en el ambiente del baño, pero no en mi piel. Por eso tengo un jaboncito de hierbas que siempre utilizo después de limpiar. Me deja las manos perfumadas.
Salí del baño y, mientras caminaba por el pasillo, tropecé y caí dentro de un poema.
Era un poema, que escribí hace cinco años, dedicado inocentemente a la llegada de la primavera. Siempre he sentido que cada mayo inaugura para mí un nuevo año, mucho más que la Navidad o el primero de enero. La Navidad y el Año Nuevo son celebraciones mundiales, pero la primavera es mi fiesta particular, la que verdaderamente siempre ha marcado el comienzo de otro año.
Creo que los chinos también celebran su Año Nuevo más o menos por esas fechas. Pero mi poema no habla de chinos. Era una exaltación de la exuberancia de las flores, de la vida que renace, de los perritos que nacen y de todas esas maravillas que trae consigo la estación.
Al encontrarme dentro del poema, lo reconocí enseguida pero saber dónde estaba y reconocer el lugar no me tranquilizó ni un poco. Más que tranquilidad sentí desconcierto.
¿Cómo había caído allí?
No conseguía explicármelo. Hacía apenas unos instantes estaba caminando por el pasillo de mi casa y ahora me encontraba en medio de un poema antiguo.
Me puse a caminar
Las palabras se enredaban en mi ropa y en mis zapatos como los matojos de un camino invadido por la maleza. Los diptongos, los hiatos, los acentos, las tildes y las comas me hacían tropezar a cada paso. Cuanto más intentaba avanzar, más me enredaba. Aquella exuberancia primaveral que yo había celebrado con tanto entusiasmo se había convertido en una maraña de palabras de la que no conseguía librarme.
Y entonces dejé de preguntarme cómo había llegado hasta allí.
Lo que necesitaba saber era cómo salir.
¿Cómo se sale de un poema? ¿Alguien ha salido alguna vez de uno?
Sentí verdadero miedo. Las palabras pegajosas me agarraban. Estaba a punto de patear las sin compasión cuando de pronto se me ocurrió algo mucho peor.
¿Y si siempre había estado allí?
¿Y si yo nunca había existido fuera de aquel poema? ¿Y si yo era, en realidad, parte de sus versos y en algún momento me había creído una persona?
Esa idea sí me aterrorizó.
Cerré los ojos. Casi no podía respirar. Me llevé las manos al rostro, no sé si intentando taparme o esconderme de aquel pensamiento espantoso; Quizás para evitar que las metáforas se rieran de mi...Y entonces lo percibí.
El olor de mi jaboncito de hierbas.
Lo reconocí inmediatamente. Era el olor de mis manos recién lavadas, el olor amado de mis idas a Escocia. El que me acababa de acompañar al salir del baño.
Su aroma entró a través de mis ojos. Cuando los abrí me encontraba de nuevo en mi casa.
Es un jaboncito muy suave. Hermoso. Rompe hechizos.
Y la verdad, huele muy bien.
Isabel Salas
