Al perder la confianza, me perdí yo. Así de fácil y de sencillo. Porque yo no era así, gris y llena de agurejitos, tan hueca, llena de aire, tan piedra pómez. Yo era maciza, fuerte, compacta. Sintiéndome segura en medio del follón.
Sin saber distinguir follón de vida.
Sin saber distinguir follón de vida.
No sabía lo que era estar perdida, pensaba que sabía donde estaba. Confiaba en todo y en todos. En la vida, en las palabras, en las miradas y en los besos. Confiaba en tus manos y en las mías, en las letras y en mi instinto.
Hasta instinto tenía en esa época.
Confiaba plenamente, sin una sombrita de duda en lo que mis ojos veían y mis oídos escuchaban. Hasta que dejé de confiar, y no pude más creer en las palabras y en las letras. Miraba las miradas y eran indescifrables. Los besos se convirtieron en intercambio de bacterias, como rehenes de guerras siendo devueltos en campos de batalla improvisados en camas enemigas.
Y descubrí, cuando perdí la confianza que quien se había perdido era yo. Me perdí no sé donde y tuve que andar el camino al contrario, buscando entre las piedrecitas de las aceras como cuando buscas llaves que se cayeron en el camino y duele el cuello y no sabes que hacer.
Pues así estuve yo, desandando el camino dentro de mi cabeza, rebuscando en cada rincón los pedacitos del rompecabezas de la confianza que se fueron cayendo por el camino. Ya tengo un montoncito y aunque me faltan muchos, voy recuperando algunos muy bonitos. Los guardo en una caja de galletas y cuando estoy tranquila los saco y los recuento, como una colección de cromos que tengo en otra caja.
Tengo cajas de fotos, de cromos, de monedas. Cajas de cartas, de entradas de cine. Cajas de cosas mías que no tienen valor para más gente y que tal vez por eso, son tan valiosas para mí. Y entre todas ellas, la cajita de galletas donde guardo los pedazos encontrados de la confianza perdida.
Hace unos días los saqué y en la mesa de la cocina monté el rompecabezas mellado. Faltan pedazos pero por primera vez reconocí el dibujo, así como en las sonrisas con mellas de los niños se entiende la alegría aunque les falten dientes.
No me sorprendió el dibujo que vi.
Me dio alegría.
Me confirmó lo que mi instinto recuperado ya sabía.
En el dibujo aparece mi cara con siete años y el pelo corto, una sonrisa de dientes de leche.
Y un poncho de colores.
Faltan cachitos, pero se entiende.
Isabel Salas