Pensaemas

sábado, 24 de febrero de 2018

PERSIANAS


Los cascabeles mueren.
Lo sé,
los matas tú.

Al dejar de latir,
son corazones
que dejan de sufrir.

Bailes parados,
suspendidos.
Paraguas olvidados.

Matas cascabelitos
y mariposas.

Pisas sonrisas
y revientas mis cosas
con tus palabras
que parecen preciosas.

Ya no hacen ruido mis campanitas
cuando te acercas.
Ya no hay olas de risas
ni miles de palabras
que amarren nuestas prisas.

Aplastaste el sonido
de las canciones.
Dejaste sin volumen 
las emociones
y nada
nos quedó.

Solo las ganas
de lo que no pasó.

Bajaron las persianas
y la distancia, 
convertida en desgana,
nos separó.

Isabel Salas


lunes, 19 de febrero de 2018

AÑO TRAS AÑO


La araña y el araño
se besaron.

Juraron respetarse,
amarse,
acompañarse
y nunca separarse.

La araña enamorada,
año tras año,
vivía en la ilusión 
de ser amada.

Nunca esperó
el daño del araño, 
sólo cariños
y salud para juntos,
ver crecer a los niños, 
sus arañitos, 
que nacieron tan verdes,
y tan bonitos.

Hasta que un día,
el araño traidor,
se fue con otra
y la dejó solita,
sin importarle nada
la tristeza infinita
de su carita.

La araña y el araño
se separaron.

Ya no hay amor ni risas
sólo estupor,
dolor
y desengaño.

Isabel Salas


martes, 6 de febrero de 2018

LOCOS BAJITOS



"A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor"

                                                                               Esos Locos Bajitos

                                                        Joan Manuel Serrat



Algunos de esos "locos bajitos" van por ahí, (a ratos), con nuestros gestos, nuestro pelo y nuestra camisa. Dejo un link a la canción para quien no la conozca.

Besos



martes, 30 de enero de 2018

A TUS PIES



..Y aquel amor, 
cansado de esperarte, 
desplomado y exahusto, 
ahogado de estupor,
cayó sin vida 
sin tiempo a saludarte,
cubierto de sudor
frío  e infausto,
a los tardíos pies 
de tu regreso. 


Después de tanto esfuerzo 
por mantenerse a flote,
muere en la orilla, 
el valeroso bote
que tu descaso humilla.



Isabel Salas



domingo, 28 de enero de 2018

ZAPATA


Juan Diego Hernández Sarcos dejó de llamarse así cuando entró a trabajar en la Lemon Car Company y se convirtió en Zapata.

Ser taxista nunca estuvo en sus planes, ni emigrar, ni mucho menos llorar como un pendejo el día que llevó al desguace su viejo taxi. Parado en pie, delante de su coche, sintió que un ciclo se cerraba, señalando la hora exacta de regresar a su ciudad natal, recuperar su nombre, decir adiós a los limones amarillos y sobre todo, de volver a Jimena.

Ese día se sintió un poco poeta, al intentar poner en palabras el extraño sentimiento que lo embargó al comprobar que un taxi casi muerto, o casi a punto de ser asesinado, es mucho más que un simple cadáver o un ataúd. Lleva dentro muchos más difuntos  que cualquier coche fúnebre llevará jamás, pues cada una de sus piezas está impregnada con tantas impaciencias, tantos sueños y tantos deseos o reproches de cada una de las personas que pasaron por él, que al llegar al desguace, a Juan, le pareció que su  viejo compañero lamentaba y temía el momento que estaba por llegar en nombre de todas aquellas vidas que aún vivían en él.

Zapata, no sabía si era él quien sollozaba o era el coche que lloraba como él nunca había visto llorar a nadie. Podía sentir cada una de aquellas bocanadas como estertores que naciesen de sus propios pulmones obstruidos por el llanto de los veinte años que lo separaban de su linda Jimena.

Se preguntó, mientras apartaba sus lágrimas de un manotazo, si otros taxistas tendrían la costumbre de hablar con su coche como él había hablado durante tantas horas con el suyo. Él, que era el hombre más callado que sus pocos amigos conocían, había sido incapaz de decir en voz alta el nombre de su novia, en ninguna circunstancia, y sin embargo, había pasado horas y horas contándole a su taxi la salida precipitada de su ciudad, la noche en que su padre lo despertó y le dijo levanta que nos vamos.

Durante sus primeros años en California llorado, con amargura, la imposibilidad de haberse despedido de su novia. En las primeras semanas en su nueva tierra, recreaba en su mente una y otra vez la forma apremiante en que su padre y su madre les habían pedido a él y sus hermanos que vistieran varias prendas y se metieran en los bolsillos las dos o tres cosas que se quisieran llevar, ya que iban a cruzar la frontera en pocas horas  en busca del sueño americano y el equipaje debía ser leve.

El Juan de aquellos primeros días, imaginaba, abochornado, las lágrimas de Jimena cuando horas después de su partida hubiera descubierto la  marcha de su novio y su familia, y cómo, y en qué grado, debió sentirse traicionada. En parte por vergüenza y en parte porque no sabía cómo pedir perdón, había dejado que los años pasaran sin entrar en contacto y sin dejar ni un sólo día de pensar en ella.

El muchacho de quince años, se había convertido en un hombre de treinta y cinco, con veinte años de duras experiencias y diferentes empleos a sus espaldas. Supo a través de amigos en común que ella se había casado y que tenía tres hijos, supo también que el marido era un buen hombre cuando no bebía y que cuando el demonio del tequila le nublaba la razón convertía a Jimena en saco de boxeo. Supo que a uno de sus hijos lo atropelló una moto y que en el entierro ella se desmayó y al caer se rompió dos dientes.

Supo también que ella nunca más había vuelto a pronunciar su nombre y que si alguien intentaba darle noticias de Juan o su familia, ella se daba la vuelta y se alejaba.

Y ahora,  esperando el momento en que la máquina compactadora acabase con todos los miles de alientos que aún vivían en la respiración de su coche, supo que solamente una cosa sobreviviría a aquel impacto mortal: su deseo de volver a Jimena.

Un golpe fuerte le recordó el portazo de su casa veinte años antes, cuando su madre cerró con lágrimas y sin llave la puerta del único hogar que Juan había conocido.

Un portazo metálico que le decía sin lugar a dudas que los caminos se pueden andar en los dos sentidos y que era la hora de volver.

Zapata murió allí mismo, junto al taxi amarillo.

Juan Diego Hernández Sarcos, pronunció por primera vez en tantos años el nombre de su amada seguido de una promesa.

Isabel Salas


sábado, 27 de enero de 2018

MALTRATADOR


Mal hijo, 
mal compañero,
pésimo hermano.

Siempre dispuesto
a alzar la voz
y a levantar la mano.

Mal hombre,
ínfimo amigo,
cobarde,
pendenciero,
mal padre,
peor marido.

Siempre ocupado
en señalar la falta,
exigiendo respeto,

Siempre dispuesto
a joder y a humillar.

En cada manifiesto,
destruir y asustar. 

Mala persona,
mala compañía,
imponiendo el terror
como el pan nuestro de cada día
en la casa que sufre
la presencia de azufre
de cada terrorista
y asqueroso extremista,
maltratador.


Isabel Salas





lunes, 1 de enero de 2018

LA GOTA DE ROCÍO


Yo quiero ser para ti 
vela, navío y puerto,
la llegada anhelada,
y tu destino cierto.

Raíz de tu sonrisa, 
 lecho de tu reposo,
 la palabra precisa,
sol en día lluvioso.

Quiero vivir contigo,
ser tu cauce y tu río,
el camino marcado,
la gota de rocío.

Poder llamarte mío
y que nada me excluya.
Ser parte de tu mundo
sabiendo que soy tuya.

Isabel Salas



En general, no me gusta explicar los poemas, ponerles fecha o decir a quien se los dedico ni quien fue el "muso" que los inspiró. Me gusta publicarlos sin más y que cada persona que los lea, lo haga sin conocer su origen ni su destino.

Sin embargo, hoy, al releer éste, rebuscando entre los cientos de emails donde guardo mis cosas, me ha hecho sonreír y me ha obligado a viajar en el tiempo hasta aquellos años en que el daño aún no era irreparable, donde la ingenuidad brillaba y el amor era posible.

Creo que yo tendría veinte o veintiún años cuando lo escribí, luchaba con las rimas y las métricas y estaba completamente enamorada. 

Treinta años después, me importan más las rimas que las métricas y vuelvo a estar enamorada, no con aquel amor de carpeta de instituto sino con uno de sonrisa rota, de alma en vilo y cicatrices varias. Yo he cambiado y mi forma de escribir también, pero mi amor es el mismo, valiente y generoso, esperando siempre con la boca abierta los besos del hombre que me inspira versos y me hace sonreír.

Feliz 2018 a todos los que entran a leerme en el Blog, muchos besos.




jueves, 28 de diciembre de 2017

CUARTO 310





Escribo a veces para todos, para cualquiera, para nadie en particular, y cada palabra es una piedra lanzada al lago sin apuntar a ningún pez, sin instintos asesinos ni destinatario.

Otras te escribo a ti.

Escribirte convierte cada palabra en un misil lleno de lagos, de peces, de intenciones y de flores, todas apuntan hacia ti y todas quieren ser letales porque a veces, hay demasiadas cosas vivas a mi alrededor, y ninguna eres tú y no me sirven.

Intento no hacerlo, quiero ser buena como me enseñaron de niña y hablarle al mundo de las margaritas psicólogas y del arrullo del mar cuando juega a ser paloma, pero las margaritas desdentadas no me interesan y el mar sólo sonaba bien contigo dentro. 

En aquella cajita de madera tallada que me regalaste aún guardo el ruido de las olas junto a la llave que robaste en el Hotel París aquella Navidad. Me dio miedo y sentí vergüenza, pero dijiste que la devolveríamos el día que me la cambiaras por la de nuestra propia casa, que diríamos que en un descuido la habíamos guardado en la maleta y pediríamos disculpas.

Me convenciste, como me convencías de todo.

Nunca te conté que con el tiempo, y pasado el susto,  mi plan secreto era devolver la llave y conservar el llavero para nuestra casa. Tampoco sabes que el Hotel cerró y ahora en su lugar hay un aparcamiento adyacente a un centro comercial. 

Hace unos meses pasé por allí y mi corazón casi se para al mirar el aire vacío de hotel, de ti, de mi y nuestro cuarto. Saber que estaba allí me hacía pensar que guardar la llave era una manera de garantizar tu regreso.

Ayer volví al mar, a contarle mis cosas y a lanzar nuestra llave. La lancé como esas palabras que no son para nadie y disparo a veces dentro de los poemas que no tienen destino, pero no fui capaz de deshacerme del llavero.

Aquí sigue conmigo, esperando la llave que me prometiste.

Isabel Salas