Pensaemas

jueves, 17 de septiembre de 2026

LOS NUEVOS PECADOS


Hoy quiero confesar, al más puro estilo Pantoja, un pecado que he inventado o, al menos, que practico en la más absoluta soledad sin haberlo estudiado nunca en el catecismo. No es nada sexual ni patrimonial, es peor, y lo voy a decir sin más: la mayoría de los audios que me mandan no los escucho y los que mandan en los grupos donde participo, casi jamás.

No sé si esto me convierte en mala persona, en antisocial o simplemente en alguien que ha decidido conservar una pequeña parcela de su tiempo, pero así están las cosas.

Veo aparecer el triangulito, miro la duración y, fríamente, hago mis cálculos. Veintitrés segundos todavía pueden entrar dentro de la cortesía. Un minuto empieza a parecer una conferencia. A partir de los cuatro minutos considero que el remitente debería haber solicitado cita previa.

Nunca he entendido por qué alguien supone que, porque dispone de mi número de teléfono, dispone también de mis oídos durante seis minutos y cuarenta y dos segundos.

Tal vez el problema venga de lejos y no sea culpa de los audios, sino de mi concepto de la privacidad y de cómo invierto mi tiempo. Yo era de aquellas personas que tenía el teléfono fijo desenchufado. Lo enchufaba si necesitaba llamar al butanero, pedir una cita o avisar de algo importante. Después volvía a desenchufarlo con la tranquilidad de quien cierra una puerta. No recuerdo haber sentido que el mundo se derrumbara por ello. Quien llamaba a mi casa me decía días después:


—Tal día llamé a tu casa y nadie contestó.

Y yo respondía:

—No estaría.

Ahí moría el asunto.

Porque la llamada era a la casa, no a mí. 
 

Ahora las llamadas y los mensajes son personales y parece que no nos queda más remedio que “estar”. El teléfono viaja con nosotros, duerme en la mesilla, sabe dónde estamos, cuánto caminamos, qué compramos y probablemente sospecha cuándo mentimos. El mío seguramente tiene hasta psicólogo.

El mundo pretende que escuchemos audios.

No.

Hay límites.

Si alguien quiere contarme algo verdaderamente importante puede escribirlo y con gusto lo leeré. Si necesita matices, puede llamarme. Si necesita ocho minutos de exposición ininterrumpida, quizá no tenga un mensaje sino un programa de radio. 

A veces dejo un audio sin escuchar durante varios días y siento una leve punzada de culpa que rápidamente se me pasa. Con el tiempo deja de doler y allí se queda para la posteridad. Dicen que a la posteridad le sobra el tiempo.

Hasta ahora nadie ha venido a detenerme. Tampoco descarto que exista una policía secreta de WhatsApp tomando nota como la policía del pensamiento de las distopías. Si llega el día en que mi pecado se convierta en crimen, dejaré que me manden un audio explicándome los cargos.

No sería la primera vez que un pecado entra de polizón en el código penal. Ni es éste el único pecado que he agregado a mi carrito de compra. 

Ya les iré contando.

Isabel Salas 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

QUIZÁS NOS LLEVE EL VIENTO AL INFINITO

 QUIZÁS NOS LLEVE EL VIENTO AL INFINITO 

GONZALO TORRENTE BALLESTER

Plaza & Janés, 1984

Quizás nos lleve el viento al infinito, de Gonzalo Torrente Ballester, es uno de los últimos libros que leí antes de irme de España en 1993 y aún recuerdo la ventana por la que me quedé pensando casi una hora cuando lo terminé. Además, es, sin lugar a dudas, uno de los libros que más me han gustado y, al mismo tiempo, uno de los que más han marcado mi vida.

Esto último es muy importante como lectora, pues muchos libros me han gustado muchísimo sin que más tarde hayan tenido ninguna influencia especial sobre mis decisiones o sobre mi forma de vivir. Hoy, a mis casi sesenta años he aprendido que no todos los libros nos transforman. Están los simplemente nos entretienen, nos hacen compañía o nos ayudan a pasar buenos veranos, que tampoco es poca cosa.

Este libro fue diferente.

Cualquier reseña que leas realizada por críticos literarios "de verdad", de esos que cobran por criticar, te dirá que tiene una construcción literaria impecable. Estoy de acuerdo. Después de varias décadas de lecturas variadísimas desde los noventa del siglo pasado hasta hoy,  me sigue pareciendo extraordinariamente bien construido. En este libro encontraras juegos de identidad, tan de moda actualmente,  debido a que el protagonista puede "adoptar" diferentes formas y personalidades gracias a ciertas habilidades que aprende en la infancia. Hallarás ambigüedad, ironía, equívocos muy bien construidos, espionaje, artificio narrativo y una  constante mezcla  entre lo real y lo inventado que comienza en la primera página y continúa hasta la frase final sin que parezca forzado en ningún momento.

Por su gran calidad, podría ser uno de esos libros cuyo recuerdo no depende solamente de lo que cuenta, sino de cómo está hecho. En mi caso fue su mensaje lo que me ayudó a evolucionar como ser humano. Me ayudó a plantearme qué es lo que hace realmente humano a un ser humano y a concluir que no es el color de la piel, ni el país donde nació, ni la educación que recibió durante su infancia, ni siquiera sus valores morales.
 

Torrente Ballester plantó en mí una semilla relacionada con la autodeterminación y con la libertad interior: la idea de que parte esencial de lo que somos está en nuestra capacidad para decidir. No importa solamente cómo actuamos, sino también si nuestra mente se arrodilla o no ante determinadas imposiciones externas.

Muchos años después de haber leído a Torrente Ballester me vi forzada a transitar un complicado proceso judicial que me obligó a tomar muchas decisiones, y fue precisamente estudiando y leyendo temas de Derecho canónico e internacional que me encontré un texto que, con otras palabras decía algo que,  conecté inmediatamente con Torrente Ballester.

Era un artículo académico de 17 páginas publicado dentro del volumen 82, número 323, de la revista Estudios Eclesiásticos en 2007 de Celestino Carrodeguas Núñez, titulado El concepto de persona a la luz del Vaticano II. Una reflexión desde el Derecho.

En uno de sus apartados compara al ser humano con los demás animales. Compartimos con otros mamíferos una naturaleza corporal y biológica, y existen también otros animales dotados de cierto grado de racionalidad. Pero el autor sitúa en el ser humano una dimensión distinta: la espiritual. Estamos formados por cuerpo, mente y espíritu.Y no es un espítitu cualquiera, es el espíritu de la libertad. 

La misma libertad que me llevó a salir corriendo con mi hija cuando entendí que ella y yo estábamos en peligro. 

Obviamente cuando leí aquella definición de persona humana, la conexión con Quizás nos lleve el viento al infinito fue automática. De repente, una novela que había leído años antes y un texto sobre el concepto de persona escrito desde el Derecho y la reflexión teológica se encontraron dentro de mi cabeza. No considero que la libertad sea una especie de permiso para hacer cualquier cosa. Precisamente ocurre lo contrario. La otra cara de esa libertad con la que nuestro espíritu debe actuar es la responsabilidad por nuestros propios actos. Y en eso estamos de acuerdo Torrente Ballester, Carrodeguas y yo.

Entiendo perfectamente que no a todo el mundo le entretenga leer comentarios sobre documentos del Concilio Vaticano II. A mí sí. Lo que fue una necesidad buscando conocimiento y luz que pudiera ayudarme a defender mi derecho de proteger a mi hija se terminó convirtiendo en una afición. Mi senderismo particular.

No voy a recomendar ese tipo de lecturas a quien no tenga ninguna inclinación hacia ellas, pero sí recomiendo Quizás nos lleve el viento al infinito casi como una obligación moral. Lo hago sin contar demasiado, ni hacer spoiler,  porque es uno de esos libros que merece llegar al lector sin  explicaciones previas.

Solo diré que sus protagonistas son inolvidables y que, al menos en mi caso, muchos años después de haber cerrado el libro, todavía miro al viento como un vehículo de trasporte.

Isabel Salas 






viernes, 11 de septiembre de 2026

MI ABUELA Y LOS HELECHOS



Mi abuela paterna se llamaba Isabel García Marquez. Isabel, como yo; García Márquez, como el escritor, lo cual me llenó durante muchos años de un cierto "orgullo" completamente inexplicable. Ella tenía la memoria llena de historias y de oraciones que me encantaba escuchar. Para mis oídos de niña ella era una excelente narradora. Imagino que como todas las nietas escuchando a sus abuelas, yo también me quedaba embelesada oyéndola.

No sé cuántas veces le pedí que me contara el episodio en que salvó a la Virgen de Flores de que la quemaran en tiempos de la Guerra Civil; las anécdotas de su infancia o de su amiga Lola Cortés; lo de cuando su hermano Pepe se fue con los frailes siendo niño; lo de los jesuitas que vinieron al pueblo para los ejercicios espirituales; o lo de cuando el tío Pepe volvió de los frailes hecho un hombre, viejo y sin familia, que es como yo lo conocí.

En aquella época yo solía entender sólo la mitad, o quizás la cuarta parte, de las cosas que me contaban o decían a mi alrededor, pero lo que no entendía me lo inventaba y me quedaba tan tranquila. Así ocurrió con «las gimnasias del alma», que era lo que yo creí que eran los ejercicios espirituales hasta los doce años, más o menos; o con «los frailes abandonados», que en mi cabeza habían quedado desamparados por la ausencia de Pepe, que, sin pensar en las consecuencias, los dejó como pollitos sin gallina.

Siempre recuerdo a mi abuela con su pelito largo recogido en un moño y mi manita en la suya cuando la acompañaba a algún lugar.  Aunque pasó sus últimos años con el pelo corto, por alguna misteriosa razón mi memoria la prefiere con el peinado que ella tenía en los primeros recuerdos de mi infancia. Aún puedo cerrar los ojos y verla recogerse la melena blanca en un rodete que me parecía precioso. Tenía un cabello espeso que era tan suave como sus manos. A veces, cuando se estaba peinando, yo lo acariciaba con mis manos pegajosas de seis años y le pedía que se lo dejara suelto. Ella sonreía y decía que no con la cabeza mientras se cepillaba y me miraba con sus ojos tan lindos.

Eran azules tirando a gris y tenían brillos especiales cuando se reía. Siempre  me sentí especial cuando le sacaba una carcajada, como si fuera un logro académico secreto. No es que fuera difícil hacerla reír, es que era hermoso. 

Cuando yo tenía siete años tuvimos nuestro primer y único desacuerdo en la vida. Hoy al recordarlo no puedo evitar reírme y emocionarme por igual. Todo vino a raíz de su empeño en enseñarme a recitar esta oración:

 

Cuando me acuesto, sospecho
que está mi muerte cercana.
¿Me levantaré mañana?
¿Será mi tumba este lecho?

Haz, Señor, que arda en mi pecho
lumbre de amor, de tal suerte
que no le tema a la muerte.
Venga cuando Tú dispongas,
con tal que al morir me pongas
donde pueda amarte y verte.

 

Como era de esperar, no la entendí muy bien, pero me quedó claro que la muerte podría llegar cualquier noche mientras yo dormía en mi lecho. 

Mientras otros niños aprendían rezos sobre  cuatro angelitos guardianes y como cada uno de ellos estaba asignado a las esquinitas de sus camas, a mí me  exigían que me entregara a la muerte cada noche. Lo de despertar en el cielo no era un consuelo. Quería despertar en mi casa, en mi cama. Lo que se me ocurrió fue intentar cambiar una o varias palabras para quebrar el "hechizo" pero manteniendo la música interna de aquel poema.

Mi abuela, sin sospecharlo,  sembró en mí el gusto por la rima y la poesía. No tengo dudas de eso. 

Su patio estaba lleno de tiestos de barro con helechos, así que no tuve que ir muy lejos para encontrar la solución. Como la orden estaba clara y jamás pasó por mi cabeza desobedecer a mi abuela, todas las noches yo recitaba aquella oración y sustituía la palabra lecho por helecho: ¿Será mi tumba este helecho?

Con esto yo me quedaba tranquila y sentía que estaba escapando de una buena. Incluso algunas noches sonreía y me auto felicitaba por mi astuta estrategia. Si la muerte me buscaba en lo helechos jamás me encontraría.

Sin embargo la sorpresa llegó una tarde, un par de meses después. Nos encontrábamos merendando unos dulces de hojaldre que María Acedo había ido a buscar a la confitería. Estábamos sentados alrededor de una mesa camilla que había en el cuarto de mi abuelo cuando, de pronto, mi abuela me dijo:

— Isabelita ¿Tú estás diciendo la oración que te enseñé?

 Mi abuelo estaba sentado en su sillón, mi abuela y yo en nuestras sillas, María iba y venía. Así que habría testigos de cualquier cosa que allí pasara. Obviamente decidí decir que sí sin dar detalles.

 —Sí abuela. Sí, sí, la digo.
—A ver, dímela.

Por eso yo no esperaba y mi abuelo tampoco . María también interrumpió su trajín para escuchar atentamente. Yo, con la boca impregnada de restos de hojaldre empecé mi recital y llegué al verso fatal: «¿Será mi tumba este helecho?»

—¿Has dicho «helecho»?

—¡No, no! He dicho «lecho». Lo he dicho bien.

—Creo que has dicho «helecho» en vez de «lecho».

—¡Qué va!

Entonces me hizo repetirlo.

Y yo, naturalmente, volví a decir «helecho», pues no quería morir.

Cuando terminé con lo de «amarte y verte», antes de que mi abuela dijera nada, miré a mi abuelo, que estaba conteniendo la risa.

—¡Abuelo!

Creo que él había entendido perfectamente que aquella era mi manera de defenderme de una oración que apenas comprendía pero que, de algún modo, me parecía peligrosísima. Y decidió apoyarme con toda su autoridad.

 —La niña ha dicho  «lecho», esposa.

Y con eso terminó el debate.

Mi abuelo y mi abuela se llamaban «esposo» y «esposa» cuando se dirigían el uno al otro. No sé si siempre o solo algunas veces, porque mi abuelo falleció cuando yo tenía ocho años y nunca más pude escucharlos hablar entre ellos.

Sí recuerdo que, aquella tarde, él me salvó.

Después de ese día, mi abuela de vez en cuando me hacía recitar la oración como si fuera la tabla de multiplicar. Yo siempre decía «helecho» y ella siempre levantaba una ceja, como diciendo: «Sé que sabes que sé que dices “helecho”». Sus ojos hermosos brillaban con risa y yo la amaba, aún más,  por fingir que todo estaba perfecto.

Durante años he contado esta anécdota alguna vez porque, vista desde hoy, resulta muy graciosa. Pero para aquella niña pequeña era un asunto completamente serio.

Hasta hoy, cuando veo helechos, me acuerdo de mis abuelos; de mi abuela especialmente, y de su empeño en enseñarme a rezar.

 

Isabel Salas 

martes, 8 de septiembre de 2026

SONETO DE MI INFANCIA

 


Me gusta recordar las navidades,
los veranos nadando en la piscina,
el puesto de castañas de la esquina
y mi infancia vivida entre ciudades.

Obviando las comunes salvedades,
Málaga es mi balcón de golondrina,
Antequera, amor y adrenalina,
Álora, procesiones y cofrades.

Confieso que me pierdo en los recuerdos,
buscando entre sus nieblas asidero
donde poder mi jábega ancorar.

Igual hacen los locos que los cuerdos.
Es nuestra infancia la forja de herrero
que nos enseña el arte de bogar.

 

Isabel Salas 

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

ROMANCE DE CEUTA LA MAL DEFENDIDA

La RAE define el verbo invadir como: 
  • Entrar por la fuerza en un lugar.
  • Ocupar un lugar de forma anormal o irregular (por ejemplo, cuando el agua cubre una carretera).
  • Entrar y propagarse en un sitio o medio específico. 
Además, en el ámbito jurídico (según el Diccionario panhispánico del español jurídico), se define como la ocupación ilegal de un terreno para construir viviendas precarias o para obtener un beneficio económico. 



ROMANCE DE CEUTA LA MAL DEFENDIDA

Ceuta la mal defendida,
frontera de mar bravío,
cércante moros y huestes
en este agosto sombrío.
De migrantes disfrazados,
mezclados con el gentío,
entran soldados y hombres
asustando al mujerío.
Invaden plazas y playas
en un total saquerío.
Asustan a los caballas
con su chulo desafío.
Por su rey utilizados,
con falaz palabrerío,
piensan que vuelven a "casa"
usando el libre albedrío.
Sánchez finge que no es nada
y, derrochando tronío,
prioriza su bronceado:
vacaciones sin desvío.
Él merece descansar;
ardiente vino este estío.
¡Que los ceutíes esperen!
¡Que se aleje el chusmerío!
Vecinos llorando a gritos:
¡Institucional vacío!
Niños sin ir al colegio;
¿Confinamiento tardío?
España sale a la calle
para demostrar hastío.
La derecha se aprovecha.
Suelto está el macho cabrío.
Álora mira al Estrecho
con su mejor atavío,
apoyando a sus vecinos
con valor y señorío.
Primer romance de España,
versado con poderío;
Álora abraza a Ceuta,
huyendo del zaherío.
Un romance le regala
sin temor ni escalofrío.
¡Cuando un compatriota abraza
el alma llena de brío!
No se vende, se defiende
Ceuta, pueblo con trapío.
Mientras el moro te anhela,
desde el Hacho, te sonrío.

Isabel Salas

Córdoba, 4 de septiembre del 2026 

 

Este poema, como muchos podrán darse cuenta,  está escrito como un romance fronterizo contemporáneo con versos octosílabos, rima asonante en los pares y una temática de frontera, conflicto y defensa de una ciudad.

Su punto de partida es el célebre romance «Álora la bien cercada», uno de los romances fronterizos más conocidos del Romancero viejo. Aquel poema narra un episodio bélico en torno a Álora y convirtió a la localidad en símbolo literario de frontera. Por eso «Ceuta, la mal defendida» nace como una inversión deliberada de aquella fórmula tradicional que todos aprendimos en la escuela y que a nosotros, los perotes, nos llena de orgullo.

El final une además a Álora y Ceuta mediante un detalle geográfico que me causó cierta ternura cuando me enteré. Hace tiempo, conversando con una amiga de Ceuta, descubrí que ambas ciudades tienen un Monte Hacho. El «Hacho» desde el que la voz poética sonríe a Ceuta es el mío, el de Álora, pero la coincidencia con el Monte Hacho ceutí crea un juego simbólico al que no me pude resistir.

Álora y Ceuta unidas por la frontera, 💙 la memoria, el romance y la actualidad más rabiosa

 

ROMANCE DE ÁLORA LA BIEN CERCADA

Álora, la bien cercada,
tú que estás en par del río,
cercóte el Adelantado
una mañana en domingo,
de peones y hombres de armas
el campo bien guarnecido;
con la gran artillería
hecho te habían un portillo.
Viérades moros y moras
subir huyendo al castillo;
las moras llevan la ropa,
los moros harina y trigo,
y las moras de quince años
llevaban el oro fino,
y los moricos pequeños
llevan la pasa y el higo.
Por encima del adarve
su pendón llevan tendido.
Allá detrás de una almena
quedado se había un morico
con una ballesta armada
y en ella puesto un cuadrillo.
En altas voces diciendo
que del real le han oído:
-¡ Tregua, tregua, Adelantado,
por tuyo se da el castillo!
Alza la visera arriba
por ver el que tal le dijo:
asaetárale a la frente,
salido le ha al colodrillo.
Sácole Pablo de rienda
y de mano Jacobillo,
estos dos que había criado
en su casa desde chicos.
Lleváronle a los maestros
por ver si será guarido;
a las primeras palabras
el testamento les dijo.

 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

EL NIÑO ROBADO




Años y años con el pensamiento amarrado a la misma pregunta habían desgastado su cerebro y lo habían incapacitado para pensar correctamente.

Ella lo sabía.

Sus habilidades intelectuales habían ido menguando conforme el tiempo pasaba y nada se resolvía. No llegaban noticias. El mundo siguió su curso indiferente a su angustia y a su pena y ella en respuesta también se volvió indiferente al mundo.

Ni vivo ni muerto.
Ni sí, ni no.
Robado, llevado. Desaparecido, arrancado de cuajo.

Desde el día que se lo llevaron se había ido muriendo un poquito cada día roída por los sentimientos mas malos que puede albergar el corazón de un ser humano, miedo, angustia, dolor y duda. Por separado habrían sido terribles, pero juntos se entrelazaron en un nudo que le fue apretando las venas, la garganta, los ojos y el alma entera hasta que se quedó prisionera y ya no se pudo salir de aquella espiral de tormento.

Su niño.
Su luz, su cielo.
Se lo llevaron.

Alguien cuyo rostro ella no conseguía imaginar, hombre, mujer, monstruo... se llevó a su hijo de 6 años, y ahora casi cuarenta años después, con sus sesenta y ocho cumplidos, ella se sentó en su butaca a terminar de morirse. Se acomodó tranquilamente a esperar el ultimo aliento mientras se llenaba de una serenidad inédita después de tantos años de sufrimiento extremo. Por su cabeza dañada, que ya no sabía pensar en otra cosa, por un momento pasó el resumen de su vida.

Tuvo lucidez para reconocer en esas imágenes, las famosas diapositivas que había escuchado que el cerebro dispara unos minutos antes de apagarse para que te vayas bien consciente de tu vida. Bien jodido. Le hizo gracia pues siempre imaginó que esa historia de las diapositivas era una soberana estupidez, como lo del ángel de la guarda o el ratoncito Pérez.

Se vio niña, jugando con sus hermanos en el patio del almacén de su padre. Mocita, esperando a su primer novio para darse unos besos escondidos de todos. Enamorada y casada con sus diecisiete y después pariendo. Sus tres partos, tres dolores diferentes que le trajeron sus tres hijos igualmente amados, primero su niña, la mayor, la mujer que al hacerse grande le dio el apoyo necesario para no desplomarse camino de su locura interior.

Ella le dio nietos, le dio besos, le dio el amor de hija buena y la comprensión de su pena. Pena en cierto modo compartida, pues quien robó su hijito también le había robado el hermano adorado a aquella nena dulce que tardó años y años en volver a sonreír.

Seguido de la niña nació el primer hijo hombre, que fiesta en la familia, que orgullo para el padre, que momento feliz. Ese niño dulce que con los años se hizo policía y que había dedicado su vida a perseguir pederastas y otros hijos de puta. No se quiso casar y siempre evitó tener hijos. Sólo de pensar que alguien se llevaba a su hijo como se habían llevado a su hermano hacía que se le llenara la boca de sangre.

Y por fin el Keko, el peor de los tres partos, el que más le costó echar al mundo. Su niño chico que venía a completar la alegría de todos, la de la hermana que lo veía como un muñeco vivo y fue quien le cambió el nombre por aquel apodo. La del hermano, que desde el primer día le metía carritos en la cuna, bolas y lagartijas para acelerarle el crecimiento y que pronto pudiese jugar con él.

La del padre, que lo miraba y no podía esconder una sonrisa al ver en el bebé una copia del abuelo al que tanto había querido y que ya no estaba allí para disfrutar de aquel biznieto de venía con su cara. Y la de ella, que lo quiso desde el momento de la primera falta y que al tenerlo en brazos por primera vez lo llenó de besos de bienvenida casi avergonzada de aquel amor excesivo por el bebé que acababa de llegar.

La siguiente diapositiva ella saliendo de los veintidós y entrando en los veintitrés con sus  tres hijos y una vida por delante para verlos crecer y hacerse hombres. El marido a ratos bueno, a ratos regular, pero un hombre que no dejaba faltar nada en casa y que por encima de todo compartía con ella la pasión por los tres hijos y el afán por sus cuidados.

Todo iba a bien hasta que un día cuando fue a llamar a los niños para que entrasen a merendar, entraron los dos mayores y el chico no. Salieron a buscarlo y no estaba. Al principio sin pánico, pensando que se hubiera escondido para jugar... que se hubiera dormido, que se hubiera ido a casa del primo, que se hubiera ido con el padre.. y así fueron descartando hipótesis hasta que comprendieron que alguien se lo había llevado.

Llevarse un niño es llevarse la vida de una familia entera.

Es un acto tan vil que lo modifica todo de una manera tan intensa que nunca más las personas se recuperan de ese dolor. Ella se fue transformando en otra persona, perdió la fe en todo, la esperanza, la caridad, perdió las ganas de reír, las ganas de comer, las de dormir y las de vivir. 

Todas las ganas de todo.

Su concepción del bien y del mal había ido cambiando conforme ella se volvía de esponja por dentro. Había llegado a sentir envidia de las madres a las que se le moría un hijo por enfermedad o por accidente pues por muy duro que fuera llorar esa perdida, al menos ellas tenían un cuerpo muerto al que enterrar. Podían escoger una caja, meterlo dentro, velarlo, llorarlo, blasfemar, insultar al destino y después llorar su tristeza el resto de la vida. Una tristeza bonita en cierto modo porque al lado del dolor por la perdida estaba la seguridad de saber que el sufrimiento del ser amado había cesado.

En su caso no fue así. No sabía qué destino había corrido su hijo, que crueldades podrían haberle infligido, que manos lo agarraron y con qué fin.

Ya no había más diapositivas, o todas era igualmente negras.

Una noche perpetua de dolor eterno. Estaba sentada en paz, sintiendo el alivio adelantado que sería para ella la liberación de la muerte. Por un segundo imaginó si sería verdad que había otra vida después de la muerte, y fue en ese momento que le volvió la Fe de pronto y rezó con mas fervor que nunca pidiendo una única gracia.

Pidió compasión a aquel Dios sádico que había permitido que alguien se llevase a su hijo y le pidió por favor que no la dejase vivir una vida eterna en aquel tormento. Ella quería apagarse para siempre y dejar de sufrir. Un descanso perpetuo de verdad, sin conciencia y sin recuerdos.

Con esa esperanza soltó su último aire y dejó de respirar.

Isabel Salas



lunes, 31 de agosto de 2026

PRESENTACIÓN EN BOLIVIA

 Cultura, amistad, generosidad y gratos momentos

 
Ir a presentar un libro es siempre un momento muy grato para cualquier escritor. Presentar dos es una experiencia inolvidable. Hacerlo en Santa Cruz de la Sierra es un gran honor y sin duda espero regresar a esa ciudad maravillosa que me dejó encantada.
 
El evento sucedió el pasado mes de julio en la casa de la Cultura Municipal que está dedicada al gran poeta Raúl Otero Reiche. Comparto a seguir uno de los poemas de su autoría que más me gustan.
 
 

CANTO AL HOMBRE DE LA SELVA

Yo soy la selva indómita,
la tempestad de aromas de la tierra
insurgiendo en galopes de torrentes.
Por mis venas sonoras
fluye el perfume líquido del sol,
padre del fuego.
Mi pensamiento fulge
en llamaradas de estrellas.
Nací del parto de oro
de la tormenta verde.
No me falta ni el látigo del rayo,
ni las riendas del viento,
para ser el jinete de la aurora
con mi poncho de nubes
y la guitarra de cristal del río
sobre los hombros anchos
del infinito.
Yo soy el que esperaban
los jaguares manchados de luceros,
los toros ígneos de crepúsculos,
los caimanes de hierro,
las palomas de seda,
para la transfusión de sangres
bárbaras.
Yo soy el arquetipo de esta raza
salvaje
que quiso limitar el horizonte,
pisar el borde mismo del planeta
y con el cigarro entre los labios
dejarse caer, dejarse arrebatar
súbitamente
por la inmensa cachuela del
espacio.
Hombre de la llanura sin fin,
más larga que la vista,
más amplia que mis brazos
extendidos
en una imploración de pueblos.
La extensión se me escapa
de las manos,
rojas de palmear en el vacío
para que nos escuchen los silencios.
Tengo en los ojos los diamantes
de nuestras minas de chiquitos,
la cólquide oriental,
la que da chonta para el arco
y guayacán para la hoguera.
Mi corazón es la colmena
y mi cerebro el hormiguero.
Vibran mis músculos de boa,
se abren cantando mis arterias.
Mis labios sangran
en el grito de luz y aroma del clavel.
Yo soy el hombre de la selva,
perfume, cántico y amor,
pero encendido de relámpagos,
pero rugiendo de huracanes.
Yo soy un río de pie.

(De Obras completas)

sábado, 29 de agosto de 2026

LA MANTA DORADA


Me enseñaron que los objetos  nacen para ser usados y nada más. Una olla, una taza, una silla, un abrigo, u otras cosas comunes, fueron diseñados para cumplir su función. Utensilios que, llegado el momento, se desgastan, se rompen y dejan su lugar a otros. Esa sería su vida natural, por así decirlo. 

Pero a veces ocurre algo que rompe ese ciclo y nadie los tira. Al principio quizá porque todavía sirven aunque les falte un asa, porque son cosas bonitas, porque el reemplazo nos parece caro o porque da pena desprenderse de esos objetos. De esa forma, casi sin darnos cuenta, los años empiezan a depositar sobre ellos algo que no poseían cuando  llegaron a nuestras manos: nuestra historia.

En mi casa hay varias de esas reliquias, una de ellas es una manta que tiene más de un siglo. Llegó hasta a mí a través de mi abuela materna y tiene una historia que realmente merece ser contada.

Hablemos un poco de mi abuela. Ella se llamaba Mari Tere y fue la pequeña de muchos hermanos. Nació en Madrid en febrero de 1916 y allí creció entre modistas, artistas y veranos en Valencia. Tenía nueve años cuando su padre enfermó  y tuvieron que operarlo. Ella me contó muchas veces que durante aquella operación dejaron algo dentro de su cuerpo —una pinza, unas gasas, no recuerdo exactamente qué—,  y ese olvido produjo una infección. Sus ojitos azules se llenaban de lágrimas al contarme todo esto. El desenlace fue fatal y ella revivía aquellos momentos mientras los recordaba. Tras largas semanas de mucho sufrimiento, él murió. Durante aquellos días hubo una sucesión de visitas en la casa, algunas por afecto y otras por negocios. Ella recordaba con total claridad el día que uno de sus tíos le trajo a su padre una manta hecha por las costureras  del taller.

Su familia  paterna tenía un negocio familiar que se llamaba Sastrería Peris Hermanos, donde trabajaban varios hermanos. Mi bisabuelo Federico Peris, era el mayor de todos. Después que falleció, la dirección del negocio fue heredada po el siguiente hermano y así fue hasta hace pocos años en que escuché que la vendieron los hijos del hermano menor. Último sucesor de los hermanos originales. La sastrería estaba especializada en ropas de teatro y mas tarde también cosieron  para la televisión y el cine. Fue de aquel taller de costura que salió nuestra manta. Una vez, hace muchos años, estuve allí en una de mis visitas a Madrid. Me encantó conocer aquel lugar que hasta ese día sólo había vivido en mi imaginación.

Había hileras e hileras de percheros con vestuarios de romanos, de varias épocas, medievales, de escuderos, de mosqueteros, de nobles, bailarinas, moros y odaliscas. También había rollos de tejidos de todo tipo, desde gasas finas a sedas, organdíes,  rasos, linos, satenes, organzas y muchos otros que no supe identificar.

Fue emocionante imaginar a mi manta cuando era un retal en aquellas estanterías. Siempre me ha parecido que una tela, cuando aún es parte de la pieza o un retal, encierra e sí todas las posibilidades de lo que algún sastre o costurera podrá realizar con sus habilidades. He visto a mi propia madre cosernos vestidos y pantalones maravillosos durante toda mi infancia a mí y a mis hermanos con telas que nunca supieron al caer en sus manos que terminarían siendo un vestidito para una boda o un pantalón para pasear los domingos.

En mi deambular por el taller identifiqué algunas telas parecidas a las de la manta y por supuesto la curiosidad me pudo. Pregunté para qué se usaban. 

Me acompañaba  en esa visita una prima de mi abuela y ella, sin sospechar el impacto que aquellas palabras podrían tener en mí, me contó que ese tipo de tejidos se usaban para capas de reyes. Y fue así como descubrí que nuestra  amada cobija fue confeccionada con el material que usaban para hacer capas de reyes. Sonreí por dentro.

Evidentemente no había sido diseñada para convertirse en una reliquia. Nadie podía saber que cien años después seguiría existiendo. Ni menos pensar que estaría en las manos de la bisnieta de aquel hombre ni que ella continuaría usándola en las frías noches del invierno argentino. Seguramente debió de ser  una respuesta práctica y afectuosa a una necesidad inmediata pero la realidad es que tuvo, y aún tiene una trayectoria mucho más interesante.

Con mi abuela se instaló en Málaga cuando ella se casó con un perote. Para quien no lo sepa es así que son llamados los oriundos de un pueblo chiquito de Málaga que se llama Álora. Después fue sucesivamente trasladada a Antequera, a Granada, a varios estados de Brasil, a varios departamentos de Uruguay y a dos provincias de Argentina.

Tengo que reconocer que en Brasil no la usé demasiado mientras viví en el estado de São Paulo qué es completamente tropical y son raros y es esporádicos los días de frío. Sin embargo sí la usé con mucha alegría en Curitiba, una preciosa ciudad que se encuentra en el Estado de Paraná bastante más al sur. Allí las estaciones están diferenciadas y el invierno es bello. No riguroso pero lo bastante frío como para necesitar cubrirte bien por la noche.

La manta resulta un poco pesada, extraordinariamente caliente, hecha con un hilo de seda que todavía hoy cambia de tono cuando se mueve el pelo y recibe la luz. El tiempo ha pasado sobre ella, por supuesto. El forro original de la parte posterior terminó deteriorándose y hubo que sustituirlo; por eso ahora asoma en los bordes otra tela, más reciente, en tonos verdes, que pertenece  a una época distinta. Pero el cuerpo de la manta sigue ahí y sigo utilizándola. En Argentina la pongo sobre los pies de mi cama casi todas las noches deo invierno cordobés. Me gusta especialmente su peso perfecto, esa gravedad agradable con la que cae sobre el cuerpo. En cierto modo me hace sentir su compañía.

Hoy en día muchas piezas de abrigo parecen hechas de plástico y diseñadas para mantener el frío afuera. La manta dorada no, ella hace que nuestro propio calor no se escape. Lo cuida y lo mantiene pegado al cuerpo.Tal vez es una habilidad que aprendió con el tiempo o  una característica de su regio material. Eso no podemos saberlo.

Si no hubiera conocido su historia, seguramente algún día la habría cambiado por otra. Ella  no sabe quién la hizo, ni para quién. No sabe quién fue mi abuela, ni todas las veces que ella debió de doblarla a lo largo de su vida. No sabe que cuando la meto en la lavadora no cabe nada más ni las veces que la he usado para cubrir a mis hijas en horas especiales de fiebres y pesadillas.

O tal vez sí. En cierto modo vamos poniendo nuestras vivencias y confidencias dentro de nuestros objetos y debe ser por eso que llega un momento en que ya no es posible sustituirlos. Los sentimos un poco vivos. Ninguna manta nueva conoce nuestros nombres.

No conservamos las cosas porque sean excepcionalmente valiosas. Se vuelven valiosas precisamente porque las conservamos. Los que atraviesan una generación y después otra van recogiendo significados. Mantienen juntas personas que no llegaron a compartir el mismo tiempo.

Mi bisabuelo Federico, mi abuela niña en 1930, mi abuela muchos años después contándome lo sucedido, recordando la muerte de su primer hijo, mi madre que le cambió el forro deteriorado por uno más nuevo y yo ahora, un siglo más tarde acomodando la misma cobija sobre nuestros cuerpos.

Pensamos que heredamos objetos.

Quizá sea al revés. Hay objetos que, simplemente porque se decide no desprenderse de ellos, terminan heredándonos a nosotros.

 Isabel Salas

sábado, 22 de agosto de 2026

DESPEDIDAS


Todavía no sé si me gustan las despedidas,
ni cuantas manos tienen.
No sé.

Las despedidas son como arroz con leche.
Te comes la tacita 
sin contar los granos ni las manos.

Aún no sé decir si me gustan o no.
Cada segundo que me das,
 sé que me gusta porque me gustas.

Cada beso y cada mano,
cuando me buscas
y cuando te despides.

Y me quedo pensando 
si  tienes muchos besos y dos manos
o a veces,
al despedirnos,
haces la magia inversa
de tener muchas manos
y dos besos.
Uno con lengua que me das al llegar
y otro con alma, 
con olor a canela, que me regalas,
cuando te vas.

Isabel Salas


viernes, 21 de agosto de 2026

EL RUIDO DEL AGUA




El ruidito del agua del río, te obliga a parar. Te hace dejar de correr por unos momentos y te pones a mirar como corre él.

Ese ruido que corre lleno de agua.
Esa agua que corre llena de ruidos.

Un ruido  de aguas milenarias que han visto de todo, desde lenguas de dinosaurios hasta los cascos de los caballos de los hunos, han visto miles de niños nadando y han mirado a los ojos de los vikingos y de los mamuts. 

Son todos los ruidos, de risas , mugidos, juegos y muerte que escucho cuando escucho el jaleo del agua del río. Por eso me paro y lo miro. Lo miro y lo escucho. Porque un día me llevará a mí también. Mis ruidos se irán con los otros y la canción del río tendrá una parte mía que alguien escuchará mirando el agua cuando yo ya no esté.

Me paro para que me mire bien y me coja el tono. Me aprenda, me entienda y un día...me cante. 

Del libro
EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSER 
2015

miércoles, 5 de agosto de 2026

AMNESIA MENOPÁUSICA




Hace días que pienso como a partir de cierta edad, la amnesia leve ha dejado de parecerme un problema y empieza a ser tan interesante como un servicio premium.
 
Una se levanta por la mañana, mira al techo y piensa: “¿Qué barbaridad hice en 1992?”. Y nada. Silencio. Paz. El cerebro, como cualquier funcionario agotado, ha archivado el expediente en una dependencia sin ascensor y no hay nadie que piense ir a buscarlo porque las piernas ya no están para excesos.

Es maravilloso.

Hay más ventajas. Los pecados de juventud, por ejemplo, adquieren una cualidad casi arqueológica. Una sabe que estuvieron ahí, porque hay fotografías, testigos y quizá algún ex todavía indignado, pero a efectos prácticos no recordamos gran cosa. Los  psicólogos dicen  que si no se recuerda con nitidez capaz que no ocurrió.
 
Mi estado amnésico puntual también ayuda mucho con las discusiones. Antes yo podía recordar palabra por palabra lo que alguien dijo el 14 de mayo de 2003 a las siete y cuarto de la tarde y que ropa llevaba puesta. Ahora no. Ahora solo queda una sensación general de que aquella persona era idiota, lo cual ahorra detalles y economiza espacio cerebral.

La amnesia selectiva también embellece la biografía. Los errores dejan de ser errores y se convierten en “etapas”. Las estupideces pasan a llamarse “aprendizajes”. Las decisiones desastrosas, si ha pasado suficiente tiempo, se transforman en “cosas que tenía que vivir”, incluso kármicas. Qué prodigio lingüístico. Gracias a los eufemismos la vida se bautiza y se borran el pasado, los sexos, los miedo o lo que haga falta.

Uno arruina seis años de su vida y  años después lo cuenta como si hubiera hecho un máster en experiencias vitales.

El cerebro no pierde información sino que hace curaduría. Con criterios dudosos, naturalmente. Muy humanos. Muy asépticos. La naturaleza, que a veces tiene gestos de misericordia administrativa, parece haber previsto todos los ingredientes de una buena menopausia.

Nos quita memoria y nos trae sonrisas y paz

jueves, 30 de julio de 2026

INTERCAMBIO



Hicimos un trato la noche y yo. 
Yo le cedí mi corazón para alumbrarte 
y ella la luna para seducirte.
Ahora tengo una luna para amarte
y ella un corazón para escribirte.

Isabel Salas

BUENA CARA

  
Al mal tiempo, buena cara,
y a los malos maridos
a los banqueros malos 
y a los ciegos cupidos.

A los festejos sin algazara,
una sonrisa,
y a los mosquitos con sus zumbidos,
sonrisa y media, 
mientras recuentas las once varas de la camisa, 
y aprendes a reírte, sin demasiada prisa,
de la tragedia.

Y a tantos puños 
que nos muelen a palos,
una de cal, otra de arena
y el suave brillo
de tu melena.

Sin ironía, una bella sonrisa 
que acabe con la risa
de la maldita hiena

Y que tu buena cara
brote en la fuente clara
del agua pura de tu alma buena
y perfume tu pena
con el aroma dulce
de la azucena.


Isabel Salas

domingo, 12 de julio de 2026

EL VÍNCULO


 

El vínculo entre madre e hijo es una realidad vital, corporal y anterior a cualquier institución. No ha sido creado por el derecho, por un juez, por un registro ni por una estructura familiar, sino que surge desde el cuerpo, la gestación, el parto, la lactancia, el reconocimiento del bebé y la relación directa entre madre e hijo.

Este vínculo no puede ser reemplazado ni anulado por categorías legales como “madre legal”, “madre adoptiva”, “madre de crianza” o similares. Esas figuras pueden existir como respuestas secundarias, pero no originan ni sustituyen el lazo primario entre madre e hijo







jueves, 2 de julio de 2026

Y LLEGAS TÚ







Ese esfuerzo inmenso
 por tejer palabras
 desaparece 
cuando tú apareces.

Llegas cerquita y el corazón,
indefenso,
sin necesidad 
de abracadabras,
ni permiso de dioses 
o de jueces,
saca los versos del cajón, 
los perfuma de incienso
y hace un ramito 
con flores de poesía
para alegrarte el día.

Isabel Salas

domingo, 28 de junio de 2026

TRISTE SIN TI




Quería escribirte a ti.
Unas palabras exclusivas, pensadas y saboreadas solo para ti. Que al leerlas sintieses que se te clavan con un veneno que sólo a ti te afecta.
Flechitas con reproches mudos que te abran las carnes y por el agujero de esas brechas puedas mirar el abismo. Que tiembles. Que notes como el mundo se cimbrea sin terremotos ni vientos.
Quería también colarme en tu cabeza y poner la música alta. Aturdirte. Joderte con el jaleo y luego irme taconeando y dejar la puerta abierta.
Quería tener el poder de poder pensar en ti sin tener que taparme la boca para no llamarte. Poder saber que existes aunque en tu mundo yo no exista y poder convencer a mi corazón de que estamos bien.

No bien jodidos, sino bien de bien, de salud y de todo.
De estado, de cerca y de lejos.

Quería poder matarte y poder tenerte vivo al mismo tiempo. Mirarte dormido sin mirar los relojes. Matarte otra vez y después bañarnos.
Comer
Comernos.
Beber
Bebernos.
Besar
Besarnos
Escribir....
Escribirte.
Escribirte las palabras asesinas que matan kilómetros y después dormir enroscados como las serpientes de los farmacéuticos.
Con los ojitos cerrados y las palabras calladas.

Isabel Salas

jueves, 18 de junio de 2026

DESPUÉS DEL VIAJE

 

Ha sido un viaje muy interesante e intenso. Málaga quedó atrás hace apenas unas semanas y, sin embargo, todavía la siento cerca. Me he traído un pedacito de su cielo en el corazón, como siempre que voy.

Unos cuantos  días mediterráneos de luz,  amigos, familia, encuentros, entrevistas, y conversaciones alrededor de Materfiesto

Fueron pocos días, es verdad. Apenas el tiempo justo para presentar un libro que es mucho más que un libro para mí. Después  Zaragoza. Allí pasé lindos momentos con una de mis amigas más queridas, su hija y su yerno. Y en seguida Barcelona, donde tuve la oportunidad de charlar en el local de Plural 21 con amigos, conocidos y gente nueva que se acercó gentilmente a escucharnos.

De Barcelona a Escocia para pasar unas semanas con mi hija mayor y mi yerno. Acampada en una playa, paseos por Edimburgo, compras, paseos en Glasgow, ratos en familia y la oportunidad de volver el agua de Escocia que es sin dudas la mejor que he bebido en mi vida.

Todo junto ha sido simplemente maravilloso.

Quiero contaros que presentar Materfiesto en Málaga, mi ciudad natal, y hacerlo además en El Pimpi, tuvo algo de círculo que se cierra. No solo por el lugar, ni por la gran emoción de regresar con mi séptimo libro bajo el brazo, sino porque esta presentación marca para mí el final de una etapa muy importante de mi vida. Una etapa dura a ratos, lluminosa y combativa en otros momentos, pero necesaria. Una etapa que me transformó como madre, como mujer y como escritora.

Materfiesto nació de  mi convicción de que el vínculo entre madres e hijos no puede ser tratado como una pieza administrativa, ni repartido, ni corregido, ni intervenido sin comprender antes su raíz vital.  

Por eso quiero agradecer, de corazón, las reseñas que han acompañado este libro y que han sabido leerlo con atención, con respeto y con hondura.

Gracias al diario AS que publicó la reseña titulada “Materfiesto, el manifiesto de Isabel Salas en defensa del derecho de las madres”, de Carlos Cariño. En ella  se recogió la presentación en El Pimpi y se destacó el sentido político, jurídico y vital del libro.

Gracias también a Café Montaigne, por la reseña “La realidad y el poder - A propósito de Materfiesto. Política disruptiva con voz de madre”, por Tomás Salas. Una lectura generosa y profunda sobre el libro, su título, su carácaterfiesto-el-manifiesto-de-isabel-salas-en-defensa-del-derecho-de-las-madres-f202604-n/?utm_source=chatgpt.comASter de manifiesto y su voluntad de ruptura frente a lo establecido.

Y gracias a Ibone Olza, por leer Materfiesto y compartir su mirada. Encontrareis su texto publicadoel 1 de mayo de 2026 en su web, bajo el título “MATERFIESTO: política disruptiva con voz de madre, de Isabel Salas”, donde lo define como un libro necesario y contundente, breve, bien escrito, y capaz de sintetizar cómo se construyen los mandatos patriarcales que siguen gobernando el mundo.  

Un honor leer lo que ella escribió y cómo lo escribió.

No sé si una autora puede pedir mucho más que eso: que su libro sea leído de verdad. No solo mencionado o fotografiado junto a una taza de café sino leído con pensamiento, con sensibilidad y con esa forma de atención que hoy parece casi una especie en peligro de extinción.

Hoy, tras asimilar todo lo vivido en los últimos meses, siento que Materfiesto ya ha salido al mundo.

Ya no está solo en mis manos. Ahora pertenece también a quienes lo leen, lo discuten, lo recomiendan, lo subrayan, lo cuestionan o lo hacen circular. Y eso, para una escritora, es una forma de felicidad bastante seria. Aunque intento escribirlo con una sonrisa y sin perder la humildad, tengo que confesar que también me siento muy orgullosa sin que se sienta contradictorio.

Por último quiero deciros que con esta presentación en Málaga cierro una etapa que ha durado diez años.

No cierro lo vivido, porque lo vivido nos acompaña siempre. No cierro tampoco las causas que defiende este libro, porque siguen abiertas y son urgentes. Pero sí siento que algo en mí puede descansar. Algo ha sido dicho. Ha encontrado su forma. La mejor forma que he sabido darle. 

Y desde este lugar, desde mi casa en Argentina, en mi querida Córdoba, siento que puedo volver a mis otros temas literarios y a mis personajes. Como dirían algunos, recuperar mis obsesiones narrativas.

Volver a esa zona de la escritura a la que llamo Pensaemas.

Gracias a quienes estuvieron en Málaga.
Gracias a quienes leyeron.
Gracias a quienes reseñaron.
Gracias a quienes acompañaron.
Gracias a quienes comprendieron que Materfiesto no era solo un libro más, sino una forma de poner en palabras una verdad que llevaba demasiado tiempo esperando.

Lo agradezco de corazón.

Y ahora sí, concluyo esta etapa con alegría, alivio, gratitud y con muchas ganas de seguir escribiendo.

Isabel Salas
Argentina, junio de 2026