Cultura, amistad, generosidad y gratos momentos
CANTO AL HOMBRE DE LA SELVA
Yo soy la selva
indómita,
la tempestad de aromas de la tierra
insurgiendo en galopes de torrentes.
Por mis venas sonoras
fluye el perfume líquido del sol,
padre del fuego.
Mi pensamiento fulge
en llamaradas de estrellas.
Nací del parto de oro
de la tormenta verde.
No me falta ni el látigo del rayo,
ni las riendas del viento,
para ser el jinete de la aurora
con mi poncho de nubes
y la guitarra de cristal del río
sobre los hombros anchos
del infinito.
Yo soy el que esperaban
los jaguares manchados de luceros,
los toros ígneos de crepúsculos,
los caimanes de hierro,
las palomas de seda,
para la transfusión de sangres
bárbaras.
Yo soy el arquetipo de esta raza
salvaje
que quiso limitar el horizonte,
pisar el borde mismo del planeta
y con el cigarro entre los labios
dejarse caer, dejarse arrebatar
súbitamente
por la inmensa cachuela del
espacio.
Hombre de la llanura sin fin,
más larga que la vista,
más amplia que mis brazos
extendidos
en una imploración de pueblos.
La extensión se me escapa
de las manos,
rojas de palmear en el vacío
para que nos escuchen los silencios.
Tengo en los ojos los diamantes
de nuestras minas de chiquitos,
la cólquide oriental,
la que da chonta para el arco
y guayacán para la hoguera.
Mi corazón es la colmena
y mi cerebro el hormiguero.
Vibran mis músculos de boa,
se abren cantando mis arterias.
Mis labios sangran
en el grito de luz y aroma del clavel.
Yo soy el hombre de la selva,
perfume, cántico y amor,
pero encendido de relámpagos,
pero rugiendo de huracanes.
Yo soy un río de pie.
(De Obras completas)
