miércoles, 30 de diciembre de 2015

SÉ QUE SABES


Sé que sabes que te tengo miedo desde el primer día.
Lo sabes y te gusta saberlo.
Lo sientes.
Lo masticas.
También sé que sabes que me gustas.

Desde el primer momento lo sabes
y te gusta saberlo.
Sé que te gusta enamorarme para sentir que puedes.
No por maldad, 
lo sé.
Apenas por probar.
Como quien mete el dedo en un helado
y después se lo chupa pensando en otra cosa.

Demonio aburrido 
matando moscas con el rabo.
O no.
Por aburrido no. 
Para entrenar.
O por querer, o por gustar...
o por poder.

Testando tu poder, 
tal vez pensando que en los juegos de dos
no pierde nunca nadie.

Y sí.
Adivinaste bien, me gusta el morado. 
 Y otras cosas que haces, 
que tienes, 
que dices,
también me gustan
y lo sabes.

Lo sabes 
y yo sé que lo sabes.
Y tu sabes que sé que sabes que lo sé.
Como un juego de espejos que nos vuelve infinitos.
El hombre que mira al hombre que mira al hombre 
del espejo,
desdoblado en hombres infinitos
cada vez más chiquitos.

Así me pasa a mí cuando juegas conmigo.
Me desdoblas en montones de partes 
que se pierden en la fila infinita 
de mis reflejos 
en tu espejo de risas.

Esas que brotan de la voz que pones para decirme hola,
para decir que sabes lo que quiero,
la voz de preguntar, 
de conversar. 
de decir que sabes adivinar colores favoritos.

Y sí.
Sabes adivinarlos y sabes que lo sé.
Como sé que sabes que sé que te gusto un poquito 
y por eso te gusta saber que sé que sabes
que me gustas también.

Isabel Salas



del libro NAVAJA DE LLAVERO

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martes, 29 de diciembre de 2015

DESEOS DE AÑO NUEVO

  
Calendario nuevo.
Comienza otro año con los mismos meses
de todos los años.
Empieza el primero por el primer día,
primero de Enero.

Los deseos viejos se lavan la cara,
peinan sus cabellos,
les ponen tiara .
Sacan una ropa de hace quince años
que ya ni les cabe,
de raídos paños.

Pintan las sonrisas  con rojos de fuego,
perfuman sus daños
con gotas de espliego.
Los deseos viejos, renacen más sabios
más fuertes y bellos
irguiendo sus cuellos.


Mis deseos viejos están tan bonitos
que hasta a mí me engañan
y los siento nuevos. 

Me miran, los miro
se ríen, me río 
me guiñan
me hablan y juegan:
"A ver si este año...
por fin conseguimos
cumplirnos
e irnos."

Isabel Salas

domingo, 27 de diciembre de 2015

PENSANDO


Y me quedo pensando si tienes muchos besos y dos manos, o a veces, al despedirnos,haces la magia inversa de tener muchas manos y dos besos. Uno con lengua que me das al llegar y otro con alma y olor a canela, que me regalas, cuando te vas.

Isabel Salas

ESPUMA


lunes, 21 de diciembre de 2015

DAME TU NOMBRE





Fola corría por la carretera de tierra entre todos los demás. No cargaba casi nada, apenas su bebé de cinco meses, al que protegía de los vaivenes de su carrera con su brazo derecho.
El izquierdo lo usaba para tomar de la manita a su hija de cuatro años a la que intentaba quitarle el miedo con miradas de aplomo fingido y palabras suaves que se perdían en el estruendo de los tiros lejanos y los lloros cercanos.

Vistos desde fuera, eran una familia africana más, una familia despedazada por guerras inútiles y crueles, arrancada de su vida, corriendo al huir de su aldea.
Sin destino.
Vistos desde dentro era una mujer asustada al extremo. Una madre que ponía todo su empeño y sus fuerzas en llevar a sus hijos lejos de aquel infierno.
Ella sí tenía un destino, lo más lejos posible.

Hasta hacía unas semanas Fola, su marido y sus cuatro hijos tenían una vida más o menos apacible a la que llegaban a veces ecos de guerras lejanas, pero en pocas semanas los ecos se hicieron voces y al final presencia viva.
Su marido se había marchado dos días antes tratando de poner a salvo a los dos hijos mayores, uno de catorce años y otro de doce, para evitar que fuesen reclutados como tantos niños y obligados a convertirse en asesinos precoces.
Niños soldados los llaman.
Estuvieron de acuerdo los dos, hablaron varias horas y decidieron que no era eso lo que deseaban para sus hijos amados. Así pues, el marido intentaría pasar la frontera con los hijos, y ella se juntaría a las mujeres con bebés que esperarían los camiones de la Cruz Roja para reunirse con ellos en el campo de refugiados, que decían que había a 140 kilómetros al norte.

Parecía un buen plan y como tampoco tenían muchas alternativas, se despidieron serenamente tratando de no demostrar pánico. No querían provocar más dolor ni miedo a los niños y, por eso, ese hombre y esa mujer, que se habían mirado tantas veces durante largos minutos a los ojos al hacer el amor en sus noches de intimidad y cariño, apenas se miraron un poquito a la hora de despedirse tal vez para siempre, con miedo los dos de prender sus miradas y que eso les impidiese la separación.
Al abrazarla él le dijo:
- Ya lo sabes todo... ¿Qué puedo añadir?
Y ella le respondió:
- Claro que lo sé, vete tranquilo. Está todo dicho, mi amor.
¿Qué otra cosa puede decirle una mujer a su hombre en una hora tan mala?

Después del último beso y el último toque cada uno se concentró en su misión y en los hijos de los que se hacía cargo.
Ella lo miró alejarse con paso animado, un niño de cada lado, sin darles la mano para que se sintiesen hombrecitos, cargando cada cual unos hatillos con lo mínimo. Sólo el menor se volvió una vez para mirarla, y ella que estaba preparada para eso, le hizo un gesto alegre de despedida mientras se bebía las lágrimas de aquel adiós tan tremendo.
Después preparó sus cosas.

Decían que los camiones llegarían por la mañana para recoger a las mujeres, pero los que llegaron fueron unos todo terreno cargados de hombres que disparaban a todo lo que se movía.

Fola tuvo suerte porque unos minutos antes de empezar aquella matanza ella había sentido la necesidad de acercarse a la entrada del bosquecillo por el que se habían marchado sus hijos y su marido, y como la niña estaba despierta, ansiosa y preguntando cuándo iban a juntarse con los hermanos, ella decidió que en vez de esperar en casa podían esperar dando un paseo para amenizar la situación.

Por eso cuando empezaron los tiros, ella se encontraba fuera su alcance.
No pensó en nada, ni en amigas o vecinas, apenas salió corriendo en disparada arrastrando a la nena. A ratos la hacía correr a su lado, a ratos la cargaba hasta que el brazo se le acalambraba. Descansaban cuando sentía que iba a morir por el esfuerzo y después seguían avanzando.

Quería llegar a la otra carretera, la que habían construido para transportar el coltán unos meses antes.
Así el día entero.
Más tarde pasaron la noche acurrucados los tres juntos. Ella agradeciendo a sus pechos la leche que le permitió alimentar al bebé y a la niña y analizando si sería buena idea rezar o mejor no llamar la atención de los dioses.
Decidió quedarse callada porque ante aquellos dioses tan crueles que permitían tantos desmanes, parecía buena idea pasar desapercibido.
Al amanecer salieron del bosque y encontraron otras  personas asustadas que se movían en la misma dirección.
Nadie saludó a nadie, nadie preguntó nada.

Era una fila más o menos ordenada de mujeres y viejos que llevaban sus niños con el único objetivo de salvarlos y salvarse.
Parecía que todo podría terminar razonablemente bien cuando de pronto oyeron una avioneta que se acercó rápida. Algunos saludaron alborozados pensando que era la ayuda que esperaban, otros miraron callados y otros como Fola regresaron al bosque que bordeaba la carretera por el miedo que todo les provocaba desde hacía días.
La avioneta bajó y abrió fuego contra la fila.

Fola le tapó las orejas a sus hijos mientras los apretaba contra ella y mentalmente espantaba las balas con la fuerza de su pensamiento.
Imaginó una burbuja de protección y allí se quedó meciéndose con sus hijos como cuando te duele una muela o un niño llora sin consuelo.
Mecer el dolor y el miedo es un recurso humano que no se sabe por qué funciona, pero todos lo practicamos alguna vez.
Y siempre consuela un poquito.

Cuando acabaron los tiros y la avioneta se alejó, fueron saliendo poco a poco del bosque los que se habían salvado.
La carretera era un reguero de cuerpos vestidos con alegres colores y posturas imposibles. Casi todos muertos, algunos heridos.
Fola decidió ignorarlos, no podía hacer nada y su única prioridad era salvar a los suyos. Sujetando la manita de su niña y acariñando al bebé que estaba metido en un paño amarrado a su cuello, aceleró el paso sorteando cuerpos.

Todo iba bien hasta que sus ojos encontraron los de una mujer herida. Una mujer más joven que ella, que trataba de incorporarse y la llamaba con su mano ensangrentada. 
La chica consiguió juntar unas palabras y casi las suspiró:
- Ayúdame. Ven.

Fola no quería ayudar.
No quería ir.
Sólo pensaba en sus hijos y no quería perder su tiempo, pero la chica la había mirado, la había llamado y ella se acercó con una disculpa preparada, que la otra pudiese entender al negarle la ayuda. La mujer tendida en el suelo se incorporó un poquito y entonces Fola vio que estaba encorvada sobre un bebé.

Un bebé intacto debajo de una madre moribunda en una carretera llena de personas asustadas.
Justo lo que ella necesitaba.

Se acercó sin decir una palabra y sin soltar a su hija se agachó al lado de la otra madre, mirándola sin hablar. ¿Qué se le puede decir a una mujer que se está muriendo desangrada en un mundo hostil dejando un hijo desamparado?
Se miraron las dos.
Los ojos de la joven iban del bebé a la niña y al rostro de Fola de nuevo. Tal vez buscando palabras también.
Las mismas palabras que sirvieron horas antes para despedir a su marido le parecieron adecuadas para dirigirse a aquella desconocida y por eso las dejó salir con suavidad:
- Lo sé todo. Está todo dicho. Quédate tranquila, mi amor.

Y soltando un instante la manita de su hija, cogió el bebé de la otra y lo acomodó en el mismo paño donde estaba el suyo.
Enseguida volvió a recuperar la mano de su niña que esperaba extendida en el aire. Era el momento de la despedida y las dos sabían que era para siempre.
La joven consiguió sonreír y Fola sacó el valor para pedirle:
- Dame tu nombre, para que pueda enseñárselo un día.

Pero la chica ya no tenía nada más que dar.
Lo había dado todo y sus ojos ya estaban cerrados.
Fola no se paró a ver si estaba desmayada o apenas muerta.
Se levantó y con sus tres hijos siguió su camino.
Agradeciendo a sus pechos la leche que garantizaban la vida.
Isabel  Salas


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El cuadro que acompaña esta historia ha sido pintado por una artista de Valladolid que vive en Benalmádena.
Ella leyó la historia e idealizó a Fola, le dió  esa belleza serena y esa mirada profunda.
Nuria Velasco Vegas supo pintarla y nos la regala a todos para acercarnos más si cabe a esa realidad dura que las mujeres del Congo están enfrentando cada día.
Un beso a todas ellas y a Nuria un MUCHAS GRACIAS de esos  que traen globos de colores.



https://www.facebook.com/artenuriavelasco?fref=ts 

jueves, 17 de diciembre de 2015

EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSER

A lo largo de mi infancia tuvimos varios animales en casa: perros, un hámster, una perdiz, tortugas, algunos palomos y un par de canarios. Los perros tuvieron nombres: Tany, Travolta, Kuiper y Chiqui. 
Esta última, con los años, acabó quemando la sala cuando arrastró la manta de la mesa camilla para arrimarse a la estufa que había en el centro. El fuego se extendió y terminaron ardiendo hasta los muebles antiguos de mi bisabuela Anita. Pero esa historia será para otro día.

Los demás animales creo que se quedaron sin nombre o al menos no recuerdo si llegaron a tenerlo. 
Uno de los que se quedó sin bautizar fue un canario que debió estar por la casa más o menos cuando yo tenía entre diez y doce años y es de él de quien quiero escribir hoy.
Aparentemente no tenía nada de especial.
Hacía las mismas cosas que todos los canarios enjaulados. Se ponía muy contento cuando alguien le metía una hoja de lechuga o un pedazo de manzana entre los barrotes y se bañaba en el agua de una tapadera de Nescafé que le servía de bañerita. 
Se metía dentro y alborotaba salpicando agua para todos lados.

A mí me gustaba mirarlo.
Ver lo que hacía.
Algunas veces colocaba mi dedo sudado en el recipiente de alpiste y dejaba que se le pegaran unos granitos. Después lo introducía entre los barrotes y él venía a picotearlo casi sin rozarme la piel.
Tan delicado.
Tan suave.
Sin miedo de mi mano grande ... y yo espero que sin rencor.

Nunca supe si en su cabeza chiquita de canario hubo alguna vez un tiempo para el odio de verse enjaulado. En mi cabeza de niña tampoco había espacio para esas consideraciones filosóficas en aquel momento. Yo me crié viendo a Félix
Rodriguez explicando como los lobos y los buitres leonados pasaban frío y hambre en la estepa castellana y mi canario me parecía feliz.

Especialmente cuando me contaron en el colegio una cosa horrorosa sobre canarios y comparé la suerte de otros canarios con la de él.
Fueron unas niñas que estudiaban conmigo en las Recoletas las que me lo dijeron. Estaban comentando que allí cerca del colegio había un hombre que tenía un taller de alguna cosa y lo tenía lleno de jaulitas con canarios, jilgueros y otros pájaros. Puse atención, porque sabía cuál era el local al que se referían, y realmente estaba lleno de jaulas minúsculas con sus aves dentro.

Siempre pasaba rápido por la puerta de aquel hombre
porque me desagradaba ver tanto pájaro apretado.
Demasiado pequeñas las jaulas, así como más tarde me han parecido demasiado pequeñas también esas peceras crueles las que se mantienen los peces zeta, que simplemente se quedan flotando allí en suspensión. 
Sin poder nadar.
Como un huevo duro mirando al frente.

El caso es que a las niñas lo que de verdad las había dejado impactadas es que alguien les había dicho que aquel hombre les quemaba los ojos a los canarios para que cantasen más.
Les quemaba los ojitos con la punta de un alambre caliente y por eso cantaban tanto.
Porque estaban aburridos.
O desesperados.
O algo.
Nunca supe si realmente era cierta aquella barbaridad, o fue la primera leyenda urbana que me colaron, como la de la chica en la curva o los secuestros de turistas para sacarles los órganos. Esos que después son arrojados vivos a los aparcamientos de los centros comerciales con una costura mal hecha en un costado y un riñón menos.
Realmente jamás comprobé si aquel hombre, de verdad, les quemaba los ojos a aquellos infelices porque a partir de ese día evité pasar por su calle y si necesitaba pasar, lo hacía corriendo y mirando al suelo.

Nunca le pregunté a un adulto, nunca lo contrasté, como
hacen los periodistas de prensa rosa.
Me traumaticé y ya está.
Me quedó una duda tremenda de si el canto de los canarios en las jaulas era de desespero o de alegría. Sentía vértigo cuando intentaba descubrir si lo que los humanos interpretamos como canción en realidad es un llanto.
Más tarde aprendí que su canto tiene algo que ver con los cortejos nupciales pero en aquel momento me angustiaba mucho pensar que el ruido de los canarios eran gritos de desesperación.

Hasta que mi mente infantil encontró una manera de
sosegarse: mi canario veía estupendamente y cantaba, luego su canto era feliz.
Y con ese placebo dogmático me consolé.
El mío estaba contento.

Mi certeza de que todo estaba bien con nuestro canario sólo me abandonaba por unos instantes, cuando mi madre se ponía a coser con su máquina. Ella tenía una de manivela, otra de pedal y otra eléctrica. Cada una tenía su ruido, a cada una, ella le imprimía un ritmo diferente y las usaba para diferentes fines costuriles, pero todas, sin importar si estaban cosiendo camisas o trapos para limpiar, estimulaban al canario a cantar.
Él empezaba justo después que mi madre.
Se unían los dos cantos y parecía un concurso.
A ver quién lo hacía más alto.
Más rápido.
Más fuerte.
Más intenso...
Hasta el techo.
Hacia el cielo...
Hasta el sol.

Ya sabéis como son las máquinas de coser. Cuando la
costurera coge una recta y domina el asunto como mi madre lo hace, la máquina se embala y parece que está subiendo una montaña. 
El barullo es como el de un instrumento musical que acelera o aminora dependiendo del comando de quien cose y el canario se unía a aquel ruido con una pasión
y una determinación que asustaban.
Intentando cantar más alto.
Imponiéndose.
Ignorando la lechuga o la bañerita, se acomodaba y adoptaba una actitud marcial. 
Guerrera.
De valiente bien plantado.
Y cantaba.
Cantaba y cantaba y parecía que le iban a reventar los pulmones.
Yo me quedaba allí.
Quieta.
Espectadora de la sincronización entre la música que mi madre hacía y la que el canario le devolvía. A veces deseando que mi madre parase por miedo a que el pájaro cayese muerto del esfuerzo. Aliviada cuando ella descansaba un momento para acomodar la tela.

Otras deseando que la sábana fuese grande y mantuviese aquel ritmo perfecto que me dejaba alucinada escuchándolos a los dos. A mi madre a través de su costura y al canario que se unía a aquella fiesta casera de músicas domésticas para demostrarme que no hay que estar ciego para cantar.

Todavía puedo escucharlos.
Muchas veces he visto personas enfrentando complicaciones de la vida, enfermedades de hijos, desempleo...desespero.

Las he visto callarse, derrotadas y sin fuerzas. Pero también he visto otras que se plantan delante del ruido que la vida les hace y cantan más alto.
Se empinan, se inspiran.
Y cantan.
Más rápido.
Más fuerte.
Más intenso...
Hasta el techo.
Hacia el cielo.
Hasta el sol.
Se niegan a que el ruido las aturda y cuanto más complicado es todo más fuerte cantan. 

Cada una a su manera.
Todas admirables.
Y es a esas personas a quienes yo dedico estas páginas.
A las que se olvidan de las lechugas y aceptan el desafío de cantar con la máquina de coser.



Enfrentando la vida como canarios.

Isabel Salas
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