miércoles, 15 de noviembre de 2017

SOÑAR OTRA VEZ


Y de nuevo tu voz
y de nuevo tu risa
y otra vez el deseo de feroz
de dormir junto a ti,
que mi amor renacido
improvisa,

El mismo corazón
que tanto tiempo atrás
latía junto al tuyo
siguiendo tu compás,
hoy vuelve, sin razón
a quererte otra vez,
a querer ser de nuevo capaz
de atreverse a volar,
de volverte a besar
con la misma avidez
y otra vez
confiar
y soñar.

Y tal vez esta vez,
ser más sabios los dos
y poder
evitar otro adiós
que de nuevo me obligue
a aprender
a vivir
sin tu amor.

Isabel Salas

Porque un poema vale más que mil palabras, y hay palabras que valen más que mil imágenes y besos que lo explican todo y llenan el cielo de flores azules.

martes, 14 de noviembre de 2017

MUJER VOLADORA




Ya no me importa si tú no logras ver los colores que yo veo en las cosas, en las casas o en el agua. 

Los veo yo y eso basta.

Tu filtro gris de ver la vida, tu manera estúpida de juzgar cada una de mis frases o pensamientos, tus burlas, tu crueldad y tus pésimos modales son tu problema y ya no consiguen pintar de humo el mundo que sé mirar y ver.

Mi aire se llenó de colores y voy respirándolo mientras vuelo sin culpas.

Tal vez tengas  razón y la loca soy yo y no tú, pero soy una loca con sonrisa y brillo en los ojos y tú vas a morir podrido de razón mientras yo vuelo cada vez más alto como una nota de canción de Alberto Cortez.

Siempre me gustó la poesía, y siempre te burlaste como si leer poemas me hiciera inferior. Decías que una "mujer verdadera" y sobre todo inteligente,  debería leer otras cosas.

Lo de mujer verdadera dolía mucho pues me hacías sentir irreal, un espejismo, una caricatura de mujer. No sabía, ni siquiera, interpretar aquello como maltrato, simplemente sufría sin ser consciente de lo que me estabas queriendo hacer o lo hondo que era el daño.

Me recomendabas lecturas insoportables como la de aquel libro pesado y sin música de los tristes trópicos donde un antropólogo pedante describía la vida de los indios desde su punto de vista arrogante. Nunca comprendiste que yo prefería entender América con las venas abiertas y las palabras dulces de Galeano o las canciones de la trova  cubana.

Fue precisamente un poeta, Oliverio Girondo, quien un bello día, me reconcilió con mi espíritu volador al encontrar un poema suyo sobre su respeto por las mujeres voladoras y me recordó que las alas fuertes también fortalecen los pies y que empezar a dar patadas a ciertos traseros es consecuencia inmediata del acto de volar.

Como yo.

Tal vez no soy "verdadera", como dices tú, pero vuelo, como dice él, tal vez el tamaño de mis tetas nunca fue el adecuado para tus manos, pero mis alas tienen el tamaño perfecto para elevarme.

Entre su opinión y la tuya, francamente y con toda sinceridad, la tuya pierde peso y desaparece  como  el vapor que sale de la olla y que al momento ya no se ve.


Oliverio Girondo bendijo mis alas y desde la altura en la que  vuelo hoy te veo tan chiquito, tan mediocre y tan mezquino como realmente eres.

Una mujer voladora, así como la miel, no está hecha para la boca de cualquier asno. Como pasa con las perlas y los cerdos, hay incompatibalidades  que van más allá del  grupo sanguíneo, son vitales, insuperables e imposibles.

Como tú y yo.
Como nosotros: incompatibles.

Ni sé si ya te perdoné, tu tentativa perversa de impedirme volar, ni me importa ni tengo tiempo de pensar en eso. 

Tal vez un día, volando, llegue cerca de ti, y tú tendrás la oportunidad de preguntarme si eres rápido y estás atento a lo que pasa en el aire.

Si de verdad te importa o necesitas saberlo quédate atento y levanta la cabeza para buscarme pues mis alas funcionan y nunca me verás arrastrándome por el suelo.


Isabel Salas

POEMA DE OLIVERIO GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.

Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.

Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.



Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,

tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?



¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo

y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?



¿Verdad que no hay diferencia sustancial

entre vivir con una vaca o con una mujer

que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?


Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

LOS OJOS DE EUGENIO ZAMBRANA







Cuando el viejo Eugenio cerraba los ojos y los cubría con su mano, se iniciaba un proceso interno que lo transportaba y lo transformaba; el anciano abría su alma y retrocedía en el tiempo a la velocidad de la luz, escogiendo entre sus miles de vivencias las que merecían ser revividas a todo color, ahora que su rutina diaria era tan gris.

Cinco semanas hacía que habían enterrado a Josefa y él aún no se había adaptado a los nuevos matices del mundo sin la presencia de la compañera de sesenta años.

Se dice pronto sesenta años, son dos palabras  apenas, pero para vivirlos se tarda un rato lleno de días, miles de días y de noches con sus madrugadas y sus tardes llenas horas de Josefa. 

Su novia, su mujer, la madre de sus hijos, la compañera, la cocinera, la que sabía hablarle con la mirada.

Al cerrar los ojos, lo primero que ellos buscaban eran los de la esposa. Allí estaban, esperándolo, detrás de sus propios párpados, rodeados de arrugas, como últimamente, pero intacto el brillo con que le devolvían el mirar desde que se empezaron a amar tanto tiempo atrás.

Allí, dentro de él, estaban los ojos que habían aprendido a hablarle directo al alma,  la mirada que sabía pedirle que se callara cuando los regaños a los hijos ya habían alcanzado el punto exacto o que empujara más fuerte cuando se estaban amando y ella deseaba sentir su fuerza dentro de ella. 

Los nietos, en parte porque temían los ruidos nocturnos del viejo desvelado y en parte porque les gustaba torturar al ser indefenso en que, de pronto, se había convertido el viejo Eugenio, corrían a reclamarle a su mamá Mercedes. Salían sin hacer ruido de la sala y la buscaban para contarle que el abuelo se estaba durmiendo, que no los dejaría dormir, que se debe dormir de noche y no de día, y ella llegaba presurosa cerquita de él, se agachaba y le ponía la mano delicadamente en el hombro para no asustarlo, en parte porque también se despertaba con los paseos de su padre en las madrugadas y en parte por una genuina preocupación nacida del cariño.

Si con eso no bastaba para sacarlo del ensimismamiento, ella, mimosa, le pedía un beso y el viejo bajaba la mano que le cubría el rostro para atender el pedido de su hija. Mercedes acercaba su mejilla a los labios del padre y él con cuidado le daba ese beso paternal que  siempre tenía sabor de canela y cigarro.

Pero esta tarde al bajar la mano para atender a la hija, el viejo permaneció con los ojos cerrados y con una voz muy chiquita preguntó si estaban los niños cerca.

Estaban y así se lo confirmó su hija.

- Que se vayan, hija, mándalos salir.

No hizo falta que Mercedes repitiese los deseos del padre como órdenes a los hijos. Los niños, sin rechistar atendieron al abuelo y salieron sin decir nada.

- Ya se fueron padre. Dime que te pasa.

Eugenio seguía con los ojos cerrados.

- Me pasa tu madre hija, me pasa que sin ella no sé estar, ni quiero. No quiero abrir los ojos porque aquí dentro la veo. Ella me mira y yo la miro. No hacemos nada malo hija sólo mirarnos.

Mercedes miró el rostro arrugado de su padre. Sus arrugas, sus cabellos blancos, sus ojitos cerrados y unas lágrimas que escurrían despacio haciendo caminitos  en zig zag camino de la camisa.

Con el filo de su falda se las secó, mientras recordaba cuantas veces había sorprendido a sus padres mirándose cómplices por encima de las cabezas de los hijos almorzando o al cruzarse en un pasillo. Recordó la sonrisa de su madre y los guiños de su padre . Se acordó de como él, al regresar del trabajo, al primer hijo que se encontrara le preguntaba dónde estaba la madre. La buscaba, se miraban, sonreían, y sólo después buscaba a los hijos para saber del día o de las novedades.

Pensó en su padre en el entierro, semanas antes, tan serio, tan triste, tan de ojos cerrados, tan de de pie al lado del ataúd.

Las personas pensaron que rezaba, pero Mercedes no había visto rezar a su padre jamás, era un ateo convencido y lo último que se le pasaría por la cabeza sería  orar en momentos de crisis, simplemente estaba allí, parado en pie al lado de su mujer muerta con una mano en la caja y la otra cubriéndose el rostro.

No era hora para palabras, pues el dolor no las necesita cuando se vive en familia. Se dejó caer en el regazo de su padre como cuando era niña y al apoyarse en su pecho le tomó una de sus manos y la llevó a sus propios ojos.

- También quiero ver a mamá.

La cena, los niños, las prisas y los miedos de no dormir, pararon para admirar como el amor une miradas que la muerte separa.

Mercedes sintió el beso de su padre en su frente segundos antes de dejar de escuchar su corazón.

Sin alarmas, sin miedo, dejó que se fuera apagando sin llamarlo.

Pensó en cuantas veces había escuchado hablar de parejas como sus padres, gente que después de mucho tiempo juntos, no saben despedirse  cuando fallece uno de los dos.  El otro, en poco tiempo, se apaga y lo sigue.

Y así se acababa de ir su padre.

Con los ojos que  él mismo se había cerrado, prendidos en la mirada de su mujer.

Isabel Salas




AQUÍ




Leerte, 
es acariciar tu pelo,
tocarte,
conocerte.

Deslizarme
entre las suaves curvas 
de tus renglones
e imaginar el tacto
del aroma de noche
de tus mechones.

Y siempre
se desliza la seda de tus sonrisas
entre mis dedos,
y me sorprende
la colección de abcisas
con que vistes tus ruedos.

Y a veces 
quisiera ser la flor morada
que respira escondida
susurrando poemas
bajo tu almohada.

Pero nunca 
te digo
que leerte es tocarte
y tal vez, 
mi manera de imaginarte 
aquí,
 conmigo.

Isabel Salas