lunes, 19 de febrero de 2018

AÑO TRAS AÑO


La araña y el araño
se besaron.

Juraron respetarse,
amarse,
acompañarse
y nunca separarse.

La araña enamorada,
año tras año,
vivía en la ilusión 
de ser amada.

Nunca esperó
el daño del araño, 
sólo cariños
y salud para juntos,
ver crecer a los niños, 
sus arañitos, 
que nacieron tan verdes,
y tan bonitos.

Hasta que un día,
el araño traidor,
se fue con otra
y la dejó solita,
sin importarle nada
la tristeza infinita
de su carita.

La araña y el araño
se separaron.

Ya no hay amor ni risas
sólo estupor,
dolor
y desengaño.

Isabel Salas


viernes, 16 de febrero de 2018

ME GUSTO


Me gusta como suena mi nombre 
dentro de tus besos.

Cómo mi luz, 
 relumbra,
dentro de tus farolas.

Mi pelo,
cuando, feliz,  
toca tus dedos.

Me gusto yo contigo,
yo con tú
yo enterita,
cuando tú estás
conmigo,

Isabel Salas

S.O.S. MATERNIDAD






Como siempre he hecho, busco en la lectura compañía, consuelo, sabiduría o diversión, y como suele suceder, encuentro un poema que pone mis sentimientos en palabras.

Seguramente, Rubén Darío no estaba pensando en la maternidad cuando escribió esos versos, pero yo, que vengo luchando desde hace años por el derecho de las madres a proteger a sus hijos, encontré en sus palabras el fiel reflejo de lo que tantas mujeres están viviendo por culpa del tratamiento que se da a la maternidad en los juzgados de familia, especialmente cuando se trata de familias donde se han vivido situaciones de violencia y de malos tratos y se tiene la mala suerte de caer en las manos de un sistema machista y patriarcal que finge defender los derechos de los niños imponiendo el contacto no deseado de estos con sus padres abusadores.

A la violencia doméstica, verbal, física o sexual, previamente sufrida en casa se une entonces la violencia institucional.

Una justicia lenta y colapsada que  hace que a los años de terrorismo intrafamiliar le sigan, despues, otros años de sufrimiento y de desgaste emocional, psicológico y patrimonial con los que el maltratador encuentra la manera de seguir maltratando a su familia.

Miles de mujeres acuden al sistema buscando protección para ellas y sus hijos, tal y como las campañas incentivan y en vez de ser protegidas, son acusadas de mentir e incluso de estar enfermas y sufrir el trastorno que inventó un pedófilo llamado Richard Gardner en la década de los ochenta,

Obligan a los niños a callarse y los dejan imposibilitados de pedir ayuda amparándose en algo llamado el secreto de justicia y también obligan a las madres a guardar silencio sobre los procesos judiciales, negándoles así la posiblidad de pedir ayuda o hacer una denuncia pública de lo que están sufriendo.

En los juzgados de familia de varios paises, se usan inventos como la constelación familiar o el inexistente síndrome de alienación parental para obligar a los niños y a sus madres a pedir perdón a sus maltratadores bajo la amenaza de ser separados caso no colaboren, se insta a las madres a desmentir sus acusaciones de violencia y abuso intrafamiliar, se asusta a los niños con separarlos de sus madres si insisten en decir que no quieren ver a sus padres, se burlan de sus sentimientos y a ambos les aplican, en fin, la cruel terapia inventada por Gardner y que él mismo llamó terapia de la amenaza, sin intentar disimular cómo y de qué manera actúa la supuesta y maldita aberración que se sacó de la manga.

A muchas personas les cuesta creer que esto sea posible y lo entiendo, a mí misma me costaría hacerlo si no fuera porque lo estoy viviendo muy de cerca.

Me preguntan a menudo porqué publico tantas cosas sobre violencia doméstica e intrafamiliar si podría estar escribiendo otras cosas, y la respuesta es muy sencilla, escribo sobre lo que me interesa, sean orgasmos, besos, o malostratos y  lo hago espontaneamente y cuando el cuerpo me lo pide, sin un plan específico o un objetivo determinado.

A veces la inspiración llega recordando un beso, comiendo un helado con mi hija en la playa o leyendo poesía.

Como hoy, leyendo a Rubén Darío, sin poderlo evitalo pensé en como la relación madre e hijos está siendo enlodada en  algunos juzgados por profesionales sin escrúpulos y como esos niños y esas madres conocen el valor de su amor, ese diamante que los demás tratan de dejar churretoso y sucio. Un amor precioso del que se burlan llamándolo enfermizo y al que amenazan sin compasión.

Dicen en Brasil que la boca habla de lo que el corazón siente y yo añado que los dedos escriben de lo que el alma padece. La poesía siempre es una puerta que me transporta a mi mundo interior y muchas veces, como hoy, me sirve de inspiracipon para escribir.

La maternidad es parte de mí, como los besos que he dado y los que aún tengo guardados, como es parte de mí escribir y como también es parte de mí luchar por lo que creo justo. No tengo ejércitos pero tengo palabras y sustituyo soldados por textos, sean prosas como hoy o poemas como otros dias.

Y me vienen a la cabeza, para terminar, otros versos mientras escribo, dos versitos que he repetido mucho en mi cabeza estos días, como un mantra gandúl, los versos de Juan Mantero que me hacen recordar que la necesidad de ser valiente para defender aquello en lo que creemos, es indispensable: 

                                       porque las podré pasar canutas
                                       pero a corrales no me devolvieron nunca

Isabel Salas




martes, 6 de febrero de 2018

LOCOS BAJITOS


"A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor"

                                                                               Esos Locos Bajitos

                                                        Joan Manuel Serrat



Algunos de esos "locos bajitos" van por ahí, (a ratos), con nuestros gestos, nuestro pelo y nuestra camisa. Dejo un link a la canción para quien no la conozca.

Besos



sábado, 3 de febrero de 2018

MADRUGADA


Madrugada.

Nunca he sabido si a esas horas la calle está medio llena o medio vacía, casi dormida o casi despierta... si la bandera de la ciudad se está izando o si por fin, agotada, baja lenta y pringosa, buscando una cajita de madera que huela a cama limpia.

Metida en esos zapatos que se empeñan en hacer más jaleo que de costumbre, voy constatando, una vez más, como a esa hora los charcos brillan más que nunca y el gris es mucho más gris. Me acompañan a ratos algunos perros callejeros aburridos y curiosos, y me agrada esa compañía espontánea y desinteresada aunque no me siento capaz de demostrarlo para no crearles falsas espectativas a los perros sin casa.

Se mezclan varias cosas en mi mente y en mis oídos, el miedo de volver a casa sola, el disgusto  y la pena de encontrar personas durmiendo en la calle con el rostro escondido bajo cubiertas improvisadas, el eco de la charla recién compartida con conocidos, el ruido de hielo en los vasos, el portazo de miles de  casas donde nunca entraré y esa canción que no sale de mi cabeza por mucho que quiera concentrarme en lo que me rodea.

Definitivamente, las madrugadas no se hicieron para caminar sola y el paso se acelera deseoso por llegar a casa.

La luz se transforma al doblar una esquina y deja de ser cenicienta para mostrar unos tonos anaranjados que huelen a sol. Enseguida, los charcos bajan el volumen y la canción en la cabeza deja de brillar tan fuerte.

Un bulto en la acera se gira. 

Al moverse, la manta descubre unos ojos de hielo que me miran por un instante y enseguida vuelven a cerrarse con un portazo. Por un segundo creo escuchar la canción que baila en la mente de ese hombre que ya ha izado todas sus banderas y miro la botella que yace a su lado.

Completamente vacía.

Indiscutiblemente vacía.

Tan vacía como una calle de madrugada y tan llena de canciones y risas con amigos como cualquier fiesta medio llena o casi vacía.

Mi puerta se acerca. 

Tras alcanzarla y trasponerla, el portazo es inevitable pero inaudible para los charcos. Han dejado de brillar y ya no pueden escuchar puertas, taconazos ni corazones desbocados corriendo a casa asustados por la soledad de las madrugadas.

Mi cama me abraza y cierro mis ojos tratando de imaginar como se llama el hombre que me miró un segundo desde la acera. Me hubiera gustado decirle buenas noches o buenos días, pero fui cobarde.

Mi perra viene a decirme hola.

Por fin puedo acariciar algo en esta madrugada y me duermo con la mano apoyada en su cabecita negra.

En sus ojos suena mi canción.

Isabel Salas

martes, 30 de enero de 2018

A TUS PIES



..Y aquel amor, 
cansado de esperarte, 
desplomado y exahusto, 
ahogado de estupor,
cayó sin vida 
sin tiempo a saludarte,
cubierto de sudor
frío  e infausto,
a los tardíos pies 
de tu regreso. 


Después de tanto esfuerzo 
por mantenerse a flote,
muere en la orilla, 
el valeroso bote
que tu descaso humilla.



Isabel Salas



domingo, 28 de enero de 2018

ZAPATA


Juan Diego Hernández Sarcos dejó de llamarse así cuando entró a trabajar en la Lemon Car Company y se convirtió en Zapata.

Ser taxista nunca estuvo en sus planes, ni emigrar, ni mucho menos llorar como un pendejo el día que llevó al desguace su viejo taxi. Parado en pie, delante de su coche, sintió que un ciclo se cerraba, señalando la hora exacta de regresar a su ciudad natal, recuperar su nombre, decir adiós a los limones amarillos y sobre todo, de volver a Jimena.

Ese día se sintió un poco poeta, al intentar poner en palabras el extraño sentimiento que lo embargó al comprobar que un taxi casi muerto, o casi a punto de ser asesinado, es mucho más que un simple cadáver o un ataúd. Lleva dentro muchos más difuntos  que cualquier coche fúnebre llevará jamás, pues cada una de sus piezas está impregnada con tantas impaciencias, tantos sueños y tantos deseos o reproches de cada una de las personas que pasaron por él, que al llegar al desguace, a Juan, le pareció que su  viejo compañero lamentaba y temía el momento que estaba por llegar en nombre de todas aquellas vidas que aún vivían en él.

Zapata, no sabía si era él quien sollozaba o era el coche que lloraba como él nunca había visto llorar a nadie. Podía sentir cada una de aquellas bocanadas como estertores que naciesen de sus propios pulmones obstruidos por el llanto de los veinte años que lo separaban de su linda Jimena.

Se preguntó, mientras apartaba sus lágrimas de un manotazo, si otros taxistas tendrían la costumbre de hablar con su coche como él había hablado durante tantas horas con el suyo. Él, que era el hombre más callado que sus pocos amigos conocían, había sido incapaz de decir en voz alta el nombre de su novia, en ninguna circunstancia, y sin embargo, había pasado horas y horas contándole a su taxi la salida precipitada de su ciudad, la noche en que su padre lo despertó y le dijo levanta que nos vamos.

Había llorado, con amargura, la imposibilidad de despedirse de su novia, los primeros años en California. Durante las primeras semanas en su nueva tierra, recreaba en su mente una y otra vez la forma apremiante en que su padre y su madre les habían pedido a él y sus hermanos que vistieran varias prendas y se metieran en los bolsillos las dos o tres cosas que se quisieran llevar, ya que iban a cruzar la frontera en pocas horas  en busca del sueño americano y el equipaje debía ser leve.

El Juan de aquellos primeros días, imaginaba, abochornado, las lágrimas de Jimena cuando horas después de su partida hubiera descubierto la  marcha de su novio y su familia, y cómo, y en qué grado, debió sentirse traicionada. En parte por vergüenza y en parte porque no sabía cómo pedir perdón, había dejado que los años pasaran sin entrar en contacto y sin dejar ni un sólo día de pensar en ella.

El muchacho de quince años, se había convertido en un hombre de treinta y cinco, con veinte años de duras experiencias y diferentes empleos a sus espaldas. Supo a través de amigos en común que ella se había casado y que tenía tres hijos, supo también que el marido era un buen hombre cuando no bebía y que cuando el demonio del tequila le nublaba la razón convertía a Jimena en saco de boxeo. Supo que a uno de sus hijos lo atropelló una moto y que en el entierro ella se desmayó y al caer se rompió dos dientes.

Supo también que ella nunca más había vuelto a pronunciar su nombre y que si alguien intentaba darle noticias de Juan o su familia, ella se daba la vuelta y se alejaba.

Y ahora,  esperando el momento en que la máquina compactadora acabase con todos los miles de alientos que aún vivían en la respiración de su coche, supo que solamente una cosa sobreviviría a aquel impacto mortal: su deseo de volver a Jimena.

Un golpe fuerte le recordó el portazo de su casa veinte años antes, cuando su madre cerró con lágrimas y sin llave la puerta del único hogar que Juan había conocido.

Un portazo metálico que le decía sin lugar a dudas que los caminos se pueden andar en los dos sentidos y que era la hora de volver.

Zapata murió allí mismo, junto al taxi amarillo.

Juan Diego Hernández Sarcos, pronunció por primera vez en tantos años el nombre de su amada seguido de una promesa.

Isabel Salas