miércoles, 20 de septiembre de 2017

ESPEJISMOS


Tanto quise creer que eras mío, que lo creí a pesar de todas las evidencias en contra y todas las advertencias del mundo, de las amigas y del sentido común.

Miraba ese castillo encantado flotando en el calor del desierto y no comprendía que en los corazones desiertos, como el mío, los espejismos se clavan como si fueran agujas de verdad y no sombras flotantes temblorosas y calientes.

Como chinchetas en la manzana se clavan.
Como tú en mí, así aquel espejismo bonito se clavó en mi alma.

Yo me sentaba a mirarlo mientras tú te ibas al cine a ver otros espejismos más sofisticados, enlatados... fabricados por otros corazones más poblados y felices.

Más profesionales.

Tus palomitas eran de verdad y tu refresco, el perfume de la sala, el aire acondicionado y el asiento mullido, todo de verdad. Lo mío todo inventado por mí. Sin sala ni fresquito, sin asiento y sin entrada, pasé horas soñando con la película que yo misma rodé, dirigí y protagonicé contigo.

Sólo mis palomitas eran de verdad, como las tuyas.

Caseras, recién hechas y con el punto perfecto de sal.

Isabel Salas

lunes, 11 de septiembre de 2017

SOLDADOS FRÍOS



Algunos hombres han pasado tanto frío que nunca más encuentran la manera de calentarse del todo.

Eso me dijeron varios, especialmente algunos, que fueron soldados en guerras lejanas o cercanas de las que yo no participé directamente pero que conocí a través de ellos. Con el tiempo, aprendí que es cierto y que ellos nunca se calentaban completamente, la mirada, las manos, el alma o el corazón permanecían guardando la perla de sangre helada.

He visto como el frío, que un día se instaló en ellos, los invade de mil maneras en las horas más inesperadas, cuando los demás creemos que ellos han pasado página sin comprender que en todas las hojas está escrito el mismo renglón. La malaria mal curada de hielo y pesadillas, vuelve una y otra vez, siguiendo un ritual maldito que los obliga a temblar y a llorar. He sentido a su lado esa ráfaga helada que viene a envolverlos con otros fríos de noches en el monte, de muerte, de amigos desangrados y de enemigos que aún les piden en sus pesadillas que no los maten.

Mi vida ha estado rodeada de soldados y guerrilleros sin que yo haya hecho nada por buscarlos o por preferirlos entre otros hombres. Desde mi suegro, que luchó en la guerra civil española y que después se quedó en el monte muchos años con los maquis intentando resistir románticamente al fascismo de Franco,  hasta otros, de varios países, que por circunstancias diferentes han hecho parte de mi vida por días o años y han sido mis parejas, mis amigos, o sólo aves de paso que han parado unos minutos en mis cables para hablarme de lo frías que son las noches de las batallas en las que les tocó luchar y de como ese tremenda frialdad forma ahora parte de ellos.

Todos me han hablado del mismo modo con las mismas palabras y las mismas lágrimas en la voz, todos dicen, cuando están sobrios, que ellos estaban allí pero nunca mataron a nadie, y todos hablan de la mirada en los hombres que mataron, cuando están borrachos, y siempre es la misma mirada. 

Me la han descrito voces diferentes que han estado en diferentes guerras, en diferentes años y en diferentes sitios y es siempre la misma: la mirada de la persona que sabe que la vas a matar y que pasa del odio o del miedo al estupor y a la fraternidad pasando por el entendimiento y hasta el perdón en muchos casos y todos han dicho antes o después que el frío parido por esa última mirada es un escudo que los aísla del resto de las personas, un manto pesado que los mata poco a poco y no los deja calentarse del todo jamás.

Recuerdo una espalda llena de metralla y la curiosidad de mis dedos cuando por primera vez tocaron aquellos pedacitos metálicos a través de la piel en una tarde de amor. El hombre que me abrazaba me mintió, dijo que eran cachitos de vidrio consecuencia de un accidente y que no merecía la pena extraerlos, y yo, que tengo una tendencia suicida a creer las mentiras de los hombres que amo, lo creí como creía que él no mentía o que nuestro amor era la prueba viva de que Ricardo Montaner era un enviado divino para hacer la banda sonora de nuestro amor eterno.

Cuando quiso contar la verdad y me habló de las bombas y de la cárcel o de las torturas, ya había contado tantas mentiras que Montaner no resistió y se fue con su sillón de la paz, sus ganas de acariciar y sus habitaciones vacías a colgar pasiones en otras paredes llevándose un pedazo de mi alma que hasta hoy no recuperé.

Recuerdo que el dueño de aquella metralla me dijo que lo peor era saber que las bombas no miran a los ojos de nadie y no escogen a quién reventar con más piedad, tampoco olvido cuando paraba el coche para pedirme que lo mirara un ratito o me despertaba de madrugada para mirarme con sus ojos negrísimos de carbones brillantes hasta que llorábamos los dos y enseguida me preguntaba que canción quería escuchar.

Se levantaba, y desnudo, me cantaba lo que le faltaba a nuestras vidas, haciéndome soñar con caminadas bajo la lluvia mientras yo besaba sus barcos y sus flores con mis gotitas de colores. Como cualquier hombre enamorado, desafinaba sin pudor jurando amor eterno, estiraba las noches y llenaba de magia nuestro mundo, convirtiendo la metralla en estrellas durante el tiempo que el sueño nos duró.

Perdimos la batalla y el frío ganó, el frío que le impidió confiar en mí, que lo hizo mentir y que nunca lo dejó estar caliente a mi lado y sentir la paz que tanto buscaba y que yo le ofrecía a chorros.

Llegaron otros amores después de él, otras noches de abrazar y cantar, y otros guerreros. Hay una que me marcó mucho, con ella sueño hasta hoy en mis pesadillas: la noche en que otro de esos soldados soñó con el frío estando en mi cama. Me despertaron sus manotazos y sus sollozos. Temblaba mucho y mi primera intención fue cubrirlo y acercarme a él para calentarlo. Me llamó la atención que gestos tan rápidos y agresivos viniesen acompañados de un llanto mansito de niño castigado y sin reflexionar demasiado me intenté acoplar a su cuerpo para calmarlo. Él estaba en plena pesadilla soñando que lo mataban  y al sentirse tocado, aún entre sueños reaccionó golpeándome y tratando de estrangularme.

Se defendía, no me atacaba, lo entendí así y reaccioné instintivamente quedándome flojita, sin ofrecer resistencia, calculando científicamente cuanto aire tendrían mis pulmones y si resistiríamos el tiempo suficiente para que él se diera cuenta de que yo no era el enemigo, ni estaba oponiendo resistencia ni quería hacerle daño.

Noté que no reaccionaba y me arriesgué a moverme un poco. Rocé su rostro con la mayor suavidad posible pensando que no estaba funcionado mi estrategia de supervivencia y que me quedaban muy pocos segundo antes de desmayarme. Al toque, él abrió los ojos y me miró. Aunque sus manos aún estaban apretando mi cuello, la presión cesó instantáneamente y se convirtió en una caricia desesperada que nunca olvidaré. Mientras sus labios pedían perdón mil veces yo no podía hablar, él lo notó y me sopló aire varias veces como se hace con los ahogados, me trajo agua, me mojó las muñecas y me preguntó que podía hacer para que yo me sintiera mejor.

Sin dudarlo le pedí:
- Cántame la canción que más te guste.

Y él cantó.
Abrazados los dos me cantó una de Edih Piaf que habla sobre no arrepentirse de nada ni lamentar el bien o el mal que hayamos cometido pues todo está olvidado y nada importa más si somos capaces de empezar de cero.

Cuando terminó, él me dio las gracias por ser tan buena y me explicó que la única cosa caliente que nunca se enfriaba eran las lágrimas. Ese día pensé que yo había vencido, por fin, al frío maldito que se lleva a mis hombres, pero no, sólo se retiró a un rincón y regresó meses después a convidar a mi soldado a unos tragos que hicieron que sus manos quisieran golpearme incluso sin estar soñando.

Después de muchos días bebiendo dejé de parecerle buena y me convertí en el enemigo a ser aniquilado. Golpes, insultos, humillaciones y el dramático final de los adioses que huelen a cerveza.

Siempre pierdo las guerras.

El frío siempre se lleva a mis soldados lejos de mí y me recuerda que algunos hombres han pasado tanto frío que nunca más encuentran la manera de calentarse del todo.

Al menos no conmigo.

Y la culpa es de mis ojos, que miran demasiado cuando me están matando.

Isabel Salas

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CONMIGO


Y yo, 
que nunca quise ir a la guerra, 
tuve que organizar una 
para no morir.

Tuve que hacerme
guerrillera en la sierra,
aprender a luchar
a la luz de la luna
y entender que es la muerte
quien te enseña a vivir.

Yo, que mecí tu cuna
y te llevaba al parque,
tuve que hacerme fuerte,
y entender que cuidar,
también es combatir.

La lista del mercado
se llenó de palabras
de lucha y de disputa,
y por eso hay quién diga
que más que una mamá,
enloquecí,´
perdí el control
y soy sólo una puta.

Cambié las nanas
por canciones marciales
letras de amor
por músicas paganas,
y regresé a la escuela,
para cursar nuevas asignaturas,
que me permitan,
defender tu tutela.

Y allí,
entre oficinas y jefaturas,
aprendí muchas cosas.

Que no estoy sola, 
que somos miles,
que las espinas 
preceden a las rosas.

Y mientras digas,
"mamá, 
yo quiero estar contigo"
lucharé con quién sea
para que estés conmigo.

Isabel Salas




viernes, 8 de septiembre de 2017

ABRAZO AÑEJO


Para las penas viejas,
poemas nuevos,
y renovadas 
flamantes buenas caras
para los malos 
tiempos longevos.

Nuevas ovejas
cantando el mismo salmo,
gritando el mismo amén,
para que nada obstruya
el chorro de aleluya
que bebe el palafrén.

Y en cada nueva muerte,
el mismo rostro triste
de cadáver inerte.

Inocencias frustradas
esperanzas podridas,
convicciones perdidas.

Y el mismo canto,
sumiso canturreo
que agradece el espanto
a esos crueles dioses
que imponen las llegadas
y los adioses.

Lo nuevo nace 
para hacerse viejo.

Por un instante
se abrazan ambos
en un abrazo añejo.

Y se despiden
desconsolados,
sin entender
porque nacen y mueren,
abandonados.

Isabel Salas