domingo, 15 de abril de 2018

SILENCIO

Deja de doler como una flor que agota su perfume y ya no huele a nada, sin alardes, sin ruidos, sin gritar que se acaba, sin llamar la atención. 

Así es el amor cuando se acaba, silencioso. 

El mío, al menos, es así, mientras ama y respira, canta, sueña en voz alta, piensa en poesías, pide atención y versos. Usa el pasado como escalera para alcanzar lo nuevo que aparece y tiene la mirada perdida en el futuro, en los planes de hacer el resto del camino juntos, en el propio camino y en los ojos que evitan que busque en otros ojos. 

Después, cuando lo están matando se defiende, suplica, grita lo que siente, y llora. Se aleja, vuelve, se vuelve a ir, y de nuevo regresa pidiendo explicaciones, se desborda de todas las maneras, insulta, empuja y vuelve a regresar, sin miedo, sin vergüenza, sin pensar en mañana ni en ayer, sólo en los golpes que recibe y que no entiende. 

Ese proceso dura lo que dura, sin leyes que decidan lo que un amor puede sobrevivir y resistir o persistir. Y duele tanto. Duele tanto todo, que deseas que acabe como sea. Reúnes las fuerzas que le quedan a tu amor que agoniza y te acercas de nuevo a encajar nuevos golpes deseando que alguno sea fuerte y letal, definitivo, resolutivo, eficaz y mortal, y por fin, uno, cumple los requisitos y termina el trabajo. Y ni lo notas.

Tardas un tiempo en reaccionar y comprender que estás queriendo que camine un cadáver y el muerto no respira. Por asegurarte pones un espejito delante de la boca de la flor de tu amor y compruebas feliz que no hay aroma. 

Las flores muertas no perfuman el aire, ni lloran, ni padecen. El silencio es total. 

No hay nada más callado que una flor sin perfume. 

O tal vez sí, una mujer callada. 

Isabel Salas

viernes, 13 de abril de 2018

LA MÁSCARA



Demasiado cara la máscara cara
que todo enmascara.
Demasiado bella
y cruel,
demasiado ella.

Dejo de ser yo,
con mis sabores y mis dolores.

Dejo de ser de carne
para ser de papel,
impregnado
en perversos colores
que ahogan mi piel.

Dejo de ser yo.
Paro de parecerme a mí
para ser parecida 
a la mujer pintada
con colores 
de culo de mandril.

Isabel Salas

PASEOS NOCTURNOS


Al meterme en la cama y disponerme a dormir, me gusta elegir un pensamiento, un recuerdo o un deseo en el que enredarme hasta que llega el sueño. Hace años solía escoger un libro, pero últimamente,  mis ojos deben estar mal graduados y no funcionan bien con las gafas que tengo, por eso dejé de perderme en los fabulosos mundos de papel a la hora de acostarme y me voy de excursión mental por esas callejuelas íntimas donde viven los besos, los amores, los sueños y esos deseos secretos que me acompañan cuando todo lo demás está callado o muerto, o las dos cosas o simplemente se vuelve inalcanzable.

En el número 15 de esa calle, vive aquel beso andaluz que todavía hace temblar mis labios al recordarlo. me gusta, a veces, pasar por delante de su puerta y mirar de reojo el muro tras el que se esconde. Tal vez alguna noche coincida que se asoma a respirar una bocanada de aire pirata mientras paseo por allí,  y nos encontremos.

No tengo muy claro qué podría decirle, caso fuese necesario decir algo. Posiblemente, en su momento todo se quedó dicho y no veo necesidad de repetirnos. Paso por allí sólo por el gusto de hacerlo, de sentir que aún vive el temblor aquel que nacía cuando mis labios se juntaban a los del hombre que me regaló una ecuación matemática llena de mentiras indemostrables. Paso fugazmente, ligera, sin ruido, sin lágrimas, tal vez sin rencor, posiblemente sin propósito, simplemente porque me gusta, porque el recuerdo es mío y al final, los recuerdos que guardamos de lo vivido son la única posesión que nos acompaña en todas las maletas que hacemos y deshacemos a lo largo de la vida.

Otras veces me meto por la callejuela que hay a la derecha de la parada de autobús y veo como los hombres regresan del trabajo con su uniforme azul clarito. Es imposible evitar que nazca una sonrisa al verlos bajar a todos. 

Mi clítoris recuerda aquella sensación de locura cuando por culpa de cierto hombre grandote con sonrisa de niño, todos los uniformados de aquella empresa me hacían desear una cama, una bañera o cualquier lugar donde pasar unas horas tocando y siendo tocada como nadie hasta ahora lo hizo.  Aquellos hombres despertaban en mí, la locura por estar con el mío, por llamarlo, por escucharlo mientras me explicaba lo mal aprovechados que estaban los recursos humanos y mecánicos de la empresa donde trabajaba y cómo él lo organizaría mucho mejor.  Cada uno de aquellos hombres, al bajarse del autobús, me despertaban las ansias de estar con él, de mirar el teléfono esperando su mensaje de te paso a buscar y de controlarme para no ser pesada y que no se cansara de mí. Alguno de aquellos hombres al pasar cerca de mí, me sonrió o me dijo alguna tontería de esas que dicen los hombres cuando bajan de los autobuses y ven una mujer que los mira con ojitos soñadores.

Esas sonrisas y las que yo les devolvía están todavía allí. Caídas entre las piedras de la calzada, incrustadas en las grietas de la acera. No sé si alguien me creería si yo dijera que cuando la noche es muy oscura, brillan como estrellas en la oscuridad del asfalto. Mirarlas es casi como levantar los ojos al cielo y sentir que todo tiene sentido y que a veces es posible que los buenos ganen. Contemplarlas es reconocer en mí la capacidad de seguir sonriendo a pesar de que él ya no se baja de aquel autobús y de  aceptar, con tristeza infinita, que los uniformes azules ya no funcionan como antes, pero hay tantos colores en el mundo que siempre queda la esperanza de que algún tono de verde o de naranja, pueda tener el mismo efecto alguna vez.

Cuando me alejo de la parada y subo por la cuesta de la zapatería, siempre me sorprende el nudito de lágrimas que quema en mi garganta y siempre digo bajito un nombre entero para mandarle suerte, aire acondicionado, paz y deseos cumplidos al hombre aquel, que sin lugar a dudas, fue el que más sonrisas supo sacar de mi boquita chica, cuando estaba conmigo y cuando no estaba y hacía que otros hombres me devolvieran las sonrisas que mis ojos derramaban al pensar en él.

También me gusta asomarme a la plaza de los deseos, allí tengo una fuente preciosa, con un caño grande de agua fresca que me recuerda el ruido de la Alhambra y el sabor de las tardes de domingo en Campinas. El sonido del agua está lleno de pasado pero perfumado de futuro. De posibilidades, de besos por llegar, de hombres a los que amar  y de sonrisas por brotar.

Es mi lugar preferido, allí me repongo del cansancio y me preparo para continuar la jornada que al día siguiente se reinicia. Hay un banquito azul turquesa debajo de una painera enorme que siempre está florida y me gusta sentarme allí a observar los otros árboles de mi plaza encantada, las acacias que llenan de alfombras amarillas el suelo, el baobá de la esquina que sale hacia la avenida de mañana y el limonero que sabe bailar como un sauce llorón. Algunas noches me asusta pensar que tal vez llora y soy yo la que no sé distinguir entre los bailes y los llantos de los árboles.

Me duermo así acurrucada entre amores por llegar, acompañada por los que ya se fueron, arrullada por el agua clara de las fuentes eternas cargadas de futuro y la música bonita que siempre sale de alguna ventana entornada donde viven nuevos besos que aún no me hicieron temblar, pero prometen ser inolvidables.

Isabel Salas

sábado, 7 de abril de 2018

CICATRICES


Hace tiempo leí que los árboles al enfrentar el viento, conforme van creciendo, van rompiendo su corteza y es así que se fortalecen. Sin esa provocación la corteza sería lisa y suave como el forro de una semilla, pero al cimbrearse, doblarse, enderezarse y resistir las embestidas de las ventarías, los arboles se van rompiendo por tantos lugares que eso los hace elásticos y resistentes. El resultado es ese tronco arrugado que conocemos.


Hoy he tocado un árbol de otra manera, estaba esperando a alguien en una sombra y de pronto me acordé de aquella lectura que explicaba la razón por la que los árboles necesitan romperse para crecer fuertes. Sin esa corteza áspera mil veces rasgada y recompuesta, tendrían una piel sin resistencia que les impediría crecer y ponerse fuertes y grandes.

Crecerían hasta un punto y colapsarían.

Su poder viene de sus heridas.

Estiré la mano y toqué el tronco con levedad, queriendo sentir en mis dedos la profundidad de aquellos surcos. Imaginé como cada desgarro había sido hiriente y me acordé de Rubén Darío que decía aquello de dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente. Él estaba expresando lo que tantas veces he sentido, sentir duele, crecer duele, ser persona duele, amar duele.

Todo duele antes o después

Al tocar el árbol pensé en mi corazón tantas veces roto, tantas veces  herido, recordé algunas de mis lágrimas, algunas muy amargas, otras dulces, pero todas dejaron su huella en él. Quise imaginarlo como un corazón de madera, y agradecerle su capacidad de cicatrizar. Mi corazón de madera, que se puso arrugado para hacerme fuerte y poder vivir sin colapsar ante tantas tristezas.

Tocaba las cicatrices del árbol como si fueran mías y dejándome llevar por el momento apoyé mi frente en el tronco. Sentía el dibujo del árbol marcarse en mi piel. Cerré los ojos.

Con mis dos manos apoyadas en el tronco, como se han apoyado tantas veces en el pecho de un hombre dejé mi mente en blanco concentrada apenas en aquellos tres puntos de apoyo que me conectaban al árbol. Y sentí su beso. Mi primer beso de árbol.

Me vino entonces una idea, intuí porque las personas graban corazones en los árboles. Porque están hechos de madera. Llenos de cicatrices como nosotros . Porque quien aguanta el viento bien puede aguantar una mano de hombre enamorado.

Porque en algún lugar hay que dibujar corazones ... y no hay mejor lugar que en otra corteza.

Isabel  Salas


domingo, 1 de abril de 2018

LA TORTILLA SIN HUEVOS


El hambre que se pasó en la guerra, fue seguida del hambre que vino en la posguerra. Todos cuentan que fue mucho peor, más dolida y mucho más cruel. En las casas de los que perdieron la guerra, el hambre  de comida se sumaba a otras hambres. Hambre de justicia, de paz, de consuelo. Hambre de seres queridos, arrancados de la casa y lanzados a las cárceles a esperar la muerte. Hambres de besos. 

Tantas hambres se juntaron y tanto desespero que a algunos se les trastornó el juicio. Otros se transformaron en personas diferentes a lo que imaginaron ser de niños y tanto cambiaron que ni ellos se reconocían. Unos sacaron fuerzas de flaqueza, otros sacaron lo peor de sí mismos, otros lo mejor...y hubo gente que hizo cosas que atravesaron el tiempo y el espacio y llegaron a mí a través de historias.

Me contaron que se inventaron nuevas maneras de sacarse las ganas de todas las cosas que faltaban y nuevas mentiras para los niños. Se improvisaron nuevas putas que jamás pensaron tener que ser putas. Se patentaron nuevos consuelos para penas tan nuevas que nadie sabía como vivir con ellas.

Hubo una mujer, a la que le mataron a todos los hijos y al marido. No le dejaron nadie a quien cuidar y así ,de camino, también la dejaron sin miedo. 
Se compró un velo de viuda, de esos que cubren la mujer de arriba a abajo y para joder se pasaba el día deambulando por el pueblo de iglesia en iglesia. No rezaba, pues no quedaba ningún Dios merecedor de su fervor, apenas usaba esa estrategia para hacerse presente. 

Visible.

Pasaba lentamente por las calles, en invierno o en verano siempre con aquel luto perpetuo y riguroso que hacía con que a los asesinos de su gente  se les anudasen las tripas al verla venir. Cuando ella pasaba por la plaza, ellos se volteaban para no verla.

Nadie podía decirle nada ni reprocharle nada. Era su derecho de viuda vestirse de luto. Ni siquiera los niños conseguían burlarse de  ella y de su manto negro, pues hasta ellos sentían la gravedad de aquel gesto y la intensidad de aquel dolor. Hasta ellos captaban la profundidad de aquel silencio denso que acusaba a los asesinos sin decir  nada.

Esa mujer tenía un nombre, lo recuerdo muy bien pero no hace falta decirlo. Es mi manera de homenajear a todas las madres  que siguen haciendo la guerra con un velo cuando las balas ya se han callado. 

Preguntando dónde están o calladas, con velos negros o blancos.
En mi plaza o en la tuya.

Hubo otra anciana, en el mismo pueblo, dos calles más allá, que se vio obligada a recibir en casa a sus dos hijas viudas con sus hijos. 
Una casa de un cuarto. Un marido viejo que se arremangó de nuevo y empezó a trabajar como un mozo, mientras le dieron las fuerzas, para terminar de criar a los ocho nietos sin padre que sus hijas habían juntado.

Esta mujer tenía gente a la que cuidar y por eso todavía creía en Dios. Todos los días entraba en la iglesia para agradecerle los nietos vivos, las hijas vivas y las fuerzas de su viejo. A ofrecer una oración por sus yernos fusilados y pedir la ayuda de su  ángel de la guarda para que cuidase de la salud del esposo.

Tres mujeres, ocho niños, mucha hambre y mucha gratitud por la presencia de aquel hombre en casa que era el amparo de todas. Cuando los niños crecieron ayudaron al abuelo y así salieron adelante.

Esta mujer tenía muchos nombres, Catalina, María, Teresa, Soledad, Encarna...escoge el que te guste porque a ella no le va a importar con que nombre la conoces.

Y hubo otra mujer de la  que ni siquiera recuerdo el nombre.  
De todas las historia de posguerra que me contaron, la suya para mí era la peor de todas, la que más miedo me daba. Era una mujer que vivía sola. No tenía nadie a quien cuidar ni nadie la cuidaba, no tenía nadie a quien llorar o tal vez se negaba a darle ese gusto a los que miraban las lágrimas rojas como si fuesen lágrimas de risa, sin compasión.

Ella estaba tan canija y tan débil que raramente salía de casa. Tenía miedo de todo, de los ganadores y de los perdedores. Hoy en día le habrían diagnosticado síndrome del pánico o algo parecido, pero en esa época había tanto pánico que el suyo pasaba desapercibido. Comía de la caridad de los que tenían al menos un poco que repartir. 

Ella no tenía nada que repartir.

Ni sillas, ni muebles, ni cama, ni colchón... todo lo fue vendiendo. Su hora de comer era esporádica, pues dependía de la memoria de los demás, y los demás eran personas que  estaban un poco desmemoriadas del hambre que ellas mismas pasaban, y a las que les costaba repartir la naranja del nieto con la mujer olvidada. Cuando después de unos días sin aparecer nadie por allí, comprendía que la muerte estaba cerca, practicaba un invento suyo que siempre le funcionó.

En aquella época de tanto talento y tanta innovación ella inventó la tortilla sin huevos. Salía al patio de atrás de su casa y  golpeaba un tenedor contra un plato  como cuando estamos batiendo un huevo para hacer una tortilla.

Empezaba despacito e iba incrementando el ritmo con gran agilidad de muñeca y su mirada perdida en el plato vacío. La calle iba quedándose en silencio. Todos iban deteniendo sus quehaceres y  levantaban la cabeza. La viuda, la abuela, los niños, el cura, los asesinos, los perdedores y los ganadores.

Todos sentían la sangre hervir.
Todos congelados.

Y todos sabían que ella solo pararía cuando escuchase un golpe en su puerta avisando. Un golpe de suerte. Un golpe de aviso, de ahí tienes comida. 

Un golpe mortal que hería a todos por igual. 

Cuando ella se detenía, algunas cabezas  bajaban rezando, otras llorando, otras aliviadas, algunas avergonzadas ...muchas con miedo. Sin saber si ellas tendrían el valor  de hacer lo mismo. De tener los cojones que hay que tener para hacer tortillas sin huevos.

La viuda reanudaba su paso.
La abuela acunaba a su nieto.

Bocas apretadas, puños cerrados.
Y el pueblo  arrancaba otra vez, inventando nuevas maneras de sobrevivir a tanta hambre.


Isabel Salas

        Del libro EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSER

sábado, 31 de marzo de 2018

AVE DE PASO


Ave de paso soy,
sin prisa ni retraso.

de cielo en cielo voy,
sin temerle al fracaso

Y me lo dices tú,
árbol de viento,
molino cuyas aspas
ignoran lo que siento.

Nada de mí conoces.

Apenas imaginas
la fuente de mis goces,
o el grado del seísmo
que me dejó en ruinas
al borde del abismo.

Y tus ramas me espantan 
en lugar de abrazar.

Tus hojas son de acero
y me avisas, sincero
que me pueden cortar.

Eres árbol arisco, 
 tronco huraño.
Tu gesto es montaraz
sin el brío de antaño.

Corazón inflexible
coraza impenetrable.

Un galán indomable
que se niega a ser nido
de mi vuelo sensible.

Y así, cierras la puerta,
el alma y la ocasión
de ser árbol de nido.
e ignoras mi pasión.

Y yo, 
ave que pasa 
solitaria y exhausta,
detengo mi volar por un segundo
para admirar la palma de tu mano,
que se negó 
cargada de razones,
a ser mi mundo.

Isabel Salas

martes, 13 de marzo de 2018

MI CUERPO CANTA

Mi orgasmo
es un poema de rimas arrimadas.

Un recital 
de estrofas derramadas,
nacido 
en el alma mortal
de cada uno de  mis órganos vitales.

Canto
 que saluda al mundo,
sin vergüenza ni pena,
inmaculado rayo
de luna llena
bañado en  aguas genitales.

 Desvarío letal.
Música, sonrisas, 
miradas que se buscan
en una unión total
de pensamiento, palabra y obra
como los pecados
preferidos de Dios.

Descontrol y locura
y muchas veces manso llanto.
Risa, desespero,
dulzura
y canto.

Exaltación de todos los sentidos,
los cinco  
por todos conocidos
y los improvisados
 que inventamos tú y yo
cuando
nos amamos.

Isabel Salas

Del libro
NAVAJA DE LLAVERO

miércoles, 7 de marzo de 2018

HORA DE MÁS





Que interesantes son las caricias lascivas. Rozan por fuera y queman por dentro. Afectan al entendimiento, a las ansias. A la sangre.

Te dicen quién eres.Te recuerdan lo que quieres y a quien quieres. Y cuando se apagan de tu piel... aún iluminan tu sonrisa durante horas. Basta recordarlas y las sientes de nuevo. Te envuelven, te acompañan. Te recuerdan que te aman, a quién amas.


Y cuando se vuelven lágrimas...

...es la hora de ir a buscar más.

Isabel Salas



jueves, 1 de marzo de 2018

RELACIÓN COMPLICADA


Conozco gente que define su vida sentimental en las redes sociales de la forma más estrambótica posible, escogiendo de todas las posibilidades que  nos dan los sociólogos que preparan el menú de opciones, eso de "relación complicada".

Hace unos días disfruté uno de los mejores ratos de los últimos meses pasando unas horitas de tertulia con una gente muy divertida que analizó, inesperadamente y sin piedad, que tipo de información se esconde, realmente,  detrás de esas palabras tan misteriosas. Voy a resumir sus conclusiones, y si alguien tiene otras teorías se aceptan comentarios.

En primer lugar, según se concluyó, puede querer decir que tienes un lío con alguien pero no lo puedes contar porque la otra persona está casada o comprometida con alguien y tú no puedes asumir públicamente que estás metido en un triángulo amoroso, más que nada por lo mal visto que está y porque tu amante se puede mosquear y dejarte para preservar la paz de su hogar adúltero y adulterado.

Otra opción es que el adúltero seas tú y claro está, a tu media naranja oficial le debe mosquear sobremanera que definas tu estatus civil con esa expresión tan inadecuada. En pocas palabras, si una persona casada ha comenzado a evitar disimular, en la medida de lo posible, que tiene un lío fuera y parece que está loco por formar un follón para que lo pillen faltando a tus juramento conyugales, es que está loco por terminar y se vale de esa estrategia para darle un empujoncito al inevitable final.

Una alternativa muy factible es que el que presume de relación complicada no tenga ningún tipo de relación en absoluto. Es decir, se lo ha inventado,  no tiene a nadie en su vida, ni complicado ni descomplicado, pero le da vergüenza reconocerlo, ya que por razones muy peregrinas e irracionales, hoy en día reconocer públicamente que estás sin pareja te convierte automáticamente en según que círculos, en un ser antisocial, problemático,  arisco o insensible del que muchos desconfían, y por eso escoger la insinuación de que se tiene a alguien (por supuesto) pero no se puede contar (explicar) mejor, te hace parecer normal. Complicado pero normal.

En realidad todavía queda mucha gente normal en el mundo que no se siente obligado a anunciar públicamente que se casa, se descasa o que tiene sexo complicado con alguien casado, o sexo maravilloso con personas complicadas (esto último es bastante común y ya me ha pasado, si FB considerase la opción, sexo magnífico con un loco desgraciado, tal vez lo anunciaría yo como "acontecimiento importante" cada dos por tres).🙌

Hay otra posibilidad, tienes una relación con alguien que vive lejos y eso es realmente muy complicado. Todos sabemos que el amor a distancia envuelve terceras, cuartas y quintas personas y sobrevivir a eso para tener un día una relación real de pareja que vive en la misma casa es casi imposible. Según estas personas que me explicaron, verse cada dos o tres meses y  pasar el resto del tiempo diciéndose tonterías (o prometiéndose amor eterno) por el teléfono es para gente con escasas ganas de estar juntos o un nivel de libido muy bajo o casi nulo. 

Según ello hay más personas así de lo que creemos y en ese caso pueden ser felices viéndose cuatro veces al año, y aquí paz y después gloria. Desde aquí les deseamos suerte y que todo acabe bien, sea consiguiendo estar juntos, matando miles de perdices para celebrarlo o terminando  esa relación, verdaderamente complicada, para tener otra más normal y diaria.

Y por último están las verdaderas relaciones complicadas, de las que nadie presume porque son secretas, tóxicas, raras, envuelven situaciones que no queremos hacer públicas en las redes sociales y las vivimos discretamente en silencio.

Me sorprendieron tantas teorías socio-patológicas desarrolladas a partir de un simple estatus de red social y me pregunto que parte de razón y parte de chorrada envuelve cada una de ellas.

Si tienes otra teoría y deseas compartirla, no lo dudes, aguardamos con mucho interés.😁😂

sábado, 24 de febrero de 2018

PERSIANAS


Los cascabeles mueren.
Lo sé,
los matas tú.

Al dejar de latir,
son corazones
que dejan de sufrir.

Bailes parados,
suspendidos.
Paraguas olvidados.

Matas cascabelitos
y mariposas.

Pisas sonrisas
y revientas mis cosas
con tus palabras
que parecen preciosas.

Ya no hacen ruido mis campanitas
cuando te acercas.
Ya no hay olas de risas
ni miles de palabras
que amarren nuestas prisas.

Aplastaste el sonido
de las canciones.
Dejaste sin volumen 
las emociones
y nada
nos quedó.

Solo las ganas
de lo que no pasó.

Bajaron las persianas
y la distancia, 
convertida en desgana,
nos separó.

Isabel Salas


lunes, 19 de febrero de 2018

AÑO TRAS AÑO


La araña y el araño
se besaron.

Juraron respetarse,
amarse,
acompañarse
y nunca separarse.

La araña enamorada,
año tras año,
vivía en la ilusión 
de ser amada.

Nunca esperó
el daño del araño, 
sólo cariños
y salud para juntos,
ver crecer a los niños, 
sus arañitos, 
que nacieron tan verdes,
y tan bonitos.

Hasta que un día,
el araño traidor,
se fue con otra
y la dejó solita,
sin importarle nada
la tristeza infinita
de su carita.

La araña y el araño
se separaron.

Ya no hay amor ni risas
sólo estupor,
dolor
y desengaño.

Isabel Salas


viernes, 16 de febrero de 2018

ME GUSTO


Me gusta como suena mi nombre 
dentro de tus besos.

Cómo mi luz, 
 relumbra,
dentro de tus farolas.

Mi pelo,
cuando, feliz,  
toca tus dedos.

Me gusto yo contigo,
yo con tú
yo enterita,
cuando tú estás
conmigo,

Isabel Salas

S.O.S. MATERNIDAD






Como siempre he hecho, busco en la lectura compañía, consuelo, sabiduría o diversión, y como suele suceder, encuentro un poema que pone mis sentimientos en palabras.

Seguramente, Rubén Darío no estaba pensando en la maternidad cuando escribió esos versos, pero yo, que vengo luchando desde hace años por el derecho de las madres a proteger a sus hijos, encontré en sus palabras el fiel reflejo de lo que tantas mujeres están viviendo por culpa del tratamiento que se da a la maternidad en los juzgados de familia, especialmente cuando se trata de familias donde se han vivido situaciones de violencia y de malos tratos y se tiene la mala suerte de caer en las manos de un sistema machista y patriarcal que finge defender los derechos de los niños imponiendo el contacto no deseado de estos con sus padres abusadores.

A la violencia doméstica, verbal, física o sexual, previamente sufrida en casa se une entonces la violencia institucional.

Una justicia lenta y colapsada que  hace que a los años de terrorismo intrafamiliar le sigan, despues, otros años de sufrimiento y de desgaste emocional, psicológico y patrimonial con los que el maltratador encuentra la manera de seguir maltratando a su familia.

Miles de mujeres acuden al sistema buscando protección para ellas y sus hijos, tal y como las campañas incentivan y en vez de ser protegidas, son acusadas de mentir e incluso de estar enfermas y sufrir el trastorno que inventó un pedófilo llamado Richard Gardner en la década de los ochenta,

Obligan a los niños a callarse y los dejan imposibilitados de pedir ayuda amparándose en algo llamado el secreto de justicia y también obligan a las madres a guardar silencio sobre los procesos judiciales, negándoles así la posiblidad de pedir ayuda o hacer una denuncia pública de lo que están sufriendo.

En los juzgados de familia de varios paises, se usan inventos como la constelación familiar o el inexistente síndrome de alienación parental para obligar a los niños y a sus madres a pedir perdón a sus maltratadores bajo la amenaza de ser separados caso no colaboren, se insta a las madres a desmentir sus acusaciones de violencia y abuso intrafamiliar, se asusta a los niños con separarlos de sus madres si insisten en decir que no quieren ver a sus padres, se burlan de sus sentimientos y a ambos les aplican, en fin, la cruel terapia inventada por Gardner y que él mismo llamó terapia de la amenaza, sin intentar disimular cómo y de qué manera actúa la supuesta y maldita aberración que se sacó de la manga.

A muchas personas les cuesta creer que esto sea posible y lo entiendo, a mí misma me costaría hacerlo si no fuera porque lo estoy viviendo muy de cerca.

Me preguntan a menudo porqué publico tantas cosas sobre violencia doméstica e intrafamiliar si podría estar escribiendo otras cosas, y la respuesta es muy sencilla, escribo sobre lo que me interesa, sean orgasmos, besos, o malostratos y  lo hago espontaneamente y cuando el cuerpo me lo pide, sin un plan específico o un objetivo determinado.

A veces la inspiración llega recordando un beso, comiendo un helado con mi hija en la playa o leyendo poesía.

Como hoy, leyendo a Rubén Darío, sin poderlo evitalo pensé en como la relación madre e hijos está siendo enlodada en  algunos juzgados por profesionales sin escrúpulos y como esos niños y esas madres conocen el valor de su amor, ese diamante que los demás tratan de dejar churretoso y sucio. Un amor precioso del que se burlan llamándolo enfermizo y al que amenazan sin compasión.

Dicen en Brasil que la boca habla de lo que el corazón siente y yo añado que los dedos escriben de lo que el alma padece. La poesía siempre es una puerta que me transporta a mi mundo interior y muchas veces, como hoy, me sirve de inspiracipon para escribir.

La maternidad es parte de mí, como los besos que he dado y los que aún tengo guardados, como es parte de mí escribir y como también es parte de mí luchar por lo que creo justo. No tengo ejércitos pero tengo palabras y sustituyo soldados por textos, sean prosas como hoy o poemas como otros dias.

Y me vienen a la cabeza, para terminar, otros versos mientras escribo, dos versitos que he repetido mucho en mi cabeza estos días, como un mantra gandúl, los versos de Juan Mantero que me hacen recordar que la necesidad de ser valiente para defender aquello en lo que creemos, es indispensable: 

                                       porque las podré pasar canutas
                                       pero a corrales no me devolvieron nunca

Isabel Salas




martes, 6 de febrero de 2018

LOCOS BAJITOS


"A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción; ésos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto hay a su alrededor"

                                                                               Esos Locos Bajitos

                                                        Joan Manuel Serrat



Algunos de esos "locos bajitos" van por ahí, (a ratos), con nuestros gestos, nuestro pelo y nuestra camisa. Dejo un link a la canción para quien no la conozca.

Besos



sábado, 3 de febrero de 2018

MADRUGADA


Madrugada.

Nunca he sabido si a esas horas la calle está medio llena o medio vacía, casi dormida o casi despierta... si la bandera de la ciudad se está izando o si por fin, agotada, baja lenta y pringosa, buscando una cajita de madera que huela a cama limpia.

Metida en esos zapatos que se empeñan en hacer más jaleo que de costumbre, voy constatando, una vez más, como a esa hora los charcos brillan más que nunca y el gris es mucho más gris. Me acompañan a ratos algunos perros callejeros aburridos y curiosos, y me agrada esa compañía espontánea y desinteresada aunque no me siento capaz de demostrarlo para no crearles falsas espectativas a los perros sin casa.

Se mezclan varias cosas en mi mente y en mis oídos, el miedo de volver a casa sola, el disgusto  y la pena de encontrar personas durmiendo en la calle con el rostro escondido bajo cubiertas improvisadas, el eco de la charla recién compartida con conocidos, el ruido de hielo en los vasos, el portazo de miles de  casas donde nunca entraré y esa canción que no sale de mi cabeza por mucho que quiera concentrarme en lo que me rodea.

Definitivamente, las madrugadas no se hicieron para caminar sola y el paso se acelera deseoso por llegar a casa.

La luz se transforma al doblar una esquina y deja de ser cenicienta para mostrar unos tonos anaranjados que huelen a sol. Enseguida, los charcos bajan el volumen y la canción en la cabeza deja de brillar tan fuerte.

Un bulto en la acera se gira. 

Al moverse, la manta descubre unos ojos de hielo que me miran por un instante y enseguida vuelven a cerrarse con un portazo. Por un segundo creo escuchar la canción que baila en la mente de ese hombre que ya ha izado todas sus banderas y miro la botella que yace a su lado.

Completamente vacía.

Indiscutiblemente vacía.

Tan vacía como una calle de madrugada y tan llena de canciones y risas con amigos como cualquier fiesta medio llena o casi vacía.

Mi puerta se acerca. 

Tras alcanzarla y trasponerla, el portazo es inevitable pero inaudible para los charcos. Han dejado de brillar y ya no pueden escuchar puertas, taconazos ni corazones desbocados corriendo a casa asustados por la soledad de las madrugadas.

Mi cama me abraza y cierro mis ojos tratando de imaginar como se llama el hombre que me miró un segundo desde la acera. Me hubiera gustado decirle buenas noches o buenos días, pero fui cobarde.

Mi perra viene a decirme hola.

Por fin puedo acariciar algo en esta madrugada y me duermo con la mano apoyada en su cabecita negra.

En sus ojos suena mi canción.

Isabel Salas

martes, 30 de enero de 2018

A TUS PIES



..Y aquel amor, 
cansado de esperarte, 
desplomado y exahusto, 
ahogado de estupor,
cayó sin vida 
sin tiempo a saludarte,
cubierto de sudor
frío  e infausto,
a los tardíos pies 
de tu regreso. 


Después de tanto esfuerzo 
por mantenerse a flote,
muere en la orilla, 
el valeroso bote
que tu descaso humilla.



Isabel Salas



domingo, 28 de enero de 2018

ZAPATA


Juan Diego Hernández Sarcos dejó de llamarse así cuando entró a trabajar en la Lemon Car Company y se convirtió en Zapata.

Ser taxista nunca estuvo en sus planes, ni emigrar, ni mucho menos llorar como un pendejo el día que llevó al desguace su viejo taxi. Parado en pie, delante de su coche, sintió que un ciclo se cerraba, señalando la hora exacta de regresar a su ciudad natal, recuperar su nombre, decir adiós a los limones amarillos y sobre todo, de volver a Jimena.

Ese día se sintió un poco poeta, al intentar poner en palabras el extraño sentimiento que lo embargó al comprobar que un taxi casi muerto, o casi a punto de ser asesinado, es mucho más que un simple cadáver o un ataúd. Lleva dentro muchos más difuntos  que cualquier coche fúnebre llevará jamás, pues cada una de sus piezas está impregnada con tantas impaciencias, tantos sueños y tantos deseos o reproches de cada una de las personas que pasaron por él, que al llegar al desguace, a Juan, le pareció que su  viejo compañero lamentaba y temía el momento que estaba por llegar en nombre de todas aquellas vidas que aún vivían en él.

Zapata, no sabía si era él quien sollozaba o era el coche que lloraba como él nunca había visto llorar a nadie. Podía sentir cada una de aquellas bocanadas como estertores que naciesen de sus propios pulmones obstruidos por el llanto de los veinte años que lo separaban de su linda Jimena.

Se preguntó, mientras apartaba sus lágrimas de un manotazo, si otros taxistas tendrían la costumbre de hablar con su coche como él había hablado durante tantas horas con el suyo. Él, que era el hombre más callado que sus pocos amigos conocían, había sido incapaz de decir en voz alta el nombre de su novia, en ninguna circunstancia, y sin embargo, había pasado horas y horas contándole a su taxi la salida precipitada de su ciudad, la noche en que su padre lo despertó y le dijo levanta que nos vamos.

Había llorado, con amargura, la imposibilidad de despedirse de su novia, los primeros años en California. Durante las primeras semanas en su nueva tierra, recreaba en su mente una y otra vez la forma apremiante en que su padre y su madre les habían pedido a él y sus hermanos que vistieran varias prendas y se metieran en los bolsillos las dos o tres cosas que se quisieran llevar, ya que iban a cruzar la frontera en pocas horas  en busca del sueño americano y el equipaje debía ser leve.

El Juan de aquellos primeros días, imaginaba, abochornado, las lágrimas de Jimena cuando horas después de su partida hubiera descubierto la  marcha de su novio y su familia, y cómo, y en qué grado, debió sentirse traicionada. En parte por vergüenza y en parte porque no sabía cómo pedir perdón, había dejado que los años pasaran sin entrar en contacto y sin dejar ni un sólo día de pensar en ella.

El muchacho de quince años, se había convertido en un hombre de treinta y cinco, con veinte años de duras experiencias y diferentes empleos a sus espaldas. Supo a través de amigos en común que ella se había casado y que tenía tres hijos, supo también que el marido era un buen hombre cuando no bebía y que cuando el demonio del tequila le nublaba la razón convertía a Jimena en saco de boxeo. Supo que a uno de sus hijos lo atropelló una moto y que en el entierro ella se desmayó y al caer se rompió dos dientes.

Supo también que ella nunca más había vuelto a pronunciar su nombre y que si alguien intentaba darle noticias de Juan o su familia, ella se daba la vuelta y se alejaba.

Y ahora,  esperando el momento en que la máquina compactadora acabase con todos los miles de alientos que aún vivían en la respiración de su coche, supo que solamente una cosa sobreviviría a aquel impacto mortal: su deseo de volver a Jimena.

Un golpe fuerte le recordó el portazo de su casa veinte años antes, cuando su madre cerró con lágrimas y sin llave la puerta del único hogar que Juan había conocido.

Un portazo metálico que le decía sin lugar a dudas que los caminos se pueden andar en los dos sentidos y que era la hora de volver.

Zapata murió allí mismo, junto al taxi amarillo.

Juan Diego Hernández Sarcos, pronunció por primera vez en tantos años el nombre de su amada seguido de una promesa.

Isabel Salas