lunes, 16 de julio de 2018

VUELO LIBRE



Que triste debe ser vivir en modo bolero, amando sólo una vez y arrastrando orgullosamente esa maldición como un paraguas impenetrable, siempre abierto, que impide con su dulce y total renunciación que te calen las gotitas frescas de otros amores. 

Hace muchos años yo misma anduve cerquita del precipicio de los amores únicos, lloré hasta acabarse todas las lágrimas que mis ojos eran capaces de producir y después decidí que esa misma capacidad de amar seguiría intacta e inmortal porque era mía, no dependía de nadie más conservarla o cuidarla y menos aún de los hombres a los que yo pudiese llegar a amar, me correspondieran o no.

Era mi responsabilidad mantener la llama encendida y mi derecho invitar a otros a entrar en mi caverna a disfrutar del fuego eterno de la hoguera entrañable y así ha sido y así sigue siendo. Otros amores vinieron después de aquel y cada uno de ellos ha dejado marcas indelebles en mi sonrisa y en el brillo de mis ojos. 

Me gusta caminar así por la vida, sin paraguas y sin dudar de mi capacidad de volver a enamorarme, incluso cuando no me retribuyen el amor, me siento afortunada de poder reconocer las maripositas que nos vuelan por dentro ante la cercanía de los seres amados. Algunas llevan tantos años conmigo que hasta las conozco por el nombre, me sonríen y a veces, nos sentamos juntas a respirar rayitos de sol.

Hace unos días llegaron unas nuevas, se mezclaron con las de siempre y ya se han instalado. Parece que llegaron directamente desde un corazón clausurado que decidió cerrarse por derribo tras un desengaño. Estaban asustadas y tristes, pero ya están mejor, felices de haber llegado hasta mí, ansiosas por alborotarse cuando dentro de unos días llegue nuestro primer beso.

Yo también estoy un poquito impaciente, siempre lo fui,  me cuesta esperar cualquier cosa que deseo y los años no me han servido de mucho para mejorar en ese punto. Mientras llega el momento, admiraré  el vuelo incansable de mis mariposas, sus piruetas, los pasos de baile que parecen dar cuando varias de ellas se enredan en alguna coreografía improvisada o cuando se elevan  por encima del bien y del mal y se dejan caer como flechas de colores al encuentro del blanco perfecto, en caída libre.

Así es como más me gustan, saltando en vuelo libre, como lo hago yo, como lo hice tantas veces y como lo volveré a hacer cuando llegue el momento de abrazarme a tu abrazo.

Isabel Salas








jueves, 21 de junio de 2018

SIN BESOS


Pasear por una ciudad donde nunca has besado, es sentirse delante de todas las puertas cerradas del mundo y no saber como hacer para que alguien abra una de ellas, y con una sonrisa,  te invite a un café en una cocina que huela a navidades.

Las puertas cerradas siempre tienen ese misterio agridulce de las promesas que otros intercambian en el banco de al lado. Funcionan casi con las mismas palabras mágicas que los corazones escarmentados o los árboles desnudos. A veces conseguimos encontrar el abracadabra que rompe el hechizo y nos permite traspasar todos los umbrales y todas las murallas y otras no.

Otras te tienes que conformar con mirar las promesas desde fuera y oler las cocinas a lo lejos, con escuchar las caricias desde el banco vecino y aprender a cerrar los ojos para que tu amigo el sol pueda acariciarte cuando al borde del agotamiento, decidas descansar apoyando la espalda en alguna pared, de alguna esquina, de alguna ciudad donde nunca hayas besado.

El sol es tan nuestro, que no importa si nos encuentra andando por nuestro barrio o por el barrio de una ciudad ajena, siempre nos reconoce, siempre nos acaricia la mejilla con su roce amarillo, y a veces, cuando se alegra mucho de vernos, se mete en las hojas doradas de otoño y las hace brillar con su fuego. Después se desprende de los árboles, nos cerca, nos besa y nos hace sentir menos solos en medio de tantas puertas cerradas, más calientes, más amados.

Mucho menos extranjeros.

Isabel Salas  





martes, 19 de junio de 2018

DESOBEDIENCIA DE LEYES INJUSTAS

 


Rosa Parks murió en 2005, en octubre, unos pocos meses después del nacimiento de mi segunda hija, y nunca pude imaginar en aquel momento, las miles de veces que yo miraría su rostro y leería su historia, para buscar inspiración y valor.

Ella fue, el detonador que llevó a la movilización de miles de personas cuando un bello día se negó a ceder su asiento en un autobús, al hombre blanco que según la ley, tenía todo el derecho a exigírselo. Me he preguntado muchas veces si ella en ese momento de rebeldía pensó en su compañero Raymond, con quien me gusta imaginar que habría discutido previamente la posibilidad de realizar ese acto de desobediencia, en más de una ocasión.  Y también me cuestiono si recordó a Claudette Colvin, Irene Morgan o Ida Wells, otras mujeres que, antes de ella, también se habían negado a moverse del asiento en otros días y en otros autobuses sin mayores consecuencias sociales.

Dice el refrán que tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe, y ese día en Montgomery, se rompió y se transformó en un boicot al transporte público cuando Martin Luter King pidió a los otros negros de la ciudad que se transportaran por sus propios medios para protestar así contra el encarcelamiento de Rosa y ellos se unieron al llamado.

Filas de hombres y mujeres caminando de madrugada hacia sus empleos, y al anochecer, al volver a sus casas, pusieron las cartas sobre la mesa y demostraron que el dinero que se dejaba de ingresar  cuando los clientes decidían caminar, no tenía color y era imprescindible para la empresa. 

La presión para mudar las leyes creció porque tenía un valor, un costo inadmisible el que las cosas siguieran como estaban, y después del transporte, se democratizaron los cines, las universidades, los hospitales y hasta la Casa Blanca, que años más tarde recibiría a su primer presidente negro, tan bueno o tan malo como cualquier otro presidente blanco que haya tenido EEUU pero que si pudo usar el asiento del famoso salón oval, fue como consecuencia, entre otros, de aquel acto de rebeldía de Rosa.

Rosa tenía ascendencia africana, nativo americana, escocesa e irlandesa, sin embargo nunca nadie se refiere a ella como la india Rosa, o la irlandesa Rosa, esa parte me hizo siempre gracia porque yo misma que jamás he puesto un pie en Irlanda, parezco más irlandesa que ella. Pero a ella se refieren en los libros como la costurera negra que se negó a ceder su asiento aquel día y cuyo acto de rebeldía sirvió para provocar los cambios que eran necesarios en la sociedad norteamericana.

Entiendo el poder de la simplificación, y ese resumen, deja la acción de la señora Rosa, aún más intenso, como esos versos perfectos que resumen en un renglón todo el dolor de un corazón traicionado y también entiendo que muchas mujeres de hoy en día, necesitan el mismo coraje que ella tuvo para negarse a obedecer otras leyes que les quitan mucho más que derecho a ir sentadas en el trasporte publico: les quitan el derecho de proteger a sus hijos.

Actualmente, mujeres tan irlandesas como ella, tan negras, tan escocesas o tan indias, y otras chilenas, italianas, argentinas, españolas o brasileñas, se ven en el dilema de acatar leyes que las obligan a entregar sus hijos e hijas a padres violentos o negarse a hacerlo, corriendo como Rosa, el peligro de ser encarceladas por negarse a obedecer la ley.

Extraño dilema, casi tan imposible de imaginar como le sucede a un joven de hoy,  si intenta visualizar un mundo donde blancos y negros no pudieran entrar juntos al autobús o al cine. Extraño, pero no imposible, raro pero real. La pesadilla que miles de niños, niñas y mujeres enfrentan, día a día, tras la separación de la madre de un marido violento, que la ha agredido  a ella o a sus hijos incluso usando, en algunos casos, la violencia sexual contra estos.

Ante esta situación pueden suceder dos cosas diferentes, por un lado, la familia puede encontrar amparo en las leyes de género y en los mecanismos de protección que éstas aseguran, porque los golpes son evidentes, existen grabaciones de los actos violentos, la violación ha dejado marcas en los hijos, o simplemente un buen abogado o un asistente social sensato consiguen activar los sistemas de protección que existen para las víctimas de violencia intrafamiliar, doméstica o de género, nomenclatura que varía según el país del que hablemos. En esos casos la afortunada familia es aislada del agresor permitiendo que todos se recuperen en paz, sin obligarlos a tener contactos ni visitas con él, ni a la madre ni a los hijos.

Pero como en las películas de terror, o en las peores pesadillas, también puede suceder todo lo contrario. No hay grabaciones, la madre tardó en denunciar las palizas por el miedo que tenía del compañero, o los abusos sexuales en los hijos o en las hijas no dejaron material genético, ya que muchos abusadores se cuidan mucho de provocar desgarros vaginales o anales para no auto incriminarse.

El sistema no está preparado para casos así, y sucede que ante la ausencia de pruebas físicas, se pone en duda la palabra de las víctimas. No importa que toda la familia narre la misma historia y se refieran con el mismo miedo a los años de sufrimiento que pasaron, algún psicólogo dirá que lo prepararon todo para mentir al unísono y perjudicar al papá.   No importará que todos coincidan en lo que cuentan, alguien alegará que la madre vengativa y resentida se lo inventó todo y los niños ahora no saben lo que dicen y por último, alguien dirá, usando la falsa enfermedad que se inventó un pedófilo norteamericano llamado Richard Gardner, allá por los años ochenta, que están todos enfermos, que la madre y los niños necesitan ser tratados con psicotrópicos y los hijos deben ir a vivir con el papá y ser separados para siempre de la madre.

Y esto, que parece absurdo, surrealista, cruel y perverso, está sucediendo hoy día, en pleno 2018, ante el silencio cómplice de una sociedad desinformada y unos profesionales que lejos de estudiar y entender de dónde salen esas teorías absurdas, las aplican sin responsabilizarse del daño que hacen a los niños a las niñas y a sus madres.

Ante la falta de pruebas, es lógico que un hombre no pueda ser condenado a ir a la cárcel, pero esa misma falta de pruebas no significa que el crimen no se haya cometido. De hecho muchos maltratadores que no pudieron ser condenados cuando golpearon a su primera esposa, lo serán cuando golpeen a la segunda o a la tercera, o la maten, ya que el padrón se repetirá para siempre y  alguna vez, con suerte, alguien tendrá las pruebas.

Sin embargo, la misma falta de pruebas contra los agresores, se está usando para condenar  a los niños a convivir con sus torturadores, sin piedad y sin derecho a apelación, y como Rosa, aquel día, otras miles de "Rosas" se plantean desobedecer las leyes y las sentencias que las obligan a entregar a sus hijos. 

Hoy, miles de mujeres están encarceladas en decenas de países, por haberse negado a entregar a sus hijos. Algunas lo  son cuando los niños les suplican que no permitan las visitas de fin de semana o los escondan para no tener que ir a cumplir los días de convivencia con el genitor, en casos de custodia compartida impuesta.

Esas mujeres ante la imposibilidad de explicar a sus hijos que no les permiten protegerlos, prefieren desobedecer e ingresar en prisión, pues así al menos, les demuestran a sus hijos que ellas hicieron todo lo posible, y que prefirieron ir a la cárcel que acatar la cruel sentencia de entregarlos.

Son las afortunadas, pues otras son separadas de sus hijos cuando la policía entra a buscarlos en la escuela para entregarlos al papá, o son llevados a la fuerza de madrugada cuando en su domicilio irrumpen fuerzas policiales armadas y se los llevan para nunca más verlos. Esas madres no imaginan que mentira les cuentan a sus hijos cuando ellos preguntan porqué mamá no viene a buscarme o porqué mamá ya no me llama o me quiere.

En un mundo tan lleno de tensiones políticas, crisis financieras, desastres naturales, drogas y delincuencia, el dolor de estos niños y madres, pasa completamente desapercibido. Siempre habrá quien recurra a la burla fácil,  quien intente sembrar la duda sobre la veracidad de las denuncias o quien hable del dolor del padre inocente falsamente acusado.

Estoy hablando de los casos que son verdad, y es de estos niños y de sus madres que necesitamos discutir urgentemente y buscar  la manera de protegerlos.

Estos niños necesitan un Luter King que sepa ver la manera práctica de convertir el dolor en dinero, pues es de dinero que el mundo entiende. Estos niños necesitan una campaña publicitaria que sepa sacarlos de la invisibilidad y convertirlos en los protagonistas de la película de terror que están viviendo. Estos niños no son osos polares flotando a la deriva,  ni mariposas en extinción, ni los hijos de locas mentirosas, son niños que sufren al obligarlos a vivir o convivir con padres violentos y necesitan ayuda.

No hablamos de falsas víctimas, hablamos de verdaderas víctimas que no tienen más que su palabra  para contar lo que les pasó, madres e hijos que no tuvieron la inteligencia de grabar los abusos, ni la suerte de algún vecino denunciara los gritos o los golpes que se escuchaban.

Rosa Parks, se sentó en un comedor en Berlín, cuando le dijo a sus hijos que debían salir de Alemania porque la ley obligaba a sus vecinos a entregar a los judíos y ellos eran judíos. Rosa se sentó en un tren que salía de la antigua Yugoslavia con sus hijos croatas o serbios. Se sentó en una tienda de campaña en Gaza o en unas ruinas de Siria a preparar un caldo mientras intentaba calmar y proteger a sus hijos, o se negó a entregarlos en el Congo o en Sierra Leona cuando alguien quiso amputarles los brazos, porque es eso que las madres, normalmente, hacen: proteger.

Y Rosa Parks se sienta hoy delante de un juez que le exige, en nombre de otra ley, que entregue a sus hijos e hijas y renuncie a su derecho de protegerlos.  Hoy ella, no es sólo negra, es de todos los colores, y su autobús de llama juzgado de familia, hoy necesita, de nuevo, tener el valor de decir NO, y de nuevo necesita estrategias y apoyos que hagan de su gesto el detonante de los cambios que la sociedad necesita urgentemente en todos los países.

El único patrimonio realmente importante de la humanidad, son los niños. Las murallas, las estatuas, las ruinas y todos patrimonios culturales de la humanidad, pierden el sentido si no hay humanidad que los aprecie y lo que estamos permitiendo al omitir el socorro a estos niños y sus madres, es completamente deshumano.

Termino con una frase de Mario Quintana, "La felicidad bestializa, solamente el sufrimiento humaniza a las personas", y mi deseo de que el sufrimiento ya haya sido suficiente para humanizar los mecanismos de protección de estos niños.

Isabel Salas






jueves, 7 de junio de 2018

RAZONES DE SOBRA



Él, le explicó quinientas veces las mil razones por las que no podía amarla y Marta, lo comprendió. Cuando ella se alejó de él sin dar ninguna razón, Diego no lo entendió.

Parece que ninguna de sus mil razones lo convenció.

Isabel Salas

sábado, 2 de junio de 2018

NENÚFAR


En el cajón de la memoria donde se guardan cosas que merece la pena recordar, tengo guardados algunos besos.

Besos de cine, dados en la sala oscura acompañados de manos adolescentes, curiosas y exploradoras de rincones nuevos. Besos llenos de dedos y deseos que recorrían cuerpos jóvenes plantando banderitas de luna. 

Tengo otros de despedida, tristes, desesperados, llenos de lágrimas de adiós que aún me queman en la garganta al lado de los besos de bienvenida con olor a carretera y noticias de la vida que vive el ser amado sin estar con nosotros.

Hay algunos preciosos, de noches de pasión y otros de almohada, ensayando caricias que nunca sucedieron y que sólo vivían en las ansias de mi corazón.

Mirando mi cajón de besos, me siento afortunada, pues tengo muchos y casi todos me dibujan sonrisas al recordarlos. Y hay uno, allí al fondo, escondidito, único, irrepetible, que me diste tú. De pie, en una tarde helada, cerca de la calle Elvira, en Granada, un beso con nombre y apellidos: los tuyos. 

El beso más inesperado de mi vida, el menos explicado y, no lo dudes, uno de los preferidos. Dices que has comprado mis libros y que has buscado ese beso escondido en algún poema o en algún trocito de relato, que te quedaste triste al ver el brillo de su ausencia y que dudaste si decírmelo o no.

Me alegra que lo hicieras, así puedo decirte que nunca lo olvidé, y que me acuerdo de todos los detalles; tu chaqueta acolchada, tus botas, las luces reflejadas en los charcos, tu manera graciosa de sujetar mi rostro con tu mano dentro de la manopla, el olor del frío y mis ojos cerrados mientras me besabas.

Puedo decirte ahora, ya que sacaste el tema, que tu beso fue una flor rodeada de agua, un nenúfar salpicado de lluvia y que nunca, jamás, pude ver uno, después de aquel beso, sin pensar en ti.

Isabel Salas



miércoles, 30 de mayo de 2018

NI DE MÁS, NI DE MENOS



Se ha desnudado de su luz el día,
en sombra su color desvanecido,
y sobre el candelabro se ha dormido
la tibia llama que de noche ardía.
en carencia de ti, no hallo sentido
Y así, en esta tiniebla muda y fría,
ni a este mundo en que vivo sumergido,
ni al alma, en lúgubre melancolía.


¿Cómo puede vivir el ermitaño

en soledad tan honda, año tras año,

si a mí ya me bordea la demencia?

qué puñal penetrante en mi costado,

Qué silencio opresor, qué negro estado,

qué nostalgia de ti, qué dura ausencia.
FRANCISCO ALVAREZ HIDALGO
Los Angeles, 9 de diciembre de 1999



AZÚCAR Y LIMÓN

                                         

 Azúcar y limón,
uvas con queso 
y miel.

Boca 
y pezón,
tiempo, 
tinta y papel.

Brazos y piernas,
boca caníbal 
piel
y sudor.

Mordidas tiernas,
piedra 
y cincel

Puro deseo, 
sexo 
y amor.

Isabel Salas

domingo, 20 de mayo de 2018

DOLORES


Dolores Castillo siempre tuvo una relación extraña con su propio nombre. Por un lado, era el nombre heredado de su querida abuela materna, y eso la llenaba de orgullo delante de las otras nietas, pero por otro, detestaba la cara de extrañeza de los amigos extranjeros cuando comprendían el significado de la palabra y ella tenía que aclarar que en España, a las niñas, se les ponen esos nombres tan chocantes sin que nadie salga en su defensa.

En centenas de circunstancias diferentes había tenido que explicar que es costumbre, que como lo de los toros, es tradición, que son nombres de toda la vida y además, aclaraba, a las Dolores se las puede llamar Lola que es menos tétrico, o Lolita, que es mucho más sexy y evoca cinematográficamente esa imagen de puta jovencita con labios sensuales y pelo largo. Pero que ella, nunca quiso llamarse Lola ni Lolita. 

Nuestra Dolores había decidido asumir el nombre y vestirlo con gallarda entereza, sin paliativos ni eufemismos, incluso podríamos decir que con una cierta dosis de amnesia y se negó a admitir que podría venir acompañado de una especie de profecía negra de la que le sería imposible escapar.

La vida le demostró lo contrario.

No había manera de escapar a la sucesión de desdichas que siempre la acompañaba. Sus ojos se fueron pareciendo cada vez más a los de su abuela, ojerosos y tristes. Lloró lágrimas de amor, de desconsuelo, de carencias materiales y de todo cuanto pueda explicar un llanto amargo  e interminable.

Tras varias relaciones rotas sufriendo malos tratos y tristezas varias, se conformó con una vida sin pareja y decidió ser madre soltera, entre otras cosas para prevenir un litigio por custodia o cualquier desgracia de las que las separaciones les traían a sus amigas mejor bautizadas.

Después de cuarenta horas de parto tuvo una hermosa niña. Estaba agotada, exhausta pero feliz como desde hacía años no se sentía. Cuando el médico le preguntó como iba a llamarse la nena, se sintió renovada y cercana a aquella niña valiente que un día ella misma había sido, la que se negó a aceptar la maldición del nombre y nunca quiso ser la "lolita" de nadie. Sin dudarlo un segundo, inspirada por esa rebeldía que siempre la hizo desafiar al destino respondió: Orgasmos Castillo.

Sin perder la sonrisa y el brillo renacido en sus ojos tomó a su bebé en brazos y la acunó con ternura.

- Tú si vas a divertirte hija mía.

Isabel Salas

viernes, 18 de mayo de 2018

SOL EN EL CORAZÓN







Después de algunos días con el corazón apretado, hoy se ha levantado contento. Noto esa cosquillita rara que nos provoca el corazón al sonreír. Le he preguntado que ha pasado y me ha dicho que no lo sabe explicar, que él tiene motivos secretos imposibles de entender. 

Voy a aceptar esa explicación porque no tengo ganas de discutir, ni con él ni con nadie. Tengo ganas de risas y besos. De verte. 
De decir tonterías y escucharte.

Después de algunos días caminando por la noche triste y oscura del alma... noto que el sol me esta calentando los lloros y me mira. Le he preguntado si me quiere y me ha dicho que no debo preguntar, que él tiene amores secretos imposibles de explicar, y yo, soy uno de esos amores. 

Voy a aceptar su calor porque hacía tanto frío que no podía calentarme ni con nada ni con nadie.Tengo ganas de risas y besos. 

De verte. De decir tonterías y calentarte.

Isabel Salas

sábado, 12 de mayo de 2018

ESCRIBIR



Escoger las palabras exactas para escribir, es contar balas o dar patadas en huevos enemigos. Dar golpes en  cosas que me asustan, unas porque parecen muertas y podrían convertirse en fantasmas delante de mis ojos y otras, porque se mueven demasiado y remueven el aire y mis entrañas o las cosas que flotan o lo que respiramos con abusada intensidad

Escribir es mi manera de morder,  de arañar, de besar, de hacer que te cabrees con la tenue esperanza de que revientes o vengas a ordenarme el armario o arreglarme la acera que volvió a levantarse hace unos días por culpa de la misma raíz del mismo árbol del mismo vecino aquel que siempre nos miraba cuando me besabas antes de irte.

Es imaginar que vuelo, que sobrevivo, que permanezco aquí o entera, mientras me parto y el crujido se aleja hacia Saturno imitando una ola sin surfista.

Fantasear que pertenezco a alguien, que poseo,  que puedo, que estoy, que me voy cuando vengo y regreso.

Un manera que ni siquiera es mía, pues yo no la inventé, ni la compré. Caí en ella cuando caí en el pozo negro del desconsuelo, y sin querer, acerté con la forma de elevarme de nuevo, diciendo cosas que no pensaba, gritando, abriendo la boca de la mente, dejando los sonidos, derramarse para afuera de mí.

Las balas nunca piensan ni las palabras de hacer poemas. No se meditan, como las balas de las armas, brotan  del cañón de nuestras almas. salen al mundo y matan al que encuentran en el camino. 

Sin pasión ni rencor.

Es es su trabajo  y nadie culpa al pozo por existir ni al poeta por disparar poemas para salir.

Isabel Salas

lunes, 7 de mayo de 2018

lunes, 30 de abril de 2018

PAGINARIO



Después de unos meses exclusivos para México, esta semana sube a AMAZON el libro PAGINARIO para estar así accesible en otros países.Con mucho orgullo se juntan el logo de Lengua Tóxica y el mío en la contraportada. La versión para amazon llega con unos cuantos poemas más, un prólogo mayor y algunas dedicatorias, y al igual que los otros libros, estará disponible en Kindle y Papel.


Lo que más distingue al libro en su segunda edición es que aunque la fotografía de Ana Maria Walter es la misma, ahora la hemos podido subir a color y ha quedado precioso también.

La primera edición, más sobria y económica sirvió, junto a otros libros, para arrancar el proyecto de mi querido amigo Juan Carlos Tonatiuh Capetillo Jaimes, a quien agradezco su generosidad y su valentía.

Lengua Tóxica seguirá editando y espero estar en las siguientes etapas, disfrutando de su crecimiento y compartiendo con mis amigos la alegría de ver nuestros libros mimados y tratados con tanto celo como pocos podrían hacer.

A todos los que hacen parte de estos primeros pasos de la editorial, mi abrazo y mi deseo de que todo salga mejor de lo que soñamos y a Juan Carlos Tonatiuh Capetillo Jaimes un beso.

Un abrazo a los que preguntaron cuando estaría disponible en amazon y que siempre me animan a seguir, recomenzar, continuar y perseverar. Sin esos empujones, sería muy difícil haber llegado ten lejos en tan pocos años.

Muchísimas gracias



viernes, 27 de abril de 2018

HERMANAS ENTERAS


Al contrario de muchas personas que viven toda la vida ignorando de quienes son hijos o no, mis dos hijas siempre supieron que son hijas de diferentes padres. Sabemos que muchos viven toda la vida ignorando quien es su verdadero padre, pero eso es irrelevante para mí, ya que no he sido nunca adultera y no he necesitado engañar a mis hijas, ni a nadie, sobre su origen. 

Que mucha gente viva creyendo que su padre es ese señor al que su madre llama marido, a mí, me da lo mismo y creo que tampoco debería ser problema de nadie con cuantos hombres decidí procrear.

Por suerte, estamos en pleno siglo XXI, y aunque la mayoría de la gente finge no ofenderse y evita tratarme mal por existir la prueba viva de que "al menos" he tenido sexo con dos hombres, lo cierto es que en el fondo son pocos los que aceptan ese hecho con naturalidad y respeto. En realidad he tenido sexo con bastante más de dos, pero  nunca conté las paellas que me comí, ni los cafés que me bebí y debo reconocer que tampoco caí en la cuenta de contabilizar los afortunados varones a los que concedí mis favores, por usar un eufemismo que siempre me encantó y llamar favores a algo que jamás he hecho por hacerle un favor a nadie, la verdad.

Por ser una mujer adulta y tener la manía de escribir sobre las cosas que me importan, sea porque me gustan o porque me joden, pocos se atreven a ofenderme mirándome a los ojos. Temen, con razón, verse retrataditos, antes o después,  en algún poema o verse ridiculizados en algún cuento y lo comprendo, ser tan patético tiene sus contra-indicaciones, y una de ellas es,  sin duda,  el miedo de verse espejados en versos que demuestren lo mediocres o envidiosos que son.

La mediocridad viene, por supuesto del hecho de medir el valor de una persona en base al numero de amantes o maridos que haya podido tener, y la envidia porque lo crean o no, hay gente que ha pasado la vida follando muy poco o incluso, con una sola persona y no soportan que otros hayamos tenido más suerte. Si el "promiscuo" es un hombre, ya sabemos que la sociedad machista aplaude su virilidad y hasta admira su arrojo, pero si quien reconoce que vive su sexualidad con libertad es una mujer y además tiene hijos con varios hombres, las cosas cambian y las críticas son mordaces y muy crueles, aunque pocas veces los chismosos, lo hagan de frente y con valor,

Sin embargo, sus hijos, que repiten como loritos descerebrados lo que aprenden en casa y destilan el veneno  que maman en las tetas bien casadas de sus madres, tienen a veces, la mala idea de intentar ridiculizar a mis hijas o herirlas de alguna manera usando para ello la técnica ancestral de referirse con desprecio a los seres amados de la persona a quien se desea herir. En este caso, los niños se refieren a la hermana de cualquiera de mis hijas como su"media hermana".

Como mis hijas nacieron con ocho años de diferencia y hemos tenido la suerte de vivir en distintas ciudades y países, me he visto obligada, a consolarlas alternativamente en diferentes momentos cuando han llegado a casa llorando o tristes porque la fulanita o el menganito de turno ha llamado medio hermana a su hermana amada.

Mis palabras han sido casi las mismas cuando esto ha sucedido, y a lo largo de los años las he tenido que repetir en más ocasiones de las que mis hijas merecen. Las dos han nacido de mí, las dos son mis hijas y no veo interesante ni trascendente el hecho de que cada una tenga un padre, pues eso no las ha diferenciado jamás a mis ojos y las amo igual, con el mismo amor y al volumen máximo de que soy capaz

Sólo tuve unos meses de duda respecto a ese punto, y fue cuando estaba embarazada de mi segunda hija. No sé si a otras mujeres les ha pasado lo mismo, pero yo después del primer momento de alegría por saber que estaba embarazada pasé unos meses preocupada con algo que me atormentaba mucho y era el hecho de no saber si yo podría amar tanto a otro bebé siendo que amaba tanto a mi hija mayor.

Dudaba de mi capacidad de amar, y aunque había aprendido en mi segunda patria que en el corazón de una madre siempre cabe un hijo más, reconozco que muchas veces dudé de ser capaz de amar a otro ser vivo con la misma intensidad que amaba a mi hija Carmen. Me asustaba decirlo en voz alta, no tuve el valor de confesárselo a nadie y en silencio esperé el momento inevitable de enfrentar la realidad.

Recuerdo el instante exacto en que el médico acercó mi niña recién nacida a mi rostro en el quirófano. El parto, que iba a ser parto normal, después de muchas horas de dolores terminó siendo cesárea y nació una niña hermosa de cincuenta y tres centímetros y casi cuatro kilos. La preocupación que me había atormentado durante tantas semanas se disipó en menos de un segundo, y sentí el amor por mi niña inundar mi mundo.

Un tsunami de amor que no necesitaba desplazar al amor que ya existía en mí por su hermana. Un amor nuevo, recién nacido como Hélène, que lo abarcaba todo, sin destruir nada, antes bien, creando una nueva Isabel más fuerte y más capaz. Una nueva yo, madre de dos hijas, feliz por sentir que mi amor no se dividía para amarlas a ambas, sino que se multiplicaba naturalmente y sin esfuerzos.

Amor entero, por mis hijas y gratitud por el cariño mutuo que sienten una por otra y que crece año a año.

Ellas, han aprendido con el tiempo a no llorar cuando algún microbio las llama medio hermanas, al contrario,  con el sentido del humor que nace del amor y de la inteligencia han aprendido a reírse de los idiotas que tratan de herirlas.

Han entendido que existen personas completamente estúpidas, que darían algo por ser sólo "medio malvadas" o estar sólo "medio amargadas", pero como diría Ortega Cano, lo que no puede ser, no puede ser y ademas es imposible.

Trece años después del nacimiento de mi segunda hija, nos reímos con carcajadas enteras de los que intentan burlarse del amor que mis hijas se profesan y que las hace sentirse completamente hermanas. Y a mí, madre entera de dos mujeres jóvenes e inteligentes, mejores que yo en todos los sentidos. 

Hoy son ellas las que me consuelan a mí cuando los ecos de la mediocridad intentan aturdirnos y agradezco que así sea, porque al hacerme mayor, me voy ablandando más de lo que el mundo permite para poder resultar ilesa y ellas tienen la fuerza, el amor y el humor que a veces me falta.


Isabel Salas

De tantas fotografías que podía haber escogido para ilustrar este asunto, esa que puse es tal vez una de mis favoritas. Fue un día difícil, el calor insoportable se vio aliviado por la llegada de la lluvia y saqué a las niñas a la calle para jugar con el agua, refrescarnos y sentir ese aroma de asfalto caliente mojado que tanto me gusta.

La infancia de mis hijas siempre tendrá perfume de Brasil, de calor, de lluvia, de brigadero, panquecas, palomitas y abrazos.




martes, 17 de abril de 2018

SILENCIO

Deja de doler como una flor que agota su perfume y ya no huele a nada, sin alardes, sin ruidos, sin gritar que se acaba, sin llamar la atención. 

Así es el amor cuando se acaba, silencioso. 

El mío, al menos, es así, mientras ama y respira, canta, sueña en voz alta, piensa en poesías, pide atención y versos. Usa el pasado como escalera para alcanzar lo nuevo que aparece y tiene la mirada perdida en el futuro, en los planes de hacer el resto del camino juntos, en el propio camino y en los ojos que evitan que busque en otros ojos. 

Después, cuando lo están matando se defiende, suplica, grita lo que siente, y llora. Se aleja, vuelve, se vuelve a ir, y de nuevo regresa pidiendo explicaciones, se desborda de todas las maneras, insulta, empuja y vuelve a regresar, sin miedo, sin vergüenza, sin pensar en mañana ni en ayer, sólo en los golpes que recibe y que no entiende. 

Ese proceso dura lo que dura, sin leyes que decidan lo que un amor puede sobrevivir y resistir o persistir. Y duele tanto. Duele tanto todo, que deseas que acabe como sea. Reúnes las fuerzas que le quedan a tu amor que agoniza y te acercas de nuevo a encajar nuevos golpes deseando que alguno sea fuerte y letal, definitivo, resolutivo, eficaz y mortal, y por fin, uno, cumple los requisitos y termina el trabajo. Y ni lo notas.

Tardas un tiempo en reaccionar y comprender que estás queriendo que camine un cadáver y el muerto no respira. Por asegurarte pones un espejito delante de la boca de la flor de tu amor y compruebas feliz que no hay aroma. 

Las flores muertas no perfuman el aire, ni lloran, ni padecen. El silencio es total. 

No hay nada más callado que una flor sin perfume. 

O tal vez sí, una mujer callada. 

Isabel Salas

viernes, 13 de abril de 2018

LA MÁSCARA



Demasiado cara la máscara cara
que todo enmascara.
Demasiado bella
y cruel,
demasiado ella.

Dejo de ser yo,
con mis sabores y mis dolores.

Dejo de ser de carne
para ser de papel,
impregnado
en perversos colores
que ahogan mi piel.

Dejo de ser yo.
Paro de parecerme a mí
para ser parecida 
a la mujer pintada
con colores 
de culo de mandril.

Isabel Salas

PASEOS NOCTURNOS


Al meterme en la cama y disponerme a dormir, me gusta elegir un pensamiento, un recuerdo o un deseo en el que enredarme hasta que llega el sueño. Hace años solía escoger un libro, pero últimamente,  mis ojos deben estar mal graduados y no funcionan bien con las gafas que tengo, por eso dejé de perderme en los fabulosos mundos de papel a la hora de acostarme y me voy de excursión mental por esas callejuelas íntimas donde viven los besos, los amores, los sueños y esos deseos secretos que me acompañan cuando todo lo demás está callado o muerto, o las dos cosas o simplemente se vuelve inalcanzable.

En el número 15 de esa calle, vive aquel beso andaluz que todavía hace temblar mis labios al recordarlo. Me gusta, a veces, pasar por delante de su puerta y mirar de reojo el muro tras el que se esconde. Tal vez alguna noche coincida que se asoma a respirar una bocanada de aire pirata, mientras paseo por allí,  y nos encontremos.

No tengo muy claro qué podría decirle, caso fuese necesario decir algo. Posiblemente, en su momento todo se quedó dicho y no veo necesidad de repetirnos. Paso por allí sólo por el gusto de hacerlo, de sentir que aún vive el temblor aquel que nacía cuando mis labios se juntaban a los del hombre que me regaló una ecuación matemática llena de mentiras indemostrables. Paso fugazmente, ligera, sin ruido, sin lágrimas, tal vez sin rencor, posiblemente sin propósito, simplemente porque me gusta, porque el recuerdo es mío y al final, los recuerdos que guardamos de lo vivido son la única posesión que nos acompaña en todas las maletas que hacemos y deshacemos a lo largo de la vida.

Otras veces me meto por la callejuela que hay a la derecha de la parada de autobús y veo como los hombres regresan del trabajo con su uniforme azul clarito. Es imposible evitar que nazca una sonrisa al verlos bajar a todos. 

Mi clítoris recuerda aquella sensación de locura cuando por culpa de cierto hombre grandote con sonrisa de niño, todos los uniformados de aquella empresa me hacían desear una cama, una bañera o cualquier lugar donde pasar unas horas tocando y siendo tocada como nadie hasta ahora lo hizo.  Aquellos hombres despertaban en mí, la locura por estar con el mío, por llamarlo, por escucharlo mientras me explicaba lo mal aprovechados que estaban los recursos humanos y mecánicos de la empresa donde trabajaba y cómo él lo organizaría mucho mejor.  Cada uno de aquellos hombres, al bajarse del autobús, me despertaban las ansias de estar con él, de mirar el teléfono esperando su mensaje de te paso a buscar y de controlarme para no ser pesada y que no se cansara de mí. Alguno de aquellos hombres al pasar cerca de mí, me sonrió o me dijo alguna tontería de esas que dicen los hombres cuando bajan de los autobuses y ven una mujer que los mira con ojitos soñadores.

Esas sonrisas y las que yo les devolvía están todavía allí. Caídas entre las piedras de la calzada, incrustadas en las grietas de la acera. No sé si alguien me creería si yo dijera que cuando la noche es muy oscura, brillan como estrellas en la oscuridad del asfalto. 

Mirarlas es casi como levantar los ojos al cielo y sentir que todo tiene sentido y que a veces es posible que los buenos ganen. Contemplarlas es reconocer en mí la capacidad de seguir sonriendo a pesar de que él ya no se baja de aquel autobús y de  aceptar, con tristeza infinita, que los uniformes azules ya no funcionan como antes, pero hay tantos colores en el mundo que siempre queda la esperanza de que algún tono de verde o de naranja, pueda tener el mismo efecto alguna vez.

Cuando me alejo de la parada y subo por la cuesta de la zapatería, siempre me sorprende el nudito de lágrimas que quema en mi garganta y siempre digo bajito su nombre entero para mandarle suerte, aire acondicionado, paz y deseos cumplidos al hombre aquel, que sin lugar a dudas, fue el que más sonrisas supo sacar de mi boquita chica, cuando estaba conmigo, y cuando no estaba, y hacía que otros hombres me devolvieran las sonrisas que mis ojos derramaban al pensar en él.

También me gusta asomarme a la plaza de los deseos, allí tengo una fuente preciosa, con un caño grande de agua fresca que me recuerda el ruido de la Alhambra y el sabor de las tardes de domingo en Campinas. El sonido del agua está lleno de pasado pero perfumado de futuro. De posibilidades, de besos por llegar, de hombres a los que amar  y de sonrisas por brotar.

Es mi lugar preferido, allí me repongo del cansancio y me preparo para continuar la jornada que al día siguiente se reinicia. Hay un banquito azul turquesa debajo de una painera enorme que siempre está florida y me gusta sentarme allí a observar los otros árboles de mi plaza encantada, las acacias que llenan de alfombras amarillas el suelo, el baobá de la esquina que sale hacia la avenida de mañana y el limonero que sabe bailar como un sauce llorón. Algunas noches me asusta pensar que tal vez llora y soy yo la que no sé distinguir entre los bailes y los llantos de los árboles.

Me duermo así acurrucada entre amores por llegar, acompañada por los que ya se fueron, arrullada por el agua clara de las fuentes eternas cargadas de futuro y la música bonita que siempre sale de alguna ventana entornada donde viven nuevos besos que aún no me hicieron temblar, pero prometen ser inolvidables.

Isabel Salas

sábado, 7 de abril de 2018

CICATRICES


Hace tiempo leí que los árboles al enfrentar el viento, conforme van creciendo, van rompiendo su corteza y es así que se fortalecen. Sin esa provocación la corteza sería lisa y suave como el forro de una semilla, pero al cimbrearse, doblarse, enderezarse y resistir las embestidas de las ventarías, los arboles se van rompiendo por tantos lugares que eso los hace elásticos y resistentes. El resultado es ese tronco arrugado que conocemos.


Hoy he tocado un árbol de otra manera, estaba esperando a alguien en una sombra y de pronto me acordé de aquella lectura que explicaba la razón por la que los árboles necesitan romperse para crecer fuertes. Sin esa corteza áspera mil veces rasgada y recompuesta, tendrían una piel sin resistencia que les impediría crecer y ponerse fuertes y grandes.

Crecerían hasta un punto y colapsarían.

Su poder viene de sus heridas.

Estiré la mano y toqué el tronco con levedad, queriendo sentir en mis dedos la profundidad de aquellos surcos. Imaginé como cada desgarro había sido hiriente y me acordé de Rubén Darío que decía aquello de dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente. Él estaba expresando lo que tantas veces he sentido, sentir duele, crecer duele, ser persona duele, amar duele.

Todo duele antes o después

Al tocar el árbol pensé en mi corazón tantas veces roto, tantas veces  herido, recordé algunas de mis lágrimas, algunas muy amargas, otras dulces, pero todas dejaron su huella en él. Quise imaginarlo como un corazón de madera, y agradecerle su capacidad de cicatrizar. Mi corazón de madera, que se puso arrugado para hacerme fuerte y poder vivir sin colapsar ante tantas tristezas.

Tocaba las cicatrices del árbol como si fueran mías y dejándome llevar por el momento apoyé mi frente en el tronco. Sentía el dibujo del árbol marcarse en mi piel. Cerré los ojos.

Con mis dos manos apoyadas en el tronco, como se han apoyado tantas veces en el pecho de un hombre dejé mi mente en blanco concentrada apenas en aquellos tres puntos de apoyo que me conectaban al árbol. Y sentí su beso. Mi primer beso de árbol.

Me vino entonces una idea, intuí porque las personas graban corazones en los árboles. Porque están hechos de madera. Llenos de cicatrices como nosotros . Porque quien aguanta el viento bien puede aguantar una mano de hombre enamorado.

Porque en algún lugar hay que dibujar corazones ... y no hay mejor lugar que en otra corteza.

Isabel  Salas