domingo, 12 de agosto de 2018

CARMEN


Los ojos de mi hija, me forzaron a mirar el mundo de nuevo y a reaprenderlo. Nunca podré agradecerles ese regalo.

Para explicarles los árboles y como las hojas tiemblan aunque el viento que las zarandea sea cálido, volví a fijarme en detalles del mundo que ya no me llamaban la atención. Gracias a ellos y al placer que sentía  al hacerlos brillar con bromas y juegos, me esforcé en ser mejor persona y aprender nuevas canciones.

Por ellos y a través de ellos cambié muchas cosas que me gustaban por otras que le gustaban a ellos y comprendí que las risas y las sonrisas también pueden salir de nuestra alma atravesando la mirada de nuestros hijos.

Ellos me enseñaron a ser más generosa, mejor cocinera, menos dormilona y más valiente. Me dieron el valor para volver a ser madre y el deseo de ver esas mismas estrellas en los ojos de su hermana. Me fortalecen cuando las cosas no vienen tan bien como me gustaría y me llenan de amor incluso a la distancia.

Me gustan, los admiro y los amo, como amo todo el resto que vino con mi hija, su piel, su postura para dormir imitando un vampiro, su mal genio, sus momentos de dudas, su sentido de la justicia, su valentía, su deseo de ser feliz y hasta los tatuajes,  que nunca me entusiasmaron en otras personas me gustan más desde que mi hija decidió hacerse algunos.

Los ojos de Carmen siempre han expresado la alegría o el disgusto, la rabia o la paz de una manera especial, definitiva y poderosa. Recuerdo su "mirada de reprobación" como algo intenso y frío que podía hacer que hasta adultos bien templados se quedaran consternados. Inolvidables fueron sus miradas de furor adolescente cuando descubrió el amor y el placer de desafiar mi autoridad.

Pero sobre todo recuerdo el día en que descubrí, gracias a ellos la gran diferencia que existe entre las personas que tienen brillo en los ojos y las que tienen además, como ella, estrellas en la mirada.

Isabel Salas


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