jueves, 21 de junio de 2018

SIN BESOS


Pasear por una ciudad donde nunca has besado, es sentirse delante de todas las puertas cerradas del mundo y no saber como hacer para que alguien abra una de ellas, y con una sonrisa,  te invite a un café en una cocina que huela a navidades.

Las puertas cerradas siempre tienen ese misterio agridulce de las promesas que otros intercambian en el banco de al lado. Funcionan casi con las mismas palabras mágicas que los corazones escarmentados o los árboles desnudos. A veces conseguimos encontrar el abracadabra que rompe el hechizo y nos permite traspasar todos los umbrales y todas las murallas y otras no.

Otras te tienes que conformar con mirar las promesas desde fuera y oler las cocinas a lo lejos, con escuchar las caricias desde el banco vecino y aprender a cerrar los ojos para que tu amigo el sol pueda acariciarte cuando al borde del agotamiento, decidas descansar apoyando la espalda en alguna pared, de alguna esquina, de alguna ciudad donde nunca hayas besado.

El sol es tan nuestro, que no importa si nos encuentra andando por nuestro barrio o por el barrio de una ciudad ajena, siempre nos reconoce, siempre nos acaricia la mejilla con su roce amarillo, y a veces, cuando se alegra mucho de vernos, se mete en las hojas doradas de otoño y las hace brillar con su fuego. Después se desprende de los árboles, nos cerca, nos besa y nos hace sentir menos solos en medio de tantas puertas cerradas, más calientes, más amados.

Mucho menos extranjeros.

Isabel Salas  





martes, 19 de junio de 2018

DESOBEDIENCIA DE LEYES INJUSTAS




Enfrentar las terribles y crueles consecuencias que siguen a la denuncia de malostratos o abuso, es la pesadilla que miles de niños, niñas y mujeres enfrentan cuando,  tras la separación, la madre se atreve a denunciar. 

No importa que la denuncia se refiera a violencia física o sexual contra ella o los niños, ante esta situación pueden suceder dos cosas diferentes, por un lado, la familia puede encontrar amparo en las leyes de violencia machista y en los mecanismos de protección que éstas aseguran, porque los golpes son evidentes, existen grabaciones de los actos violentos, la violación ha dejado marcas en los hijos, o simplemente un buen abogado o un asistente social sensato consiguen activar los sistemas de protección que existen para las víctimas de violencia intrafamiliar, doméstica, machista o de género, nomenclatura que varía según el país del que hablemos. En esos casos la afortunada familia es aislada del agresor permitiendo que todos se recuperen en paz, sin obligarlos a tener contactos ni visitas con él, ni a la madre ni a los hijos.

Pero como en las películas de terror, o en las peores pesadillas, también puede suceder todo lo contrario. No hay grabaciones, la madre tardó en denunciar las palizas por el miedo que tenía del compañero, o los abusos sexuales en los hijos o en las hijas no dejaron material genético, ya que muchos abusadores se cuidan mucho de provocar desgarros vaginales o anales para no auto incriminarse.

El sistema no está preparado para casos así, y sucede que ante la ausencia de pruebas físicas, se pone en duda la palabra de las víctimas. No importa que toda la familia narre la misma historia y se refieran con el mismo miedo a los años de sufrimiento que pasaron, algún psicólogo dirá que lo prepararon todo para mentir al unísono y perjudicar al papá.   No importará que todos coincidan en lo que cuentan, alguien alegará que la madre vengativa y resentida se lo inventó todo y los niños ahora no saben lo que dicen y por último, alguien dirá, usando la falsa enfermedad que se inventó un pedófilo norteamericano llamado Richard Gardner, allá por los años ochenta, que están todos enfermos, que la madre y los niños necesitan ser tratados con psicotrópicos y los hijos deben ir a vivir con el papá y ser separados para siempre de la madre.

Y esto, que parece absurdo, surrealista, cruel y perverso, está sucediendo hoy día, en pleno 2018, ante el silencio cómplice de una sociedad desinformada y unos profesionales que lejos de estudiar y entender de dónde salen esas teorías absurdas, las aplican sin responsabilizarse del daño que hacen a los niños a las niñas y a sus madres.

Ante la falta de pruebas, es lógico que un hombre no pueda ser condenado a ir a la cárcel, pero esa misma falta de pruebas no significa que el crimen no se haya cometido. De hecho muchos maltratadores que no pudieron ser condenados cuando golpearon a su primera esposa, lo serán cuando golpeen a la segunda o a la tercera, o la maten, ya que el padrón se repetirá para siempre y  alguna vez, con suerte, alguien tendrá las pruebas.

Sin embargo, la misma falta de pruebas contra los agresores, se está usando para condenar  a los niños a convivir con sus torturadores, sin piedad y sin derecho a apelación. Ante ese panorama muchas mujeres se plantean desobedecer las leyes y las sentencias que las obligan a entregar a sus hijos. 

Hoy, miles de mujeres están encarceladas en decenas de países, por haberse negado a entregar a sus hijos a padres a los que odian y temen. Algunas lo  son cuando los niños les suplican que no permitan las visitas de fin de semana o los escondan para no tener que ir a cumplir los días de convivencia con el progenitor, en casos de custodia compartida impuesta.

Esas mujeres ante la imposibilidad de explicar a sus hijos que no les permiten protegerlos, prefieren desobedecer e ingresar en prisión, pues así al menos, les demuestran a sus hijos que ellas hicieron todo lo posible, y que prefirieron ir a la cárcel que acatar la cruel sentencia de entregarlos.

Son las afortunadas, pues otras son separadas de sus hijos cuando la policía entra a buscarlos en la escuela para entregarlos al papá, o son llevados a la fuerza de madrugada cuando en su domicilio irrumpen fuerzas policiales armadas y se los llevan para nunca más verlos. Esas madres no imaginan que mentira les cuentan a sus hijos cuando ellos preguntan porqué mamá no viene a buscarme o porqué mamá ya no me llama o me quiere.

En un mundo tan lleno de tensiones políticas, crisis financieras, desastres naturales, drogas y delincuencia, el dolor de estos niños y madres, pasa completamente desapercibido. Siempre habrá quien recurra a la burla fácil,  quien intente sembrar la duda sobre la veracidad de las denuncias o quien hable del dolor del padre inocente falsamente acusado.

Estoy hablando de los casos que son verdad, y es de estos niños y de sus madres que necesitamos discutir urgentemente y buscar  la manera de protegerlos. Estos niños no son osos polares flotando a la deriva,  ni mariposas en extinción, ni los hijos de locas mentirosas, son niños que sufren al obligarlos a vivir o convivir con padres violentos y necesitan ayuda.

No hablamos de falsas víctimas, hablamos de verdaderas víctimas que no tienen más que su palabra  para contar lo que les pasó, madres e hijos que no tuvieron la inteligencia de grabar los abusos, ni la suerte de algún vecino denunciara los gritos o los golpes que se escuchaban. El único patrimonio realmente importante de la humanidad, son los niños. Las murallas, las estatuas, las ruinas y todos patrimonios culturales de la humanidad, pierden el sentido si no hay humanidad que los aprecie y lo que estamos permitiendo al omitir el socorro a estos niños y sus madres, es completamente deshumano.

Termino con una frase de Mario Quintana, "La felicidad bestializa, solamente el sufrimiento humaniza a las personas", y mi deseo de que el sufrimiento ya haya sido suficiente para humanizar los mecanismos de protección de estos niños.

Isabel Salas







jueves, 7 de junio de 2018

RAZONES DE SOBRA



Él, le explicó quinientas veces las mil razones por las que no podía amarla y Marta, lo comprendió. Cuando ella se alejó de él sin dar ninguna razón, Diego no lo entendió.

Parece que ninguna de sus mil razones lo convenció.

Isabel Salas

sábado, 2 de junio de 2018

NENÚFAR


En el cajón de la memoria donde se guardan cosas que merece la pena recordar, tengo guardados algunos besos.

Besos de cine, dados en la sala oscura acompañados de manos adolescentes, curiosas y exploradoras de rincones nuevos. Besos llenos de dedos y deseos que recorrían cuerpos jóvenes plantando banderitas de luna. 

Tengo otros de despedida, tristes, desesperados, llenos de lágrimas de adiós que aún me queman en la garganta al lado de los besos de bienvenida con olor a carretera y noticias de la vida que vive el ser amado sin estar con nosotros.

Hay algunos preciosos, de noches de pasión y otros de almohada, ensayando caricias que nunca sucedieron y que sólo vivían en las ansias de mi corazón.

Mirando mi cajón de besos, me siento afortunada, pues tengo muchos y casi todos me dibujan sonrisas al recordarlos. Y hay uno, allí al fondo, escondidito, único, irrepetible, que me diste tú. De pie, en una tarde helada, cerca de la calle Elvira, en Granada, un beso con nombre y apellidos: los tuyos. 

El beso más inesperado de mi vida, el menos explicado y, no lo dudes, uno de los preferidos. Dices que has comprado mis libros y que has buscado ese beso escondido en algún poema o en algún trocito de relato, que te quedaste triste al ver el brillo de su ausencia y que dudaste si decírmelo o no.

Me alegra que lo hicieras, así puedo decirte que nunca lo olvidé, y que me acuerdo de todos los detalles; tu chaqueta acolchada, tus botas, las luces reflejadas en los charcos, tu manera graciosa de sujetar mi rostro con tu mano dentro de la manopla, el olor del frío y mis ojos cerrados mientras me besabas.

Puedo decirte ahora, ya que sacaste el tema, que tu beso fue una flor rodeada de agua, un nenúfar salpicado de lluvia y que nunca, jamás, pude ver uno, después de aquel beso, sin pensar en ti.

Isabel Salas