miércoles, 26 de diciembre de 2018

DESTINADA A SALUDAR CON LA MANO DERECHA



Cuando Hélène era chiquita, mi madre, su abuela, entre otras muchas cosas que le enseñó, le explicó cómo había que hacer el lazo de los tenis, para que no se deshiciera al tercer paso, cómo bordar paños estirados en bastidores siguiendo unos dibujos de margaritas realizados con bolígrafo azul, cómo debía soplar la leche y las lentejas para no quemarse la boquita o cómo saludar a las personas usando la mano derecha para dar un apretón mientras se balancea la mano de arriba a abajo y se dice como está usted, buenas tardes o buenos días.

Ese tipo de cosas cotidianas que los adultos enseñamos a los niños y después nos olvidamos de haberlo hecho, así como tampoco recordamos lo difícil que fue aprenderlas cuando nosotros éramos chicos. Para ese tipo de habilidades, las abuelas tienen una paciencia especial y mi madre en ese tema fue siempre tan excepcional como su propia  madre lo había sido conmigo cuando me enseñó las mismas cosas, o parecidas en mi lejana tierna infancia.

Personalmente, recuerdo que el tema del lacito del zapato me costó mucho,  lo de soplar, confieso que hasta hoy se me olvida y me quemo de vez en cuando y como bordadora, reconozco que soy un auténtico desastre.  Mi hija es mucho más inteligente que yo y pronto superó esas etapas, sin embargo y sin que nadie lo sospechara, pasó años preocupada en secreto con el asunto de los saludos.

Ella, tuvo durante años un gran lío con lo que era derecha e izquierda, gracias o de nada, los días de la semana, y algunas otras cosas que los niños a veces confunden. Cuando te pisaba te daba las gracias toda compungida, si la ayudabas a cambiarle las pilas a un juguete te decía de nada y te pedía perdón cuando le servías otra bola de helado, pero definitivamente su talón de Aquiles y su tormento secreto, eran los saludos y los familiares.

Tiene, hasta hoy, una enorme dificultad para identificar a los parientes. No consigue recordar qué es exactamente ser un primo o un tío abuelo, y menos aún cual es la diferencia entre yerno y cuñado, sin embargo eso nuca la preocupó demasiado porque vivimos en otro país, lejos de nuestra familia, desde hace muchos anos y nunca encontramos a nadie que haya que identificar correctamente como familiar en primer o segundo grado. Por otro lado, a esas personas, caso las tuviéramos más cerca, se supone que las saludaríamos con un beso y no estrechándoles las manos y eso le quita mucho "stress" a la posibilidad remota de encontrarse a un primo lejano o cercano, los nuestros están todos lejísimo, en España o en Francia, fuera del alcance de nuestros errores genealógicos.

Por supuesto sí se ha visto  en la coyuntura social de tener que saludar a unos cuantos amigos o de ser presentada a algunos desconocidos y esto la tenía cada vez más preocupada. El "peligro" inminente de verse obligada a estrechar manos se incrementaba al ir creciendo, ya que en Brasil a los niños se les saluda con un beso, un abracito o con una caricia en la cabeza sin demasiadas formalidades, pero al convertirse en señorita, cada vez era, y es, más común que las personas pretendan saludarla tendiéndole la mano.

Esto la tuvo muy preocupada, sin que nadie en casa lo supiese, hasta que un día me confesó el miedo que le daba pensar que en cualquier momento, se encontraría (sin duda) con una de esas personas destinada (inevitablemente)  a saludar con la mano derecha como ella, y entonces... ¿qué pasaría?

La verdad es que yo ni supe qué responder porque no entendía nada  de lo que me estaba diciendo y usé el tradicional recurso del repíteme la pregunta, hija, por favor, mientras buscaba en mi memoria maternal ancestral algún evento relacionado con personas destinadas a saludar con determinada mano como una especie de designio ineludible de algún sino cruel, maldición o hechizo, pero nada conseguía recordar. Así que reformulé la pregunta;

-  Hasta ahora, ¿Cómo ha sido, hija?
- Hasta ahora, por suerte, todos los que me ha tocado saludar, saludaban con la mano izquierda. Por eso funcionó - respondió ella muy firmemente, para mi mayor consternación- Todos me dieron la mano contraria a la mía y funcionó.

Lo de la mano contraria me empezaba a dar una pista de por dónde iban los tiros, así que le dije:

- A ver, ven, ponte delante mío y estréchame la mano como si nos saludáramos.

Mi hija se plantó delante de mí, muy formal, pies juntos, frente a frente y me tendió su manita derecha. Yo le tendí la mía, estreché la suya y sin soltarla le pregunté:

- Preciosa mía, ¿con cual mano mía te estoy saludando?
- Con la izquierda, por eso sale bien - respondió ella sin dudarlo- pero ¿qué pasará el día que tenga que saludar a alguien que use la mano derecha como yo? ¿Chocarán las manos? ¿Cómo la persona va a saber que yo también tengo que saludar con la mano derecha?

Ante aquella sucesión de preguntas surrealistas comprendí que la confusión que ella sentía provenía, en parte, del enredo que se hacía con las derechas y las izquierdas y en parte de su despiste al no percatarse de que estar frente  a un espejo, no es lo mismo que estar frente a otra persona y que la mano derecha que  movemos frente al espejo, y vemos reflejada, no es la misma que mueve otra persona cuando ambas mueven "la derecha" al saludarse.

Así que sin soltar su mano me fui moviendo hasta quedar paralela a ella, y entonces le dije:

- Atención, fíjate ¿Cual es tu mano derecha?
- La que te está dando la mano.
- Bien, y ahora ¿cual es mi mano derecha?
- Pues... -Por un momento casi dudó, y señaló mi mano izquierda, pero enseguida cayó en la cuenta- La que me estás dando - completó-.
-¿Entonces? Las dos hemos extendido la mano derecha. Todas las personas dan la mano derecha porque así está combinado para que funcione.
- ¿Y todas lo saben?
- Sí, todas lo saben.
- ¿Nadie da la izquierda?
- Nadie
- ¿Todos la derecha?
- Todos
¡Que alivio!

Su alegría era evidente:

- Mamá, 
¡Que bien pensado está todo!
- Si hija, muy bien pensado, el tema de los saludos lo inventó un genio. 

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Ya hace años que mi hija entendió (por fin) que no hay personas destinadas a estrechar una determinada mano (y no otra) a la hora de saludar, aprendió las diferencias básicas entre derecha e izquierda y comprende como funcionan los reflejos. Todavía quedan otras muchas cosas incomprensibles para ella y mucho más difíciles de explicar para mí. Algunas, incluso, ni yo misma las entiendo y sólo puedo ayudarla a soportarlas.

Los parientes siguen lejos y con la poca familia que tenemos, los contactos son virtuales, y aunque diarios, son sin besos ni abrazos. Nos quedan cuatro años de distancias antes de poder regresar, pero por suerte, nos tenemos una a la otra para ayudarnos a enfrentar lo que nos quede por delante.

Te quiero mucho hija💜
Gracias por ser, siempre, motivo de felicidad y de orgullo.


Isabel Salas






sábado, 15 de diciembre de 2018

AGRESIÓN


Mis maneras se tienen que vestir de Domingo para disfrazar el miedo porque es la única manera que conocen de sobrevivir. 

Tal vez, mi memoria aún cree en el agua bendita y en sus ilimitados poderes de protección y,  por eso, cuando tengo mucho miedo y siento que nada puedo hacer para evitar los golpes, mi corazón invoca la imagen y el olor de una piedra de pila. Se encarama hasta el borde frío y mira adentro calculando la temperatura del agua y la distancia del salto, casi siempre proporcional al volumen de los gritos que me asustan o a la arista de las palabras con que intentan herirme. Después se lanza a nadar en ese líquido, perfumado con la santidad de todos los ángeles, mientras mis ojos adoptan su mirada nublada de Día Sagrado para observar los ojos que me asustan, a través del velo protector del acuario bendito.

Mi boca, mis gestos, mi sudor y el temblor de mi sangre se disfrazan con su vestimenta más dominguera y yo me concentro en ese aroma de piedra mojada, que me recuerda el de las lágrimas que intento tragar. 

Sal, sangre y silencio. El dolor que mis propias uñas producen en las palmas de mis manos para que yo me pueda concentrar en un dolor físico que me distraiga del otro, se va haciendo cada vez más  fuerte, deja de ser incorpóreo y se materializa poco a poco en una piedrecita que guardo en secreto entre los pliegues de mi alma hasta que el temporal pasa.

Los gritos cesan, la agresión termina, quien me estaba torturando se aleja, y entonces, con cuidado, saco mi piedra, estudio su color, admiro su suavidad, envidio su belleza, bendigo a Rubén Darío aunque sé que no era un gran admirador de las mujeres que escribían, (no soy rencorosa), y dejo de temblar.

Mi corazón se aleja de la pila y regresa a mi pecho. Me acerco entonces, al estanque de peces de colores que mantengo escondido en mi jardín secreto. Allí podría gritar, llorar, desesperarme, levantar mi puño al cielo sin que nadie lo impidiera ni temor a represalias, pero no quiero asustar a mis  peces.

Con dulzura me acerco al borde y suavemente, con extrema delicadeza, dejo caer mi nueva piedra. Se junta, así, a tantas otras que, desde el fondo, sonriendo, acompañan la bellísima coreografía de mis amigos de colores.

Isabel Salas

martes, 11 de diciembre de 2018

LECCIONES


Dice mi amigo Federico, que hace muchos años, leyó en un libro una reflexión sobre la vida que lo marcó y nunca la olvidó. En aquellas páginas se afirmaba que la vida era la mejor maestra, y tan buena maestra es, que nunca desiste, al contrario, ella siempre insiste. Nos obliga, implacable,  a repetir algunas situaciones hasta que extraemos de ellas el aprendizaje que necesitamos, y sólo entonces, más  sabios y humildes, con nuestra correspondiente lección aprendida, estaremos autorizados a pasar de fase y cambiar de circunstancias. La vida entonces, nos regala unos instantes de vacaciones y enseguida nos obliga a tratar de vencer otros desafíos, porque ese es su trabajo y para eso estamos aquí, para aprender.

Tengo otro amigo querido, Tonatiuh, que tiene su propia definición sobre la vida, como la tiene sobre casi todo. En uno de los vídeos de su canal,  afirma con su voz más teatral que la vida no es más que la posibilidad de errar. La primera vez que lo escuché me curé simultáneamente de doscientos traumas y me perdoné mil errores de golpe. 

Errar como sinónimo de vivir jamás se me había ocurrido, y por una extraña asociación de pensamientos, me encantó la idea. Tal vez por saberme llena de errores o por la preciosa posibilidad que sugiere tal concepto,  ya que solo puede equivocarse quien está vivo para hacerlo y decide besar, amar, viajar, trabajar, pelear, enamorarse, abandonar un país o un amor, y en fin, arriesgarse a acertar y a equivocarse con cada decisión tomada.

Al final es equivocándonos y aprendiendo a convivir con las consecuencias de nuestros errores y aciertos que mejor aprendemos. Lo que sería vivir dos veces puestos a agradar a griegos y a troyanos.😄

Este año, que está terminando, ha sido un año de intensos aprendizajes y de excelentes oportunidades de crecer como madre y como mujer. He contado con el apoyo y el cariño de diferentes personas, algunas hace muchos años que están en mi vida y otras son recién llegadas, unas que habían desaparecido y han regresado inesperadamente para jugar un papel protagonista en los últimos  partidos de mi campeonato y otras han actuado por breves e intensos momentos fundamentales. A todas les doy las gracias con inmensa gratitud porque sin ellas no habría sido tan bueno este 2018.

Me preguntaba a mí misma hace unas horas si habría aprendido las lecciones que este año que se termina, tenía para mí y, honestamente, no sé si las aprendí todas pero hay dos que definitivamente puedo afirmar que sí. Una ha sido la manera de relacionarme con el dinero que ha mejorado notablemente y otra la forma como detecto y corto de raíz cualquier tentativa de mi corazón de iniciar cualquier relación tóxica.

Lo del dinero es muy importante y necesitaba otra perspectiva para entenderlo y manejarlo, considero que ha sido año muy interesante y que he aprendido mucho, no sé si todo lo que necesito aprender pero definitivamente ha sido muy intenso.

Lo de la toxicidad en las relaciones amorosas  es algo que venía arrastrando hace años y sólo ahora, después que escogí pasar un tiempo sola y recapitular sobre algunas vivencias muy complejas de mi pasado más o menos reciente, es que me siento definitivamente curada de esa inclinación suicida a escoger el "perrito cojo" que durante algunos años me ha invadido. 

Lo sé porque he sido tentada y aún así, no me ha sido difícil cortar el enamoramiento en cuanto he sentido las más leves señales de toxicidad. Hombres complicados, ocupados, promiscuos o indecisos han dejado de interesarme completamente y eso es un gran alivio en muchos sentidos y una gran victoria personal. Ya no quiero salvar a nadie ni creo que gracias a mi amor incondicional determinado caballero puede parar de comportarse de cierta manera para portarse como el compañero que deseo tener caso surja la posibilidad de vivir en pareja.

Ha sido un proceso de varios años, pero durante éste último ha llegado a su etapa final y eso me deja muy satisfecha. Ha sido una conquista y no un regalo caído del cielo, una construcción laboriosa que me ha costado mucho esfuerzo y bastantes lágrimas, pero que como todo lo que me cuesta, siento que ha merecido la pena. 

Se acerca 2019, un año muy importante que llega cargado de promesas pero también de realidades. Mis hijas están bien, aprendiendo cada una sus propias lecciones y creciendo como personas y mujeres cada día más completas, también ambas me enseñan a superarme y las dos me inspiran para ser mejor persona y madre.

Despido este año con un abrazo y recibo el próximo con besos y flores. Aprovecho este momento de recapitulación anual para desear a todos los que frecuentan el Blog o la página de los libros en Facebook una Feliz Navidad, un excelente Año Nuevo, mucha sabiduría para aprender las respectivas lecciones que la vida les tiene reservadas y. como no,  mucho valor y esa pizca de osadía que necesitamos para aprovechar la maravillosa oportunidad de errar que es la vida.

Isabel Salas



jueves, 6 de diciembre de 2018

INMORTAL



Me contaron lo oscura
que era la noche oscura
y como el alma 
después de muerta,
resucita más pura.

Y me contaron
como el corazón llora
cuando el amor se va,
estirando la noche
y espantando la aurora.

Me contaron mentiras,
me cantaron canciones,
a veces las dos cosas,
y me engañaron
con falsas emociones.

Pero nadie me dijo,
que intentar olvidarte
cuando llegó el final
era un intento necio
de posponer mi muerte
con poesía letal.

En cada verso
tú te fortalecías
 y mientras yo moría,
para desgracia mía,
te hacías inmortal.

Isabel Salas




martes, 4 de diciembre de 2018

PUERTA MEDIO LLENA




Algunas bocas parecen decirme una cosa con sus besos y todo lo contrario con sus palabras. O tal vez soy yo, que no sé comprender lo que me dicen, ni lo que me besan.

O tal vez es la vida, que se divierte distorsionando los mensajes, o las nubes, que hacen sombra sobre los ojos y no dejan brillar el amor, o la luna que no estaba lo bastante llena, o el sol que estaba casi vacío, como las botellas indecisas del "según se mire", o es todo junto y muchas más cosas que tampoco entendí y al final, la verdad, es que, simplemente, hay puertas que son callejones sin salida, corazones que no nacieron para quererme y besos que a pesar de parecer un hola, son portazos destemplados, como adioses a empujones, o patadas... o candados.

Isabel Salas