viernes, 26 de diciembre de 2014

LLAVES DORADAS

Llegó a la puerta de la casa aliviada de estar a sólo unos metros del baño y dejó las bolsas del mercado a sus pies,  en el suelo,  para poder buscar las llaves en el bolso. Los dedos le dolían, insensibles por haber estado tanto tiempo en la misma posición sujetando el peso de las compras, dedos de garra, entumecidos, ni conseguía estirarlos del todo. También le dolía la espalda, y para ayudar, el interior del bolso estaba tan lleno de objetos inútiles que no conseguía encontrar las malditas llaves. 

Sus dedos atontados no ayudaban, la mano que mantenía abierto el bolso parecía la del capitán garfio hormigueante y la que revolvía dentro, en vez de dedos sensibles, capacitados para identificar al tacto objetos supuestamente familiares, parecía que tenía colgando platanitos extraterrestres sin tacto incapaces de reconocer ninguna de las formas raras que encontraban en aquel revoltijo, mientras desesperados, intentaban localizar el llavero.

Las ganas de orinar siempre se incrementaban conforme se acercaba a la casa desde cualquier dirección, a partir de los doscientos metros se hacían insoportables y parada en la puerta no podría aguantar mas de quince segundos más.

 Y las llaves, por Dios, dónde estaban esas  llaves de mierda.
¿Las habría dejado en el mercado?
Se acordó.

Las había guardado estratégicamente  en el bolsillo de atrás del pantalón precisamente  para evitar tener que buscarlas al llegar a la puerta del bloque  y perder aquellos segundos preciosos. Por su mala memoria, allí estaba ella viviendo este momento  dramático , con las piernas apretadas en forma de equis, deseando dar inicio al baile mágico de la Sagrada Incontinencia, ese bailecito ridículo que precede a la rendición. La alegría de recordar dónde estaban las llaves,  le dio varios nanosegundos de prórroga. 

Seguía dispuesta a bailar si hacía falta pero estaba controlando bien  el impulso danzarín y esto la hacía sentirse muy contenta ya que ese es el último recurso de la dignidad femenina incontinente.
Antes bailar que mear.
Pero mejor no, porque una vez que empiezas ya no puedes parar el movimiento.
Las bolsas seguían en el suelo, pero la llave ya estaba en la mano derecha. Bien. Sólo necesitaba coordinar correctamente los próximos movimientos ignorando el desespero por entrar, para no liarse. Ya estaba inclinándose para recuperar las bolsas cuando la puerta se abrió. 

Era Pedro quien estaba saliendo.
Él, al verla  a pocos centímetro de la entrada, galantemente permaneció parado, sujetándole la puerta para que ella entrase.
Qué guapo.
El vecino nuevo.
Llevaba varios días encontrándoselo al subir o al bajar. Sabía que se llamaba Pedro por el nombre en el buzón. Sabía que vivía solo, y que estaba de muy buen ver. Ese  típico vecino apetecible, que si por ventura resultara no ser homosexual, podría resolver alguna emergencia doméstica llegado el caso, pero vaya por Dios encontrárselo en estos momentos.

Pedro le seguía sujetando la puerta y ella cogió las bolsas descruzando las piernas. Imposible pasar delante de él caminando con las piernas cruzadas. En casos así existe la opción de andar  dando pasitos cortos como de chinita antigua, que es casi tan eficaz como el paso arrastrado  de piernas  cruzadas, en el cual la pierna que va delante es siempre la que avanza, como deslizándose y la pierna de atrás es arrastrada como un apéndice sin vida.

Por la presencia inesperada de aquel hombre servicial, se vio obligada a adoptar la modalidad del mini paso, y sin pensarlo más lanzarse a la aventura.
Pasó a su lado inclinada,  esperando por todos los santos celestiales que no se le escapase ni un poquito. Mirando fijo el suelo completamente concentrada en su misión.
Que vergüenza sería San Leopoldo por Dios  dejar escapar ni que fuese una minigota.
Mini paso.
Mini mierda...deja de pensar en eso, minirayos, ya falta menos.

Al pasar ella por la puerta los dos se rozaron levemente, ese típico roce  accidental de gente en la misma puerta.
Ella sintió su olor. Olía  bien.
Pero no podía entretenerse en ese momento con esas consideraciones. Su único pensamiento era llegar al cuarto de baño y cuando él le dijo hola, ella que ya se había alejado unos pasos y estaba en medio del portal, se dio cuenta de que con las prisas y el aturrullamiento que la aparición de él como representante de Porteros Voluntarios sin Fronteras, se había puesto las llaves en la boca y no podía decir nada. Las bolsas estaban de nuevo en sus manos y soltarlas para sacarse la llave significaba inclinarse y eso era imposible. Responder con las llaves en  la boca tampoco parecía buena idea, así que se volvió despacio intentado  mantener la calma.

Lo que menos esperaba Pedro al sujetarle la puerta  a la vecina es que la mujer pasase por su lado sin levantar los ojos y sin decir nada, ni gracias. Sabía que se llamaba Begoña porque había mirado su nombre en el buzón. Un poco por guasa y otro poco porque le gustaba que le dijeran gracias cuando hacía una gentileza, hizo cuestión de saludarla, y cuando ella se volvió con sus dos brazos llenos de bolsas y una llaves en la boca, casi soltó una carcajada.

Casi, porque al verle los ojos,  creyó ver en ellos el brillo del odio y esto lo despistó un poco. ¿Porqué me odia ésta? Que él recordase no la había visto nunca hasta mudarse al edificio la semana anterior.
Pero sí, aquella mujer parecía mirarlo con odio o al menos con rabia y su natural curiosidad le hizo preguntar con su mejor sonrisa:
- ¿ Nos conocemos?

Cual era el recurso inaudito con que él esperaba que ella respondiese con la boca llena, jamás se supo. Nunca nadie echó tanto de menos no tener unos ojos con super poderes fulminadores de gilipollas como ella en ese momento fatal. Al volverse había perdido la concentración y para sujetar el chorrito que se le salía solo le quedó el recurso desesperado de inclinarse bruscamente hacia delante mientras cruzaba las piernas de nuevo.

Pedro observó el giro de la vecina, sus ojos brillando de rabia-odio y enseguida una especie de reverencia real improvisada que ella le estaba haciendo sin decir nada.
Así se quedaron los dos  unos instantes.
Ella ajena a todo, con sus bracitos  en forma de croassant y la cabeza inclinada ante aquel hijo de puta sin entender muy bien como la situación había degenerado hasta ese extremo.
Él, sin saber si despedirse, decir algo más o callarse ante aquel  espontáneo homenaje.

Entonces los acontecimientos se precipitaron. Ella abrió la boca y las llaves cayeron. El primer impulso de Pedro fue avanzar unos pasos para cogerlas, pero antes de que llegase cerca, la mujer levantó la mirada y le dijo:

- Ni se te ocurra.

Como en cualquier situación desesperada, ella inventó una salida desesperada en los pocos instantes que duró la reverencia. Un plan improvisado que se dispuso a llevar a cabo sin demora. Con la rapidez de Speedy Gonzalez, avanzó hacia él, le entregó las bolsas que él tomó en un acto reflejo, dio dos pasos para atrás, se agachó para coger las llaves y desde aquella postura atlética de corredor salió en disparada escaleras arriba.

Mientras subía le gritó con la voz más natural posible, ven, sígueme Pedro, tengo una sorpresa para ti, segundo C, cuidado con los huevos. Él constató que realmente entre las cosas que parecía haber en las bolsas del mercado se notaba un cartón de huevos, y ese detalle concreto y palpable hizo que todo el resto de la situación le pareciese menos demencial. 

Todos sabemos que hay que tener cuidado con los huevos, así que empezó  a subir la escalera cuidadosamente preguntándose ingenuamente que sorpresa ella tenía preparada.
Llegó a la puerta del apartamento y la encontró  abierta de par en par. Desde el fondo del pasillo una voz gritó,  entra, deja las bolsas ahí mismo, ya voy.

Begoña en realidad, se estaba quitando la ropa. Al final se había mojado, en el baño no tenía ropa de reserva y como salir desnuda de cintura para abajo envuelta en una toalla le pareció raro, pensó  desnudarse del todo y liarse en el albornoz mientras imaginaba que regalo podía darle a aquel sujeto.

Cuando ya iba a salir del baño analizó que sería extravagante salir seca y envuelta en el dichoso albornoz. Decidió por tanto ducharse para salir mojada y que pareciese todo más natural.

En la sala, Pedro aguardaba en pie sin entender muy bien la situación. Cuando la vio venir por el pasillo con su mejor sonrisa, recién duchada y caminando hacia él, su mente cinematográfica dijo "Hostias, ésta quiere algo, viene desnuda y recién bañada. Está clara cual es la sorpresa".

Así que le dedicó su sonrisa mas seductora de macho alfa de la comunidad. Ella estaba dirigiéndose decidida hacia él porque se había acordado que en la cocina tenía un turrón o dos y un vino que habían sobrado de la cesta de Navidad. 
Mientras se duchaba había decidido regalarle los turrones y la bebida, decirle que era una costumbre del bloque recibir así a los nuevos vecinos y que ella se sentía mal por haberse cruzado varias veces con él sin decir nada del obsequio, por eso salió corriendo para  entregarle el regalo, y como había sudado tanto corriendo por la escalera, pues por eso se había duchado.

Cuando lo ensayó en la ducha le pareció creíble, y como esperaba encontrarse un Pedro extrañado y huraño, salió impetuosa y sonriente a terminar con aquella locura lo antes posible, sin embargo él estaba allí en medio de la sala sonriendo como un Don Juan. "Vaya, éste quiere algo mira como se ríe el cabrón, creerá que me he duchado para echar un polvete".

Pocos pasos los separaban, y en ese trayecto el talante de los dos había cambiado desde el desconcierto por todo lo sucedido a un clima francamente sexual.
Él dijo:

- Hola de nuevo Begoña. Me está encantando la sorpresa. Si quieres mirar los huevos están intactos.
- ¿Cómo sabes que me llamo Begoña?
-  Miré el nombre en tu buzón.
- ¿Dices que los huevos están intactos?
- Sí. Su compañero está un poco alterado de verte tan guapa, pero ellos están bien, sí.

Huevos intactos, penes alterados, mujer limpita con la adrenalina a tope por haber pasado tantos peligros en pocos minutos y un vecino guapo son un cóctel maravilloso para un fin de tarde divertido si se sabe llevar bien la situación.

Y Begoña cuando no estaba en plena crisis incontinente era una chica muy simpática y habilidosa. Al  despedirse unas horas después ella ya no estaba tan limpita, ni los huevos tan intactos, pero los dos, Pedro y ella, estaban encantados con la sorpresa.

Isabel Salas




lunes, 22 de diciembre de 2014

LLORANDO

Escondido entre flores,
sin cantar o cantando,
siempre hay dolores
que mi canario,
cura llorando.

Isabel Salas

jueves, 18 de diciembre de 2014

ELECCIÓN




Cada elección que hacemos

nos mete en un camino 
de renuncias.

Cada paso, cada adiós,
cada curvita...
nos aleja de no sabemos qué
y nos acerca a lo que viene
 inevitable y trágico.

Cada día encontramos 
lo que escogimos, 
sin saberlo,
al dar primer paso, 
treinta años antes.





Isabel Salas


miércoles, 17 de diciembre de 2014

LOS OJOS DE LOS NIÑOS

 
Hace tiempo que dejé de ser niña, y aunque me he esforzado mucho por conservar el brillo en los ojos, he visto tantas cosas  tristes y he llorado tanto, que ya no sé si es el brillo antiguo, conservado, el que dicen que ven en mis ojos o es el brillo nuevo de la remodelación interna, continua y tenaz, a la que he estado sometida desde chica.

Yo quiero pensar que es el segundo tipo  de brillo. Un brillo  que no está ahí simplemente porque los ojos nuevos nacen brillantes, como la piel nace estirada y el pelo es una pelusa suave de seda. Eso significaría que apenas por una feliz coincidencia, no se ha apagado y no tendría mérito ninguno, como nacer bonito o feo, te pasa y ya está, sin que hagas nada por merecerlo.

Quiero pensar que mi brillo es el brillo conquistado por los ojos adultos de quien ha sabido sacarse un cierto lustre por dentro a fuerza de pensar, leer, estudiar, sufrir, meter la pata, escuchar  a las personas , aprender con ellas y abrir la mente y el corazón a nuevas verdades.

Verdades no dogmáticas, de esas que te meten cuando eres chico como un supositorio, sino verdades verdaderas que te las tienes que meter tú mismo y duelen mucho más cuando entran. Duelen  como puñales que atraviesan tu cáscara  y tu máscara y te obligan a mirarte al espejo una y mil veces para ir reconociéndote en cada nueva arruga que modela el rostro nuevo que el reflejo te devuelve cuando quieres ver tu imagen. 

Así fue conmigo, tuve que aprender muchas cosas y gracias a eso, esa imagen de dos hombres besándose no me perturba ni me da asco. No me causa ninguna reacción negativa y eso me deja feliz, pues he tenido que desmontar muchos mitos, y muchos preconceptos que me hicieron tragar de niña para llegar a ese punto.

Un amigo gay me dijo hoy, que esa foto que acompaña mis palabras fue retirada de una campaña publicitaria porque alguien la había denunciado. Parece ser que hay quien cree que a  los ojos de los niños puede ser perjudicial y es importante que más voces se alcen opinando sobre lo que los ojos de los niños pueden ver o no. 

No soy política, ni oculista, ni tengo ningún cargo importante, pero tengo ojos, he sido niña y soy madre desde hace dieciocho años, he conocido a muchos niños y niñas con ojos y me considero legítimamente capacitada para opinar sobre ojos y niños.

En primer lugar  diré que ningún niño nace predispuesto a ser del Betis, a flipar con la Virgen del Rocío, o a emocionarse con ninguna bandera de ningún país. Esas cosas se aprenden en casa, con la familia o en la escuela con los amigos. Y es en esas horas que también aprendemos a  tener miedo o asco de los gays, de las divorciadas o de los musulmanes. Nos inculcan los miedos, nos meten las ideas de lo que es pecado, o no, a los ojos de los dioses que los adultos dicen que existen y te pasas el resto de la vida perdonándote a ti mismo por sentir lo que sientes o cambiar de opinión y creer en el fondo del alma que lo que te ensañaron estaba casi todo equivocado y podrido.

Sin embargo a ningún niño hay que enseñarle a ser compasivo. Cuando ve otro animal herido llora, porque sabe lo que es una herida con sangre y  sufre  cuando ve un toro masacrado o un perrito abandonado. Hay que hacerle un lavado de cerebro para que crea que el toreo es un arte, que las cabras sirven para tirarlas de los campanarios,  o que las gallinas no sufren en las granjas de gallinas una vida miserable, odiosa y cruel en esas jaulas apiñadas.

Ningún niño sufre naturalmente al ver dos personas besándose sean del sexo que sean, aunque muchos  sí se quedan  sorprendidos al enterarse de como se tienen los niños y les puede dar miedo si no se les explica bien que el sexo es divertido y bueno y hay que practicarlo sin culpa, sea con amor o sin amor.

Ningún niño ve sus ojos perjudicados por ese beso gay, pero tal vez sí, por las filas de desempleados, los mendigos en las calles, la gente pidiendo en el metro o durmiendo en cartones, familias siendo desalojadas de sus casas porque no pueden pagar la hipoteca, que por cierto ya hemos pagado con dinero público a los bancos, viejos desamparados con pensiones recortadas, madres de familia prostituyéndose de manera improvisada en esos polígonos invadidos por mujeres  de otros países, traídas tal vez con engaños a  divertir a los canallas que disfrutan con ese tipo de sexo triste.

Tantas cosas hacen daño a los ojos de los niños...el oso polar asustado en su pedazo de hielo, las foquitas  siendo matadas a palos para que cuatro putas ricas se sientan sexy vistiendo sus pieles,  los niños de África con sus moscas, los de Gaza destrozados en las escuelas bombardeadas, Malala tiroteada, los africanos llegando a Europa en pateras, las chicas de India violadas en los autobuses, los indios desplazados de las selvas por los traficantes, las mujeres matadas a pedradas por tener sexo en países donde aplican leyes religiosas a la vida civil...

Y toda la lista interminable de barbaridades  que el denunciante de esa foto no debe ver porque usa  alguna sustancia maravillosa que le impide ver la realidad y distinguir lo malo de lo bueno.

Tal vez debería preocuparse menos  con los ojos de los niños y empezar a preocuparse, y mucho, con los suyos, para después aprovechar su impulso denunciador y empezar a denunciar esas cosas horribles que hieren los ojos, el corazón y la dignidad de las personas de cualquier edad.

Isabel Salas




martes, 16 de diciembre de 2014

MIS ZAPATOS DE BAILE

Mis zapatos de baile. 
Sin tacones.
Sin suela.
Sin suelo.
Sin música. 
Sin ropa de fiesta.

Mis cuerdas de baile.
Con besos.
Con fuego.
Con piel de fiesta. 
Contigo
                                     
                                    Isabel Salas

jueves, 11 de diciembre de 2014

SIEMPRE EL PRIMERO


Lola miró hacia la puerta con una cierta preocupación. Ya eran  casi las seis de la tarde y el viejo no había aparecido. Todos los viernes, desde que ella trabajaba en la cafetería ese hombre aparecía y se sentaba a tomarse un cola-cao cuando hacía frío y una horchata cuando hacía calor. Un viejo simpático, educado, que bebía despacio, intercambiaba un par de frases con ella o con el otro camarero y después decía buenas tardes y se iba. 

Así había sido desde hacía once años y hoy por primera vez estaba atrasado. Él no sabía que había sido su primer cliente cuando  aquel viernes se incorporó a su puesto de camarera sin haber sido nunca camarera. Tomás nunca supo la vergüenza con que ella le preguntó que deseaba tomar, sólo notó los temblores internos que a duras penas conseguía controlar mientras le servía el chocolate caliente. A Lola tan acostumbrada a servir a los hijos en casa, se le escapó un  "no quema" y al decirlo, una risa nerviosa que casi se le escapó, se terminó transformando en sonrisa de Monalisa.

Él no encontró nada raro en aquella sonrisa y también sonrió, pensando que la chica era un encanto, le dio las gracias y ella se sintió muy profesional a pesar del desliz maternal. Nunca comentaron como había sido un bálsamo para sus nervios de principiante aquel gracias y jamás, en todos los años que siguieron, hablaron de nada personal.

En esos once años muchas cosas habían cambiado. Ella misma era otra mujer. Once años sin palizas en casa, sin peleas. Sus hijos habían crecido y especialmente el menor parecía no tener muchos recuerdos de aquella fase de malos tratos y gritos. El mayor no, el mayor lo recordaba casi todo, pero haciendo un gran esfuerzo habían logrado convencerlo para que aceptase la ayuda de una psicóloga y por lo visto se había perdonado a sí mismo no haber sido tan buen chico  como para merecer que su padre tratase bien a su madre sólo por verlo feliz.

Felipe aprendió que la mente humana es un mundo lleno de miedos y culpas sin sentido y que para algunos hombres, herir a su mujer vale mucho más que no herir al hijo, independientemente de como sea el hijo, pues el problema no está en los niños y sí en esos cabrones llenos de odio que necesitan alguien a quien maltratar. Cuando lo asimiló dejó las drogas, buscó un trabajo y le dio a su madre la mayor alegría de su vida por verlo en el buen camino.

Todo lo que su hijo había aprendido en la terapia, ella lo aprendió en la barra del bar,  escuchando a los borrachos contar sus penas, a los novios pelearse o a las madres con las hijas comiendo churros como locas por las mañanas mientras elaboraban  planes de fuga. 

Lola había comprendido con tanto drama alrededor, que el suyo era uno más y poco a poco se fue curando lo mejor que pudo.

El viejo Tomás ni sospechaba que para ella durante mucho tiempo el desafío era contar semanas sin llorar ni derrumbarse,  semanas de conquistas personales  que empezaban cada viernes con su llegada al bar. Imposible que él imaginase que para Lola, él era la encarnación del principio de las mudanzas. El símbolo del tiempo transcurrido desde que comenzó su vida nueva. El primer gracias. La primera sonrisa.

El primer cola-cao, en muchos años, que ella no tendría que soplar ni cambiar de vaso repetidas veces para que no quemase. 

Él se admiraría si supiese como su demora en el médico podría angustiar a nadie. El pobre médico no sabía como explicarle que su estado de salud deplorable tenía ya muy poco arreglo y por no querer ser  insensible y contárselo a la bulla, lo había dejado para el final.

Un chico simpático, educado, el doctor Rafael, que con las palabras más profesionales lo había informado cuidadosamente del fatal resultado  que arrojaban sus últimos exámenes. Profesional y amable,  intentó ser correcto y al mismo tiempo humano, pero se le notaba tanto el mal rato que estaba pasando que al final fue Tomás quien tuvo que consolarlo a él.

El viejo sonreía por la calle recordando la cara del doctor. Por lo visto, él era el primer paciente que se le moría y los dos terminaron riéndose cuando Tomás le dijo que no se preocupase, que le había comunicado con mucha habilidad su simpática sentencia de muerte, que no era culpa suya y que todos teníamos hora marcada con la muerte.

En la hora precisamente iba pensando mientras se alejaba de la clínica. Se había hecho tarde pero no quería dejar de ir al bar donde siempre entraba a tomarse algo desde aquel viernes hacía once años, cuando al volver del cementerio de enterrar a su mujer, pensó que sería muy difícil pasar su primera noche solo en casa.

Él había tenido muchas novias antes de conocer a Mercedes,  pero para ella él fue el primer novio, el único. Se amaron como se aman las parejas que se aman y el día que la enterró estaba tan triste que pensó que tal vez nunca más sería capaz de volver a sonreír. Le fallaban las piernas al andar y por eso entró en aquel bar al que nunca había entrado.

La chica que lo atendió tenía la mirada triste y temblaba mientras le servía el pedido. Parecía preocupada y tenía ojos de haber llorado. Cuando ella le sonrió después de haberle soltado un inesperado "no quema",  le devolvió la sonrisa tan fácilmente que él mismo se sorprendió.

Mercedes y él no habían tenido hijos y la chica tenía edad de haber podido ser una de sus hijas si hubiesen sido padres. Tomás salió del bar con las piernas más firmes, mucho más gracias a la sonrisa que a la bebida caliente y desde aquel viernes todos los viernes acudió como una cita a ver a la camarera.

Con los años descubrió que se llamaba Lola, que tenía dos hijos y que descansaba los martes. Fue al bar algunos martes sólo para sacarle informaciones al otro camarero y así se enteró de lo del ex, que le pegaba, de lo del  hijo mayor tan complicado, de las dificultades y las conquistas de su querida Lola con quien nunca intercambió mas de ocho frases.

Acompañó año a año sus preocupaciones y aprendió a leer en su carita si las cosas estaban bien o más o menos, le vio las noches sin dormir cuando el hijo se metió con drogas y se las arregló para que el dueño del bar le hablase de una psicóloga estupenda que precisamente estaba especializada en temas de adolescentes con drogas y que no cobraría nada porque estaba haciendo un estudio para un libro que le habían encargado  de una universidad americana.

Lo de la universidad se lo inventó Tomás y Lola se lo creyó porque estaba cansada de leer siempre por aquí y por allí la cantidad de asuntos sobre los que se investiga en esas universidades. Una vez, en el dentista, había visto las fotos de unas mujeres oliendo axilas de hombres para que el estudio demostrase que a las mujeres les gusta como huelen los hombres, así que le pareció normal que otro estudio estuviese interesado en "adolescentes problemáticos de Soria", que fue el nombre improvisado con el que Tomás, que jamás le había puesto título a nada, bautizó al cable que le echó a Lola.

El chico mejoró para alegría de todos, especialmente del viejo, que pagaba el tratamiento discretamente sin que nadie lo sospechase, y él empeoró de todas sus enfermedades sin que nadie lo supiera mientras elaboraba otro plan rocambolesco al que había titulado "Cásate con Lola y déjaselo todo".

Él no tenía familia, pero tenía dos casas, la de Soria y la de la playa, un dinerito guardado y la paga que le quedaría a Lola si aceptaba casarse con él. Aunque el plan tenía cinco años, él había preferido esperar a  estar seguro de que se iba a morir pronto para no enredar a Lola en más problemas de los que ya había enfrentado. La conversación de hoy con el médico le había hecho ver la urgencia de acelerar la boda y quería dejarlo todo resuelto cuanto antes.

Cuando entró en el bar, cansado y con frío estaba un poco preocupado con la manera de abordar el asunto. Lola estaba en ese momento terminando de pasar un paño en una de las mesas del fondo, y cuando lo vio parado en el quicio de la puerta, dejó su frialdad profesional para salir apresurada a su encuentro, quería decirle que había estado preocupada, preguntarle porqué se había atrasado, incluso regañarle.

Cualquiera de esas frases era tan inapropiada que cuando llegó delante de él se le atascaron todas. Parados los dos frente a frente cada uno con tantas cosas que decir y sin saber como hacerlo fue ella la que lo arregló todo con un gesto mucho mas inadecuado que cualquier frase.

Se acercó a él y lo abrazó como se abrazan las personas que se quieren. Él aceptó su abrazo con  naturalidad, hacía años que no era abrazado así y los dos se fundieron uno en el otro con los ojos cerrados y el corazón abierto.
Ajenos a todo lo que no fuera ellos.
Los pocos clientes que  quedaban, el otro camarero y el dueño del bar miraban en silencio y todos escucharon cuando Tomás abrazado a Lola, dijo bajito:

- Cásate conmigo
Y ella respondió
- Nunca me he casado.

Él apretó el abrazo y con dulzura le pasó por primera vez la mano por el pelo mientras susurraba para que sólo ella lo escuchase:

- Déjame ser el primero.

Isabel Salas
 


RELATO DEL LIBRO @EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSEREDITADO EN 2015







miércoles, 10 de diciembre de 2014

73 DÍAS


Me llamas después de 73 días y me dices que no ha funcionado, que no consigues olvidarme. Me encantaría ayudarte, pero no sé quien eres.
A mí me funcionó.
Isabel Salas

lunes, 8 de diciembre de 2014

CORAZÓN







Si tú eres  una partícula  y por azar del destino te ves obligado  a intercambiar tu momento lineal con otra partícula  y además  te interesa, por algún motivo  tuyo particular,  medir la intensidad de dicho intercambio,  según la Física, te hace falta una magnitud vectorial llamada Fuerza  para medir toda esa movida.


Por supuesto que a las partículas les importa una mierda  todo eso, pero a las personas  nos fascina andar midiéndolo todo y antes o después algún hijo de puta se pondrá a medir la magnitud vectorial de cualquier cosa y a tocar los  huevos intensamente a las pobres partículas.

Hay otra definición de fuerza que también me gusta mucho, dice que es todo  agente capaz de modificar la cantidad de movimiento o la forma de los materiales. Por ejemplo, tú estás pacíficamente  viendo la televisión en tu sofá  y llegan a tu puerta unos mormones con su biblia y sus corbatas a sacarte del reposo y a meterte susto con la llegada del fin de los tiempos.

Pierdes la forma de sentado, te pones en movimiento y vuelves  minutos después, endemoniado, a  intentar  pillarle el hilo al  anuncio maldito que ni se entiende que está vendiendo de tan complejamente que fue elaborado.

Pues eso se puede decir de dos maneras, o bien que los mormones te han jodido, o bien que eres un material  modificado  en su forma y su movimiento por una fuerza.
Mucho más fino.
Mas cultural.

Estar jodido por un mormón nunca será lo mismo que estar elegantemente modificado por un agente.
Te pongas como te pongas.

En este universo existen muchas fuerzas. Las que me gustan más de toda la vida son las fuerzas gravitacionales. Las amo. Cuando me enteré que existían me dormía en pánico imaginando que pasaría si algo fallase y de pronto la gravedad se apagase.
¿ Flotaríamos?
¿ Se escucharía algún  chasquido?
Las tejitas de las casas, los tomates de la tienda, nosotros y nuestras madres, que nos cogerían de la mano, los perros, los coches...todos a flotar.

Los niños hay que ver que imaginación tienen.
Yo me preguntaba como reaccionarían los pájaros al ver su espacio invadido por todos los demás.
El agua flotando.
Las estrellas y los caballitos de mar  flotando entre zanahorias y autobuses, camino del espacio infinito. Que susto sería.
Que miedo por Dios.
Por suerte  nunca pasó y aquí seguimos todos felices sin flotar.
Algunos más felices que otros, eso es verdad, pero todos en el suelo.

Las otras fuerzas que existen no es que me caigan mal, es que no me atraen tanto. Comprendo que si eres un imán de nevera, no podrás imaginar tu existencia sin el electromagnetismo y otras tonterías, pero yo a lo que voy es a las fuerzas que necesito cada día para ser yo.
Para sujetarme a mí misma dentro de mí y no salir de mi reposado interior convertida en agente modificador  que lo modifique todo a hostias.

Esas fuerzas que no se miden en Newton.
Las que uso para no volverme loca ante tantas injusticias y no convertirme en uno de esos chalados que se lían a tiros desde la torre.
Los científicos estudian poco esas fuerzas, pero deberían prestarles más atención.
Deberían venderlas por kilos.
Para poder ir a la tienda y pedir tres manojos de fuerzas frescas para no tener que salir reventando capullos.

Me preocupa mucho  que un día esas fuerzas fallen, como cuando era niña temía que se jodiese la gravedad.

Veo como día a día, por fugaces momentos de pánico creo que ya no tengo.
Me invade la ira y una furia ciega se apodera de mí.

Veo como a los fuertes se nos pide más y más mientras la ayuda que se nos deniega va destinada a débiles llorones que saben hacer más ruido que nosotros. Especialistas en  llamar la atención mientras  lo ensucian todo con sus mocos depresivos.
Cobardes sin escrúpulos que amenazan continuamente con suicidarse si son desatendidos sus caprichos.
Los típicos chantajistas  emocionales, que nunca tienen freno, nunca tienen bastante y siempre están necesitando algo.

Y siempre lo consiguen.
Porque siempre hay alguien cerca que no quiere cargar con la culpa del suicidio del débil.
Porque saben dar pena y consiguen ser el centro atención.
Lo quieren todo.
Lo roban todo.
Lo exigen todo.
Y yo estoy cansada.
Cansada de entender que ellos necesitan más que yo.
Cansada de ponerme en el lugar de los que priorizan salvar a un suicida antes que salvarme a mí, porque tienen miedo de la culpa o porque tienen asco de que les salpique la sangre.
Cansada de decir no importa, lo comprendo.
Cansada de ser fuerte.

 ¿Dónde se buscan las fuerzas que amarran mi cordura?
Ya dije hace días que no me quedaban tripas para fabricar más carne de corazón.
Pero no fue bastante.

Hoy saqué mis arterias y mis venas.
Las dejé secar y fabriqué unas cuerdas. 
No para tejer un corazón improvisado, de esos que parecen corazones normales llenos de fuerzas que evitan la locura.
Llamé a una araña amiga que un día me ayudó a fabricar una tela de penas de araña y le dije que me tejiese a mí dentro del corazón. Me miró raro, pero entendió que hablaba en serio cuando miró en mis ojos y vio el abismo.

Es una artista.
Ahora  no necesitaré ningún esfuerzo.
Es imposible salir de esta madeja para matar a nadie.
Los suicidas están a salvo.
Los locos.
Los mormones.

Y yo también.

Isabel Salas








domingo, 7 de diciembre de 2014

LA ÚLTIMA MEJILLA

                          El Arte en el Parque: Escultura "LA OTRA MEJILLA" de James Mathisson


Ya puse todas las mejillas.
Me han dado hostias en todas.
En la primera, en la otra... en la siguiente...
En todas.
Las hostias  parece que no han terminado,
sigue habiendo muchas.
Pero por suerte las mejillas sí.
Ya no me queda ninguna.

Vamos a probar otro método a partir de ahora.


Isabel Salas

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL RABO DE ROCKY



Un perro perdido es como un niño perdido.
Se les pone una cara de susto muy grande y miran a los ojos de la gente que pasa con ese desespero de terror que trae el desamparo.
En el caso de los niños, normalmente en pocos minutos alguien se da cuenta y le dice quédate tranquilo vamos a buscar a tu madre, no te asustes, yo te ayudo.
Los niños se tranquilizan, le dan la mano al desconocido y en cuestión de pocos minutos los mecanismos de búsqueda de la familia están activados.
Sea en una playa o en un centro comercial, lo normal es que en poco tiempo el niño sea devuelto sano y salvo a unos padres llorosos y todos terminan riendo.
Durante esos breves momentos de separación, por la mente de los padres pasan  todas las escenas de los daños y peligros a los que su niño está expuesto sin el amparo familiar, pero por suerte muy raramente en esas ocasiones hay un psicópata al acecho y  la mayoría de los casos terminan en felices reencuentros.

El caso de los perros es diferente.
Muchos no están perdidos accidentalmente.
Algunos están abandonados y ellos ni lo sospechan.
Creen que están perdidos porque su humano los ama  como ellos lo aman a él y ni por un segundo imaginan que el desespero por volver a estar juntos , pueda ser unilateral.
A veces es así y el dueño está tan desesperado como el perro, pegando cartelitos con su foto por los árboles del barrio y pidiendo en la radio que por favor lo devuelvan si lo encuentran.

Otras no.
Hay veces en que el perro ha sido abandonado de propósito  en una carretera o al otro lado de la ciudad y hay otras en que aunque la pérdida del animal ha sido accidental, se produce un cierto alivio en el humano porque ya estaba cansado del perro, o resulta mas caro de lo que pensaba mantenerlo y cuidarlo...o ha crecido demasiado para los espacios domésticos disponibles.

Sea como sea, el perro perdido buscará durante horas en todos los rostros que se cruzan con él, el rostro amado de su dueño y al contrario del niño humano que en seguida encuentra una mano amiga, el perro no.
El perro asusta.
Está nervioso y las personas lo espantan imaginando que pueda morder a alguien.
El perro aprende que llegar cerca de un desconocido  llevando al final de la correa un humano lo convierte en un perro respetable de buena familia, pero así sólo...es muy diferente, y al poco rato aprende lo que es un perro indigente.
Infracanino...
Baja de categoría conforme las horas pasan y el pánico se apodera de él.
Unos se acurrucan debajo de algún coche, otros intentan entrar en un auto, otros le mueven la cola a cada niño que pasa, y otros tienen la suerte de que Anita pase por allí.

Anita es la mujer bonita con mirada dulce que encontró un perro perdido y se conmovió.
Le dijo ven, no te asustes, te ayudo a buscar a tu familia y con sus gestos amables le quitó el miedo a aquel perro en pánico.
Creo que algo tuvo que ver la sonrisa y su sinceridad a la hora de hablarle. Su voz graciosa  con acento extranjero o el brillo de su pelo que huele tan bien.
Ella se lo llevó a casa y activó los mecanismos de búsqueda para encontrar a la familia del perro. Al contrario de lo que pasa con los niños, los perros pueden estar varios días esperando el desenlace de la aventura, y como tantas veces sucede...la convivencia forzada puede terminar desencadenando enamoramientos inesperados.
Y eso fue lo que le pasó a estos dos.
Varios días de convivencia habían creado un vínculo fuerte entre la mujer y el perro y cuando el dueño apareció por fin, Anita sintió una gran tristeza por tener que devolverlo.

Intentó disimular para ella misma no sentirse boba por haberse encariñado tanto con aquel animal de paso, que accidentalmente, había compartido con ella esos días de espera. 
Por eso, cuando el dueño le confesó que en realidad él, aunque  había estado preocupado, en cierto modo también estaba aliviado con la pérdida del perro porque   estaba siendo complicado cuidar de él, ella se puso muy contenta.
Escuchó como en las nubes mientras él  le  explicaba  que en parte esperaba que una buena familia lo hubiese encontrado y tal vez no  tuviese que volver a hacerse cargo de él, pero que lo haría...si hacía falta.

No hay que ser un genio para comprender que esa era la mejor noticia para Anita y para Rocky.
Sin meternos a juzgar al otro humano y sus legítimas razones, el caso es que a  los dos protagonistas de nuestra historia se les resolvió de la mejor manera toda aquella situación.

Normalmente pasean juntos desde entonces y están felices de no haber tenido que separarse.
A ella le gusta llevarlo a la playa en invierno cuando no hay gente y nadie protesta.
En verano se van al campo, y sea la época que sea, se les ve contentos.
Tienen ese brillo en los ojitos de los seres que aman y son amados.
El pelo de Anita sigue oliendo tan bien como olía el primer día, pero para Rocky es mucho más que un olor bueno de limpieza o de champú.
Es el olor del hogar.
El olor de lo amado.
Ese olorcito que entra dentro y si eres perro te hace mover el rabo con alegría cada vez que lo sientes.

En la foto no se ve, pero os lo cuento yo, mientras Anita lo sujetaba para que saliera guapo en la foto, el rabo de Rocky no paraba de moverse.

Isabel Salas

domingo, 30 de noviembre de 2014

CÉLINE Y YO


Siempre he leído mucho y de todo, desde libros considerados de calidad hasta cosas consideradas de quinta categoría pasando por el bote de champú que es una lectura muy inspiradora en ciertas horas.

Libros de aventuras para niños, para adolescentes, para adultos, prosa y poesía, pero hoy quiero hablar de uno en particular. No es una reseña, es simplemente hablaros de él.

El libro que en mis horas mas tristes siempre me hace reír y me acompaña.

Hasta hoy me sorprende recordar  lo mucho que me reí leyendo los dos primeros capítulos de Viaje al fin de la noche del escritor francés L. Ferdinand Céline, la primera vez que cayó en mis manos, y desde entonces lo he releído varias veces, la última hace unos seis años, y lejos de hacerme menos gracia, me hizo más gracia que nunca.Seguramente porque he vivido más y mi capacidad de comprensión se ha incrementado junto con mi capacidad de aguantar compresión también.

En él,  el protagonista se alista en el ejercito en una hora de arrebato etílico y a partir de ahí comienzan sus desgracias una atrás de otra.
Yo no he sido nunca de beber mucho pero también he hecho muchas cosas en el arrebato y las consecuencias de esas horas  de idiotez extrema se han convertido  en horas muy malas que se han arrastrado por años y años, como le pasa a Ferdinand Bardamu, que así se llama el infeliz héroe, que desde la mesa de un bar donde estaba de copas con un amigo, viaja hasta el fin de la noche , del pozo y de su puta madre, sin entender mucho dónde fue que la cagó exactamente para estar sufriendo tanto.

Eso digo yo, que impulso te lleva algunas veces a hacer lo que haces. Tal vez sea sadismo, pero a mí me consuela y me divierte ver esa sucesión de desastres encadenados que si bien no son paralelos a los desastres que me han pasado a mí, sí que me han servido para comparar.

En el libro hay escenas tremendas de la guerra de trincheras y  tan bien narradas y con un lenguaje tan crudo que  entran al mismo tiempo ganas de llorar y de reír. Llorar por lo dramático, reír porque cuando el drama aprieta es casi imposible  que no invada el lado de la comedia.
Y cuando eso pasa y el escritor sabe escribir, puedes verte soltando una carcajada al leer que un soldado se cabrea porque estaba hablando con un compañero y en medio de la frase le matan el amigo y  hay que ver lo que jode que te dejen con la palabra en la boca, y aunque sea porque se mueren, jode lo mismo.

Dejo claro que no he estado directamente  metida en ninguna guerra, he visto sin embargo de cerca varias caras de la violencia y entiendo el miedo. 
Céline tiene una capacidad absurda de llevarte de su mano  hasta verte en el medio de cualquier escena haciéndote al mismo tiempo protagonista y espectador. Eso para mí es una terapia, pues me permite experimentar sentimientos que conozco desde la piel de otra persona que no soy yo, a quien sin embargo le pasan cosas que puedo entender perfectamente porque se parecen mucho a las que yo he vivido, mirado desde cierto punto de vista que sólo  el vínculo que se crea entre quien escribe bien y quien lee bien, explica.

Más tarde, Ferdinand decide desertar haciéndose pasar por loco y esa parte me encanta.  ¿Quién no se hace el loco alguna vez para escapar de alguna situación insoportable? Yo desde luego me hago la loca estupendamente si hace falta y de nuevo comprendo esa salida rara para ver si dejan de joderme viva cuando parece que no hay compasión y la alternativa es hacerme la lista y decirle al cabrón que está jodiendo que se vaya a la mierda y allí pacíficamente encuentre un arbolito bien derecho y a ver si se ahorca un poquito en nombre de la humanidad.


Después de la guerra, de pasar por el  manicomio y de un noviazgo con una norteamericana, Lola, termina en un barco camino de África. Durante la travesía también la lía parda y acaban  queriéndolo matar. De nuevo se escapa pero no quiero contar los detalles para que os pique la curiosidad.

Cuando me vine de España a Brasil no me quisieron matar en el avión, dejemos eso claro, yo soy buenecita.

Sobrevive al viaje y se instala en las colonias. Esa parte del libro nos describe la vida en las colonias de una forma muy crítica. Hay mucho que criticar con tanto imbécil  que se cree superior, la típica casta de  enchufados amantes de la burocracia, su prepotencia al tratar a los africanos etc...

Es patética esa sociedad que enseña, y de nuevo  tan parecida a lo que he vivido yo en Brasil, donde cinco pelagatos se han colocado en  la cima de la pirámide social y son tan ridículos y mala gente  como esos franceses degenerados que  Céline retrata en su libro. 

Aquí ellos mismos se auto denominan como integrantes de las "familias tradicionales", y creo que eso quiere decir que llegaron antes que otros y se colocaron mejor. Descendientes de pobres emigrantes que sólo traían hambre en sus barrigas pero que hoy pertenecen a una especie de aristocracia local que da asco.

Insolidarios, inmorales y canallas como los franceses de las colonias descritos en ese libro. Así que de nuevo entiendo de lo que habla, no es muy graciosa esa parte, más bien da ganas de llorar al ver como  se parecen los hijos de puta estén donde estén y vengan de donde vengan.
Llorar y vomitar.

Unos pocos pisando a muchos, pagando sueldos de mierda y organizando tómbolas de caridad para recochinearse y darle ese toque cruel a la explotación del hombre por al hombre.

En el libro le pasan muchas cosas,  enferma, se lo llevan preso,  llega  a un estado cercano a la esclavitud y al final  sale de África y se da una vuelta por  EEUU. Allí encuentra a  su ex novia, aquella Lola de la primera parte y también se hace amigo de una puta que no recuerdo como se llama.

No se adapta a los norteamericanos y termina volviendo a Francia y ejerciendo la medicina. Yo todavía no me he ido ni sé si me iré de aquí o si regresaré a mi país, así que no puedo ver tantos paralelismos con lo que conozco en esta parte.
Entiendo las sensaciones  pero ya está.

Esta parte del regreso es la más triste.
Te ríes poco.

Trabaja como médico pero siente verdadero asco por sus pacientes, y no es rechazo por la enfermedad, es rechazo por las personas.
Repugnancia, desprecio...ha visto lo peor del ser humano en las trincheras, en los manicomios, en los barcos, en las colonias  y en tantos sitios que sus ojos ya están saturados.

Sus ojos, su corazón, su alma, su cerebro.

Está hasta los mismísimos huevos de todo. Se queda aislado en su pozo de amargura y desde allí va sobreviviendo como puede.

No me identifico con ese sentimiento, hay gente que no me gusta pero hay muchos que me gustan. Aún así trato de entender como se siente Ferdinand, aislado en ese  fondo de la oscuridad de la negra noche...y puedo imaginar su dolor. Es la parte de libro en que más se llora. Al menos yo, que soy de esa gente que llora con los libros con las películas y con los anuncios cuando llega la parte de llorar.

No sé si a alguien le va a entrar ganas de leer este libro,  después de leer todo esto pero desde luego yo lo recomiendo.
Te hace sentir con INTENSIDAD.

No voy a decir que es muy bonito, porque seria ridículo, es una obra de arte total y absoluta. Nadie diría que ese cuadro de EL GRITO es muy bonito, pero todos nos sensibilizamos ante  ese grito de colores pintado con tanto talento.

Pues lo mismo, si yo fuera editor colocaría ese cuadro en la portada, para que se entendiese de que va el libro. Como cuando ponen una pierna de mujer con una liga para decir que el libro es sensual.

La vida de su autor también fue muy aventurera y dicen que el libro es en parte autobiográfico. Yo no sé cuanto hay de verdad y de inventado en lo que él escribió, sé que me llegó  y me transportó a su mundo.

Me enseñó  mucho sobre el ser humano y sobre mí misma y creo que para eso se escriben libros. Para eso y para muchas cosas más y éste libro merece todas las penas que se pasan leyéndolo.

Isabel Salas