jueves, 28 de marzo de 2019

ALEATORIEDADES



Algunas cosas pasan a la luz del día y otras a plena luz de la noche.


Las hay que pasan desapercibidas y otras que llaman la atención de todos, incluso, aunque no existan.

Muchas suceden entre cuatro paredes y otras, magníficas, sólo entre tus brazos. Cosas que no deberían de haber pasado y otras que desearíamos que pasaran y rezamos para que así sea. Algunas que a nadie importan, y que aún así, se meten en las conversaciones de las vecinas chismosas y unas cuantas que pasan tan a las claras que todos se deslumbran y ni las ven.

Las hay que pasan lentamente, como los días sin ti y las que lo hacen a la velocidad en que la limonada baja por la garganta en días de verano. Rápida y mística, haciendo que te quieras hincar de rodillas ante el altar del Dios del hielo.

Cosas que me pasaron contigo y otras que sucedieron cuando ya te habías muerto, (ido, callado, mudado, casado) y tengo que contártelas de noche, en mis sueños, llorando a veces, imaginando que me oyes.

Me pasan cosas imposibles de creer y otras tan absurdas que ni merece la pena contarlas. Coincidencias increíbles, misterios insondables, enamoramientos inexplicables, deseos inconfesables, hambres incontrolables, ganas de reír, de llorar, de morir, de vivir, de parar, de seguir, de sembrar, de dormir, de escribir, de mirar por la ventana esas ramas mecidas por el viento.

Tan dulcemente.
Tan hojas vivas, tan juguetonas, tan llenas de susurros, tan esperando la lluvia,  tan del agrado de mi gata.

Pero llega gente, me traen regalos o noticias, y hacen que tenga que tenga que alejarme de la ventana. Gente que me cuenta chistes, me distrae, me enseña nuevas recetas de buñuelos o comparte secretos conmigo que preferiría nunca haber escuchado.

Hay hombres que me tocan la guitarra para enamorarme y otros que me tocan las tetas para calentarme. Algunos fingen que me desean para tratar de conseguir algo de mí y otros que no me quieren aunque sus manos y sus ojos me coman viva.

Hay momentos de paz y otros de guerra, de recapitular, de quemar naves, de rendirse, de construir, de decidir, de destruir, de irse, de posponer, de llegar, de bailar, sacarse el carnet de conducir, de beber, de descansar, de discutir, de arreglar el armario, de limpiar las ventanas o de hacer sexo oral.

De alejarse.
De volver.

De arrepentirnos, de pedir perdón, de pedir permiso, de pedir la vez en la fila, de pedir favores y de imponer.

De mandar flores o de  mandar a la mierda.

De dar la mano, de dar la razón, de dar por bueno lo nefasto, por perdido lo que no nos ama, de dar las gracias o de dar la enhorabuena. De hacer la cama o de deshacerla hasta sacarle sangre, de hacer bizcochos y de hacer oídos sordos.

Así es la vida, una sucesión de anécdotas, de comidas, de actos, de canciones, de risas, de orgasmos, de frases, de viajes, de poemas, de besos, de maletas, de gatos, de ginecólogos, de bibliotecas, de señas de wifi, de pediatras, de colores para las uñas, de abrelatas.

Y así son las cosas.
Aleatorias.

Como el baile de las hojas de la ventana, como la vida.
Como las caricias de mi gata.

Tan impredecibles.

Isabel Salas




domingo, 24 de marzo de 2019

PRECISAMENTE


Y justo ahora, que mis azules y mis anaranjados se vuelven grises, mis ojos y mi pelo aprendieron, por fin, a resplandecer sin luna o sin estrellas, emanando por sí mismos inesperados brillos, que nacen aleatoria y espontáneamente sin aviso previo.

Precisamente ahora, después de desprenderme de tanta basura mitocondrial, religiosa y social, he logrado dejar en el camino tanto lastre inútil, que mis baúles cargan ahora toneladas de espacio para que quepan en ellos todos los tesoros del mundo. 

Hoy, son capaces  de  guardar lo que tanto tiempo aguardaron y pueden al fin, cumplir la misión sagrada de atesorar momentos y  vivencias valiosas libres de tantas bisuterías fútiles.

Isabel Salas




lunes, 18 de marzo de 2019

RAMIRO



El tendero del barrio es un ladrón. Siempre que puede te roba en la cuenta, en la vuelta, en el peso o en el precio.

Todos lo sabemos, y aún así acudimos a su tienda a colaborar con su necesidad de robarnos, como una costumbre local o un rito secreto ancestral del que todos somos parte.

Es como si Ramiro, que así se llama el tendero, estuviera viciado en robar y todos entendiéramos que si no colaboramos acudiendo regularmente a su mostrador a pagar el tributo, él podría morirse de síndrome de abstinencia o de la decepción. Nos quedaríamos, entonces,  sin ese bello local donde mágicamente encuentras de todo o tal vez, (Dios no lo permita), aparecería otro cabrón, más ladrón que él, a sustituirlo.

Y eso nadie lo desea, estamos acostumbrados a él.

Siempre es muy educado. Podríamos decir que es extremamente amable, y sin ser servil, sabe cómo hacer que te sientas especial. Nos saluda a todos por el nombre y nos pregunta como estamos, te dice cuando llega un pan menos correoso, o un queso más sequito, tal y como recuerda que te gusta. Se acuerda que preguntarte por la tos de la semana pasada o por las notas de la niña, que además de estar cada día más hermosa es muy buena alumna y un orgullo para la familia.

Si eres mujer te galantea y te hace sentir bonita sin caer en la vulgaridad o en el coqueteo, y si eres hombre te habla de futbol, de marcas de cerveza y te felicita por el excelente empleo de tu hijo en la capital.

Nadie comenta sobre el comportamiento deshonesto de Ramiro. Tal vez todos creamos que somos los únicos genios que nos hemos dado cuenta de cómo nos roba, pero nadie se va a animar a decir nada. Ningún vecino va a levantar la liebre  por temor a que el resto del barrio se ponga en su contra.

Somos conscientes de su alegría cuando nos consigue sisar unos chavitos. Llega a ser tierno. Nunca es mucho, pero cualquier poquito basta para dejarlo feliz. Sospecho que esas pequeñas cantidades que nos roba a todos, las deposita secretamente en algún lugar mágico donde algún dios terrible le cambia ese dinero sucio por años de vida o de salud para su próstata.

Sospecho también, que el silencio que guardamos en el barrio sobre el asunto es igual al que se guarda en otros barrios respecto a otros comerciantes ladrones y se debe a que intuimos que algo muy feo vive en nuestra ciudad.

Algo muy sucio y cruel que se alimenta de nuestras bajezas, de los adulterios, los engaños, las envidias, los golpes en los niños, de los perros quemados, de las calumnias y de tantas otras cosas horribles que hacemos los habitantes de nuestra pequeña y linda ciudad.

Cosas mucho peores que robar en el cambio.

Preferimos que sean los tenderos de cada barrio, los sacerdotes encargados de negociar con nuestro monstruo y por eso le sonreímos a Ramiro cuando nos agradece aliviado, la nueva compra, nuestra última contribución a su noble causa.

Es en su mostrador que pagamos por nuestros pecados.

Y en realidad, salen baratos.

Isabel Salas


martes, 12 de marzo de 2019

LOTERÍA

MADRE 
Autor Joaquín Sorolla



En este cuadro de Sorolla vemos a su esposa Clotilde y a su hija Elena descansando tras el parto. Sábanas limpias que desde aquí, tantos años después y a tantos kilómetros de distancia, aún huelen a jabón. Ambiente acogedor, paz, ternura y esa suave atmósfera de promesa y de futuro que parece rodear a cada bebé y, que en este caso, ha sido mágicamente capturada por el talento del padre pintor de la niña recién llegada.

Es uno de "esos cuadros" que, cuando juego, con mi hija menor, a fantasear en cómo gastaríamos el dinero si nos tocara la lotería, no puedo resistir incluirlo en mi lista ideal de obras de arte, junto a la Virgen del velo y otras pocas obras que siempre creo que deberían ser mías y colgar de mis paredes.

Sin embargo ella dice que la lotería ya nos tocó cuando la vida nos juntó haciéndonos madre e hija.

Tiene razón.





sábado, 2 de marzo de 2019

SIN PERDÓN


No es que él
no supiera pedir perdón,
saber sabía,
pero no quería.

No es que él
no pudiera abrir su corazón,
poder podía,
mas no quería.

Tal vez ella
supiera perdonar.

Ella sabía.
Ella podía.

Pero él,
sencillamente,
no merecía.

Isabel Salas