martes, 24 de octubre de 2017

QUEDAN BASTILLAS


Mi voz no suena fuerte
como el trueno
ni retumba feroz
entre las piedras.

Mi voz es una hoz
que suavemente,
con firmeza,
te salva de la muerte.

Corta malezas
amputando maldades,
resucita bellezas
matando
vanidades
y grita versos
calladitos
que arañan corazones
convertidos en gritos.

Mi voz es voz escrita,
es palabra,
es canción.

Es voz de himno,
voz de marcha.

Dura un segundo
y acaricia tu mundo
como la escarcha.

Lo refresca
lo llena de colores,
y abre en tu alma
una nueva muesca.

Mi voz
no suena fuerte,
pero tiene esa magia
que salva de la muerte.

Canta conmigo,
levanta tu barbilla,
respira hondo,
y aprieta el paso.

En cada barrio
aguarda una Bastilla.

Isabel Salas


lunes, 16 de octubre de 2017

NARANJAS



No sé si aún te quiero.

Sé que te quise y tú lo sabes, te quise mucho y tal vez es verdad, como dices cada vez que me vienes a ver, que una parte de mí nunca dejó de amarte. No sé negarlo ni tengo argumentos para discutir.

Me siguen gustando las naranjas y me gusta verte llegar cada semana cargando una bolsita llena y esa sonrisa con la que anuncias"vitamina C", como si bastase invocar el poder sagrado de las vitaminas para olvidar estos años lejos de ti y regresar, como me pides, a tu corazón, como quien vuelve a casa.

No sé donde se fue el amor, si está dormido como tú dices y se despertará como se despiertan los amores a fuerza de besos, o si se terminó y nada podrá hacer que brote el tronco seco que ya gastó todas las lágrimas llamándote a gritos en cada orgasmo lejos de ti. Tampoco sé mentirte, amor, me enseñaste a decirte siempre lo que sentía y así sigo, desnudando mi alma cada vez que te hablo, y confiando siempre en la inmortalidad de la pureza.

No se puede volver al pasado, afirmas, pero se puede leer el mismo libro años después siendo más sabio y tal vez sea verdad, pero mi libro ya no es el mismo, tiene más capítulos que cuando lo leíste y no todos son fiestas de cumpleaños. 

Tal vez debas leerlos todos, dejarme hablar, sin decir que no importa. Debo contarte todo lo que pasó para estar bien segura de que sabes quien soy. Quien soy ahora y no quien fui, en quien me transformé.

Entonces tal vez, cuando de verdad me mires con los ojos de ahora y yo sepa quien es el hombre que hoy me escucha, merezca la pena regresar a ti, sabiendo adónde voy y tú quién soy.

Es cierto que tus besos siguen sabiendo rico, que Montaner sigue sonando mejor en tu coche que en cualquier escenario y que mi sonrisa sigue entrando enterita en la tuya cuando me muerdes, pero no basta eso para que las naranjas hagan milagros y anuden nuestras almas reatando los lazos que se desbarataron.

La vitamina C necesita su tiempo para actuar, y como sabes, tiempo me sobra y naranjas nunca te faltaron.

Mi zumo, ya lo sabes, con hielo y sin azúcar.

Isabel Salas

martes, 10 de octubre de 2017

CEDER



A veces tienes que ceder.

Eso te dicen, que en la vida hay que saber ceder y tú, que quieres ser sabia y portarte bien, cedes.

Y cedes desde que te echas a andar, maldita sea.
Transiges en la escuela,  en el tobogán del parque, en el kiosko de palomitas. Cedes con tus hermanos, con tus hijos, con tus hombres.

Cedes asientos en el autobús y cedes la vez en la fila de la carnicería porque esa otra mujer parece aún más cansada y más triste que tú y llegó arrastrando esas piernas llenas de varices gruesas como dedos y a ti se te ocurre que cederle el lugar es una idea estupenda, así que lo haces y la haces sonreír y ella dice gracias y después le regalas tu tiempo y escuchas cómo te explica que está esperando que la llamen para operarse desde hace trece meses mientras tú piensas cuánto tendrás que esperar tú cuando tus venas te abracen por fuera y quedarte en pie sea una tortura.

Cedes también la película en el videoclub a tu vecino depresivo que estaba loco por verla o en las discusiones con tu cuñada porque no quieres joderle la puñetera Nochebuena a nadie, y menos a tu suegra que cuando se queda contrariada le da por beber y al final te toca a ti llevarla a urgencias.

Poco a poco te vas perfeccionando en el arte de ceder y un día estás cediendo en la negociación de gananciales a la hora de una separación o en el valor de tu hora laboral porque más vale un grifo goteando que cerrado cuando lo que gotea es dinero. 

Te especializas en el arte de ceder y cedes.

Cedes y cedes hasta que un día de pronto, te das cuenta que ceder se parece demasiado a conceder, a transigir, a dar o a entregar. Con la boca seca saboreas el sabor de otros verbos más cabrones como consentir, abdicar o claudicar y te parece que tienen el mismo gusto que desistir y entonces, simplemente, decides que ya no cedes más de momento.

Recuerdas que una vez te dijeron que a veces hay que bajar un escalón para poder subir tres más tarde y que lo bajaste, y más de dos y más de tres, y hoy, de pronto, así como si hubiese llegado volando desde quién sabe dónde, se ha posado ante ti la hora de empezar a subir de nuevo.

Levantas el pie, calculas la altura y decides que no cedes más.

El escalón es tuyo, el pie también, la rodilla y las ganas de subir. Todo lo tuyo quiere subir y los primeros pasos te llevan ante una librería especializada en diccionarios.

Cuando te preguntan que deseas , la respuesta sale de tu sonrisa de par en par, oliendo a brisa de playa:

- Un diccionario de antónimos por favor.

Isabel Salas






domingo, 8 de octubre de 2017

AMIGAS


Tengo amigas así, 
olas azules bordaditas de espuma
blanca y plata
que saben ser también
laguna
o catarata.

Valientes, decididas, 
atrevidas,
que juegan con las piernas de la gente 
que mira el mar 
sin atreverse a entrar,
por miedo que los lleve 
la corriente.

Tengo algunas amigas 
que saben inspirar sin imponer, 
saben estar y ser 
y saben, sobre todo, 
sonreír, 
como sonríen 
los que no tienen miedo de vivir. 

Esas amigas 
que lloran por lo mismo 
que yo lloro 
y desean lo mismo 
que deseo, 
son amigas que comparten
mi lucha 
y mis motivos 
y amigas cuya alma, 
calienta el mismo fuego.

Y me gusta saber, 
que esas amigas, 
levantan la bandera que levanto 
y sueñan con lo mismo 
que yo sueño. 

Saben ser compañera, 
y hombro amigo,
pañuelito prestado 
o escalera.

Isabel Salas


jueves, 5 de octubre de 2017

GARANTÍA



Hasta yo, que no soy de rezar, a veces siento esa necesidad imperiosa de dominar la magia, o conocer los rituales más secretos y poderosos que me permitan proteger el brillo de la mirada verde de mi amada hija, cuando llega como hoy, y después de merendar, con la pancita llena, me dice que mire la foto que se hizo en el cole con una de sus amigas.

Sin poder evitarlo se llenan mis ojos de lágrimas por ese futuro inescrutable que planea sobre ella. Sé que aún no está escrito, y sé que en él caben muchos posibles finales y demasiados diferentes capítulos.

Y me gustaría tener el poder de escribirle la vida más feliz, más segura y más llena de amor posible y decirle que no se preocupe, que está todo bien y siempre lo estará, que le he llenado el futuro de momentos felices y de sonrisas. Me gustaría registrar ese libro, como registré los otros que escribí y poner en género literario, en vez de prosa o poesía, una palabra mágica que siempre me sonó a certeza y a honestidad, a apretón de manos cósmico con todos los dioses y sus ángeles: "garantía".

Recuerdo cuando era niña y aprendí su significado, como me pasé meses escribiéndola por todos lados mientras repetía, como un mantra sagrado, susurrando bajito, que lo que deseaba se iba a realizar con toda seguridad. La escribía en las suelas de mis zapatos gorila, en la parte de atrás de la lavadora y en el segundo escalón de la casa de la Calle Tercia. Allí vivimos dos años, y justo donde el ala de un ángel de hierro que adornaba la barandilla, daba un toque en el escalón yo me agachaba y con mi lápiz escribía en letritas bien chiquitas la palabra garantía.

Recuerdo que en una ocasión el vecino del primero, me pilló en pleno acto vandálico y me preguntó que estaba escribiendo. Aquel hombre se llamaba Joaquín y era muy mayor, al menos así me lo parecía, no recuerdo casi nada de él, pero sí que su mujer se llamaba Lola y que a veces me pasaba la mano en la cabecita  cuando lo encontraba en la escalera y me decía "que niña tan educadita" cuando lo saludaba con un buenos días o un buenas tardes al cruzármelo.

Seguro que aquel día no le parecí tan educadita al pillarme escribiendo en el escalón de mármol blanco. 

Cuando le confesé que estaba escribiendo la palabra garantía, sonrió.

¿Y eso para qué?
- Pues para que todo salga bien.

Todavía recuerdo la carcajada que soltó antes de responder:
- Excelente idea Isabel, magnífica idea.

Me pareció sorprendente que "un mayor" pudiera estar de acuerdo con aquella magia infantil improvisada, pero me pareció tan sincera su risa y tan amable su gesto al tocarme el pelito que hoy al sentir esas ganas de escribir  garantía en el segundo escalón de la calle Tercia, número dos, para proteger a mi hija del futuro incierto, y poder prometerle que TODO saldrá bien, me hubiera encantado poder hacerlo y volver a encontrarme a mi vecino Joaquín Moreno para que me felicitara por mi magnífica idea.

Las buenas ideas son como las miradas de doce años, nunca caducan y siempre están llenas de magia.

Isabel Salas