Pensaemas

domingo, 14 de diciembre de 2025

MARILIA

 
 
Algunas fotos simplemente me gustan mucho. No tienen los mejores colores ni el mejor encuadre, pero tienen música y el poder de llevarme de nuevo a determinado  tiempo y lugar. 

En ésta estamos en el parque, en Marilia, una ciudad de Brasil. Era domingo.  Comimos en un kiosko que había cerca del área de juegos. Atravesamos un pequeño arroyito caminando en fila por un puente de madera que parecía de una película de Indiana Jones. Nos reímos. 

Recuerdo algunos detalles con todos los pormenores y otros seguramente se confunden con otros domingos y otros paseos, pero una cosa recuerdo con absoluta claridad, mientras posábamos para la foto mis manos tocaban a mis hijas y mi piel cantaba. 💙



 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

EL ORAĆULO METADATOS



Parece que, cuando acepté mis primeras kukis, también acepté los misiles y los aviones que nos fumigan. Porque con ese nombre... ¿cómo iba yo a entender lo que aceptaba? Yo solo quería ver el video de la rubia en la playa. Nadie me especificó. Eran cohokes, pero sin hache, y solo suenan y huelen  a "u" en la China mandarina.

Por lo visto, son como galletitas, y a mí me tocaron unas que no eran cookies: eran más bien croquetas de calamitud.

Sí, y a ti te pasó lo mismo, no te creas que te salvaste. Cuando hiciste clic en “Acepto los términos y condiciones”, firmaste sin leer la letra pequeña del contrato social que decía: “Usted renuncia a su autonomía a cambio de una falsa sensación de comodidad. Pero nuestros colchones son hermosos. Los puede pagar en 200 cómodas cuotas."

Y claro… ahora, con el cielo lleno de líneas blancas, no sabemos si son vuelos baratos de Rinahair o la nueva versión de Naplan Frienling, que viene con fragancia a sándalo y justificativo sanitario, respeta el ozono y no perjudica el Ceodós. Lo ama.

Pero tranquilos, los de Davos nos aseguran que es por nuestro bien. Lo juran con los pies juntitos, como muñecos de nieve de esa que no se derrite. No sé si ya la viste. Una pasada. Si le arrimas candela en vez de derretirse...arde.

Los malditos de YouTube que hablan de conspiraciones te quieren ver estresado. Tú respira hondo y piensa en tus chacras. Recuerda que hay fact-checkers para explicarte por qué estás equivocado cuando la vakuna de Hastaséneca parezca tener efectos policolaterales, y a algunos se les queden pegados los submarinos cuando naden en el mar.

¡Eso no es nada! Hazte amigo de los bots para aplaudir junto a ellos las versiones oficiales de las danas, los volcanes y los incendios. Como cuando aplaudíamos a las ocho en los balcones, ¿te acuerdas? Qué unión, qué sincronización. Hasta Curro el palmero quería resucitar para aplaudir con la peña, pero claro, resucitar no es para todos. Que se lo digan a Esther Williams.

En el cielo brillan esas nubes que no son nubes, o al menos vienen cargaditas de grafeno. ¿Y la luna? Se nota que es una nave anunaki plagada de túneles, llenos de niños que pronto los de Q irán a salvar con sus planes y sus palomitas. Confía. Pero sentado.

Tranquilos, que no punda el cánico.

Tenemos libertad de expresión dentro del marco de lo permisible. Fíjate en mí: las cosas que digo y aquí estoy, al frente de mi destino, sabiendo que al que Dios quiere para Titanic, del cielo le caen los icebergs. 

Si sientes que te vas a volver loco, al menos hazlo con el alto nivel de creatividad requerido para pasar unos años en Telegram. Allí el que no corre, vuela. Y el que vuela, no es traidor.

Solo prométeme que no empezarás a fabricar orgonitas en tu terraza o a beber hidrógeno líquido de cloro pensando que estás hackeando la Matrix y matando parásitos con la mano izquierda. Me imagino que nuestras cookies tienen chip de rastreo, código morse en las migas, y, si las mojas en leche, te activan un tercer ojo que ve los hilos del titiritero desde Suiza.

Y sí, claro, todos aceptamos sin leer. ¿Quién tiene tiempo para leer 57 páginas de cláusulas legales redactadas por abogados en fase lunar negativa?
¿Tú las lees?
¿Acaso tú sabes si hoy firmaste la venta de tu alma o solo activaste los subtítulos automáticos en YouTube?

Tengo un gif de Maradona diciendo: “¡Mirá lo que son estos muchachos!”. Me lo encontré una vez en el aeropuerto de Tenerife y fue muy simpático. Su mujer nos sacó unas fotos con él a mi hermana y a mí. 

Una con gafas de sol y otra sin gafas.

Le pedimos que se las quitara para que se notara que él.

¿Quién no se acuerda de aquellos dos goles contra Inglaterra?

Así que nada. Si vas a derrapar en la curva, que sea en la curva de la niña despeinada. Pero por favor, no te pongas a vender tamagochis: vende mariachis. Son mucho más interesantes y comen solos.

O si lo haces, mínimo que vengan en forma de Doraymon y tengan wifi. Porque leer las instrucciones del mantra de los que creen que los chemtrails son la nueva aromaterapia geoingenieril, es para pocos.

Y, sin embargo, aquí estamos, poetizando nuestra propia paranoia con un nivel de producción narrativa que ni Netflix en su etapa de “hagamos contenido raro, total nos da igual, que se le pierda un zapato a la Negranieves”.

Pero si sueñas con que te devuelvan todas tus cookes, olvídalo. Te las metieron entre párrafos legales, avisos que brillaban menos que el botón de "Omitir", y promesas de “una mejor experiencia de usuario”. (Aviso: era una mejor experiencia para ellos).

Ahora tus cookies han sido clonadas, vendidas, infladas, analizadas, y probablemente ya tienen su propio canal de TikTok donde disertan sobre tus hábitos de navegación. Devolver las cookies es como pedir que te devuelvan las neuronas después de leer los términos y condiciones de TikTok en sánscrito técnico.

Ya no espero eso. Evolucioné, en cierto modo.

Ahora no acepto cookies. Las amadrino. Les doy nombre, las siento a cenar, las meto en la cama con una mantita de JavaScript, y les leo cuentos de retargeting antes de dormir.
Mientras el resto del mundo activa el modo incógnito, yo estoy bordando cojines que dicen:
“Bienvenida, Cookie de sesión. Quédate cuanto quieras.”

Y sé que mi gesto hace que los servidores en Irlanda celebren, y el gran primo Zuckerberg abra una botella de champán en mi honor cada pocas sesiones.

Google me escribe cartas de amor en código binario.
Y Amazon ya sabe qué voy a comprar en noviembre de 2027.

Esta mañana me llegó un WhatsApp:
“Hola, hemos optimizado tu desayuno según tus últimos 58 clics. Esperamos que te guste el sabor a vigilancia con mermelada de metadatos.”

Isabel Salas 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

LAS PERSONAS DE LOS COCHES





Había una vez un niño lleno de lágrimas. Lágrimas paradas, arrinconadas como el arpa cubierta de polvo de Bécquer. Pero en vez de esperar una mano de nieve dispuesta a arrancarle la música... él no esperaba nada. Ni siquiera sabía esperar. Sabía aguantar. Resistir. Callarse. 

Algunas tardes se sentaba en la acera mirando los coches que pasaban con su carita seria y su sonrisa cerrada, imaginando cómo sería la vida de aquellas personas que pasaban tan rápido delante suyo. Alcanzaba a ver unos rostros que algunas veces discutían entre sí. Niños dormidos con las cabecitas dobladas. Mujeres llorando, hombres hablando por el móvil. Chicas preciosas que se pintaban los labios en el semáforo y sonreían mirándose en el espejo retrovisor. Muchachos que movían las cabezas al ritmo de músicas altas que salían por las ventanillas como pedazos de fiesta. 

Él se preguntaba sobre qué discutirían esas personas con tanta intensidad y por qué los niños de los coches siempre estaban dormidos. Se quedaba imaginando los motivos que hacían llorar a esas mujeres o qué conversaciones importantes obligaban a los hombres a hablar por teléfono mientras conducían. Se embobaba mirando a las chicas imaginando si olerían bien, preguntándose por qué abrían los ojos al tiempo que abrían los labios para pintárselos. Escuchaba la música de los chicos y simplemente se dejaba rodear por ella en los pocos segundos que demoraba el coche en alejarse de él. Esas tardes prefería estar allí mirando la vida de los otros pasando que vivir la suya en casa con los gritos, las lágrimas de su madre, los ruidos de portazos y los golpes. 

Un anochecer se levantó de la acera donde estaba sentado y se disponía a comenzar su caminada de vuelta a casa, cuando una moto que venía zigzagueando entre los coches, no lo vio y lo atropelló. Fue tan rápido. Tan doloroso. Por primera vez los coches no siguieron su camino sino que pararon y las personas de los coches bajaron. 

Desde el suelo, donde había caído tumbado boca arriba, después de un corto vuelo que le pareció muy interesante porque había visto el techo de los coches a vista de pájaro, comenzó a sentir el dolor. No podía moverse y el dolor estaba en todos lados menos en sus ojos. Su mirada deslumbrada veía cómo se acercaban las personas de los coches. Nadie discutía. Una chica bonita lloraba mirándolo, los chicos de la música alta movían la cabeza distinto como diciendo que no. Hasta unos niños despiertos se arremolinaban callados cerca de él con unos ojos muy abiertos. 

Hombres hablaban por el teléfono pidiendo ambulancia. 

Le hizo gracia ver cómo todos se habían salido de sus papeles. Una mujer se agachó y le tocó la carita con su mano de nieve y cuando sus miradas se cruzaron, sin querer le arrancó las notas intocadas. Ese niño que llevaba tantos años guardando sus lágrimas sintió que se le venían todas de golpe. Consiguió buscar con su manita la mano de la mujer y sin separar los ojos de ella le pidió con el pensamiento que se la apretase para sentir algo bueno entre tanto dolor. Ella entendió perfectamente y sin apartar la mirada dejó que la mano llena de sangre del chico se deslizase resbalosa en la suya y se la apretó mientras sonreía desistiendo de buscar palabras adecuadas. 

Él tampoco tenía nada que decir y cuando se le terminaron las lágrimas su sonrisa se abrió. Faltaban algunos dientes pero aun así era una linda sonrisa. Y así murió. 

Feliz, rodeado de sus amigos, las personas de los coches.


Isabel Salas

Del libro EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSER