lunes, 16 de enero de 2017

NAVEGAR



Desde pequeña me gusta pensar en el agua.

Beberla, nadar en ella.

Decían en la escuela que no tiene olor, color ni sabor, pero es mentira, hay aguas con sabor a piedras, a excursión de escuela o a flores y las hay que huelen a agua de nevera o de bautizar paganos.

Otras son especiales, por ellas navegas cuando alguien te dice que te ama y lo crees, están en el cielo donde todo es posible.

Sólo los besos pueden elevarte hasta ese mar entre las nubes, y allí, el agua, por fin, sabe a paz.

Isabel Salas



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