Del libro NAVAJA DE LLAVERO
LA LUNA Y SU POETA

Cuando la luna espabile y se dé cuenta de que ha sido usada tantísimas veces en poemas, sin que nadie le pregunte si le parece bien, va a querernos cobrar a los poetas derechos de autor, y con razón.
La han descrito como triste, pálida, misteriosa, enamorada, muerta, fría, distante, llena, rota y probablemente alguna cosa más que ahora no recuerdo, pero, que yo sepa, nunca le pusieron zapatos. Por eso en este poema quise ponerle unos preciosos zapatos de charol.
Al charol lo percibo desde siempre como algo infantil y festivo. Mis propios zapatos de comunión fueron de charol blanco. Maravillosos. Ese día, el 28 de abril del 74, llovió en Málaga y no pudimos ir a celebrar mi primera comunión a un parque de diversiones llamado Tívoli que era el sueño de consumo de todos los niños de la provincia. Terminamos yendo a comer a un restaurante de comida vietnamita o indochina, eso no lo recuerdo bien, pero mis zapatos de charol nunca los olvidé. Ellos salvaron mi día. Cuando los recuerdo siempre pienso que brillaban como la luna llena.
Incluso mojados.
Cualquier zapato de charol, en cualquier lugar o situación, llama la atención y convierte cualquier paso en una pequeña ceremonia. Sirve para comulgar, casarse, recibir diplomas, bailar en quermeses (si no llueve) o ir a impresionar a la futura suegra. Tengo una amiga que lo hizo, se presentó en la casa de los padres de su novio por primera vez con un vestido de lentejuelas y unos zapatos de charol rojos, nadie supo qué decir. Ni yo.
Volviendo a la luna, me gusta imaginar una luna, menos solemne y más juguetona, dando vueltas alrededor de su poeta como hace alrededor de la Tierra.
Orbitando pero con música, más contenta.
Mucho más enamorada.
Y, por supuesto, luciendo esos zapatos de charol que le regalé.