Mi abuela paterna se llamaba Isabel García Marquez. Isabel, como yo; García Márquez, como el escritor, lo cual me llenó durante muchos años de un cierto "orgullo" completamente inexplicable. Ella tenía la memoria llena de historias y de oraciones que me encantaba escuchar. Para mis oídos de niña ella era una excelente narradora. Imagino que como todas las nietas escuchando a sus abuelas, yo también me quedaba embelesada oyéndola.
No sé cuántas veces le pedí que me contara el episodio en que salvó a la Virgen de Flores de que la quemaran en tiempos de la Guerra Civil; las anécdotas de su infancia o de su amiga Lola Cortés; lo de cuando su hermano Pepe se fue con los frailes siendo niño; lo de los jesuitas que vinieron al pueblo para los ejercicios espirituales; o lo de cuando el tío Pepe volvió de los frailes hecho un hombre, viejo y sin familia, que es como yo lo conocí.
Como niña que era, entendía sólo la mitad, o la cuarta parte, de las cosas que me contaban o decían a mi alrededor, pero lo que no entendía me lo inventaba y me quedaba tan tranquila. Así ocurrió con «las gimnasias del alma», que era lo que yo creí que eran los ejercicios espirituales hasta los doce años, más o menos; o con «los frailes abandonados», que en mi cabeza habían quedado desamparados por la ausencia de Pepe, que los dejó como pollitos sin gallina.
Siempre recuerdo a mi abuela con su pelito largo recogido en un moño y mi manita en la suya cuando la acompañaba a algún lugar. Aunque pasó sus últimos años con el pelo corto, por alguna misteriosa razón mi memoria la prefiere con el peinado que ella tenía en los primeros recuerdos de mi infancia. Aún puedo cerrar los ojos y verla recogerse la melena blanca en un rodete que me parecía precioso. Tenía un cabello espeso que era tan suave como sus manos. A veces, cuando se estaba peinando, yo lo acariciaba con mis manos pegajosas de seis años y le pedía que se lo dejara suelto. Ella sonreía y decía que no con la cabeza mientras se cepillaba y me miraba con sus ojos tan lindos.
Eran azules tirando a gris y tenían brillos especiales cuando se reía. Yo siempre me sentía especial cuando le sacaba una carcajada, como si fuera un logro académico secreto. No es que fuera difícil hacerla reír, es que era hermoso.
Cuando yo tenía siete años tuvimos nuestro primer y único desacuerdo en la vida. Hoy al recordarlo no puedo evitar reírme y emocionarme por igual. Todo vino a raíz de su empeño en enseñarme a recitar esta oración:
Cuando me acuesto, sospecho
que está mi muerte cercana.
¿Me levantaré mañana?
¿Será mi tumba este lecho?
Haz, Señor, que arda en mi pecho
lumbre de amor, de tal suerte
que no le tema a la muerte.
Venga cuando Tú dispongas,
con tal que al morir me pongas
donde pueda amarte y verte.
Como era de esperar, no la entendí muy bien, pero me quedó claro que la muerte podría llegar cualquier noche mientras yo dormía en mi lecho.
Mientras otros niños aprendían rezos sobre cuatro angelitos guardianes y las esquinitas de sus camas, a mí me exigían que me entregara a la muerte cada noche. Lo de despertar en el cielo no era un consuelo. Quería despertar en mi casa, en mi cama. Lo que se me ocurrió fue intentar cambiar una o varias palabras para quebrar el "hechizo" pero manteniendo la música interna de aquel poema.
Mi abuela, sin querer, sembró en mí el gusto por la rima y la poesía. No tengo dudas de eso.
Su patio estaba lleno de tiestos de barro con helechos, así que no tuve que ir muy lejos para encontrar la solución. Como la orden estaba clara y jamás pasó por mi cabeza desobedecer a mi abuela, todas las noches yo recitaba aquella oración y sustituía la palabra lecho por helecho: ¿Será mi tumba este helecho?
Con esto yo me quedaba tranquila y sentía que estaba escapando de una buena. Sin embargo la sorpresa llegó una tarde, un par de meses después. Nos encontrábamos merendando unos dulces de hojaldre que María Acedo había ido a buscar a la confitería. Estábamos sentados alrededor de una mesa camilla que había en el cuarto de mi abuelo cuando, de pronto, mi abuela me dijo:
— Isabelita ¿Tú estás diciendo la oración que te enseñé?
Mi abuelo estaba sentado en su sillón, mi abuela y yo en nuestras sillas, María iba y venía. Así que habría testigos de cualquier cosa que allí pasara. Obviamente decidí decir que sí sin dar detalles..
—Sí abuela. Sí, sí, la digo.
—A ver, dímela.
Por eso yo no esperaba y mi abuelo tampoco . María también interrumpió su trajin para escuchar atentamente. Yo, con la boca impregnada de restos de hojaldre empecé mi recital y llegué al verso fatal: «¿Será mi tumba este helecho?»
—¿Has dicho «helecho»?
—¡No, no! He dicho «lecho». Lo he dicho bien.
—Creo que has dicho «helecho» en vez de «lecho».
—¡Qué va!
Entonces me hizo repetirlo.
Y yo, naturalmente, volví a decir «helecho», pues no quería morir.
Cuando terminé con lo de «amarte y verte», antes de que mi abuela dijera nada, miré a mi abuelo, que estaba conteniendo la risa.
—¡Abuelo!
Creo que él había entendido perfectamente que aquella era mi manera de defenderme de una oración que apenas comprendía pero que, de algún modo, me parecía peligrosísima. Y decidió apoyarme con toda su autoridad.
—La niña ha dicho «lecho», esposa.
Y con eso terminó el debate.
Mi abuelo y mi abuela se llamaban «esposo» y «esposa» cuando se dirigían el uno al otro. No sé si siempre o solo algunas veces, porque mi abuelo falleció cuando yo tenía ocho años y nunca más pude escucharlos hablar entre ellos.
Sí recuerdo que, aquella tarde, él me salvó.
Después de ese día, mi abuela de vez en cuando me hacía recitar la oración como si fuera la tabla de multiplicar. Yo siempre decía «helecho» y ella siempre levantaba una ceja, como diciendo: «Sé que sabes que sé que dices “helecho”». Sus ojos hermosos brillaban con risa y yo la amaba, aún más, por fingir que todo estaba perfecto.
Durante años he contado esta anécdota alguna vez porque, vista desde hoy, resulta muy graciosa. Pero para aquella niña pequeña era un asunto completamente serio.
Hasta hoy, cuando veo helechos, me acuerdo de mis abuelos; de mi abuela especialmente, y de su empeño en enseñarme a rezar.
Isabel Salas
