Cada vez que una página me pide que demuestre que no soy un robot, siento una mezcla de indignación y desconcierto. No porque me ofenda especialmente la sospecha, me han llamado cosas peores, sino porque me parece que la pregunta abre demasiadas posibilidades. Sobre lo poco que soy y lo mucho que dejo de ser.
Marco la casilla correspondiente, identifico semáforos, autobuses, pasos de peatones y, en ocasiones, una bicicleta que aparece cortada en cuatro recuadros distintos. Todo para demostrar que soy humana. Todos sabemos que los robots confunden autobuses con hamburguesas y bicicletas con churretes de chocolate medio amargo. De los semáforos mejor no hablar. Supe que hace tiempo un robot los confundió con glóbulos rojos y el pobre pensó que iba a morir cuando le salieron tan pocos en su recuento.
Hasta ahora solo se preocupan de que demostremos que no somos robots, pero no hay que descartar nada. Esos geniecillos del mal que viven en las páginas web son insoportables y no puedo evitar preguntarme qué ocurrirá el día en que su sistema se vuelva más exigente.
Tal vez una linda noche aparezca un mensaje: “Demuestra que no eres una nube”. Y allí estaré yo, buscando una manera convincente de justificar que no me desplazo por condensación, que no produzco tormentas y que, aunque a veces esté en las nubes, no pertenezco oficialmente al gremio.
O quizá me pidan que demuestre que no soy una mancha de café. Eso puede ser más complicado. Las manchas de café comparten con muchas personas varias características desagradables ya que aparecen cuando menos conviene, estropean los manteles blancos de tela cara y dejan rastro durante bastante tiempo. Aun después de muertas.
También podría llegar el momento en que me exijan que confirme si no soy una farola, una tostadora o una planta de interior. Y no sé si estoy preparada para semejante interrogatorio. Pero lo más gracioso es que nadie parece hacerse la pregunta al revés.
Nunca veo una casilla que diga: “Demuestre usted que es un robot”.
Eso sí que sería interesante. Me encantaría fingir que soy uno. Pensándolo bien, una máquina es la que me examina, la que decide si mi respuesta es válida, la que me obliga a repetir la prueba y la que, finalmente, me deja entrar o me expulsa.
Ya me ha pasado.
Fracasé contando camiones.
Sin embargo no me dieron la opción de tratar de demostrar que yo sí era un robot. Sospecho que los robots acceden a informaciones que a los humanos nos niegan.
Isabel Salas
