miércoles, 24 de diciembre de 2014

SIN PILAS


Las penas de los niños parecen de juguete,
pero son de verdad y funcionan sin pilas.

Isabel Salas

lunes, 22 de diciembre de 2014

LLORANDO

Escondido entre flores,
sin cantar o cantando,
siempre hay dolores
que mi canario,
cura llorando.

Isabel Salas

jueves, 18 de diciembre de 2014

ELECCIÓN




Cada elección que hacemos
nos mete en un camino 
de renuncias.

Cada paso, cada adiós,
cada curvita...
nos aleja de no sabemos qué
y nos acerca a lo que viene
 inevitable y trágico.

Cada día encontramos 
lo que escogimos, 
sin saberlo,
al dar primer paso, 
treinta años antes.




Isabel Salas

miércoles, 17 de diciembre de 2014

VIVIR CON ARTE

El arte lo transforma todo. 
Transforma las almas, 
las paredes, 
los colores de la vida, 
de las ropas 
y de la manera de decir que amas.
Isabel Salas





LOS OJOS DE LOS NIÑOS

 
Hace tiempo que dejé de ser niña, y aunque me he esforzado mucho por conservar el brillo en los ojos, he visto tantas cosas  tristes y he llorado tanto, que ya no sé si es el brillo antiguo, conservado, el que dicen que ven en mis ojos o es el brillo nuevo de la remodelación interna, continua y tenaz, a la que he estado sometida desde chica.
Yo quiero pensar que es el segundo tipo  de brillo. Un brillo  que no está ahí simplemente porque los ojos nuevos nacen brillantes, como la piel nace estirada y el pelo es una pelusa suave de seda. Eso significaría que apenas por una feliz coincidencia, no se ha apagado y no tendría mérito ninguno, como nacer bonito o feo, te pasa y ya está, sin que hagas nada por merecerlo.

Quiero pensar que mi brillo es el brillo conquistado por los ojos adultos de quien ha sabido sacarse un cierto lustre por dentro a fuerza de pensar , leer, estudiar, sufrir, meter la pata, escuchar  a las personas , aprender con ellas y abrir la mente y el corazón a nuevas verdades.
Verdades no dogmáticas, de esas que te meten cuando eres chico como un supositorio, sino verdades verdaderas que te las tienes que meter tú mismo y duelen mucho más cuando entran. Duelen  como puñales que atraviesan tu cáscara  y tu máscara y te obligan a mirarte al espejo una y mil veces para ir reconociéndote en cada nueva arruga que modela el rostro nuevo que el reflejo te devuelve cuando quieres ver tu imagen. 

Así fue conmigo, tuve que aprender muchas cosas y gracias a eso, esa imagen de dos hombres besándose no me perturba ni me da asco. No me causa ninguna reacción negativa y eso me deja feliz, pues he tenido que  desmontar muchos mitos, y muchos preconceptos que me hicieron tragar de niña para llegar a ese punto.

Un amigo gay me dijo hoy, que esa foto que acompaña mis palabras ha sido retirada de una campaña publicitaria porque alguien la ha denunciado. Parece ser que hay quien cree que a  los ojos de los niños puede ser perjudicial y es importante que más voces se alcen opinando sobre lo que los ojos de los niños pueden ver o no. No soy política, ni oculista, ni tengo ningún cargo importante, pero tengo ojos, he sido niña y soy madre desde hace dieciocho años, he conocido a muchos niños y niñas con ojos y me considero legítimamente capacitada para opinar sobre ojos y niños.
En primer lugar  diré que ningún niño nace predispuesto a ser del Betis, a flipar con la Virgen del Rocío, o a emocionarse con ninguna bandera de ningún país. Esas cosas se aprenden en casa, con la familia o en la escuela con los amigos. Y es en esas horas que tambien aprendemos a  tener miedo o asco de los gays, de las divorciadas o de los musulmanes. Nos inculcan los miedos, nos meten las ideas de lo que es pecado, o no, a los ojos de los dioses que los adultos dicen que existen y te pasas el resto de la vida perdonándote a ti mismo por sentir lo que sientes o cambiar de opinión y creer en el fondo del alma que lo que te ensañaron estaba casi todo equivocado y podrido.

Sin embargo a ningún niño hay que enseñarle a ser compasivo Cuando ve otro animal herido llora, porque sabe lo que es una herida con sangre y  sufre  cuando ve un toro masacrado o un perrito abandonado. Hay que hacerle un lavado de cerebro para que crea que el toreo es un arte, que las cabras sirven para tirarlas de los campanarios,  o que las gallinas no sufren en las granjas de gallinas una vida miserable odiosa y cruel en esas jaulas apiñadas.

Ningún niño sufre naturalmente al ver dos personas besándose sean del sexo que sean, aunque muchos  sí se quedan  sorprendidos al enterarse de como se tienen los niños y les puede dar miedo si no se les explica bien que el sexo es divertido y bueno y hay que practicarlo sin culpa, sea con amor o sin amor.
Ningún niño ve sus ojos perjudicados por ese beso gay, pero tal vez sí, por las filas de desempleados, los mendigos en las calles, la gente pidiendo en el metro o durmiendo en cartones, familias siendo desalojadas de sus casas porque no pueden pagar la hipoteca, que por cierto ya hemos pagado con dinero público a los bancos, viejos desamparados con pensiones recortadas, madres de familia prostituyéndose de manera improvisada en esos polígonos invadidos por mujeres  de otros países, traídas tal vez con engaños a  divertir a los canallas que disfrutan con ese tipo de sexo triste.
Tantas cosas hacen daño a los ojos de los niños...el oso polar asustado en su pedazo de hielo, las foquitas  siendo matadas a palos para que cuatro putas ricas se sientan sexy vistiendo sus pieles,  los niños de África con sus moscas, los de Gaza destrozados en las escuelas bombardeadas, Malala tiroteada, los africanos llegando en pateras, las chicas de India violadas en los autobuses, los indios desplazados de las selvas por los traficantes, las mujeres matadas a pedradas por tener sexo en países donde aplican leyes religiosas a la vida civil...

Y toda la lista interminable de barbaridades  que el denunciante de esa foto no debe ver porque usa  alguna sustancia maravillosa que le impide ver la realidad y distinguir lo malo de lo bueno.
Tal vez debería preocuparse menos  con los ojos de los niños y empezar a preocuparse, y mucho, con los suyos, para después aprovechar su impulso denunciador y empezar a denunciar esas cosas horribles que hieren los ojos, el corazón y la dignidad de las personas de cualquier edad.

Isabel Salas




martes, 16 de diciembre de 2014

SIN ALAS

      
 "Mis pies no necesitan alas, tienen las de mi corazón."

        Isabel Salas

MIS ZAPATOS DE BAILE

Mis zapatos de baile. 
Sin tacones.
Sin suela.
Sin suelo.
Sin música. 
Sin ropa de fiesta.

Mis cuerdas de baile.
Con besos.
Con fuego.
Con piel de fiesta. 
Contigo
                                     
                                    Isabel Salas

jueves, 11 de diciembre de 2014

SIEMPRE EL PRIMERO


Lola miró hacia la puerta con una cierta preocupación. Ya eran  casi las seis de la tarde y el viejo no había aparecido. Todos los viernes, desde que ella trabajaba en la cafetería ese hombre aparecía y se sentaba a tomarse un cola-cao cuando hacía frío y una horchata cuando hacía calor. Un viejo simpático, educado, que bebía despacio, intercambiaba un par de frases con ella o con el otro camarero y después decía buenas tardes y se iba. 

Así había sido desde hacía once años y hoy por primera vez estaba atrasado. Él no sabía que había sido su primer cliente cuando  aquel viernes se incorporó a su puesto de camarera sin haber sido nunca camarera. Tomás nunca supo la vergüenza con que ella le preguntó que deseaba tomar, sólo notó los temblores internos que a duras penas conseguía controlar mientras le servía el chocolate caliente. A Lola tan acostumbrada a servir a los hijos en casa, se le escapó un  "no quema" y al decirlo, una risa nerviosa que casi se le escapó, se terminó transformando en sonrisa de Monalisa.

Él no encontró nada raro en aquella sonrisa y también sonrió, pensando que la chica era un encanto, le dio las gracias y ella se sintió muy profesional a pesar del desliz maternal. Nunca comentaron como había sido un bálsamo para sus nervios de principiante aquel gracias y jamás, en todos los años que siguieron, hablaron de nada personal.

En esos once años muchas cosas habían cambiado. Ella misma era otra mujer. Once años sin palizas en casa, sin peleas. Sus hijos habían crecido y especialmente el menor parecía no tener muchos recuerdos de aquella fase de malos tratos y gritos. El mayor no, el mayor lo recordaba casi todo, pero haciendo un gran esfuerzo habían logrado convencerlo para que aceptase la ayuda de una psicóloga y por lo visto se había perdonado a sí mismo no haber sido tan buen chico  como para merecer que su padre tratase bien a su madre sólo por verlo feliz.

Felipe aprendió que la mente humana es un mundo lleno de miedos y culpas sin sentido y que para algunos hombres, herir a su mujer vale mucho más que no herir al hijo, independientemente de como sea el hijo, pues el problema no está en los niños y sí en esos cabrones llenos de odio que necesitan alguien a quien maltratar. Cuando lo asimiló dejó las drogas, buscó un trabajo y le dio a su madre la mayor alegría de su vida por verlo en el buen camino.

Todo lo que su hijo había aprendido en la terapia, ella lo aprendió en la barra del bar,  escuchando a los borrachos contar sus penas, a los novios pelearse o a las madres con las hijas comiendo churros como locas por las mañanas mientras elaboraban  planes de fuga. 

Lola había comprendido con tanto drama alrededor, que el suyo era uno más y poco a poco se fue curando lo mejor que pudo.

El viejo Tomás ni sospechaba que para ella durante mucho tiempo el desafío era contar semanas sin llorar ni derrumbarse,  semanas de conquistas personales  que empezaban cada viernes con su llegada al bar. Imposible que él imaginase que para Lola, él era la encarnación del principio de las mudanzas. El símbolo del tiempo transcurrido desde que comenzó su vida nueva. El primer gracias. La primera sonrisa.

El primer cola-cao, en muchos años, que ella no tendría que soplar ni cambiar de vaso repetidas veces para que no quemase. 

Él se admiraría si supiese como su demora en el médico podría angustiar a nadie. El pobre médico no sabía como explicarle que su estado de salud deplorable tenía ya muy poco arreglo y por no querer ser  insensible y contárselo a la bulla, lo había dejado para el final.

Un chico simpático, educado, el doctor Rafael, que con las palabras más profesionales lo había informado cuidadosamente del fatal resultado  que arrojaban sus últimos exámenes. Profesional y amable,  intentó ser correcto y al mismo tiempo humano, pero se le notaba tanto el mal rato que estaba pasando que al final fue Tomás quien tuvo que consolarlo a él.

El viejo sonreía por la calle recordando la cara del doctor. Por lo visto, él era el primer paciente que se le moría y los dos terminaron riéndose cuando Tomás le dijo que no se preocupase, que le había comunicado con mucha habilidad su simpática sentencia de muerte, que no era culpa suya y que todos teníamos hora marcada con la muerte.

En la hora precisamente iba pensando mientras se alejaba de la clínica. Se había hecho tarde pero no quería dejar de ir al bar donde siempre entraba a tomarse algo desde aquel viernes hacía once años, cuando al volver del cementerio de enterrar a su mujer, pensó que sería muy difícil pasar su primera noche solo en casa.

Él había tenido muchas novias antes de conocer a Mercedes,  pero para ella él fue el primer novio, el único. Se amaron como se aman las parejas que se aman y el día que la enterró estaba tan triste que pensó que tal vez nunca más sería capaz de volver a sonreír. Le fallaban las piernas al andar y por eso entró en aquel bar al que nunca había entrado.

La chica que lo atendió tenía la mirada triste y temblaba mientras le servía el pedido. Parecía preocupada y tenía ojos de haber llorado. Cuando ella le sonrió después de haberle soltado un inesperado "no quema",  le devolvió la sonrisa tan fácilmente que él mismo se sorprendió.

Mercedes y él no habían tenido hijos y la chica tenía edad de haber podido ser una de sus hijas si hubiesen sido padres. Tomás salió del bar con las piernas más firmes, mucho más gracias a la sonrisa que a la bebida caliente y desde aquel viernes todos los viernes acudió como una cita a ver a la camarera.

Con los años descubrió que se llamaba Lola, que tenía dos hijos y que descansaba los martes. Fue al bar algunos martes sólo para sacarle informaciones al otro camarero y así se enteró de lo del ex, que le pegaba, de lo del  hijo mayor tan complicado, de las dificultades y las conquistas de su querida Lola con quien nunca intercambió mas de ocho frases.

Acompañó año a año sus preocupaciones y aprendió a leer en su carita si las cosas estaban bien o más o menos, le vio las noches sin dormir cuando el hijo se metió con drogas y se las arregló para que el dueño del bar le hablase de una psicóloga estupenda que precisamente estaba especializada en temas de adolescentes con drogas y que no cobraría nada porque estaba haciendo un estudio para un libro que le habían encargado  de una universidad americana.

Lo de la universidad se lo inventó Tomás y Lola se lo creyó porque estaba cansada de leer siempre por aquí y por allí la cantidad de asuntos sobre los que se investiga en esas universidades. Una vez, en el dentista, había visto las fotos de unas mujeres oliendo axilas de hombres para que el estudio demostrase que a las mujeres les gusta como huelen los hombres, así que le pareció normal que otro estudio estuviese interesado en "adolescentes problemáticos de Soria", que fue el nombre improvisado con el que Tomás, que jamás le había puesto título a nada, bautizó al cable que le echó a Lola.

El chico mejoró para alegría de todos, especialmente del viejo, que pagaba el tratamiento discretamente sin que nadie lo sospechase, y él empeoró de todas sus enfermedades sin que nadie lo supiera mientras elaboraba otro plan rocambolesco al que había titulado "Cásate con Lola y déjaselo todo".

Él no tenía familia, pero tenía dos casas, la de Soria y la de la playa, un dinerito guardado y la paga que le quedaría a Lola si aceptaba casarse con él. Aunque el plan tenía cinco años, él había preferido esperar a  estar seguro de que se iba a morir pronto para no enredar a Lola en más problemas de los que ya había enfrentado. La conversación de hoy con el médico le había hecho ver la urgencia de acelerar la boda y quería dejarlo todo resuelto cuanto antes.

Cuando entró en el bar, cansado y con frío estaba un poco preocupado con la manera de abordar el asunto. Lola estaba en ese momento terminando de pasar un paño en una de las mesas del fondo, y cuando lo vio parado en el quicio de la puerta, dejó su frialdad profesional para salir apresurada a su encuentro, quería decirle que había estado preocupada, preguntarle porqué se había atrasado, incluso regañarle.

Cualquiera de esas frases era tan inapropiada que cuando llegó delante de él se le atascaron todas. Parados los dos frente a frente cada uno con tantas cosas que decir y sin saber como hacerlo fue ella la que lo arregló todo con un gesto mucho mas inadecuado que cualquier frase.

Se acercó a él y lo abrazó como se abrazan las personas que se quieren. Él aceptó su abrazo con  naturalidad, hacía años que no era abrazado así y los dos se fundieron uno en el otro con los ojos cerrados y el corazón abierto.
Ajenos a todo lo que no fuera ellos.
Los pocos clientes que  quedaban, el otro camarero y el dueño del bar miraban en silencio y todos escucharon cuando Tomás abrazado a Lola, dijo bajito:

- Cásate conmigo
Y ella respondió
- Nunca me he casado.

Él apretó el abrazo y con dulzura le pasó por primera vez la mano por el pelo mientras susurraba para que sólo ella lo escuchase:

- Déjame ser el primero.

Isabel Salas
 


RELATO DEL LIBRO @EL CANARIO Y LA MÁQUINA DE COSEREDITADO EN 2015

PARA ADQUIRIRLO ESCRIBE A

INFO@ISABELSALASESCRITORA.COM






miércoles, 10 de diciembre de 2014

73 DÍAS


Me llamas después de 73 días y me dices que no ha funcionado, que no consigues olvidarme. Me encantaría ayudarte, pero no sé quien eres.
A mí me funcionó.
Isabel Salas

domingo, 7 de diciembre de 2014

LA ÚLTIMA MEJILLA

                          El Arte en el Parque: Escultura "LA OTRA MEJILLA" de James Mathisson


Ya puse todas las mejillas.
Me han dado hostias en todas.
En la primera, en la otra... en la siguiente...
En todas.
Las hostias  parece que no han terminado,
sigue habiendo muchas.
Pero por suerte las mejillas sí.
Ya no me queda ninguna.

Vamos a probar otro método a partir de ahora.


Isabel Salas

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL RABO DE ROCKY



Un perro perdido es como un niño perdido.
Se les pone una cara de susto muy grande y miran a los ojos de la gente que pasa con ese desespero de terror que trae el desamparo.
En el caso de los niños, normalmente en pocos minutos alguien se da cuenta y le dice quédate tranquilo vamos a buscar a tu madre, no te asustes, yo te ayudo.
Los niños se tranquilizan, le dan la mano al desconocido y en cuestión de pocos minutos los mecanismos de búsqueda de la familia están activados.
Sea en una playa o en un centro comercial, lo normal es que en poco tiempo el niño sea devuelto sano y salvo a unos padres llorosos y todos terminan riendo.
Durante esos breves momentos de separación, por la mente de los padres pasan  todas las escenas de los daños y peligros a los que su niño está expuesto sin el amparo familiar, pero por suerte muy raramente en esas ocasiones hay un psicópata al acecho y  la mayoría de los casos terminan en felices reencuentros.

El caso de los perros es diferente.
Muchos no están perdidos accidentalmente.
Algunos están abandonados y ellos ni lo sospechan.
Creen que están perdidos porque su humano los ama  como ellos lo aman a él y ni por un segundo imaginan que el desespero por volver a estar juntos , pueda ser unilateral.
A veces es así y el dueño está tan desesperado como el perro, pegando cartelitos con su foto por los árboles del barrio y pidiendo en la radio que por favor lo devuelvan si lo encuentran.

Otras no.
Hay veces en que el perro ha sido abandonado de propósito  en una carretera o al otro lado de la ciudad y hay otras en que aunque la pérdida del animal ha sido accidental, se produce un cierto alivio en el humano porque ya estaba cansado del perro, o resulta mas caro de lo que pensaba mantenerlo y cuidarlo...o ha crecido demasiado para los espacios domésticos disponibles.

Sea como sea, el perro perdido buscará durante horas en todos los rostros que se cruzan con él, el rostro amado de su dueño y al contrario del niño humano que en seguida encuentra una mano amiga, el perro no.
El perro asusta.
Está nervioso y las personas lo espantan imaginando que pueda morder a alguien.
El perro aprende que llegar cerca de un desconocido  llevando al final de la correa un humano lo convierte en un perro respetable de buena familia, pero así sólo...es muy diferente, y al poco rato aprende lo que es un perro indigente.
Infracanino...
Baja de categoría conforme las horas pasan y el pánico se apodera de él.
Unos se acurrucan debajo de algún coche, otros intentan entrar en un auto, otros le mueven la cola a cada niño que pasa, y otros tienen la suerte de que Anita pase por allí.

Anita es la mujer bonita con mirada dulce que encontró un perro perdido y se conmovió.
Le dijo ven, no te asustes, te ayudo a buscar a tu familia y con sus gestos amables le quitó el miedo a aquel perro en pánico.
Creo que algo tuvo que ver la sonrisa y su sinceridad a la hora de hablarle. Su voz graciosa  con acento extranjero o el brillo de su pelo que huele tan bien.
Ella se lo llevó a casa y activó los mecanismos de búsqueda para encontrar a la familia del perro. Al contrario de lo que pasa con los niños, los perros pueden estar varios días esperando el desenlace de la aventura, y como tantas veces sucede...la convivencia forzada puede terminar desencadenando enamoramientos inesperados.
Y eso fue lo que le pasó a estos dos.
Varios días de convivencia habían creado un vínculo fuerte entre la mujer y el perro y cuando el dueño apareció por fin, Anita sintió una gran tristeza por tener que devolverlo.

Intentó disimular para ella misma no sentirse boba por haberse encariñado tanto con aquel animal de paso, que accidentalmente, había compartido con ella esos días de espera. 
Por eso, cuando el dueño le confesó que en realidad él, aunque  había estado preocupado, en cierto modo también estaba aliviado con la pérdida del perro porque   estaba siendo complicado cuidar de él, ella se puso muy contenta.
Escuchó como en las nubes mientras él  le  explicaba  que en parte esperaba que una buena familia lo hubiese encontrado y tal vez no  tuviese que volver a hacerse cargo de él, pero que lo haría...si hacía falta.

No hay que ser un genio para comprender que esa era la mejor noticia para Anita y para Rocky.
Sin meternos a juzgar al otro humano y sus legítimas razones, el caso es que a  los dos protagonistas de nuestra historia se les resolvió de la mejor manera toda aquella situación.

Normalmente pasean juntos desde entonces y están felices de no haber tenido que separarse.
A ella le gusta llevarlo a la playa en invierno cuando no hay gente y nadie protesta.
En verano se van al campo, y sea la época que sea, se les ve contentos.
Tienen ese brillo en los ojitos de los seres que aman y son amados.
El pelo de Anita sigue oliendo tan bien como olía el primer día, pero para Rocky es mucho más que un olor bueno de limpieza o de champú.
Es el olor del hogar.
El olor de lo amado.
Ese olorcito que entra dentro y si eres perro te hace mover el rabo con alegría cada vez que lo sientes.

En la foto no se ve, pero os lo cuento yo, mientras Anita lo sujetaba para que saliera guapo en la foto, el rabo de Rocky no paraba de moverse.

Isabel Salas