martes, 27 de noviembre de 2018

DE VUELTA


Algunos abismos, en vez tragarnos y hacernos desaparecer en el oscuro infinito, resulta que, inesperadamente,  demuestran ser dignos de estar entre los mejores profesores que la vida nos tenía reservados. Nos enseñan de qué estamos hechos, nos sirven de espejo para mostrarnos quienes somos en realidad, nos dan la oportunidad de aprender, de mejorarnos y de conocer personas a las que nunca habríamos conocido si no hubiéramos reunido el coraje necesario para saltar y lanzarnos al vacío.

Esos vacíos tan didácticos, existen, no lo dudes. Son tan inhóspitos que lamentas no tener las mismas vidas que tu gato (o la mitad) para poder morir un ratito y descansar un poco de sentir pánico mientras esperas a que se active la próxima vida y así, poder continuar cayendo por ese túnel oscuro que un día, te pareció la alternativa más viable. Ese espacio negro en el que te zambulliste cuando te percataste de que quedarte sin saltar era la muerte segura y lanzarte a lo desconocido, tal vez ofreciera alguna oportunidad de sobrevivir, caso los milagros existieran y los finales felices estuvieran hechos también para gente como tú.

Nadie debería pasar por eso, pero todos los días alguna persona en este mundo, opta por salir de su "zona de confort" cuando entiende que lo conocido es totalmente letal y previsible. Hay una sentencia inevitable a punto de ser anunciada  y la única alternativa de salvación, es la salida desesperada.

Seguramente muchos mueren en ese abismo, tras ese salto sin paracaídas. Esas decisiones se hacen precipitadamente, sin planes elaborados llenos de as y bes, se producen en uno de los últimos segundos de cordura, o tal vez en el primero de locura, aún no lo sé muy bien, pero si sé que suelen terminar muy mal, y sin embargo otras veces, porque el destino es caprichoso y la vida un festival de sorpresas,  acaban muy bien. 

Terminan bien porque inesperadamente, encontramos manos tendidas, voces amigas, consejos útiles, gente que se la juega con y por nosotros y sobre todo, el abismo insondable nos obliga a encontrar las fuerzas para confiar en esas manos y creer en esas voces. El frío nos permite escuchar esos consejos y nos incentiva a abrazar sin miedo a las personas que se la juegan por nosotros. 

Y es venciendo ese miedo que volvemos a ser aquellas personas que un día fuimos y es ese el momento en que dejas de caer en caída libre y comienzas a flotar y a ver frenada tu velocidad de impacto. 

Es cuando el abismo deja de estar tan oscuro y puedes entreabrir los ojos por pocos segundos y ya no parece tan oscuro, y es cuando empiezas a pensar en otras posibilidades y el miedo se hace cada día más chiquito, y la esperanza cada semana, más grande, hasta que un día sientes algo duro debajo de tu pie y tanteas con cuidado antes de abrir los ojos de par en par y resulta que has llegado al final.

Y no has muerto.

Hace sol.

El día se presenta como el primero de otros días fuera del abismo al que un día saltaste empujado por el terror, y hoy, ese mismo agujero, te devuelve al mundo transformado en una mejor versión de ti mismo, con aquella sonrisa que solías tener cuando los abismos no existían.

Y un amigo querido ve tu foto y te dice que hace años no veía esa sonrisa en tu rostro y tú, por fin, puedes salir a la ventana y pedirle al sol que te acaricie, que te reconozca y diga tu nombre: estás de vuelta.

Isabel Salas


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