domingo, 20 de mayo de 2018

DOLORES


Dolores Castillo siempre tuvo una relación extraña con su propio nombre. Por un lado, era el nombre heredado de su querida abuela materna, y eso la llenaba de orgullo delante de las otras nietas, pero por otro, detestaba la cara de extrañeza de los amigos extranjeros cuando comprendían el significado de la palabra y ella tenía que aclarar que en España, a las niñas, se les ponen esos nombres tan chocantes sin que nadie salga en su defensa.

En centenas de circunstancias diferentes había tenido que explicar que es costumbre, que como lo de los toros, es tradición, que son nombres de toda la vida y además, aclaraba, a las Dolores se las puede llamar Lola que es menos tétrico, o Lolita, que es mucho más sexy y evoca cinematográficamente esa imagen de puta jovencita con labios sensuales y pelo largo. Pero que ella, nunca quiso llamarse Lola ni Lolita. 

Nuestra Dolores había decidido asumir el nombre y vestirlo con gallarda entereza, sin paliativos ni eufemismos, incluso podríamos decir que con una cierta dosis de amnesia y se negó a admitir que podría venir acompañado de una especie de profecía negra de la que le sería imposible escapar.

La vida le demostró lo contrario.

No había manera de escapar a la sucesión de desdichas que siempre la acompañaba. Sus ojos se fueron pareciendo cada vez más a los de su abuela, ojerosos y tristes. Lloró lágrimas de amor, de desconsuelo, de carencias materiales y de todo cuanto pueda explicar un llanto amargo  e interminable.

Tras varias relaciones rotas sufriendo malos tratos y tristezas varias, se conformó con una vida sin pareja y decidió ser madre soltera, entre otras cosas para prevenir un litigio por custodia o cualquier desgracia de las que las separaciones les traían a sus amigas mejor bautizadas.

Después de cuarenta horas de parto tuvo una hermosa niña. Estaba agotada, exhausta pero feliz como desde hacía años no se sentía. Cuando el médico le preguntó como iba a llamarse la nena, se sintió renovada y cercana a aquella niña valiente que un día ella misma había sido, la que se negó a aceptar la maldición del nombre y nunca quiso ser la "lolita" de nadie. Sin dudarlo un segundo, inspirada por esa rebeldía que siempre la hizo desafiar al destino respondió: Orgasmos Castillo.

Sin perder la sonrisa y el brillo renacido en sus ojos tomó a su bebé en brazos y la acunó con ternura.

- Tú si vas a divertirte hija mía.

Isabel Salas

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